“¿A ti qué?…”

“¿A ti qué?…”

Juan 21, 19b-25

En aquel tiempo, Pedro, volviéndose, vio que los seguía el discípulo a quien Jesús tanto amaba, el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?» Al verlo, Pedro dice a Jesús: –Señor, y éste ¿qué?

Jesús le contesta: –Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme.

Entonces se empezó a correr entre los hermanos el rumor de que ese discípulo no moriría. Pero no le dijo Jesús que no moriría, sino: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué?»

Éste es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que los libros no cabrían ni en todo el mundo.

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Es muy común dentro de las relaciones humanas a la par caminar con otras personas, a veces cercanas o a veces lejanas las cuales nos participan parte de su experiencia y de su ser, más sin embargo eso no implica el hecho de que necesariamente tengamos que estar enterados de su actuar y proceder, o de las decisiones que se hagan incluso en el plan de Dios para ellos a futuro o en el mismo presente.

Es muy real la necesidad de en comunidad apoyarnos y ayudarnos al estar pendiente de las necesidades de los demás, pero hasta eso tiene un límite, ese radica en el respeto de la privacidad de la otra persona.

No tenemos el derecho de introducirnos en base a la amistad en sus vidas, y eso no es lo que nos debe de robar la paz, ni obsesionar nuestra mente, más bien la convertimos en una malsana obsesión de cuidar en exceso a los demás, eso ya es sobreprotección cayendo en juicios temerarios hasta en el nombre de Dios, y eso no es caridad. 

Por eso Jesús le dice a Pedro en relación con su comentario acerca de Juan, “¿a ti qué?”, no es una falta de respeto a su persona, sino que es una llamada de atención para no perder el rumbo, para en vez de enfocar la mirada a los demás para controlarlos, dirigirla hacia la verdadera encomienda y misión que nos delega Dios en cada una de nuestras particulares y personales vidas.

Cosa que deberíamos de hacer nosotros, dejar de cuidar a medio mundo para hacer lo que debemos, para hacer nuestra propia vida y los demás serán una gracia en nuestro caminar, por ello hay que saber respetar los límites y las confianzas, para que no nos lleguen a reclamar “¿a ti qué?”, pero con caridad para crecer.