“La euforia de la alegría”

“La euforia de la alegría”

Marcos 7, 31-37

En aquel tiempo, dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: —Effetá, esto es: Ábrete.

Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. El les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: —Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.

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Es muy loable que en repetidas ocasiones tengamos la oportunidad de experimentar la alegría, sobre todo cuando desde el inicio del día nos pinta un panorama agradable. Ojalá que llegara para quedarse de manera permanente, aunque no sobran tanto personas, como situaciones o cosas que terminan por aniquilarla para sembrar el dolor y aún más como algo permanente en un estado de ansiedad.

Aunque sabemos que no dejan de ser tan sólo elementos motivacionales, tanto para la alegría como para la tristeza, como una reacción psicológica sentimental que la adoptamos consciente o inconsciente haciéndola nuestra y sobre todo, viviéndola como tal.

Ya es una vaivén de emociones a lo que estamos tan acostumbrados como una adicción, que los buscamos indistintamente como una necesidad para sentirnos vivos, tomados en cuenta o como un modus vivendi. Vivimos de ver el mundo para ver como reaccionamos y opinamos en base a el sentimiento en curso, aunque es una pena saber que en general la inconformidad sea la que domine nuestro panorama, aunque las cosas estén perfectas.

Esas dependencias de nuestras emociones dan margen a la manipulación, a usarte para que consumas aquello que la sacia, se han aprovechado ya de los instintos básicos y han lucrado con ellos.

La cuestión es que Dios nos ha regalado una capacidad intelectual superior que en todo puede dominar la psiquis adquirida, y sobre todo no depender toda la vida de ella, ya que la podemos administrar y orientar a voluntad, pero falta entrenarnos en ello, con calma y serenidad.

Nunca ha sido mala la alegría, pero se convierte en una traidora cuando se queda en la euforia del momento, la cual encandila a las personas y las inhabilita para obrar, como el caso del evangelio, que Jesús dándoles toda la gracia y santidad en pleno, ellos tan sólo se quedan con la admiración al reconocer lo bien que hace las cosas, pero no salen de su estado de euforia, a lo que más llegan es a quedar maravillados, pero quedando en el puro espectáculo sin generar la más mínima moción de cambio en sus vidas.

Por ello, permítete gobernar tus sentimientos para crecer como persona en virtudes y en santidad, porque los sentimientos aunque en su momento bellos, traicionan.

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