“Santos Cristóbal Magallanes, Presbítero y Compañeros, Mártires”

“Santos Cristóbal Magallanes, Presbítero y Compañeros, Mártires”

Juan 12, 24-26
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Yo les aseguro que si el grano de trigo sembrado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde; el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna. El que quiera servirme que me siga, para que donde yo esté, también esté mi servidor. El que me sirve será honrado por mi Padre”.

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Cristóbal Magallanes (1869–1927) y compañeros mártires

El reloj, con su cansino y constante paso, está por marcar las siete de la mañana. La luz tenue del sol se asoma, tímida, en el horizonte, ahuyentando la niebla, que sacude sus vapores como sábana que se enrolla sobre el valle. El rocío dejó su huella en los arbustos; el campo está perfumado y huele a tierra mojada. Hace frío. Algunas aves comienzan a surcar el cielo, mientras mugen las vacas seguidas de un arriero; el paisaje se va pintando con la policromía del amanecer mientras se despierta la pequeña población de Totatiche, Jalisco, en el occidente de México.

En Totatiche hay una iglesia y en ella vive el párroco, el padre Cristóbal, quien es muy apreciado entre sus feligreses, por su celo pastoral: visita a los enfermos, da limosnas, es misionero entre los indígenas Huicholes de la zona; establece centros de catequesis para niños y adultos en toda la comarca, talleres de carpintería y zapatería, escuelas, y sanatorios y hasta una biblioteca. Promueve, además, la construcción de una presa y los músicos del pueblo le agradecen su entusiasmo para lograr la formación de su banda. Se deben al padre Cristóbal la fundación de un hospicio para huérfanos, el asilo para ancianos y las capillas en los ranchos de su jurisdicción. En Totatiche todos conocen cómo se gasta el padre Cristóbal en tantas cosas, además de las confesiones, la celebración de los Sacramentos y la promoción de vocaciones para el seminario ¡Cuánto puede hacer un buen sacerdote!

Estamos en un día de diciembre de 1926. La persecución religiosa en México pone los nervios de punta en todos. Unas cuantas mujeres, envueltas en sus rebozos, apresuran sus pasos hacia una casa. Va a comenzar la Misa que Cristóbal Magallanes celebra a escondidas, con gran piedad:  —In nómine Patris et Filii et Spiritus Sancti. —Et cum Spíritu tuo. Las respuestas se dicen en voz baja y profunda devoción. Hace cuatro meses los Obispos mexicanos ha tenido que decretar la suspensión del culto público como respuesta a la agria persecución que ha desatado el Gobierno contra la Iglesia Católica. Algunos fieles católicos se organizan, incluso con las armas, para restaurar la libertad religiosa y de culto. Los Obispos y la mayoría de los sacerdotes, por su parte, se oponen a la resistencia violenta y exhortan a acciones pacíficas, aunque la tropas del Gobierno buscan a sacerdotes entre sus escondrijos, a veces de casa en casa, para darles muerte. El párroco de Totatiche había escrito al respecto: “La religión ni se propagó, ni se ha de conservar por medio de las armas. Ni Jesucristo, ni los Apóstoles, ni la Iglesia han empleado la violencia con ese fin. Las armas de la Iglesia son el convencimiento y la persuasión por medio de la palabra”.

Durante aquella Misa clandestina, en la penumbra mañanera, los ojos del padre Cristóbal destilan gruesos lagrimones que corren por su rostro. Quizá ninguno de los presentes se da cuenta del profundo dolor que embarga a ese sacerdote enamorado de Dios, pastor celoso. Sufre sólo de pensar que ese día tendrá que salir huyendo, quizá para siempre, de su gente. Es consciente de que ya se acerca la hora de dar su vida por Dios. En las últimas horas han llegado noticias alarmantes en relación a otros sacerdotes de pueblos vecinos que fueron apresados por el Ejército Federal.

Luego de celebrar la Santa Misa sale corriendo del pueblo. No es una huída cobarde. Sabe que en muchos lugares necesitan de su atención sacerdotal y procura seguir vivo. Comienzan cuatro meses de agotadoras caminatas entre montañas y barrancas. Se detiene lo indispensable en algunas casas, donde consuela y anima a todos. Sus compañeros de viaje son el hambre y el frío. Pasa de un escondite a otro; se disfraza y actúa con sagacidad, mientras ejerce el ministerio sacerdotal. El 21 de mayo, cuando montado en mula se dirige a una fiesta religiosa, es descubierto por el ejército. Un soldado le pregunta: ¿Quién es usted? —Soy el párroco de Totatiche…, dijo valiente, sin vacilar.  —Pues móntese de nuevo y síganos…. Lo conducen al mismo pueblo donde vivía y lo meten en la cárcel, donde  para su sorpresa, encuentra a su vicario, el padre Agustín Caloca, sacerdote de 29 años de edad, oriundo de un pueblo de Zacatecas. El pueblo se arremolina en las afueras de la cárcel rogando por la libertad de los sacerdotes, sin resultado alguno.

La mañana del 25 de mayo, para ocultar su ya muy pronta ejecución, son conducidos a la casa municipal del pueblo llamado Colotlán. Sabemos que el señor Cura Cristóbal Magallanes le solicitó a su vicario, el Padre Agustín, la absolución sacramental, quien la recibió piadosamente de rodillas. El vicario la recibió luego de su párroco. Cuando Agustín advierte que llega el momento de morir dice: —Nosotros, por Dios vivimos y por Él morimos. Por su parte, el Padre Cristóbal ante sus verdugos, deja unas últimas palabras: — “Soy y muero inocente; perdono de corazón a los autores de mi muerte y pido a Dios que mi sangre sirva para la paz de los mexicanos desunidos. Viendo a su Vicario, muy afligido, le dijo: —Padre, sólo un momento y estaremos en el Cielo. Se oyeron los disparos del pelotón y poco después dos tiros de gracia, a corta distancia, sobre sus cabezas. La sangre de los dos sacerdotes no fue derramada en balde.

El 21 de mayo de 2000, en Roma, Juan Pablo II canonizó a Cristóbal Magallanes y a otros 24 compañeros mártires, sacerdotes y laicos.     Las vidas de estos hombres admirables se merece muchas páginas. Sirvan de estímulo para nosotros algunos hechos, contados por testigos presenciales, de los momentos últimos de varios de ellos. Quizá hagan en nosotros el mismo efecto que, muchos siglos antes describía así San Bernardo de Claraval: “confieso que, cuando pienso en los santos, siento arder en mí grandes deseos”.

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