“Proyecto secreto”

“Proyecto secreto”

Mateo: 11, 25-27

En aquel tiempo, Jesús exclamó: “¡Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien. El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”.

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Pareciese que los planes de Dios son misteriosos, ocultos y secretos, que son insondables y que no vale la pena indagarlos ya que resultaría vano hacerlo; pero no es así.

El hecho mismo de que sólo sea revelado a aquellos “a quien el Hijo se lo quiera revelar”, no está en el rubro de la exclusividad, o de la privacidad ultra secreta, para nada, se refiere a que esa gracia, implica una disposición de abrirse a poder ver el gran misterio y gracia de Dios, no es tan sólo una actitud intelectual, sino una actitud de vida, donde aquellos que sostienen su confianza en el Señor, Dios les hace partícipes de sus planes porque entonces así los comprenderán desde el origen de la creación que fue hecha en el amor.

Pero si tan sólo usamos la fría inteligencia, nos quedamos cortos porque su verdad va implícita con la moción transformadora y santificadora de su Palabra, que llena de vida, paz y fortalece los dones haciéndolos crecer.

Es por ello, que quien tan sólo pretende razonar al respecto, no entenderá; es más profundo el conocimiento de Dios, siendo entendido erróneamente como un proyecto secreto, cuando en realidad más claro y abierto no puede ser, pero quienes cierran su ser a dicha plenificación, cierran su participación al don de ciencia y sabiduría que hace comprensible lo divino y con mayor razón la creación material.

“El dolor ajeno”

El dolor ajeno”

Mateo: 11, 20-24

En aquel tiempo, Jesús se puso a reprender a las ciudades que habían visto sus numerosos milagros, por no haberse arrepentido. Les decía:

“¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran realizado los milagros que se han hecho en ustedes, hace tiempo que hubieran hecho penitencia, cubiertas de sayal y de ceniza. Pero yo les aseguro que el día del juicio será menos riguroso para Tiro y Sidón, que para ustedes.

Y tú, Cafarnaúm, ¿crees que serás encumbrada hasta el cielo? No. Serás precipitada en el abismo, porque si en Sodoma se hubieran realizado los milagros que en ti se han hecho, quizás estaría en pie hasta el día de hoy. Pero yo te digo que será menos riguroso el día del juicio para Sodoma que para ti”.

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Cuantas veces no hemos sentido pena por alguien que se encuentra en una situación lastimera, o que está sufriendo, y es que aunque no tengamos una preparación profesional para ello, sabemos detectar cuando alguna persona vive una situación que no es la ordinaria, ya que puede estar en un dolor crónico causado por su propia forma de vida, sin ubicar la procedencia del mal, en el que se queda estancado y que claramente lo ve quien ha sabido salir de esas crisis que precisamente los han hecho madurar.

Jesús además de ser más que un profeta, sino el mismo Hijo de Dios, ve hacia donde se están orillado todos aquellos, que aún en masa, por la cultura deteriorada, viven situaciones denigrantes como si fuera lo normal y ordinario, sin la capacidad de proponerse una situación nueva, porque no hay quien la avale desde el mismo cieno que rodea el entorno.

No son amenazas las que remarca Jesús, son tan sólo las consecuencias lógicas que secundan una forma de vida no muy buena, que no se pueden evitar porque son parte de una elección personal, que Dios mismo no contradice porque respeta el uso de la inteligencia y la libertad mal usada de nuestra parte, aquella que nos ha regalado en plenitud.

Es muy claro el dolor ajeno que detectamos en quien vive saturado en medio de un mundo lleno de ruido y propuestas de alimentar el pecado, cayendo en un circulo vicioso del que no se puede salir por sí mismo. 

Si alguien detecta un error o mal en nosotros y su intención no es remarcarlo para dañarnos, sino ayudarnos a salir del mismo, vale la pena escucharle, porque la conciencia se nubla cuando el mal domina en nuestro actuar, y es Dios mismo que nos envía a quienes en medio de su amor nos quiere rescatar, escuchémosle. 

“Guerra Amor vs Odios”

“Guerra Amor vs Odios”

Mateo: 10, 34-11, 1

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “No piensen que he venido a traer la paz a la tierra; no he venido a traer la paz, sino la guerra. He venido a enfrentar al hijo con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y los enemigos de cada uno serán los de su propia familia. El que ama a su padreo a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que salve su vida, la perderá y el que la pierda por mí, la salvará.

Quien los recibe a ustedes, me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado. El que recibe aun profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo. Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa”. Cuando acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, Jesús partió de ahí para enseñar y predicar en otras ciudades.

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Cuando nuestra concepción de un Dios todo bondad e incapaz de manejar el mal se hace radical, nos asusta el hecho de que hable de esa guerra y ese fuego, se nos hace duro e inconcebible, pero en realidad Dios maneja la peor de las situaciones ya que no les tiene medio, ni para mencionarlas porque también en la realidad están presentes y hay que tomarlas en cuenta para saber cómo sanarlas.

Es por ello que declara esa guerra, pero no es aquella en la que desencadenamos todos nuestros peores demonios, sino una guerra en defensa del amor, ese que falta en la familia, con las amistades, los demás seres y en general con el planeta y toda la creación.

Aquel amor que ante su ausencia domina el dolor, la angustia, el remarcar todas esas cosas que no tienen importancia ni valen la pena ser tomadas en cuenta, pero que cansados sobrevaloramos aumentando la realidad del dolor.

Ahí es donde la guerra del mal está declarada y presente en toda relación dañada, por lo que se debe reaccionar y contraatacar para erradicar todo lo que causa sufrimiento, y Jesús propone esa revolución en el amor y desde el amor. 

Así que no cae mal luchar por aquello que vale la pena, para que no se pierda, aumente y se mantenga hasta la vida eterna, y no los odios que jamás llegan a buen fin.

“El Sembrador”

“El Sembrador”

Mateo: 13, 1-23

Un día salió Jesús de la casa donde se hospedaba y se sentó a la orilla del mar. Se reunió en torno suyo tanta gente, que él se vio obligado a subir a una barca, donde se sentó, mientras la gente permanecía en la orilla. Entonces Jesús les habló de muchas cosas en parábolas y les dijo:

“Una vez salió un sembrador a sembrar, y al ir arrojando la semilla, unos granos cayeron a lo largo del camino; vinieron los pájaros y se los comieron. Otros granos cayeron en terreno pedregoso, que tenía poca tierra; ahí germinaron pronto, porque la tierra no era gruesa; pero cuando subió el sol, los brotes se marchitaron, y como no tenían raíces, se secaron. Otros cayeron entre espinos, y cuando los espinos crecieron, sofocaron las plantitas. Otros granos cayeron en tierra buena y dieron fruto: unos, ciento por uno; otros, sesenta; y otros, treinta. El que tenga oídos, que oiga”.

Después se le acercaron sus discípulos y le preguntaron: “¿Por qué les hablas en parábolas?” Él les respondió: “A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los cielos, pero a ellos no. Al que tiene, se le dará más y nadará en la abundancia; pero al que tiene poco, aun eso poco se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden.

En ellos se cumple aquella profecía de Isaías que dice: Oirán una y otra vez y no entenderán; mirarán y volverán a mirar, pero no verán; porque este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y tapado sus oídos, con el fin de no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni comprender con el corazón. Porque no quieren convertirse ni que yo los salve.

Pero, dichosos ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen. Yo les aseguro que muchos profetas y muchos justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron. Escuchen, pues, ustedes lo que significa la parábola del sembrador. A todo hombre que oye la palabra del Reino y no la entiende, le llega el diablo y le arrebata lo sembrado en su corazón. Esto es lo que significan los granos que cayeron a lo largo del camino.

Lo sembrado sobre terreno pedregoso significa al que oye la palabra y la acepta inmediatamente con alegría; pero, como es inconstante, no la deja echar raíces, y apenas le viene una tribulación o una persecución por causa de la palabra, sucumbe.

Lo sembrado entre los espinos representa a aquel que oye la palabra, pero las preocupaciones de la vida y la seducción de las riquezas la sofocan y queda sin fruto.
En cambio, lo sembrado en tierra buena representa a quienes oyen la palabra, la entienden y dan fruto: unos, el ciento por uno; otros, el sesenta; y otros, el treinta”.

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La eficacia de la gracia de Dios es muy manifiesta en todo momento, basta con mirar cuan perfectas acontecen todas las cosas y los tiempos, desde la perspectiva de lo divino y no tan sólo de lo material.

Caso explícito lo tenemos en la parábola del sembrador, que revela cuanto fruto puede dar la misma palabra de Dios, según se le de la importancia que merece recibirla. Dicha parábola no necesita mayor explicación cuando de suyo Jesús mismo la explica, donde el Sembrador es quien hace la diferencia al manifestar esa generosidad para fecundar la tierra.

“Una vida de a mentiras”

“Una vida de a mentiras”

Mateo: 10, 24-33

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “El discípulo no es más que el maestro, ni el criado más que su señor. Le basta al discípulo ser como su maestro y al criado ser como su señor. Si al señor de la casa lo han llamado Satanás, ¡qué no dirán de sus servidores! 

No teman a los hombres. No hay nada oculto que no llegue a descubrirse; no hay nada secreto que no llegue a saberse. Lo que les digo de noche, repítanlo en pleno día y lo que les digo al oído, pregónenlo desde las azoteas.

No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman, más bien, a quien puede arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo.

¿No es verdad que se venden dos pajarillos por una moneda? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae por tierra si no lo permite el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados. Por lo tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo.

A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos; pero al que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre, que está en los cielos”.

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Dentro de una cultura en la que predomina el qué dirán, donde se cuida la imagen a todo lo que da, el mundo de las mentiras se convierte en la actitud a vivir cada día, llegando a tal grado que cuando se dice la verdad duele. 

Sin embargo la mentira dura mientras la verdad sale, pro el contrario la verdad siempre permanece. Lo malo que la mentira genera cada vez mayor mentira para sostenerse hasta llegar a la ofensa y la calumnia. 

Hay que tener una prudencia certera que nos ayude a mejor vivir, para que en todo lo que hagamos y digamos, sea tan noble y sencillo en la verdad, que sin mayor preocupación se pueda tanto guardar en secreto como proclamarlo desde las azoteas sin afectar a nada ni a nadie.

Cuando lo que se predica o se vive está en el ámbito de la mentira, por lo general se permanece en la inestabilidad que surge del miedo a ser descubiertos. No hay como la paz y tranquilidad que otorga la verdad.

Cuando nuestra verdad se define para vivir la vida sin Dios, entonces excluimos ser reconocidos ante Él como tal, no por reciprocidad, sino por lógica. No quieres ser amado, no se te ama y se te respeta tu decisión.

“Tiempos de desconfianza”

“Tiempos de desconfianza”

Mateo: 10, 16-23

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “Yo los envío como ovejas entre lobos. Sean, pues, precavidos como las serpientes y sencillos como las palomas.

Cuídense de la gente, porque los llevarán a los tribunales, los azotarán en las sinagogas, los llevarán ante gobernadores y reyes por mi causa; así darán testimonio de mí ante ellos y ante los paganos. Pero, cuando los enjuicien, no se preocupen por lo que van a decir o por la forma de decirlo, porque en ese momento se les inspirará lo que han de decir. Pues no serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu de su Padre el que hablará por ustedes.

El hermano entregará a su hermano a la muerte, y el padre a su hijo; los hijos se levantarán contra sus padres y los matarán; todos los odiarán a ustedes por mi causa, pero el que persevere hasta el fin, se salvará.

Cuando los persigan en una ciudad, huyan a otra. Yo les aseguro que no alcanzarán a recorrer todas las ciudades de Israel, antes de que venga el Hijo del hombre”.

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Hoy vivimos en medio de una sociedad, que cuando ha perdido los valores fundamentales y básicos como es la educación, la honestidad, el respeto, el servicio a los demás, entonces cuesta trabajo entablar una relación de confianza, ya que no se posee una plataforma firme en la que podemos construir una excelente comunicación a discreción.

Nada nuevo ya que en los tiempos de Jesús el ambiente estaba similar, y es que el problema no son las personas, sino que alejándose de Dios, inmersos en el pecado habitual y sin ánimos de mejorar, se obtiene la receta perfecta para desconfiar del otro aunque sea nuestro prójimo, que merece respeto aunque no lo valore.

Es por ello, que si pretendemos anunciar y dar testimonio del Reino de los Cielos, hay que cuidar lo que hagamos para quede bien implantado y no que un mal intencionado destroce lo sembrado. 

Nuestra misión de dar testimonio de la verdad es muy atacada por quien vive en la mentira y el pecado, sumergidos en sus propias oscuridades y sombras de muerte, por ello ya que somos pocos los que intentamos dar un testimonio verídico, hay que cuidarnos para seguir haciéndolo eficazmente, ya que fuera de la jugada el mal crece.

No importa que sean tiempos de desconfianza, agarrados de la mano de Dios todo es posible y la confianza la debemos de empezar a restaurar nosotros con nuestra propia vida.

“Objetivo claro”

“Objetivo claro”

Mateo: 10, 7-15

En aquel tiempo, envió Jesús a los Doce con estas instrucciones: “Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente. No lleven con ustedes, en su cinturón, monedas de oro, de plata o de cobre. No lleven morral para el camino ni dos túnicas ni sandalias ni bordón, porque el trabajador tiene derecho a su sustento. Cuando entren en una ciudad o en un pueblo, pregunten por alguien respetable y hospédense en su casa hasta que se vayan. Al entrar, saluden así: ‘Que haya paz en esta casa’. Y si aquella casa es digna, la paz de ustedes reinará en ella; si no es digna, el saludo de paz de ustedes no les aprovechará. Y si no los reciben o no escuchan sus palabras, al salir de aquella casa o de aquella ciudad, sacúdanse el polvo de los pies. Yo les aseguro que el día del juicio, Sodoma y Gomorra serán tratadas con menos rigor que esa ciudad”.

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Cuando el Señor Jesús envía a sus discípulos, una vez preparados y llenos de su vivencia en oración y acompañamiento del Maestro, les recomienda de manera muy clara, que el objetivo es llevar la buena nueva y transmitirla de manera vivencial.

Para ello hay que tener la conciencia de que quien va a ayudarles a dicha encomienda, será Dios, porque cuando llama y envía, a su vez les provee de todos los dones  necesarios para el éxito de su misión. 

Es por ello que cuando alguien es enviado, su colaboración y actitud es muy importante, ya que si usamos el nombre de Dios para sobresalir nosotros, entonces de ser una misión cristocéntrica, pasa a ser egocéntrica perdiendo totalmente el objetivo.

Si una misión no siembra cuando menos el mensaje de salvación, aunque no se den los frutos de manera inmediata, entonces no se llevó a Dios a los demás, quedando en una buena intención que resultó en un paseo en nombre de Dios.

El objetivo es claro, si cuando vamos a hablar de Dios, no nos llenamos de Él con la conciencia de transmitirlo eficazmente, entonces el esfuerzo es vano. 

“Perder-Se”

“Perder-Se”

Mateo: 10, 1-7

En aquel tiempo, llamando Jesús a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.

Éstos son los nombres de los doce apóstoles: el primero de todos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos del Zebedeo; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el cananeo, y Judas Iscariote, que fue el traidor.

A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: “No vayan a tierra de paganos, ni entren en ciudades de samaritanos. Vayan más bien en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos”.

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Por lo general nos encontramos con la creencia de que el maligno es quien nos lleva por sus propios medios a perder nuestra vida creada para la eternidad en la felicidad y la luz, en una vida de vacío, dolor, sufrimiento y obscuridad. 

Ciertamente tiene buena parte de intromisión, pero al final la decisión de crecer en el bien o en el mal, ya depende de nosotros. Un don dado excelentemente a cada uno de nosotros es la libertad, tan amplia en su comprensión, que llegamos a creer que depende totalmente de nuestra propia iniciativa, excluyendo tanto a Dios como a su creación.

Es entonces cuando podemos perder el rumbo, ya que iniciativas de maldecir así como de volver nuestra voluntad hacia el mal, las encontramos a la vuelta de cada esquina, y no se diga de igual manera aquellas que nos hacen crecer en el bien y la gracia de Dios, pero en realidad hacerlas nuestras no depende de la imposición ni divina, ni maligna, sino de nuestra única y exclusiva voluntad.

Es por ello que podemos caer en la perdición si es que optamos obrar y vivir en un camino no benigno, y llegar a perdernos a nosotros mismos, alejados del plan perfecto preparado por el Padre Celestial para cada uno de nosotros, que identificándolo es la mejor opción adecuada a nuestro ser creado para complementar la creación misma.

Perderse es fácil, sencillo, basta con dejar de hacer el bien que nos corresponde, convertirse en oveja perdida, hace que junto con la falta de voluntad de tantos alejados de la verdad, se convierta más que en rebaño en multitud, en masa sin identidad propia.

La riqueza inmensa de Dios, hace que cada uno retorne al camino común del bien, con los dones particulares y únicos que en combinación con nuestra propia personalidad, converge para poder enriquecer a la misma historia y a nosotros en la santidad.

“Son pocos”

“Son pocos”


Mateo 9, 32b-38


En aquel tiempo, llevaron a Jesús un endemoniado mudo. Echó al demonio, y el mudo habló. La gente decía admirada: —Nunca se ha visto en Israel cosa igual.

En cambio, los fariseos decían: —Este echa los demonios con el poder del jefe de los demonios.

Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias. Al ver a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: —La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.


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El área de la expansión de la fe así como en el conocimiento de Dios tenemos un campo muy basto e inexplorado ya que no siempre se cuenta con la disponibilidad para darlo a conocer, y es que hacer cualquier campaña ya sea social, altruista, política o comercial, implica el personal y los recursos económicos para lograrlo, pero además de eso y ante todo, la disposición para plenamente hacerlo.


El impacto dependerá no del tamaño de la campaña, sino de la intensidad impresa en cada uno de los promotores, ya que implica no tan sólo el mensaje, sino también la calidad de la labor en la persona. Encontramos a aquellos que buscan les paguen bien, lo tratan de hacer bien, pero el carácter monetario va impreso y no impacta tanto, como decimos “se le ve la zanca al pollo”, a otros les encanta su trabajo y lo hacen bien además de ser remunerado.


Pero llega más lejos y profundo en mensaje que se transmite por su propia fuerza y mandato de convencimiento, que imprime testimonio y carácter aunque el trabajo sea muy poco recompensado monetariamente hablando.


Pero como aquí quien impera y se impone es el señor dinero, esos los que hacen su trabajo por amor a la vocación, son pocos y además tomados en cuenta como nada porque no obtenemos con su trabajo ganancias netas. 


Es por ello que hay que pedir al dueño de la mies que envíe trabajadores que hagan converger esos dos mundos para que uno no le quite el valor al otro, ya que no son opuestos sino complementos en la vida ordinaria del mundo, pero siempre mirando a su vez al cielo, recibiendo esa sabiduría que Dios da y que un guía espiritual ayuda a ubicarla. Por ello no dejar de orar ya que los trabajadores son pocos e igual de importantes que los demás porque aportan lo que los demás no dan, el crecimiento en el espíritu y la vida de la gracia.

“Cuando se tiene fe y confianza”

“Cuando se tiene fe y confianza”

Mateo: 9, 18-26

En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba, se le acercó un jefe de la sinagoga, se postró ante Él y le dijo: “Señor, mi hija acaba de morir; pero ven tú a imponerle las manos y volverá a vivir”.

Jesús se levantó y lo siguió, acompañado de sus discípulos. Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y le tocó la orilla del manto, pues pensaba: “Con sólo tocar su manto, me curaré”. Jesús, volviéndose, la miró y le dijo: “Hija, ten confianza; tu fe te ha curado”. Y en aquel mismo instante quedó curada la mujer.

Cuando llegó a la casa del jefe de la sinagoga, vio Jesús a los flautistas, y el tumulto de la gente y les dijo: “Retírense de aquí. La niña no está muerta; está dormida”. Y todos se burlaron de Él. En cuanto hicieron salir a la gente, entró Jesús, tomó a la niña de la mano y ésta se levantó. La noticia se difundió por toda aquella región.

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No cabe duda que la fe hace maravillas en nuestras vidas tanto en la bonanza como en la escasez, y es que a veces nos quedamos con el estereotipo de que con fe todo lo que se pide será como nosotros deseamos, de hecho así aparenta ser en las peticiones que a Jesús le hacen en medio de sus propias necesidades.

No dudo que el milagro se reciba de igual manera, pero en muy variadas ocasiones, puede hacerse presente con una metodología que no esperamos, y es que el milagro va a acompañado no solamente del hecho externo, como en este caso es la curación del ser amado o de uno mismo.

Sino que el milagro es más completo, es decir, inicia por sanar nuestra mente, hábitos, juicios, y la manera de percibir el mundo y a los hermanos, nos da una visión más completa de la realidad, donde entenderemos que no precisamente llegará la sanación como la esperamos, pero que sí transformará el entorno y nuestra vida, sabiendo que el dolor, incluso la muerte, es parte del proceso para mejorar todo un entorno.

Pero si nos asentamos en el dolor y desde esa moción pedimos el milagro y lo esperamos, no veremos toda su acción y estaremos cerrados al verdadero milagro en el que Dios quiere obrar y transformar ese dolor en alegría, desde el fondo de nuestro corazón. 

Es ahí donde entra toda la fe, pero también la confianza de que Dios obrará, pero hay que saber ver cómo y por dónde vendrá, pero sin paz es imposible por la necedad de obtener con letras y comas lo que pedimos.