“Beato Luis Magaña Servín”

“Beato Luis Magaña Servín”

Marcos: 7, 24-30

En aquel tiempo, Jesús salió de Genesaret y se fue a la región donde se encuentra Tiro. Entró en una casa, pues no quería que nadie se enterara de que estaba ahí, pero no pudo pasar inadvertido. Una mujer, que tenía una niña poseída por un espíritu impuro, se enteró enseguida, fue a buscarlo y se postró a sus pies.

Cuando aquella mujer, una siria de Fenicia y pagana, le rogaba a Jesús que le sacara el demonio a su hija, él le respondió: “Deja que coman primero los hijos. No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”. La mujer le replicó: “Sí, Señor; pero también es cierto que los perritos, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños”.

Entonces Jesús le contestó: “Anda, vete; por eso que has dicho, el demonio ha salido ya de tu hija”. Al llegar a su casa, la mujer encontró a su hija recostada en la cama, y ya el demonio había salido de ella.

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Luis Magaña Servín

Nació en Arandas, Jalisco, -municipio de firme religiosidad-, el 24 de agosto de 1902. Fue el primero de tres hermanos –Luis, Delfino y José Soledad-, engendrados por los esposos Raimundo Magaña Zúñiga y Mª Concepción Servín. Fue bautizado dos días después de su nacimiento, el 26 de agosto, en la iglesia parroquial, por el Sr. Pbro. Víctor Díaz.

Su padre, curtidor de pieles, transmitió el oficio a su primogénito, quien desde adolescente mostró especiales aptitudes para el trabajo, la responsabilidad y el ahorro. Su madre se dedicó completamente al hogar. Ella supo inculcar en sus hijos una piedad sólida, y como en muchas familias de aquellas comarcas alteñas, un gran amor a la Eucaristía y a la Virgen María. La familia Magaña Servín era unida y firme en la fe, rezaba diariamente el rosario, asistía regularmente a la misa, y eran trabajadores.

Asistió a la escuela parroquial. En muchos pueblos rurales sólo existían escuelas parroquiales, en aquellos tiempos eran los sacerdotes y religiosos los que se preocupaban porque la educación llegara a los pueblos y ranchos. En esas escuelas, además de la formación académica, recibían la enseñanza religiosa. Los maestros lo eran de vocación, se interesaban porque los alumnos aprendieran bien, eran responsables y abnegados. En ocasiones eran personas heroicas; por su parte, los niños y jóvenes se entregaban de lleno al estudio. Luis fue uno de esos chicos que aprovechó sus estudios.

Los niños en Arandas pasaban la vida entre la casa, la escuela y el templo. Todos en la familia Magaña Servín se levantaban temprano; a las cinco de la mañana, papás e hijos iban a misa a la parroquia; solían comulgar a diario. Por las tardes, los niños ayudaban en el trabajo de la curtiduría. Muy pronto Luis llegó a estar al frente de la curtiduría.

Después de su trabajo, los Magaña salían a jugar con los vecinos. Gozaban alegremente de los momentos diarios de esparcimiento, eran amigables. Luis era de temperamento tranquilo y noble, sensible y bondadoso, tenaz y muy constante en lo que emprendía, responsable y transparente en su actuar.

En cuanto se fundó en Arandas la Asociación Católica de la Juventud Mexica­na, se afilió a ella, adquiriendo los conocimientos básicos sobre doctrina social católica. Fue uno de los socios fundadores más comprometidos.

Luis viajaba regularmente con su padre a Atotonilco para vender los cueros curtidos., era bueno para vender, convencía a las personas y pronto terminaba con la venta. Siendo ya joven llegaba a viajar solo. Aquél muchacho ahorraba un parte de lo ganaba de su trabajo, con  la ilusión de comprarse una casa. Con el tiempo logró realizar su deseo y tuvo su casa.

En 1924 quedó inscrito como socio activo fundador de la Archicofradía de la Adoración Nocturna del Santísimo Sacramento, de la que será miembro asiduo y piadoso. Su gran amor a Jesús Eucaristía le daba la fuerza para vivir fielmente su fe.

Tuvo Luis una sola novia, con la que se casó, se llamaba Elvira Camarena Méndez. Vivía con un tío suyo llamado Margarito Gómez pues había quedado huérfana. Eran vecinos del mismo barrio y se conocieron desde niños. La boda se realizó el 6 de enero de 1926 en la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe. Ella tenía 18 años y él 24. En su vida matrimonial, Luis y Elvira se acoplaron bien al trabajo, en su vida cristiana no descuidaban participar en la Misa y hacer oración. Colaboraban con gusto en las iniciativas de la parroquia.

Entre tanto, la situación de los católicos parecía empeorar de día en día. El fatídico 31 de julio de 1926 el culto público fue suspendido por mandato de los obispos; los católicos, heridos en lo más vivo, organizaron una resistencia sin parangón, cuyo eco alcanzó muy intensas repercusiones, en la región de Los Altos, en general; y en Arandas, en particular.

Aquella situación afectaba profundamente a los católicos. Luis buscaba recibir el sacramento de la Eucaristía, estaba siempre al pendiente de los lugares en donde iba a celebrarse la misa y, aún a sabiendas de los riesgos que corría, allí estaba. Tampoco dejó la ACJM, por el contrario, el grupo se fortaleció, buscaban un lugar en donde tener sus reuniones; estaba siempre al tanto de las noticias, estas no siempre eran alentadoras, a sus oídos llegó la noticia del asesinato de los Mártires de Chalchihuites, de los levantamientos armados, de las profanaciones a las iglesias. Esas noticias le causaban un gran dolor, pero aquella de la muerte de Anacleto González Flores y sus compañeros Mártires, jóvenes de la ACJM, le dolieron profundamente. Sin embargo, esos ejemplos en lugar de desanimarle, lo encendieron por dentro y de alguna manera lo ayudaron para afrontar, en su momento, esa misma suerte.

En medio de las preocupaciones y tiempos de angustia y persecución, el 11 de abril de 1927 nació su hijo primogénito, Gilberto. Para Luis fue el comienzo de una nueva etapa en su vida familiar. Aquel niño llenó de alegría su vida. El testimonio que dan de él los que lo conocieron dicen que fue un buen padre y un esposo siempre atento con su esposa, la amaba mucho y estaba al pendiente que nada le faltara a ella y a su pequeño.

Para esas fechas, los cristeros habían librado muchos combates en diversos estados de la república, en algunas batallas resultaban vencedores, en otras, en cambio, eran vencidos. Por su parte, el gobierno se mantenía firme en su actitud persecutoria. Las leyes atentatorias contra el derecho de libertad religiosa no cambiaban. Seguían cayendo Mártires, tanto sacerdotes como laicos. Eran apresadas las familias que escondían a algún sacerdote o líder católico. Muchos sacerdotes y obispos fueron expulsados del país.

Su convicción pacifista, su esposa embarazada, su pequeño hijo y sus padres, junto, a los cuales ha establecido su domicilio conyugal, lo inhiben a sumarse a las filas armadas, pero no le impiden, en cambio, ayudar con su oración y sus bienes a los católicos de la resistencia activa. Asesorado por el párroco J. de Alba, logró organizar muy bien la ayuda coordinando todo a través de un mensajero de confianza, un panadero a quien le decían “Pancho la Muerte”.

El apoyo incondicional ofrecido por los habitantes de Los Altos a las fuerzas cristeras fortalecía la causa. Para cortar desde sus raíces la oposición católica, el gobierno civil y su brazo ejecutor, el ejército, implementaron acciones durísimas de represión y acoso, entre otras la ejecución de algún católico representativo de la comunidad. Ese fue el caso de Luis.

La autoridad militar ordenó en 1927 que en cuanto terminara la cosecha del maíz, todas las familias que vivían en los pueblos chicos y en los ranchos se concentraran en algún centro importante señalado por la autoridad con el fin de impedir la ayuda del pueblo a los cristeros. De ese modo cualquier persona que se encontrara fuera de dicho centro o aislada, era considerada rebelde y podía ser fusilada en el mismo lugar sin investigación o juicio alguno. Esta reconcentración obligó a los campesinos a abandonar sus casas. La misma orden fue dirigida a los sacerdotes que se encontraban prestando su ministerio en los pueblos. El sacerdote que fuera encontrado en cualquier ambiente rural era considerado también rebelde y como tal era ejecutado sin más.

En febrero de 1928, un grupo de soldados federales al mando del general Zenón Martínez ocupó la plaza de Arandas, posesionándose de la iglesia parroquial y del curato, donde se instaló el Centro de Operaciones. El militar tuvo informes de algunos católicos de la población solidarios con la resistencia y se propuso escar­mentar en uno a todos; eligió pues dos nombres, José Refugio Aranda, llamado “Pancho la Muerte”,  y Luis Magaña Servín.

Al mediodía del 9 de febrero de 1928, los emisarios de Martínez llegaron al domicilio de Luis pero no dieron con él porque se ocultó en un subte­rráneo que unía su domicilio particular con el de sus padres. Los emisarios, para no irse con las manos vacías, hicieron prisionero a Delfino, el segundo hijo de los Magaña Servín. Dejaron claro que si Luis no se presentaba ese mismo día en la comisaría, su hermano sería fusilado.

Luis, con serenidad y precisión decidió presentarse ante los militares. Se vistió con sus mejores vestidos; se sentó a la mesa y quiso comer con toda la familia reunida. Era su última comida con los suyos. Al terminar, se levantó, se puso de rodillas delante de sus padres y les pidió la bendición. Animó a todos diciéndoles que pronto volvería y les dio un fuerte abrazo; estrechó a su pecho y besó a al pequeño Gilberto; con otro fuerte abrazo se despidió de su esposa Elvira, que sollozaba. Salió de su casa camino de su martirio. Se presentó en el curato convertido en cuartel y preguntó por el general Martínez. Un oficial lo condujo al hotel Centenario donde se hospedaba el general.

Luis pidió al general Martínez la libertad de su hermano a cambio de la suya. El militar aceptó el trato, y sin mayores trámites, como si se sentenciara a un peligroso delincuente, ordenó se formara en el atrio de la iglesia el cuadro para ejecutar a los dos prisioneros, José Refugio Aranda y a Luis Magaña Servín.

Eran las tres y media de la tarde. A Luis le ataron las manos, pero no quiso ser vendado. Hizo uso de la palabra en los siguientes términos: “Yo no he sido nunca ni cristero ni rebelde, como ustedes me acusan. Pero si de cristiano me acusan, sí lo soy, y por eso estoy aquí para ser ejecutado. Soldados que me van a fusilar, quiero decirles que desde este momento quedan perdonados y les prometo que al llegar ante la presencia de Dios serán los primeros por los que yo pida. ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe!”.

Sus palabras fueron interrumpidas por la descarga de los fusiles. La fuerte detonación estremeció el silencio trágico de esa tarde.

Poco después, su padre trasladó los restos a su casa, donde los vecinos acudieron en masa, tocando con veneración y respeto los despojos mortales. Al día siguiente se le sepultó en el cementerio municipal.

Cinco meses después de su muerte, nació su hija póstuma, la bautizaron con el nombre de María Luisa en memoria de su padre.

En el templo parroquial Nuestra Señora de Guadalupe, de su tierra natal, se encuentran los restos mortales del Beato Luis, para su veneración.

Fuente: santuariodelosmartiresdecristo.org

Un comentario en ““Beato Luis Magaña Servín”

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