“¿Qué es lícito?…”

“¿Qué es lícito?…”

Mc 3,1-6

En aquel tiempo, entró Jesús de nuevo en la sinagoga, y había allí un hombre que tenía la mano paralizada. Estaban al acecho a ver si le curaba en sábado para poder acusarle. Dice al hombre que tenía la mano seca: «Levántate ahí en medio». Y les dice: «¿Es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla?». Pero ellos callaban. Entonces, mirándoles con ira, apenado por la dureza de su corazón, dice al hombre: «Extiende la mano». Él la extendió y quedó restablecida su mano. En cuanto salieron los fariseos, se confabularon con los herodianos contra Él para ver cómo eliminarle.

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Pareciese que en la vida ordinaria encontramos actos moralmente hablando correctos o incorrectos, buenos y malos, lícitos e ilícitos, cada uno con su específica diferencia, podríamos confundirlos entre sí pensando que son lo mismo y no lo son. Por ejemplo: una persona tiene diabetes, no es correcto que coma dulces, pero si es lícito tomar uno de vez en cuando para calmar la ansiedad.

Si nos ponemos legalistas estrictamente hablando, la ley en sí misma es dura, y aplicada fríamente se convierte en un martirio, la ley sin espíritu es infrahumana, la ley sin caridad es una opresión.

Por ello Jesús ante una ley estricta del “Sábado”, que prohibía toda actividad humana para dedicar el día a Dios, aplicada en todo su rigor, pregunta: «¿Es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla?». Tan estricta es que ni a Jesús mismo le permiten hacer el bien, por eso pide la licitud, es decir el permiso, la excepción, pero son tan cerrados a la ley de Moisés, que está basada en la ley de Dios, es decir, los Diez Mandamientos, la cual exaltan aún más que a los mismos mandamientos de Dios, además de usar la misma ley para ponerla en contra de Jesús mismo.

Ahí se pierde la caridad, se pierde el mayor bien, se pierde la verdadera ayuda. Por ello Jesus hace el milagro, porque sabe cual es el verdadero espíritu de la ley y su finalidad que nace del amor de Dios, pero si se pierde ese amor, no se entiende más que la pura letra legal escrita.

Creo que deberíamos conocer primero el amor de Dios, antes de la ley, porque se complementan, para no perder el espíritu evangélico de la caridad, porque a veces hacemos lo correcto fríamente, olvidándonos de lo lícito y dañando oficialmente a los demás descartando el amor de Dios.