“Reconocer al otro”

“Reconocer al otro”

Marcos 1, 7-11

En aquel tiempo, Juan predicaba diciendo: “Ya viene detrás de mí uno que es más poderoso que yo, uno ante quien no merezco ni siquiera inclinarme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero Él los bautizará con el Espíritu Santo”. Por esos días, vino Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán.

Al salir Jesús del agua, vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en figura de paloma, descendía sobre él. Se oyó entonces una voz del cielo que decía: “Tú eres mi Hijo amado; yo tengo en ti mis complacencias”.

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Encontramos una genuina autenticidad en Juan Bautista, donde no hay la necesidad de argumentar nada que no sea la verdad, y en lo que a su persona respecta, su vida habla de su realidad sin colgarse ningún atributo que lo ensalce, por el contrario, sabe ver positivamente los dones de las demás personas.

Y cuando de Jesús se trata, tampoco exagera para describir la gran persona que es, sino que se limita a reconocer lo que es y cual es su misión, que de suyo con eso basta para ver la grandeza de su obra.

Cuando el orgullo y la envidia es permitida en nuestro ser, imposibilita reconocer al otro y mucho menos alegrarse de sus bondades, enfermedad que parece pandemia en nuestros días, además de estar empapados de la soberbia que hace que suframos por el bien ajeno sin necesidad.

Olvidamos que el mayor gozo es vivir y reconocer la verdad donde ésta se presente y si es en las personas no hay excepción, aunque de hecho se necesita de igual manera una buena dosis de bondad y humildad para aceptar el reconocimiento de dichos dones sin que dañe al ego y quede trunco en medio de la magnanimidad. Basta reconocer al otro, y reconocer lo nuestro sin mayor problema, que al final son virtudes para la mayor gloria de Dios.