“La Madre de Dios”

“La Madre de Dios”

Lucas 2, 16-21

En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño.

Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho.

Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

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Es ya de suyo una bendición el hecho de que al iniciar un nuevo año civil, desde el primer día nos hacemos acompañar de María Santísima, sobre todo reconociéndola como Madre, y es que es algo que no podemos prescindir si entender el avanzar hacia este nuevo proyecto de vida en el tiempo, depositado desde éste primer día del año, rodeado de los que invariablemente te aman o te han demostrado un amor puro, sincero e incondicional y ese amor es el amor de Madre.

Por ello es justo hoy volver la mirada hacia María, la mujer que lo extraordinario lo vivió con una sencillez y armonía dentro de lo ordinario, a tal grado de engrandecer la simpleza evidenciando lo bello del día a día. Mujer forjada en medio de un seno religioso, aquél mismo que transmite y mantiene en su propio Hijo.

Mujer que maravilla a cuantos tienen la dicha de encontrarse con ella porque su acción a la respuesta de la voluntad divina hace que brille en sí misma y transforme a aquellos, tanto ayer como hoy, los que la buscan.

El caso es muy claro en el evangelio de éste día, ya que la gracia y santidad que trae su hijo ante el mundo que lo reconoce les hace reconocer la misma obra de Dios en nuestra misma carne.

Maravilla que, María discretamente como buena madre empieza a ser, conserva esa gracia en su corazón, porque sabe que aquello que le acontece, que no es por sus propios méritos, sino participados por la misma aceptación de la gracia de Dios.

Es por ello, que al igual como lo hizo esa Santa Madre, nos dispongamos en esta oportunidad de vida ante este año nuevo a abrirnos a las gracias y bendiciones divinas, y dejarlas que den su fruto y nos transformen, dándote la oportunidad de ver su acción en los que te rodean y a su vez de igual manera, meditarlas como tuyas en tu propio corazón. Me uno a tu oración para encomendarte a recibir las mayores bendiciones en este año nuevo.

“La Sagrada Familia”

“La Sagrada Familia” 

Lucas 2, 22-40

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: “Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones”.

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor.

Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: –Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel. Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño.

Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: –Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma. “Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones.

Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

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Uno de los más valiosos y magníficos dones otorgados de parte de Dios a sus seres creados, es el don de la familia; ya desde los orígenes se remarca que fuimos hechos a su imagen y semejanza, aquella misma que viene de Dios, porque no se refiere al parecido físico, concretamente remarca la semejanza en la propia vida, en los dones, en las capacidades, pero también en la familia, ya que Dios mismo es familia.

No podemos desmembrar de nosotros el concepto y cambiarlo por otro que no es, ya que hoy en día, se le llama familia incluyendo hasta al perro y el gato, concluyendo que cualquier grupo de convivencia humana se le llama familia, esto ya es un valor en sí mismo, pero puede ser a su vez una degradación.

La familia no es tan sólo un grupo reunido en una vivienda, tampoco son aquellos los que elijo selectivamente porque viven y piensan como yo, o simplemente porque te agradan.

Esto ha llegado a verse despectivamente, ya que han declarado verbalmente :“La familia no la escogemos por desgracia, mi nueva “familia” sí. Se olvida que la familia es un don, pero su perfecto funcionamiento depende además de las propias responsabilidades, derechos y roles en los que se desarrolla totalmente. Sin ellos no funciona, no crece ni madura. Si se ideologizan, politizan y se inventan nuevos “derechos humanos” sobre todo en torno a la familia, la estarán desmembrando, deteriorando su fundamento y su ser en sí.

Por ello ese regalo a imagen de Dios Padre, Dios Hijo y la relación de amor de Dios Espíritu Santo, que es familia en sí mismo, debemos cuidarlo y protegerlo, de otra manera nos estarán quitando lo más sagrado en la relación de nuestro propio ser y amar en familia.

“…Se llenaba de sabiduría”

“…Se llenaba de sabiduría” 

Lucas 2, 36-40

En aquel tiempo, había una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones.

Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

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Una de las propiedades muy actuales del mantenernos constantemente cercanos a Dios, es que sus gracias y dones, nos son compartidos en la medida que vamos disponiéndonos a recibirlos, los hechos lo van diciendo todo, la oración va teniendo sus frutos y la vida de lo sagrado sus consecuencias.

El testimonio en esta fracción del evangelio es muy claro, ya se nos remarca que Ana, hija de Fanuel, que por cierto era ya anciana, no se apartaba del lugar sagrado en ningún momento, podría parecer fanatismo, pero en realidad se trata del haber encontrado ese tesoro que sacia de amor al estar en la presencia del Señor, fruto de la perseverancia en la oración, regalo de Dios, además de los frutos que parcialmente le irá dando hasta llegar a la vida eterna.

Uno de esos regalos fue el de haber sido partícipe de ver al mismo Mesías, donde Dios hace patente sus promesas, verlas en pleno seguimiento y cumplimiento, conscientes de ello, es ya una bendición de Dios que no a cualquiera se le da, simplemente por el hecho de que no les interesa seriamente el asunto.

La vida de la Gracia cuando se cuida da múltiples y grandes frutos, es por ello que es muy interesante el hecho de saber conservarnos en ella, en el caso de la familia de Jesús, no encontramos diferencia alguna de la misma, el hecho de hacer vida la Palabra a través de sus propios actos, redunda en la santidad de su propio hijo, el cual de la mano de ellos como remarca el mismo evangelio, se ve proyectada en la propia vida de Jesús que va creciendo, robusteciéndose y llenándose de sabiduría.

Hoy en nuestros días, la eficacia de la gracia de Dios sigue siendo la misma, no esperemos un personaje o un suceso importante para recibirla, cuando hoy la podemos hacer nuestra a través de la vida cercana con Dios, a través de la oración; de nosotros depende y de igual manera sus frutos. Por ello, de una gracia brota la que le sigue, pero si no la atendemos, trunca quedará. No desaprovechemos la oportunidad en vida de crecer constantemente en la gracia de Dios, que nunca es suficiente, siempre basta y en Dios será plena.

“Impulsado por el Espíritu, fue al templo”

“Impulsado por el Espíritu, fue al templo” 

Lucas 2, 22-35

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones».

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor.

Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:«Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel».

Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma».

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Encontramos en los relatos de este tiempo de Navidad, aquellas actividades religiosas que los mismos padres de Jesús: José y María, siguiendo una sana tradición participan de los actos religiosos que les atañe a su nueva circunstancia de familia.

Por el mismo hecho de que sean los padres encomendados del cuidado del Hijo de Dios, no los excluye de la actividad ordinaria y religiosa, ellos siguen cumpliendo un ritmo normal de vida, sin privilegios ni exclusiones de ningún tipo, no se sienten salvados, ellos por el contrario son los primeros partícipes del compromiso de la salvación, comprometidos con Dios y comprometidos con su religión en todo lo que corresponde.

En ese ámbito reconocemos su obra, pero a su vez vemos la acción de Dios ante ten generosa entrega y participación; los encontramos en el episodio de la presentación de Jesús al templo y la purificación de María Santísima haciendo todo como la ley en su momento lo mandaba. Simeón, el cual, siendo un hombre entregado al amor de Dios en todo lo que hacía, gracias a esa cercanía le es revelado que participará de la alegría de conocer al Mesías, un regalo de parte de Dios para quienes entregan su ser totalmente a sus obligaciones personales sin desatender en ningún momento las para con Dios.

Por ello fue Simeón impulsado hacia el templo, donde reconoce su obra a la escala total de la salvación humana, sabe ver claramente el plan de Dios y el papel suyo como el del pueblo de Israel, todo por la sensibilidad adquirida como un don de Dios, que se pide y se obtiene asiduamente. Al igual, podemos disponer nuestra vida a los deberes ordinarios con Dios, eso basta y es suficiente para que su gracia nos revele su plan y el de nuestras vidas en colaboración, pero alejados y esporádicos, no es posible.

“Los Santos Inocentes”

“Los Santos Inocentes”

Mateo 2, 13-18

Después de que los magos partieron de Belén, el ángel del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, toma al niño y a su madre, y huye a Egipto. Quédate allá hasta que yo te avise porque Herodes va a buscar al niño para matarlo”.

José se levantó y esa misma noche tomó al niño y a su madre y partió para Egipto, donde permaneció hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que dijo el Señor por medio del profeta: De Egipto llamé a mi hijo.

Cuando Herodes se dio cuenta de que los magos lo habían engañado, se puso furioso y mandó matar, en Belén y sus alrededores, a todos los niños menores de dos años, conforme a la fecha que los magos le habían indicado.

Así se cumplieron las palabras del profeta Jeremías: En Ramá se ha escuchado un grito, se oyen llantos y lamentos: es Raquel que llora por sus hijos y no quiere que la consuelen, porque ya están muertos.

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Todavía no hablan, y ya confiesan a Cristo

De los sermones de san Quodvultdeus, obispo

Sermón 2 sobre el Símbolo

Nace un niño pequeño, un gran Rey. Los magos son atraídos desde lejos; vienen para adorar al que todavía yace en el pesebre, pero que reina al mismo tiempo en el cielo y en la tierra. Cuando los magos le anuncian que ha nacido un Rey, Herodes se turba, y, para no perder su reino, lo quiere matar; si hubiera creído en él, estaría seguro aquí en la tierra y reinaría sin fin en la otra vida.

¿Qué temes, Herodes, al oír que ha nacido un Rey? Él no ha venido para expulsarte a ti, sino para vencer al Maligno. Pero tú no entiendes estas cosas, y por ello te turbas y te ensañas, y, para que no escape el que buscas, te muestras cruel, dando muerte a tantos niños.

Ni el dolor de las madres que gimen, ni el lamento de los padres por la muerte de sus hijos, ni los quejidos y los gemidos de los niños te hacen desistir de tu propósito. Matas el cuerpo de los niños, porque el temor te ha matado a ti el corazón. Crees que, si consigues tu propósito, podrás vivir mucho tiempo, cuando precisamente quieres matar a la misma Vida.

Pero aquél, fuente de la gracia, pequeño y grande, que yace en el pesebre, aterroriza tu trono; actúa por medio de ti, que ignoras sus designios, y libera las almas de la cautividad del demonio. Ha contado a los hijos de los enemigos en el número de los adoptivos.

Los niños, sin saberlo, mueren por Cristo; los padres hacen duelo por los mártires que mueren. Cristo ha hecho dignos testigos suyos a los que todavía no podían hablar. He aquí de qué manera reina el que ha venido para reinar. He aquí que el liberador concede la libertad, y el salvador la salvación.

Pero tú, Herodes, ignorándolo, te turbas y te ensañas y, mientras te encarnizas con un niño, lo estás enalteciendo y lo ignoras.

¡Oh gran don de la gracia! ¿De quién son los merecimientos para que así triunfen los niños? Todavía no hablan, y ya confiesan a Cristo. Todavía no pueden entablar batalla valiéndose de sus propios miembros, y ya consiguen la palma de la victoria.

Oración

Los mártires Inocentes proclaman tu gloria en este día, Señor, no de palabra, sino con su muerte; concédenos, por su intercesión, testimoniar con nuestra vida la fe que confesamos de palabra. Por nuestro Señor Jesucristo.

“San Juan Apóstol y Evangelista”

“San Juan Apóstol y Evangelista”

Juan 20, 2-8

El primer día después del sábado, María Magdalena regresó corriendo donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».

Pedro y el otro discípulo fueron rápidamente al sepulcro. Salieron corriendo los dos juntos, pero el otro discípulo se adelantó a Pedro y llegó antes que él.

Al asomarse al interior comprobó que las vendas estaban allí; pero no entró. Siguiéndole los pasos llegó Simón Pedro que entró en el sepulcro, y observó que las vendas de lino estaban allí. Estaba también el lienzo que habían colocado sobre la cabeza de Jesús, pero no estaba con las vendas, sino doblado y colocado aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro. Vio y creyó.

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Hijo del Zebedeo, hermano del Apóstol SantiagoEtimología de Juan: “El Señor ha dado su gracia”, Autor del cuarto evangelio, de las tres cartas que llevan su nombre en el NT y del Apocalipsis. Emblemas: El águila (por su visión mística elevada), Un libro (por su escritos llenos del Espíritu Santo). Patrón de teólogos y escritores, Muerte: c.100 P.C.

El discípulo amado SAN JUAN el Evangelista, a quien se distingue como “el discípulo amado de Jesús” y a quien a menudo le llaman “el divino” (es decir, el “Teólogo”) sobre todo entre los griegos y en Inglaterra, era un judío de Galilea, hijo de Zebedeo y hermano de Santiago el Mayor, con quien desempeñaba el oficio de pescador. Junto con su hermano Santiago, se hallaba Juan remendando las redes a la orilla del lago de Galilea, cuando Jesús, que acababa de llamar a su servicio a Pedro y a Andrés, los llamó también a ellos para que fuesen sus Apóstoles. El propio Jesucristo les puso a Juan y a Santiago el sobrenombre de Boanerges, o sea “hijos del trueno” (Lucas 9, 54), aunque no está aclarado si lo hizo como una recomendación o bien a causa de la violencia de su temperamento.

Se dice que San Juan era el más joven de los doce Apóstoles y que sobrevivió a todos los demás. Es el único de los Apóstoles que no murió martirizado.

En el Evangelio que escribió se refiere a sí mismo, como “el discípulo a quien Jesús amaba”, y es evidente que era de los mas íntimos de Jesús. El Señor quiso que estuviese, junto con Pedro y Santiago, en el momento de Su transfiguración, así como durante Su agonía en el Huerto de los Olivos. En muchas otras ocasiones, Jesús demostró a Juan su predilección o su afecto especial. Por consiguiente, nada tiene de extraño desde el punto de vista humano, que la esposa de Zebedeo pidiese al Señor que sus dos hijos llegasen a sentarse junto a Él, uno a la derecha y el otro a la izquierda, en Su Reino. Juan fue el elegido para acompañar a Pedro a la ciudad a fin de preparar la cena de la última Pascua y, en el curso de aquella última cena, Juan reclinó su cabeza sobre el pecho de Jesús y fue a Juan a quien el Maestro indicó, no obstante que Pedro formuló la pregunta, el nombre del discípulo que habría de traicionarle.

Es creencia general la de que era Juan aquel “otro discípulo” que entró con Jesús ante el tribunal de Caifás, mientras Pedro se quedaba afuera. Juan fue el único de los Apóstoles que estuvo al pie de la cruz con la Virgen María y las otras piadosas mujeres y fue él quien recibió el sublime encargo de tomar bajo su cuidado a la Madre del Redentor. “Mujer, he ahí a tu hijo”, murmuró Jesús a su Madre desde la cruz. “He ahí a tu madre”, le dijo a Juan. Y desde aquel momento, el discípulo la tomó como suya. El Señor nos llamó a todos hermanos y nos encomendó el amoroso cuidado de Su propia Madre, pero entre todos los hijos adoptivos de la Virgen María, San Juan fue el primero. Tan sólo a él le fue dado el privilegio de llevar físicamente a María a su propia casa como una verdadera madre y honrarla, servirla y cuidarla en persona.

Gran testigo de la Gloria del Maestro Cuando María Magdalena trajo la noticia de que el sepulcro de Cristo se hallaba abierto y vacío, Pedro y Juan acudieron inmediatamente y Juan, que era el más joven y el que corría más de prisa, llegó primero. Sin embargo, esperó a que llegase San Pedro y los dos juntos se acercaron al sepulcro y los dos “vieron y creyeron” que Jesús había resucitado.

A los pocos días, Jesús se les apareció por tercera vez, a orillas del lago de Galilea, y vino a su encuentro caminando por la playa. Fue entonces cuando interrogó a San Pedro sobre la sinceridad de su amor, le puso al frente de Su Iglesia y le vaticinó su martirio. San Pedro, al caer en la cuenta de que San Juan se hallaba detrás de él, preguntó a su Maestro sobre el futuro de su compañero: «Señor, y éste, ¿qué?» (Jn 21,21)Jesús le respondió: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme.» (Jn 21,22) Debido a aquella respuesta, no es sorprendente que entre los hermanos corriese el rumor de que Juan no iba a morir, un rumor que el mismo Juan se encargó de desmentir al indicar que el Señor nunca dijo: “No morirá”. (Jn 21,23).

Después de la Ascensión de Jesucristo, volvemos a encontrarnos con Pedro y Juan que subían juntos al templo y, antes de entrar, curaron milagrosamente a un tullido. Los dos fueron hechos prisioneros, pero se les dejó en libertad con la orden de que se abstuviesen de predicar en nombre de Cristo, a lo que Pedro y Juan respondieron: «Juzgad si es justo delante de Dios obedeceros a vosotros más que a Dios. No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído.» (Hechos 4:19-20) Después, los Apóstoles fueron enviados a confirmar a los fieles que el diácono Felipe había convertido en Samaria.

Cuando San Pablo fue a Jerusalén tras de su conversión se dirigió a aquellos que “parecían ser los pilares” de la Iglesia, es decir a Santiago, Pedro y Juan, quienes confirmaron su misión entre los gentiles y fue por entonces cuando San Juan asistió al primer Concilio de Apóstoles en Jerusalén. Tal vez concluido éste, San Juan partió de Palestina para viajar al Asia Menor. Efeso San Ireneo, Padre de la Iglesia, quien fue discípulo de San Policarpo, quién a su vez fue discípulo de San Juan, es una segura fuente de información sobre el Apóstol. San Ireneo afirma que este se estableció en Efeso después del martirio de San Pedro y San Pablo, pero es imposible determinar la época precisa.

De acuerdo con la Tradición, durante el reinado de Domiciano, San Juan fue llevado a Roma, donde quedó milagrosamente frustrado un intento para quitarle la vida. La misma tradición afirma que posteriormente fue desterrado a la isla de Patmos, donde recibió las revelaciones celestiales que escribió en su libro del Apocalipsis. Maravillosas revelaciones celestiales Después de la muerte de Domiciano, en el año 96, San Juan pudo regresar a Efeso, y es creencia general que fue entonces cuando escribió su Evangelio. El mismo nos revela el objetivo que tenía presente al escribirlo. “Todas estas cosas las escribo para que podáis creer que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios y para que, al creer, tengáis la vida en Su nombre”.

Su Evangelio tiene un carácter enteramente distinto al de los otros tres y es una obra teológica tan sublime que, como dice Teodoreto, “está más allá del entendimiento humano el llegar a profundizarlo y comprenderlo enteramente”. La elevación de su espíritu y de su estilo y lenguaje, está debidamente representada por el águila que es el símbolo de San Juan el Evangelista.

También escribió el Apóstol tres epístolas: a la primera se le llama Católica, ya que está dirigida a todos los otros cristianos, particularmente a los que él convirtió, a quienes insta a la pureza y santidad de vida y a la precaución contra las artimañas de los seductores. Las otras dos son breves y están dirigidas a determinadas personas: una probablemente a la Iglesia local, y la otra a un tal Gayo, un comedido instructor de cristianos.

A lo largo de todos sus escritos, impera el mismo inimitable espíritu de caridad. No es éste el lugar para hacer referencias a las objeciones que se han hecho a la afirmación de que San Juan sea el autor del cuarto Evangelio. Predicando la Verdad y el amor Los más antiguos escritores hablan de la decidida oposición de San Juan a las herejías de los ebionitas y a los seguidores del gnóstico Cerinto.

En cierta ocasión, según San Ireneo, cuando Juan iba a los baños públicos, se enteró de que Cerinto estaba en ellos y entonces se devolvió y comentó con algunos amigos que le acompañaban: “¡Vámonos hermanos y a toda prisa, no sea que los baños en donde está Cerinto, el enemigo de la verdad, caigan sobre su cabeza y nos aplasten!”. Dice San Ireneo que fue informado de este incidente por el propio San Policarpio el discípulo personal de San Juan.

Por su parte, Clemente de Alejandría relata que en cierta ciudad cuyo nombre omite, San Juan vio a un apuesto joven en la congregación y, con el íntimo sentimiento de que mucho de bueno podría sacarse de él, lo llevó a presentar al obispo a quien él mismo había consagrado. “En presencia de Cristo y ante esta congregación, recomiendo este joven a tus cuidados”. De acuerdo con las recomendaciones de San Juan, el joven se hospedó en la casa del obispo, quien le dio instrucciones, le mantuvo dentro de la disciplina y a la larga lo bautizó y lo confirmó.

Pero desde entonces, las atenciones del obispo se enfriaron, el neófito frecuentó las malas compañías y acabó por convertirse en un asaltante de caminos. Transcurrió algún tiempo, y San Juan volvió a aquella ciudad y pidió al obispo: “Devuélveme ahora el cargo que Jesucristo y yo encomendamos a tus cuidados en presencia de tu iglesia”. El obispo se sorprendió creyendo que se trataba de algún dinero que se le había confiado, pero San Juan explicó que se refería al joven que le había presentado y entonces el obispo exclamó: “¡Pobre joven! Ha muerto”. “¿De qué murió, preguntó San Juan. “Ha muerto para Dios, puesto que es un ladrón” , fue la respuesta. Al oír estas palabras, el anciano Apóstol pidió un caballo y un guía para dirigirse hacia las montañas donde los asaltantes de caminos tenían su guarida.

Tan pronto como se adentró por los tortuosos senderos de los montes, los ladrones le rodearon y le apresaron. “¡Para esto he venido!”, gritó San Juan. “¡Llevadme con vosotros!” Al llegar a la guarida, el joven renegado reconoció al prisionero y trató de huir, lleno de vergüenza, pero Juan le gritó para detenerle: “¡Muchacho! ¿Por qué huyes de mí, tu padre, un viejo y sin armas? Siempre hay tiempo para el arrepentimiento. Yo responderé por ti ante mi Señor Jesucristo y estoy dispuesto a dar la vida por tu salvación.

Es Cristo quien me envía”.

El joven escuchó estas palabras inmóvil en su sitio; luego bajó la cabeza y, de pronto, se echó a llorar y se acercó a San Juan para implorarle, según dice Clemente de Alejandría, una segunda oportunidad. Por su parte, el Apóstol no quiso abandonar la guarida de los ladrones hasta que el pecador quedó reconciliado con la Iglesia. Aquella caridad que inflamaba su alma, deseaba infundirla en los otros de una manera constante y afectuosa.

Dice San Jerónimo en sus escritos que, cuando San Juan era ya muy anciano y estaba tan debilitado que no podía predicar al pueblo, se hacía llevar en una silla a las asambleas de los fieles de Efeso y siempre les decía estas mismas palabras: “Hijitos míos, amaos entre vosotros . . .” Alguna vez le preguntaron por qué repetía siempre la frase, respondió San Juan: “Porque ése es el mandamiento del Señor y si lo cumplís ya habréis hecho bastante”.

San Juan murió pacíficamente en Efeso hacia el tercer año del reinado de Trajano, es decir hacia el año cien de la era cristiana, cuando tenía la edad de noventa y cuatro años, de acuerdo con San Epifanio. Según los datos que nos proporcionan San Gregorio de Nissa, el Breviarium sirio de principios del siglo quinto y el Calendario de Cartago, la práctica de celebrar la fiesta de San Juan el Evangelista inmediatamente después de la de San Esteban, es antiquísima.

En el texto original del Hieronymianum, (alrededor del año 600 P.C.), la conmemoración parece haber sido anotada de esta manera: “La Asunción de San Juan el Evangelista en Efeso y la ordenación al episcopado de Santo Santiago, el hermano de Nuestro Señor y el primer judío que fue ordenado obispo de Jerusalén por los Apóstoles y que obtuvo la corona del martirio en el tiempo de la Pascua”.

Era de esperarse que en una nota como la anterior, se mencionaran juntos a Juan y a Santiago, los hijos de Zebedeo; sin embargo, es evidente que el Santiago a quien se hace referencia, es el otro, el hijo de Alfeo. La frase “Asunción de San Juan”, resulta interesante puesto que se refiere claramente a la última parte de las apócrifas “Actas de San Juan”.

La errónea creencia de que San Juan, durante los últimos días de su vida en Efeso, desapareció sencillamente, como si hubiese ascendido al cielo en cuerpo y alma puesto que nunca se encontró su cadáver, una idea que surgió sin duda de la afirmación de que aquel discípulo de Cristo “no moriría”, tuvo gran difusión aceptación a fines del siglo II. Por otra parte, de acuerdo con los griegos, el lugar de su sepultura en Efeso era bien conocida y aun famosa por los milagro que se obraban allí.

El “Acta Johannis”, que ha llegado hasta nosotros en forma imperfecta y que ha sido condenada a causa de sus tendencias heréticas, por autoridades en la materia tan antiguas como Eusebio, Epifanio, Agustín y Toribio de Astorga, contribuyó grandemente a crear una leyenda. De estas fuentes o, en todo caso, del pseudo Abdías, procede la historia en base a la cual se representa con frecuencia a San Juan con un cáliz y una víbora. Se cuenta que Aristodemus, el sumo sacerdote de Diana en Efeso, lanzó un reto a San Juan para que bebiese de una copa que contenía un líquido envenenado. El Apóstol tomó el veneno sin sufrir daño alguno y, a raíz de aquel milagro, convirtió a muchos, incluso al sumo sacerdote. En ese incidente se funda también sin duda la costumbre popular que prevalece sobre todo en Alemania, de beber la Johannis-Minne, la copa amable o poculum charitatis, con la que se brinda en honor de San Juan.

En la ritualia medieval hay numerosas fórmulas para ese brindis y para que, al beber la Johannis-Minne, se evitaran los peligros, se recuperara la salud y se llegara al cielo. San Juan es sin duda un hombre de extraordinaria y al mismo tiempo de profundidad mística. Al amarlo tanto, Jesús nos enseña que esta combinación de virtudes debe ser el ideal del hombre, es decir el requisito para un hombre plenamente hombre. Esto choca contra el modelo de hombre machista que es objeto de falsa adulación en la cultura, un hombre preso de sus instintos bajos. Por eso el arte tiende a representar a San Juan como una persona suave, y, a diferencia de los demás Apóstoles, sin barba. Es necesario recuperar a San Juan como modelo: El hombre capaz de recostar su cabeza sobre el corazón de Jesús, y precisamente por eso ser valiente para estar al pie de la cruz como ningún otro. Por algo Jesús le llamaba “hijo del trueno”. Quizás antes para mal, pero una vez transformado en Cristo, para mayor gloria de Dios.

Fuente Bibliográfica: Vidas de los Santos de Butler, Vol. IV.

“San Esteban Protomártir”

“San Esteban Protomártir”

Mateo 10, 17-22

En aquel tiempo dijo Jesús a sus apóstoles: Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en sus sinagogas, y seréis llevados ante los gobernadores y reyes por causa mía, para que deis testimonio ante ellos y los gentiles.

Pero cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué debéis decir; porque en aquel momento se os comunicará lo que vais a decir. Pues no sois vosotros los que vais a hablar, sino que será el Espíritu de vuestro Padre quien hable en vosotros.

Entonces el hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo; y se levantarán los hijos contra los padres para hacerles morir. Y todos os odiarán a causa de mi nombre; pero quien persevere hasta el fin, ése se salvará.

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Al celebrar el nacimiento del Hijo de Dios, a su vez hoy celebramos a San Esteban, elegido como Diácono para servir a las viudas, las mesas y las obras de caridad, fue de los primeros siete, se le atribuye el título de protomártir por considerarse el primero de los Mártires en derramar su sangre en defensa de la fe, sobre todo en el caminar arduo de la iglesia naciente durante sus primeros años.

Ya durante la historia del pueblo de Israel hubo varios martirizados, tenemos el caso de la mayoría de los profetas, además de muchos hombres y mujeres de bien, en tiempos de Jesús inicia su vida con el martirio de los santos inocentes y no se diga San Juan Bautista, invariablemente todos por odio a la verdad.

Sin embargo ese odio aún no termina, se sigue en constante lucha por que la verdad sea proclamada y aún más la verdad divina, donde el Verbo de Dios, que es la misma Palabra en sí misma sea proclamada.

Hoy en día da miedo conocer la verdad, se prefiere la mentira, lo superfluo y vano, a tal grado de que existen personas que les da vergüenza que algo relativo a Dios sea puesto en su face, pero sí aceptan toda la basura que les proponen y hasta la difunden, se les hace divertido.Eso habla de quienes son, de qué son capaces y hasta dónde pueden llegar, porque ser anónimo de lejos, no tiene nada que ver con estar presente y de verdad.

Cabe la moción para reconocer aquellos que no tienen miedo de decir la verdad, de vivirla, de proclamarla, porque ella, como el mismo Jesús lo dice, “nos hará libres”, sin ser esclavos de la ignorancia y la vulgaridad.

“Navidad”

“Navidad” 

Juan 1, 1-5. 9-14

En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre.

Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.

Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.

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Hoy se nos recuerda, ese maravilloso plan de Dios acontecido desde toda la eternidad, cambiado en su momento por el pecado, pero renovado a tal grado de proseguir como inicialmente fue proyectado.

Ya desde el principio se remarca ese amor de Dios que en unidad ha ideado la creación entera, desde donde siempre con generosidad nos ha incluido. Plan que falta ser conocido, porque cuando miramos solo al horizonte, vemos la magnificencia de lo creado, pero es justo mirar hacia arriba, hacia el creador mismo para conocerlo y amarlo.

No es que seamos incapaces de reconocer la vida en sí misma, sobre todo en un nacimiento, pero tan impuestos estamos a tenerla, que olvidamos a quien nos la ha participado, por ello en este día recordamos ese nacimiento como el nuestro, aquel que se dio en la historia de la humanidad para devolvernos esa memoria olvidada que nos hace rechazar su plan, que nos hace desconocerlo.

Pero dichosos aquellos que sí desean obtener las gracias proyectadas eternamente sobre los que son el objeto del amor de Dios, llenos de gracia, llenos de verdad, llenos de santidad, llenos del mismo ser de Dios, creados desde el principio a su imagen y semejanza, con la capacidad de llegar a Él, por medio de su Hijo en esa misma semejanza, con esas mismas capacidades y, a su vez, ahora con las mismas oportunidades.

Todo esto conlleva la Navidad, ese nacimiento inicia la restauración de la misma imagen de Dios planeada desde el principio en nosotros. Es por ello que hoy recordamos en su día, el proyecto hecho realidad para nosotros desde la eternidad.

“Hágase en mí según tu palabra”

“Hágase en mí según tu palabra” 

Lucas 1, 26-38

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.

El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú eres entre las mujeres». Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.

El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin».

Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso pues no conozco a varón?» El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible». María contestó: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y la dejó el ángel.

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Este ya cuarto domingo del tiempo del adviento, el más próximo a la finalización de esa espera en la gracia de Dios, preparados y dispuestos a recibir al Verbo de Dios Encarnado, que se hace hombre, que comparte nuestra naturaleza, que eleva nuestra propia dignidad, se resalta la colaboración humana, aquella, puesta en la persona de María.

Colaboración que es indispensable de parte de la humanidad que será redimida, ya que no le corresponde todo a Dios, implica nuestra propia participación, por lo que un testimonio real y generoso, es el Sí de María, que a su corta edad, es capaz de comprometerse en el plan de la Salvación de una manera directa y personal. Plan que es para nosotros, pero que nos implica a nosotros, no es sólo humano, no es sólo divino, es una mutua alianza de amor que incluye ambas partes.

Ya se había hablado de varios partícipes en la historia bíblica, como lo son los profetas, los patriarcas, las tribus de Israel, entre muchos más, pero nunca se había dado una respuesta tan precisa y tan concreta de colaboración de una humana, porque María no es ninguna Diosa, es un ser humano capaz de responder al plan de Dios en toda su extensión.

Por ello ensalzamos el momento bendito de esa participación y aceptación, expresada de su misma boca, dando la importancia a la palabra misma convertida en compromiso concreto con la frase: “hágase en mí según tu palabra”; Ese Hágase es la primera y concreta unión de Dios con su creación en participación de la misma, se hace uno como nosotros para redimirnos posteriormente a nosotros, y el medio es María, que aceptó, que siguió y continuó amando a Dios con sus obras y su maternal ahora intercesión.

Ese hágase es el que necesitamos día a día para transformar el mundo, no el hágase de Dios, sino el nuestro, nuestra pronta participación, donde lo concreto de nuestra parte se vea reflejado en los hechos y en el mundo entero. “Fiat voluntas tua”

“La mano del Señor estaba con él”

“La mano del Señor estaba con él” 

Lucas 1, 57-66

A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y la felicitaban.

A los ocho días fueron a circuncidar al niño, y lo llamaban Zacarías, como a su padre. La madre intervino diciendo: «¡No! Se va a llamar Juan». Le replicaron: «Ninguno de tus parientes se llama así».

Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre». Todos se quedaron extrañados. Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios.

Los vecinos quedaron sobrecogidos, y corrió la noticia por toda la montaña de Judea. Y todos los que lo oían reflexionaban diciendo: «¿qué va a ser este niño?» Porque la mano del Señor estaba con él.

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Pareciese que los Santos, aquellos que tan sólo conocemos hasta donde cabe la expresión, no son los únicos porque existen millones más, eternamente desconocidos para nosotros, mas no para Dios, pensamos que hubieran sido marcados especialmente con la gracia de Dios, olvidando en el común al resto, ya que el mismo evangelio remarca que la mano del Señor estaba con él, refiriéndose a Juan el Bautist.

Lo que hay que entender, es que la narración fue escrita muy posteriormente a los hechos mismos acontecidos en su momento, además está recargada de la fe y la devoción de las primeras comunidades, sin embargo, ya conociendo la obra realizada por Juan Bautista, quien escribió el relato, en este caso Lucas inspirado por Dios, no dudó en reconocer esa gracia a la que Juan respondió toda su vida.

Pero en Realidad quien se deja alcanzar conscientemente de la mano de Dios, puede hacer las mismas obras, cuando no mejores, porque de igual manera, el hecho mismo de que Dios ya nos comparta la vida, es porque de suyo, tiene un plan perfecto de santidad para nosotros, por lo que deberíamos de responder al mismo en la misma conciencia y cantidad.

De igual manera la mano de Dios está a nuestro lado, tan sólo falta el detalle de tomarla en cuenta en nuestras vidas y hacerla eficaz, nadie está exento de su gracia, pero si nosotros somos los que la relegamos, extirpándola de nosotros, ahí su eficacia no depende de Dios, sino de nosotros que la hacemos activa y presente. Por ello al igual contigo, como con cualquier ser humano viviente, la mano del Señor está con él.