“Tanto amó”

“Tanto amó”

Juan 3, 14-21

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: –«Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.

Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas.

Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.

En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios».

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Parece que en tiempos de crisis, el amor sale sobrando, es algo similar que ocurre en tiempos de guerra, la atención totalmente se centra en la supervivencia y como se dice “ahí todo se vale”, no hay reglas, no hay límites, no se respeta nada y cada quien sale como puede.

Pero ya se ha hecho común la crisis, hasta ordinaria nos es al interno del día y de nuestra propia vida, por lo que el mismo amor, como en los tiempos de guerra, sale sobrando, hay otros distractores que saturan nuestra mente y corazón, lo malo es que sin la paz y el amor necesarios, vitales en nosotros, tendemos a buscar soluciones erróneas que en medio del vértigo de la rapidez con que se vive, tomamos  decisiones arrebatadas con la mira a solucionar de tajo los problemas y dolores, optando a veces por situaciones que en la realidad no son soluciones, sino mas problemas pintados de alivio pero que en la realidad complican aún más nuestra existencia.

En éste acelerado embrollo parece imposible ver una pizca de misericordia, o de reconocerla si alguien la brinda, estamos totalmente a la defensiva para protegernos ante cualquier atentado que nos ocasione más dolor, y por ello inconscientemente bloqueamos de manera directa un acto de amor que Dios brinda a través de nuestros prójimos.

En ésta postura es imposible reconocer la grandeza de la obra del amor de Dios al enviarnos a su propio Hijo, lo vemos como una frase bonita, algo que es de Dios, pero no de nosotros; la realidad es que más nuestro no puede ser, porque el fin último de esa acción es restaurar tu amor, tu paz, tu eterna felicidad iniciada ya desde éste mundo.

Hay que dedicar un poco de tiempo para salir del ritmo del mundo, y regalarnos un momento para nosotros de restauración, de reflexión, de serenidad y llegar a descubrir la grandeza de la obra del amor de Dios, que su mayor expresión se nos da en su Hijo Jesucristo, en su obra, en su vida, en su muerte, en su resurrección, que lo hizo por ti.

Entonces vislumbraremos ese tanto amor que nos dio y que nos sigue dando.