“Y comenzó a enviarlos de dos en dos…”

“Y comenzó a enviarlos de dos en dos…”

Mc 6, 7-13

En aquel tiempo, Jesús llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; sino: «Calzados con sandalias y no vistáis dos túnicas». Y les dijo: «Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta marchar de allí. Si algún lugar no os recibe y no os escuchan, marchaos de allí sacudiendo el polvo de la planta de vuestros pies, en testimonio contra ellos». Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

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Tenemos que hacer una distinción en la manera de respuestas que le damos al Señor, no es lo mismo ser llamado que ser enviado, cuando hablamos del llamado, hablamos de una respuesta muy personal e individual de la cual nadie va a responder por ti; de igual manera nadie puede obligarte a hacer algo que no deseas, porque a fuerzas nada.

Ese llamado concretamente a ser discípulo de Jesús es libre y voluntario, implica una invitación que se puede dar de mil maneras concretas, a su vez requiere una respuesta que implica tu corazón, tu mente y tu ser, nada nuevo en ti, excepto la extirpación del pecado.

Ese llamado es particular porque te implica a ti solamente, pero eso no significa que la relación con Dios será exclusiva, es muy cierto que es un Dios personal pero no es íntimamente particular, la relación no es Dios-Yo; Yo-Dios, sí es Dios-Yo; Nosotros-Dios. La actitud debe ser generosamente comunitaria.

Al hablar del discípulado, precisamente estamos hablando de la respuesta hecha obras que nunca es individual, por eso los envía de dos en dos, porque la salvación es comunitaria; la caridad, la bondad, el amor y todas las obras de misericordia que complementan nuestra vida de gracia se hacen al otro, al prójimo, al hermano, no se hacen a uno mismo, así no es válido.

El hermano es el que te lleva de la mano a la salvación, con todos sus pros y contras, porque si caminas sólo te pierdes, además harás extraordinariamente sus obras porque serás instrumento de su gracia. Por ello no te olvides que vamos juntos, lo que hagas por tu hermano y con tu hermano irá marcado hasta la vida eterna, lo que no, de igual manera.

“Y se escandalizaban a causa de Él…”

“Y se escandalizaban a causa de Él…”

Marcos 6, 1-6

En aquel tiempo, Jesús salió de allí y vino a su patria, y sus discípulos le siguen. Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. La multitud, al oírle, quedaba maravillada, y decía: «¿De dónde le viene esto?, y ¿qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?». Y se escandalizaban a causa de Él.

Jesús les dijo: «Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio». Y no podía hacer allí ningún milagro, a excepción de unos pocos enfermos a quienes curó imponiéndoles las manos. Y se maravilló de su falta de fe. Y recorría los pueblos del contorno enseñando.

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Tan impuestos estamos a los nuestros, llámense familiares o amigos, con los que convivimos a diario que llegamos a un plano de ordinariedad en el trato, nos conocemos en un cierto nivel y, en cierta medida creamos conceptos fijos de los demás.

En este nivel, al afirmar, compartir y conocer el concepto etiquetado de alguien, estamos cerrando esperanzas de crecimiento, es decir, cambiar mi concepto de algo o alguien no es tan fácil, tornándonos en escépticos del crecimiento no sólo físico, sino intelectual y espiritual de los demás, aunque el avance sea real nos quedamos encapsulados en esos prejuicios, que para el día de hoy ya son arcaicos, porque no corresponden al al realidad presente de la persona.

Solemos decir, ‘genio y figura hasta la sepultura’, afirmando que alguien nunca podrá cambiar, algo hay de cierto, porque muchos no crecen, pero los que crecen no niegan haber pasado por esa etapa como un escalafón para el siguiente estado personal de vida.

Para no ir lejos ese problema eterno como la humanidad, lo vive Jesús; los suyos y los de su patria le desconocen esa capacidad y ese poder, que no corresponden a sus criterios. La realidad siempre suele ser otra, en el fondo suele ser la falta de aceptación de que el otro siga creciendo y sea mejor que yo, la negación es la herramienta, eso humanamente hablando, lo malo es que afecta de igual manera la vida espiritual.

La gracia ante la incredulidad no puede obrar, principalmente si no hay fe, por eso no pudo Jesús hacer muchos milagros, porque la gente no estaba dispuesta a recibirlos concretamente de Él, que “supuestamente lo conocían” a tal grado de defenderse presencialmente escandalizándose, buena herramienta de rechazo y de no compromiso. Por ello permite a los otros crecer, confía en ellos y déjalos ser, de cualquier manera lo harán y ten la seguridad de que no dependerán de ti.

La caridad inicia con el reconocimiento de las propias virtudes y las de los demás.

¿Por qué tanto alboroto?….

¿Por qué tanto alboroto?…

Marcos 5, 21-43

En aquel tiempo, Jesús pasó de nuevo en la barca a la otra orilla y se aglomeró junto a Él mucha gente; Él estaba a la orilla del mar. Llega uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verle, cae a sus pies, y le suplica con insistencia diciendo: «Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva». Y se fue con él.

Le seguía un gran gentío que le oprimía. Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, y que había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado todos sus bienes sin provecho alguno, antes bien, yendo a peor, habiendo oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. Pues decía: «Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré». Inmediatamente se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal.

Al instante, Jesús, dándose cuenta de la fuerza que había salido de Él, se volvió entre la gente y decía: «¿Quién me ha tocado los vestidos?». Sus discípulos le contestaron: «Estás viendo que la gente te oprime y preguntas: ‘¿Quién me ha tocado?’». Pero Él miraba a su alrededor para descubrir a la que lo había hecho.

Entonces, la mujer, viendo lo que le había sucedido, se acercó atemorizada y temblorosa, se postró ante Él y le contó toda la verdad. Él le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad». Mientras estaba hablando llegan de la casa del jefe de la sinagoga unos diciendo: «Tu hija ha muerto; ¿a qué molestar ya al Maestro?». Jesús que oyó lo que habían dicho, dice al jefe de la sinagoga: «No temas; solamente ten fe». Y no permitió que nadie le acompañara, a no ser Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago.

Llegan a la casa del jefe de la sinagoga y observa el alboroto, unos que lloraban y otros que daban grandes alaridos. Entra y les dice: «¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida». Y se burlaban de Él. Pero Él después de echar fuera a todos, toma consigo al padre de la niña, a la madre y a los suyos, y entra donde estaba la niña. Y tomando la mano de la niña, le dice: «Talitá kum», que quiere decir: «Muchacha, a ti te digo, levántate». La muchacha se levantó al instante y se puso a andar, pues tenía doce años. Quedaron fuera de sí, llenos de estupor. Y les insistió mucho en que nadie lo supiera; y les dijo que le dieran a ella de comer.

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Pareciese que estamos programados para reaccionar siempre de manera similar según la circunstancia que se esté viviendo, si son alegrías, reímos, si son problemas, nos preocupamos, si son tragedias, nos entristecemos.

Podríamos pensar: pero sí eso es lo normal, sin embargo se nos remarca que hay un don superior que evita esas reacciones primarias tan manejables por otros en tu persona, te hacen reír, te hacen llorar, te chantajean y caemos redonditos, nada más porque ya estamos programados.

Sin embargo Jesús promueve obtener ese grado de conciencia mayor por la vida de la gracia, que nos hace ver más allá de las circunstancias y las personas, donde ya lo sentimental no es una limitación, sino un recurso muy bien aprovechado y encausado, administrado prudentemente en el momento justo.

Porque los sentimientos crudos e irracionales ofuscan la mente, haciéndonos reaccionar y tomar decisiones impetuosas tanto de dolor y coraje, como de alegría y euforia, hasta el amor ciega cuando no sabemos administrarlo, porque oscilamos en los extremos, nada buenos, sobre todo estando acostumbrados a ellos como si fueran lo normal. Hasta juzgamos cuando alguien no reacciona de la misma manera.

Pero no, esas personas ya superaron esa etapa, tienen un control de sí y de lo que opinan los demás, lo saben manejar. Eso es lo que reclama Jesús al llegar donde estaba la niña diciendo “Por qué tanto llanto y alboroto, la niña no está muerta”. En realidad lo que encuentra Jesús son esas reacciones fruto de la desesperanza, la debilidad espiritual, la falta de fe, la superficialidad de vida, la inconsciencia de su propio ser, más lo que le pongamos de nuestra cosecha.

Sí, así reaccionan los que adolecen de la presencia de Dios, sus crisis son insoportables e inmanejables, no por grandes, sino por esa discapacidad que nace y brota de la falta del encuentro y aceptación del Señor en nuestras vidas, estamos débiles, presos de nuestras propias flaquezas. Sí, así reaccionamos cuando estamos debilitados por el pecado y carentes de la vida de la gracia, no tenemos abnegación, ni esperanza, ni punto de referencia de paz interior, hacemos tanto teatro ante los problemas que hasta caemos mal. Con todo el derecho de decir: por qué tanto alboroto, no es necesario que hagas eso y no soluciona nada.

Sin embargo la paciencia todo lo puede, unida a la vida de oración, de entrega y de aceptación, dejándote inundar del amor de Dios que te pertenece. Eso es el don de discernimiento.

“Te ruego por Dios que no me atormentes…”

“Te ruego por Dios que no me atormentes…”

Marcos: 5, 1-20

En aquel tiempo, después de atravesar el lago de Genesaret, Jesús y sus discípulos llegaron a la otra orilla, a la región de los gerasenos. Apenas desembarcó Jesús, vino corriendo desde el cementerio un hombre poseído por un espíritu inmundo, que vivía en los sepulcros.

a ni con cadenas podían sujetarlo; a veces habían intentado sujetarlo con argollas y cadenas, pero él rompía las cadenas y destrozaba las argollas; nadie tenía fuerzas para dominarlo. Se pasaba días y noches en los sepulcros o en el monte, gritando y golpeándose con piedras. Cuando aquel hombre vio de lejos a Jesús, se echó a correr, vino a postrarse ante él y gritó a voz en cuello: “¿Qué quieres tú conmigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo? Te ruego por Dios que no me atormentes”.Dijo esto porque Jesús le había mandado al espíritu inmundo que saliera de aquel hombre.

Entonces le preguntó Jesús: “¿Cómo te llamas?” Le respondió: “Me llamo Legión, porque somos muchos”. Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella comarca. Había allí una gran piara de cerdos, que andaban comiendo en la falda del monte. Los espíritus le rogaban a Jesús: “Déjanos salir de aquí para meternos en esos cerdos”. Y Él se lo permitió.

Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos; y todos los cerdos, unos dos mil, se precipitaron por el acantilado hacia el lago y se ahogaron. Los que cuidaban los cerdos salieron huyendo y contaron lo sucedido, en el pueblo y en el campo. La gente fue a ver lo que había pasado. Se acercaron a Jesús y vieron al antes endemoniado, ahora en su sano juicio, sentado y vestido. Entonces tuvieron miedo. Y los que habían visto todo, les contaron lo que le había ocurrido al endemoniado y lo de los cerdos.

Ellos comenzaron a rogarle a Jesús que se marchara de su comarca. Mientras Jesús se embarcaba, el endemoniado le suplicaba que lo admitiera en su compañía, pero Él no se lo permitió y le dijo: “Vete a tu casa a vivir con tu familia y cuéntales lo misericordioso que ha sido el Señor contigo”. Y aquel hombre se alejó de ahí y se puso a proclamar por la región de Decápolis lo que Jesús había hecho por él. Y todos los que lo oían se admiraban.

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Hay algo muy de moda en nuestros días que se llama secularismo, es decir prohibir todo lo que huela y hable de Dios en todos los ambientes de nuestra vida, cada vez más arraigado sobre todo en lo más jóvenes que suelen ser manejables y de mente débil, terreno fresco para sembrar profundamente tanto la verdad como la mentira. Terreno que el maligno aprovecha cuando se prestan las circunstancias mientras que nosotros descansamos confortablemente dormidos en nuestros laureles.

Pero las consecuencias ya presentes no las apreciamos, pensamos que son los tiempos y sus cambios, mas detalles sobran por doquier para darnos cuenta cuán perdido está el sentido de Dios y cuán ganado está el maligno entre nosotros. Vemos en el evangelio a Jesús pasar por una zona donde domina un endemoniado, espantando y amenazando, haciendo su escándalo como lo suele hacer para llamar la atención, se encuentra con Jesús reclamando el por qué se hace presente, que su sola presencia lo perturba y atormenta, además de remarcar que no es uno sino varios.

Exactamente es la misma actitud con la que cuántos de los nuestros, llámense familiares o amigos reaccionan de igual manera, hay que ver donde andan y con quién se juntan, como el endemoniado que no salía de los sepulcros, porque cuando hacemos presente en algún momento tan sólo una plática acerca de Dios, no se diga estar en su presencia sagrada les duele, y eso no es secularismo es la legión de demonios que habitan y hemos permitido entrar en nuestras vidas y que no hemos sabido rechazar, ni tan sólo ayudar a alejarlos de aquellos los que decimos amamos y compartimos la amistad.

El maligno está más dentro de lo que pensamos, es como la humedad, pareciese que no hace nada, pero se infiltra por doquier dañando sin compasión. Desde el momento que somos un poco permisivos, ya estamos dándole la bienvenida.

Por ello, fortalécete con el escudo de la luz y de la gracia que inicia con la oración y se refuerza plenamente con los sacramentos, así el demonio te atacará pero no te hará suyo, atormentarás con el bien al mal y te reclamará, pero prendido de la vida de la gracia, no te podrán hacer nada salvo el escándalo que es su herramienta vulgar. Que la preciosa Sangre de Nuestro Señor Jesucristo nos proteja y conserve siempre en su Santa Gracia.

“¿Has venido a destruirnos?”

“¿Has venido a destruirnos?”

Marcos 1, 21-28

En aquel tiempo, llegó Jesús a Cafarnaún y el sábado fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Los oyentes quedaron asombrados de su enseñanza, pues les enseñaba con autoridad y no como los escribas. Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: «¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? ¡Sé quién eres: el Santo de Dios!» Jesús le ordenó: «Cállate y sal de ese hombre».

El espíritu inmundo lo sacudió violentamente y, dando un alarido, salió de él. Todos quedaron asombrados y se decían: «¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva llena de autoridad! ¡Manda incluso a los espíritus inmundos y éstos lo obedecen!» Y muy pronto se extendió su fama por toda la comarca de Galilea.

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Uno de los principales problemas del mismo Jesús, en realidad no es de él mismo, sino que le llega gratis e indirectamente, porque dentro del bien que está realizando, se topará con el mal, aquel que está arraigado por milenios en la misma humanidad y se le toma en cuenta ya como lo ordinario en medio de las vidas de cada uno de los habitantes de este planeta.

Claro, arraigado en los débiles y vulnerables, aquellos que son presa fácil porque no están dispuestos a fortalecerse y crecer en los valores, así como en los dones de Dios que nos participa.

Aquí es donde los secuaces y partidarios del mal, tanto directos e indirectos respingan, y hacen su drama, colocan a Jesús como el destructor, el asesino, el que les rompe ya su repetitivo y aburrido esquema del mal, reclamando a gritos, porque no tienen la paz para manejarlo dignamente.

Su manera de atacar para que los demás reaccionen es “¿Has venido a destruirnos?”, así se torna en víctima el endemoniado y siembra la discordia entre los vulnerables a su alrededor. Así mismo como hoy en día lo siguen haciendo los medios noticiosos, lanzan pedradas a los cuatro vientos para que le duela al que se ponga de modo y lo haga suyo.

Es por ello que tan fácil y muy sentimentalmente nos pueden manejar; pero quien se ha fortalecido con la oración y los sacramentos, se torna veraz y no tan manipulable, hasta continúan lapidando a los firmes diciendo “no vayas con ellos, no te van a creer”, que es lo mismo que decir “no te les acerques porque no te van a dar por tu lado”.

Pero hay que saber que al final siempre la verdad ante todo. Porque Jesús si vino a destruir, pero aquello que te impide ser verdadera y eternamente feliz.

“Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?”

“Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?”

Marcos 4, 35-41

Un día, al atardecer, Jesús dijo a sus discípulos: “Vamos a la otra orilla del lago”. Entonces los discípulos despidieron a la gente y condujeron a Jesús en la misma barca en que estaba. Iban además otras barcas. De pronto se desató un fuerte viento y las olas se estrellaban contra la barca y la iban llenando de agua. Jesús dormía en la popa, reclinado sobre un cojín. Lo despertaron y le dijeron: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” Él se despertó, reprendió al viento y dijo al mar: “¡Cállate, enmudece!” Entonces el viento cesó y sobrevino una gran calma. Jesús les dijo: “¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?” Todos se quedaron espantados y se decían unos a otros: “¿Quién es éste, a quien hasta el viento y el mar obedecen?”

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Navegamos dentro de las etapas de nuestra vida con situaciones conscientes, otras veces no tanto, etapas felices y alegres, etapas tristes y desoladas. Qué belleza sería volver a ese lugar donde no éramos responsables del todo de nuestra vida, pero por algo cambian las cosas, y no para mal sino para bien, para nuestro crecimiento, para nuestra mayor santificación, para dar agradecidamente lo que hemos recibido en abundancia.

Pareciese que al lado del Señor estamos exentos de las circunstancias negativas, pensamos que porque somos sus discípulos estamos inmunes, que no habrá problemas, que todo estará perfecto.

¿Pero quién te garantiza que estando cerca de Dios todo va a estar bien?, concepto erróneo, a decir verdad la vida sigue tal cual, es más, el maligno buscará la manera siempre de distraerte para que sucumbas y renuncies a la gracia, creo que te irá peor, pero sólo un momento en lo que le demuestras tu fe.

Solamente hay una pequeña diferencia, y ésta es, que se nos olvida que vamos en la misma barca con el Señor en ella. Llegarán vientos impetuosos, lluvias azotadas, jaloneos violentos, sustos inesperados, eso no lo podemos evitar porque no depende de nosotros, pero el Señor a pesar de eso, permanece en la misma barca; a veces nos asustamos, porque humanamente languidecemos, pero el Señor sigue en la misma barca, y Él jamás permitirá que se hunda, porque confía y sabe que su Padre nunca lo abandona.

Por ello, aún cansados a la vera del camino, no olvidemos que la obra es de Él, no nuestra, que aunque la barca sea azotada con la peor tormenta, basta la fe y la confianza que nos sacará a flote, ¡claro que le importamos!, nunca permitirá que nos hundamos. Eso pasará y eso te fortalecerá. No permitas que el pánico perturbe tu confianza, por más dura que sea la lucha el Señor siempre está contigo.

“Pero a sus discípulos les explicaba todo en privado…”

“Pero a sus discípulos les explicaba todo en privado…”

Marcos: 4, 26-34

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “El Reino de Dios se parece a lo que sucede cuando un hombre siembra la semilla en la tierra: que pasan las noches y los días, y sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece; y la tierra, por sí sola, va produciendo el fruto: primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas. Y cuando ya están maduros los granos, el hombre echa mano de la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha”.

Les dijo también: “¿Con qué compararemos el Reino de Dios? ¿Con qué parábola lo podremos representar? Es como una semilla de mostaza que, cuando se siembra, es la más pequeña de las semillas; pero una vez sembrada, crece y se convierte en el mayor de los arbustos y echa ramas tan grandes, que los pájaros pueden anidar a su sombra”. Y con otras muchas parábolas semejantes les estuvo exponiendo su mensaje, de acuerdo con lo que ellos podían entender.

Y no les hablaba sino en parábolas; pero a sus discípulos les explicaba todo en privado.

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Uno de los recursos que utiliza el Señor Jesús es la parábola, designa una forma literaria que consiste en un relato figurado del cual, por analogía o semejanza, se deriva una enseñanza relativa a un tema que no es el explícito.

Es en esencia, un relato simbólico o una comparación basada en una observación verosímil. La parábola tiene un fin didáctico, por lo que la enseñanza de Jesús se da en ese estilo, sobre todo para transmitir el mensaje de una manera sencilla, en base al nivel cultural de aquellos más marginados, es decir, no hay excusa para no entender el contenido.

En este caso trata de dar a conocer qué es el Reino, semejante a una semilla con toda la cualidades y potencialidad de crecer lenta, segura e imperceptiblemente, a veces pareciese tan pequeña que no le damos importancia, más tan grande que llega desarrollarse admirablemente.

Pero aquellos que son sus amigos, aquellos que buscan su presencia, aquellos que gozan estar cerca de Él, les otorgaba la gracia de explicarles explícitamente todo en privado, profundizar en toda la grandeza y belleza del misterio revelado por el mismo Verbo Encarnado.

Hasta allá nos invita a ser partícipes de la Palabra, hasta allá podemos llegar, sólo necesitamos estar cerca de Él, hacerlo nuestro amigo y gozar de su presencia, donde la parábola ya no bastará, no será necesario el cuentito en el que nos quedamos, seremos parte de su gracia y amor, primero en nuestro propio ser, luego siendo uno con Él y con los demás.

“Conversión de San Pablo Apóstol”

“Conversión de San Pablo Apóstol”

Marcos: 16, 15-18

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura. El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado. Éstos son los milagros que acompañarán a los que hayan creído: arrojarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos, y si beben un veneno mortal, no les hará daño; impondrán las manos a los enfermos y éstos quedarán sanos”.

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Viajando hacia Damasco, cuando aún maquinaba amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, el mismo Jesús glorioso se le reveló en el camino, eligiéndole para que, lleno del Espíritu Santo, anunciase el Evangelio de la salvación a los gentiles. Sufrió muchas dificultades a causa del nombre de Cristo.

Pablo, llamado Saulo en el uso y rigor judío, afirmaba con vehemencia que el Evangelio que predicaba no lo había aprendido o recibido de los hombres.

Perteneció a la casta de los fariseos. Había nacido en Tarso, ciudad que pertenecía al mundo grecorromano; quien nacía allí tenía la categoría de ciudadano romano y lo era tanto como el centurión, el procurador, el tribuno o magistrado. Necesariamente, por ser judío no le cupo más suerte en la niñez que andar disimulando su condición entre los demás del pueblo, ocultando su creencia, tenida como superstición por los paganos romanos. Es posible que esto le fuera encendiendo por dentro y le afirmara aún más en su fe, cuando iba creciendo en edad y tenía que defenderse marchando contra corriente.

Era más bien bajo, de espaldas anchas y cojeaba algo. Fuerte y macizo como un tronco. Un rictus tenía que le hacía fanático. Conocía los manuscritos viejos escritos con signos que a los griegos y a los romanos les parecían garabatos ininteligibles, pero que encerraban toda la sabiduría y la razón de ser de un pueblo. Listo como un sabio en las escuelas griegas de Tarso, familiarizado con los poetas y filósofos que habían pasado el tiempo escribiendo en tablillas o pensando. Para los griegos solo era un hebreo, miembro de aquellas familias que vivían en un islote social, aislado entre misterios inaccesibles a los de otra raza, uno de los que tenían prohibido el acceso a las clases cultas y dirigentes; era de esos que se hacían despreciables por su puritanismo, por sus rarezas ante los alimentos, su modo de divertirse, de casarse, de entender la vida, de no asistir a los templos ¡un ambiente nada claro!

A los dieciocho años se fue a Jerusalén para aprender cosas del judío verdadero, las de la Ley patria, la razón de las costumbres; ansiaba profundizar en la historia del pueblo y en su culto. Gamaliel lo informó bien por unos cuartos. Aprendió las cosas yendo a la raíz, no como las decía la gente poco culta del pueblo sencillo y llano. Supo más y mejor del poder del Dios único; aprendió a darle honra y alabanza en el mayor de los respetos y malamente soportaba con su pueblo el presente dominio del imponente invasor. Esto le ponía furioso. Los profetas daban pistas para un resurgimiento y los salmos cantaban la victoria de Dios sobre otros pueblos y culturas muy importantes que en otro tiempo subyugaron a los judíos y ya desaparecieron a pesar de su altivez; igual pasaría con los dominadores actuales. El Libertador no podría tardar. Mientras tanto, era preciso mantener la idiosincrasia del pueblo a cualquier costa y no ser como los herodianos, para que la esperanza hiciera posible su supervivencia como nación. No se podía dejar que un ápice lo apartara de la fidelidad a las costumbres patrias. Eso le hizo celoso.

Y mira por donde, aquella herejía estaba estropeando todo lo que necesitaba el pueblo. Locos estaban adorando a un hombre y crucificado. No se podía permitir que entre los suyos se ampliara el círculo de los disidentes. Había que hacer algo. No pasaban, sino que las noticias decían que estaban por todas partes como si se diera una metástasis generalizada de un cáncer nacional. Hacía años que ya estuvo, colaborando como pudo, en la lapidación de uno de aquellos visionarios listos, serviciales, piadosos y caritativos pero que hacían mucho daño al alto estamento oficial judío; fue cuando lo apedrearon por blasfemo a las afueras de Jerusalén, y lastimosamente él sólo pudo guardar los mantos de los que lo lapidaron. Hasta le parecía recordar aún su nombre: Esteban.

Su conversión fue en un día insospechado. Nada propiciaba aquel cambio. Precisamente llevaba cartas de recomendación de los judíos de Jerusalén para los de Damasco; quería poner entre rejas a los cristianos que encontrara. Hasta allí se extendía la autoridad de los sumos sacerdotes y principales fariseos; como eran costumbres de religión, los romanos las reconocían sin hacerles ascos. Saulo guiaba una comitiva no guerrera pero sí muy activa, casi furiosa, impaciente por cumplir bien una misión que suponían agradable a Dios y purga necesaria para la estabilidad de los judíos y para proteger la pureza de las tradiciones que recibieron los padres. Aquello parecía la avanzada de un ejército en orden de batalla, con el repiqueteo de las herraduras en las pezuñas de las monturas sobre el duro suelo de roca ante Damasco donde caracoleaban los caballos. Llevaban ya varios días de caminata; se daban por bien empleados si la gestión terminaba con éxito. Iba Saulo “respirando amenazas de muerte contra los discípulos del Señor”. En su interior había buena dosis de saña.

“Y sucedió que, al llegar cerca de Damasco, de súbito le cercó una luz fulgurante venida del cielo, y cayendo por tierra oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dijo: ¿Quién eres, Señor? Y él: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, y entra en la ciudad y se te dirá lo que has de hacer. Y los hombres que le acompañaban se habían detenido, mudos de espanto, oyendo la voz, pero sin ver a nadie. Se levantó Saulo del suelo y , abiertos los ojos, nada veía. Y llevándole de la mano lo introdujeron en Damasco, y estuvo tres días sin ver, y no comió ni bebió” (Act. 9, 3-9).

Tres días para rumiar su derrota y hacerse cargo en su interior de lo que había pasado. Y luego, el bautismo. Un cambio de vida, cambio de obras, cambio de pensamiento, de ideales y proyectos. Su carácter apasionado tomará el rumbo ahora marcado sin trabas humanas posibles _su rendición fue sin condiciones_ y con el afán de llevar a su pueblo primero y al mundo entero luego la alegría del amor de Dios manifestado en Cristo.

El relato es del historiador Lucas, buen conocedor de su oficio. Se lo había oído veces y veces al mismo protagonista. No hay duda. Vió él mismo al resucitado; y lo dirá más veces, y muy en serio a los de Corinto. Por ello fue capaz de sufrir naufragios en el mar y persecuciones en la tierra, y azotes, y hambre y cárcel y humillaciones y críticas, y juicios y muerte de espada; por ello hizo viajes por todo el imperio, recorriéndolo de extremo a extremo. Y no creas que se lamentaba; le ilusionaba hacerlo porque sabía que en él era mandato más que ruego; el dolor y sufrimiento más bien los tuvo como credenciales y las heridas de su cuerpo las pensaba como garantía de la victoria final en fidelidad ansiada.

Entre tantas conversiones del santoral, la de Pablo es ejemplar, paradigmática. Más se palpa en ella la acción divina que el esfuerzo humano; además, enseña las insospechadas consecuencias que trae consigo una mudanza radical.

Fuente: Es.Catholic.net

“El que tenga oídos para oír, que oiga”.

“El que tenga oídos para oír, que oiga”.

Marcos: 4, 1-20

En aquel tiempo, Jesús se puso a enseñar otra vez junto al lago, y se reunió una muchedumbre tan grande, que Jesús tuvo que subir en una barca; ahí se sentó, mientras la gente estaba en tierra, junto a la orilla.

Les estuvo enseñando muchas cosas con parábolas y les decía: “Escuchen. Salió el sembrador a sembrar. Cuando iba sembrando, unos granos cayeron en la vereda; vinieron los pájaros y se los comieron.

Otros cayeron en terreno pedregoso, donde apenas había tierra; como la tierra no era profunda, las plantas brotaron enseguida; pero cuando salió el sol, se quemaron, y por falta de raíz, se secaron.

Otros granos cayeron entre espinas; las espinas crecieron, ahogaron las plantas y no las dejaron madurar. Finalmente, los otros granos cayeron en tierra buena; las plantas fueron brotando y creciendo y produjeron el treinta, el sesenta o el ciento por uno”. Y añadió Jesús: “El que tenga oídos para oír, que oiga”.

Cuando se quedaron solos, sus acompañantes y los Doce le preguntaron qué quería decir la parábola. Entonces Jesús les dijo: “A ustedes se les ha confiado el secreto del Reino de Dios; en cambio, a los que están fuera, todo les queda oscuro; así, por más que miren, no verán; por más que oigan, no entenderán; a menos que se conviertan y sean perdonados”.

Y les dijo a continuación: “Si no entienden esta parábola, ¿cómo van a comprender todas las demás? ‘El sembrador’ siembra la palabra. `Los granos de la vereda’ son aquellos en quienes se siembra la palabra, pero cuando la acaban de escuchar, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos.

`Los que reciben la semilla en terreno pedregoso’, son los que, al escuchar la palabra, de momento la reciben con alegría; pero no tienen raíces, son inconstantes, y en cuanto surge un problema o una contrariedad por causa de la palabra, se dan por vencidos.

‘Los que reciben la semilla entre espinas’ son los que escuchan la palabra; pero por las preocupaciones de esta vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás, que los invade, ahogan la palabra y la hacen estéril.

Por fin, los que reciben la semilla en tierra buena’ son aquellos que escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha: unos, de treinta; otros, de sesenta; y otros, de ciento por uno”.

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En esta ocasión no quiero deteriorar la grandeza y profundidad de la Palabra de Dios. Se explica por sí sola. De ti depende que tipo de campo quieres ser para la semilla entregada. Por ello: “El que tenga oídos para oír, que oiga”

“¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”

“¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”

Marcos: 3, 31-35

En aquel tiempo, llegaron a donde estaba Jesús, su madre y sus parientes; se quedaron fuera y lo mandaron llamar. En torno a Él estaba sentada una multitud, cuando le dijeron: “Ahí fuera están tu madre y tus hermanos, que te buscan”. Él les respondió: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Luego, mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dijo: “Éstos son mi madre y mis hermanos. Porque el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

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Desde el momento que escogió Dios a Abraham instaurando de su descendencia al pueblo de Israel, lo va guiando y formando a través de los siglos con una cultura muy particular, que en toda su forma de pensar, expresividad y manera de vivir manifiesta en todo momento el ser de Dios así como su plan. Concretamente el concepto de “familia” es arraigado muy fielmente y cuidado como tal.

Ya nos habla desde el Génesis como se mantenían unidos, Abraham al tener diferencias con su sobrino Lot, remarca diciendo, ‘no es bueno que tu y yo nos enojemos, porque somos hermanos’ Gen 13,8. Siendo de la misma sangre, por la cuestión familiar tribal, todos se consideraban hermanos.

En tiempos de Jesús seguía el mismo concepto, donde ordinariamente afirmaban que lo conocían a Él y a sus familiares o hermanos, concepto que va intencionalmente evolucionando que incluía a todos formando la nueva familia de Dios, he aquí unos textos y su evolución: Mateo 12,46 “Todavía estaba hablando a la muchedumbre, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera y trataban de hablar con él.” Marcos 6,3 “¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?» Y se escandalizaban a causa de él”. Juan 7,5 “Es que ni siquiera sus hermanos creían en él”. Hechos 1,14 “Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos.” I Corintios 9,5 “¿No tenemos derecho a llevar con nosotros una mujer cristiana, como los demás apóstoles y los hermanos del Señor y Cefas?”

En realidad nos está incluyendo en su familia, y nos invita a ser partícipes, por ello la expresión “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Concluye afirmando: “Éstos son mi madre y mis hermanos. Porque el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”. No es excluyente, su expresión no es de rechazo, sino todo lo contrario, reconoce el mérito de los que se han esforzado en participar de dicho honor, y claro, como modelo está Maria, su madre como ejemplo de respuesta tanto en la línea biológica como en la espiritual.

Por ello, no nos sintamos excluidos, nadie nos rechaza, la integración es libre y voluntaria. Quieres una familia además de la biológica, ahí está la del Señor Jesús que no se limitará a la de los lazos de sangre, sino con la adopción bautismal que nos hace hijos de Dios, hermanos en Jesucristo hasta la eternidad.