“¿Algo estará entorpeciendo nuestra mente?”

“¿Algo estará entorpeciendo nuestra mente?”

Lucas: 21, 34-36

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Estén alerta, para que los vicios, la embriaguez y las preocupaciones de esta vida no entorpezcan su mente y aquel día los sorprenda desprevenidos; porque caerá de repente como una trampa sobre todos los habitantes de la tierra.
Velen, pues, y hagan oración continuamente, para que puedan escapar de todo lo que ha de suceder y comparecer seguros ante el Hijo del hombre”.

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Muy acostumbrados estamos a delimitar los estados y situaciones de nuestra vida, si de estudios se trata, para eso ubicamos las escuelas, si el tema es la educación, eso se bebe desde la cuna en la propia familia, si de espiritualidad hablamos, lo etiquetamos para uso exclusivo de la Iglesia y así mil conceptos más.

Lo malo acontece cuando desvinculamos los unos de los otros, como que pensamos que son sectores individuales que no tienen relación uno con el otro creando una especie de esquizofrenia práctica en donde somos o tenemos un comportamiento único en un ámbito como lo puede ser la familia y otro cuando vamos a la iglesia o la escuela. Esto de suyo divide a la persona en sí misma y no le ayuda a integrarse como debiera en su propio ser que es quien maneja todo.

De muy mala manera tenemos una basta saturación de distractores que bombardean todo el día nuestros sentidos con imágenes, sonidos, bebidas que alteran nuestro ordinario ritmo vital, y no se diga la invitación a las sensaciones tanto íntimas como las llenas de riesgos y adrenalina que llegan para quedarse como una dosis necesaria de vez en cuando de la que ya no podemos prescindir en todos los sentidos.

Aquí es donde me pregunto ¿Algo estará entorpeciendo nuestra mente?, según el ritmo de este mundo consumista no, todo eso es totalmente viable en ese esquema funcional comercial que defienden, pero la realidad nos dice que todo eso la entorpece y limita.

Ante esto, Jesús simplemente lo deja a nuestra libre decisión, y al final la responsabilidad es de quien la toma, pero a conciencia no deja de invitarnos a estar alerta y no depender de eso, porque la vida nos puede encontrar desproveídos de los dones necesarios para salir adelante ante cualquier contingencia y, desprevenidos totalmente para depender de un mesías falso que te mete en el problema para luego presentarse como tu mismo salvador. Si oras, cuidas tu vida de gracia y sacramentos, tendrás lo necesario para escapar de todo eso, comparecer libres y seguros ante el hijo del hombre.

“San Andrés, Apóstol”

“San Andrés, Apóstol”

Mateo: 4, 18-22

Una vez que Jesús caminaba por la ribera del mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado después Pedro, y Andrés, los cuales estaban echando las redes al mar, porque eran pescadores. Jesús les dijo: “Síganme y los haré pescadores de hombres”. Ellos inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Pasando más adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que estaban con su padre en la barca, remendando las redes, y los llamó también. Ellos, dejando enseguida la barca y a su padre, lo siguieron.

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SAN ANDRES nació en Betsaida, población de Galilea situada a orillas del lago de Genezaret. Era hijo del pescador Jonás y hermano (le Sinmón Pedro. La Sagrada Escritura no especifica si era mayor o menor que éste. La familia tenía una casa en Cafarnaún y en ella se alojaba Jesús cuando predicaba en esa ciudad.

Discípulo de Juan Bautista
Cuando San Juan Bautista empezó a predicar la penitencia, Andrés se hizo discípulo suyo. Precisamente estaba con su maestro, cuando Juan Bautista, después de haber bautizado a Jesús, le vio pasar y exclamó: “¡He ahí al cordero de Dios!” Andrés recibió luz del cielo para comprender esas palabras misteriosas. Inmediatamente, él y otro discípulo del Bautista siguieron a Jesús, el cual los percibió con los ojos del Espíritu antes de verlos con los del cuerpo. Volviéndose, pues, hacia ellos, les dijo: “¿Qué buscáis?” Ellos respondieron que querían saber dónde vivía y Jesús les pidió que le acompañasen a su morada.

Apóstol de Jesús
Andrés y sus compañeros pasaron con Jesús las dos horas que quedaban del día. Andrés comprendió claramente que Jesús era el Mesías y, desde aquel instante, resolvió seguirle. Así pues, fue el primer discípulo de Jesús. Por ello los griegos le llaman “Proclete” (el primer llamado). Andrés llevó más tarde a su hermano a conocer a Jesús, quien le tomó al punto por discípulo, le dio el nombre de Pedro. Desde entonces, Andrés y Pedro fueron discípulos de Jesús.

Al principio no le seguían constantemente, como habían de hacerlo más tarde, pero iban a escucharle siempre que podían y luego regresaban al lado de su familia a ocuparse de sus negocios. Cuando el Salvador volvió a Galilea, encontró a Pedro y Andrés pescando en el lago y los llamó definitivamente al ministerio apostólico, anunciándoles que haría de ellos pescadores de hombres. Abandonaron inmediatamente sus redes para seguirle y ya no volvieron a separarse de EI.

AI año siguiente, nuestro Señor eligió a los doce Apóstoles; el nombre de Andrés figura entre los cuatro primeros en las listas del Evangelio.

También se le menciona a propósito de la multiplicación de los panes (Juan, 6, 8-9) y de los gentiles que querían ver a Jesús (Juan, 12, 20-22)

Después de Pentecostés
Aparte de unas cuantas palabras de Eusebio, quien dice que San Andrés predicó en Scitia, y de que ciertas “actas” apócrifas que llevan el nombre del apóstol fueron empleadas por los herejes, todo lo que sabemos sobre el santo procede de escritos apócrifos. Sin embargo, hay una curiosa mención de San Andrés en el documento conocido con el nombre de “Fragmento de Muratori”, que data de principios del siglo III: “El cuarto Evangelio (fue escrito) por Juan, uno de los discípulos. Cuando los otros discípulos y obispos le urgieron (a que escribiese), les dijo: “Ayunad conmigo a partir de hoy durante tres días, y después hablaremos unos con otros sobre la revelación que hayamos tenido, ya sea en pro o en contra. Esa misma noche, fue revelado a Andrés, uno de los Apóstoles, que Juan debía escribir y que todos debían revisar lo que escribiese”.

Teodoreto cuenta que Andrés estuvo en Grecia; San Gregorio Nazianceno especifica que estuvo en Epiro, y San Jerónimo añade que estuvo también en Acaya. San Filastrio dice que del Ponto pasó a Grecia, y que en su época (siglo IV) los habitantes de Sínope afirmaban que poseían un retrato auténtico del santo y que conservaban el ambón desde el cual había predicado en dicha ciudad. Aunque todos estos autores concuerdan en la afirmación de que San Andrés predicó en Grecia, la cosa no es absolutamente cierta.

En la Edad Media era creencia general que San Andrés había estado en Bizancio, donde dejó como obispo a su discípulo Staquis (Rom. 14,9). El origen de esa tradición es un documento falso, en una época en que convenía a Constantinopla atribuirse un origen apostólico para no ser menos que Roma, Alejandría y Antioquía. (El primer obispo de Bizancio del que consta por la historia, fue San Metrófanes, en el siglo IV).

Martirio
El género de muerte de San Andrés y el sitio en que murió son también inciertos. La “pasión” apócrifa dice que fue crucificado en Patras de Acaya. Como no fue clavado a la cruz, sino simplemente atado, pudo predicar al pueblo durante dos días antes de morir. Según parece, la tradición de que murió en una cruz en forma de “X” no circuló antes del siglo IV.

En tiempos del emperador Constancio II (+361), las presuntas reliquias de San Andrés fueron trasladadas de Patras a la iglesia de los Apóstoles, en Constantinopla. Los cruzados tomaron Constantinopla en 1204, y, poco después las reliquias fueron robadas y trasladadas a la catedral de Amalfi, en Italia.

San Andrés es el patrono de Rusia y de Escocia.
Según una tradición que carece de valor, el santo fue a misionar basta Kiev. Nadie afirma que haya ido también a Escocia, y la leyenda que se conserva en el Breviario de Aberdeen y en los escritos de Juan de Fordun, no merece crédito alguno. Según dicha leyenda, un tal San Régulo, que era originario de Patras y se encargó de trasladar las reliquias del apóstol en el siglo IV, recibió en sueños aviso de un ángel de que debía trasportar una parte de las mismas al sitio que se le indicaría más tarde. De acuerdo con las instrucciones, Régulo se dirigió hacia el noroeste, “hacia el extremo de la tierra””. El ángel le mandó detenerse donde se encuentra actualmente Saint Andrews, Régulo construyó ahí una Iglesia para las reliquias, fue elegido primer obispo del lugar y evangelizó al pueblo durante treinta años. Probablemente esta leyenda data del siglo VIII. El 9 de mayo se celebra en la diócesis de Saint Andrews la fiesta de la traslación de las reliquias.

El nombre de San Andrés figura en el canon de la misa, junto con los de otros Apóstoles. También figura, con los nombres de la Virgen Santísima y de San Pedro y San Pablo, en la intercalación que sigue al Padrenuestro. Esta mención suele atribuirse a la devoción que el Papa San Gregorio Magno profesaba al santo, aunque tal vez data de fecha anterior.

Tomado de: Vidas de los Santos de Butler, Vol. IV.

“¿A Dios le gusta el Dolor?”

“¿A Dios le gusta el Dolor?”

Lucas: 21, 20-28

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando vean a Jerusalén sitiada por un ejército, sepan que se aproxima su destrucción. Entonces, los que estén en Judea, que huyan a los montes; los que estén en la ciudad, que se alejen de ella; los que estén en el campo, que no vuelvan a la ciudad; porque esos días serán de castigo para que se cumpla todo lo que está escrito.
¡Pobres de las que estén embarazadas y de las que estén criando en aquellos días! Porque vendrá una gran calamidad sobre el país y el castigo de Dios se descargará contra este pueblo. Caerán al filo de la espada, serán llevados cautivos a todas las naciones y Jerusalén será pisoteada por los paganos, hasta que se cumpla el plazo que Dios les ha señalado.
Habrá señales prodigiosas en el sol, en la luna y en las estrellas. En la tierra las naciones se llenarán de angustia y de miedo por el estruendo de las olas del mar; la gente se morirá de terror y de angustiosa espera por las cosas que vendrán sobre el mundo, pues hasta las estrellas se bambolearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube, con gran poder y majestad. Cuando estas cosas comiencen a suceder, pongan atención y levanten la cabeza, porque se acerca la hora de su liberación”.

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Es un hecho que conocemos todos al respecto de la historia de la salvación en lo que se refiere a la Encarnación, es decir, el misterio del Dios hecho hombre, el Emmanuel, el Dios con nosotros, Aquél que toma la condición humana sin perder la divina, hecho que nos acerca aún más a Él por amor y pura iniciativa suya.

Pues éste hecho de la Encarnación, precisamente viene a sublimar todo el género humano de todos los tiempos, es lo que podríamos llamar el milagro del unirnos y elevarnos a lo divino para vivir y permanecer siempre al lado de Dios. En Este proceso el camino es el de Jesucristo, quien nos muestra las pautas y el camino a seguir para cada vez más asemejarnos a él hasta que en su momento seamos todos uno con Él. Es un crecimiento espiritual que se ve reflejado en la propia vida y en nuestro propio ser y actuar.

Sin embargo, parece que el proceso lo queremos hacer a la inversa, en vez de elevar nuestra vida a la calidad y categoría de lo sublime, de lo divino, pretendemos antropomorfizar a Dios, es decir, ponerlo a nuestro nivel, creer que piensa y obra como nosotros las para así justificar nuestro comportamiento y nuestra típica manera y tendencia de ser.

Entonces nuestras limitaciones se las colgamos a Dios, si somos corajudos, Dios es el corajudo y lleno de ira por excelencia, si castigamos, Dios es el ajusticiador supremo,   imaginando que Dios piensa como nosotros erróneamente, por lo que cuando se nos habla en ésta lectura en lenguaje apocalíptico, pensamos el cómo puede ser posible que realice tantas atrocidades y no tenga compasión inclusive de los niños y las embarazadas.

Algo que olvidamos es que ese lenguaje es una forma de hablar, sin embargo está lleno de esperanza, porque aunque el escritor sagrado, manifieste los miedos y temores de la humanidad en el mismo, no deja de remarcar la gran misericordia de Dios ya que inclusive a los infantes los tiene contemplados en su plan. Así como un bebé puede perderse a temprana edad, no deja de ser un enviado que cumplió su misión ya que transformó algo en la familia por la que pasó. No es que a Dios le guste el Dolor, nosotros somos los adictos a la adrenalina, al dolor, y lo ponemos en boca de Dios, pero nada queda fuera de su misericordia y su bendita mano, falta que en vez de ver el mundo con dolor, lo veamos con misericordia y así la cosa radicalmente cambia. Inténtalo.

“Lo malo de hacer el bien”

“Lo malo de hacer el bien”

Lucas: 21, 12-19

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Los perseguirán y los apresarán, los llevarán a los tribunales y a la cárcel, y los harán comparecer ante reyes y gobernantes por causa mía. Con esto ustedes darán testimonio de mí.
Grábense bien que no tienen que preparar de antemano su defensa, porque yo les daré palabras sabias, a las que no podrá resistir ni contradecir ningún adversario de ustedes.
Los traicionarán hasta sus padres y hermanos, sus parientes y amigos. Matarán a algunos de ustedes, y todos los odiarán por causa mía. Sin embargo, ni un cabello de su cabeza perecerá. Si se mantienen firmes, conseguirán la vida”.

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Muchas de las veces, tarde o temprano nos llega la eterna pregunta ¿Por qué si hago el bien me va cada vez más mal?, de igual manera vemos que a aquellos que no laboran tan bien como se debe, les va de maravilla, como si no pasara nada, hasta en un momento de cansancio podríamos pensar que hacer todo bien no vale la pena, tanto esfuerzo para nada, a veces decidiendo caer precisamente en la trampa de tomarlo como una maldición y renunciar a ello.

Entonces en esa etapa, ya caímos en el plan del maligno, ya llenos de coraje y odio le damos vuelo a la hilacha hundiéndonos cada vez más en el ya ordinario pantanal del mundo como si fuera lo normal, y en ocasiones alentados por sus marionetas que no dejan de estar siempre a nuestro lado.

Aquí no se trata de una profecía o una maldición hecha por Jesús a los que le seguimos y tratamos de llevar una vida conforme a la voluntad divina; a lo mejor así lo presenta el maligno, pero en realidad todo cuanto nos acontece lo es precisamente por pura envidia del demonio que no tolera ver en medio del mundo tango bien realizado y lo ponemos en crisis.

Es un hecho que el demonio nunca va a atacar a los que hacen el mal, para qué si ya los tiene trabajando para sí, ataca con todo lo que puede a los que no puede hacerlos suyos, es por ello que cuanto más trates de hacer el bien, más te van a atacar, incluso tus mejores amigos y familiares, porque les duele ver el bien que haces y que ellos no, además de que se prestan al teatrito del chamuco, por ello nunca te canses de hacer el bien, no es ninguna maldición, al contrario, combatir al mal a fuerza de bien, porque atacar mal con mal, ya perdimos y así entramos en el esquema del maligno.

Eso es lo malo de hacer el bien, pero el bien siempre es mayor aunque el mal haga escándalo para publicarse.

“El tiempo de los engaños”

“El tiempo de los engaños”

Lucas: 21, 5-11

En aquel tiempo, como algunos ponderaban la solidez de la construcción del templo y la belleza de las ofrendas votivas que lo adornaban, Jesús dijo: “Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando; todo será destruido”.
Entonces le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo va a ocurrir esto y cuál será la señal de que ya está a punto de suceder?”
Él les respondió: “Cuídense de que nadie los engañe, porque muchos vendrán usurpando mi nombre y dirán: ‘Yo soy el Mesías. El tiempo ha llegado’. Pero no les hagan caso. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, que no los domine el pánico, porque eso tiene que acontecer, pero todavía no es el fin”.
Luego les dijo: “Se levantará una nación contra otra y un reino contra otro. En diferentes lugares habrá grandes terremotos, epidemias y hambre, y aparecerán en el cielo señales prodigiosas y terribles”.

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Se habla mucho de que estamos en los últimos tiempos, de que en cualquier momento llegará el juicio final universal para todos y que al demonio se le termina su reinado, para ello se utilizan las ya características señales que al día de hoy nos son comunes, sin embargo como el mismo evangelio lo indica: “eso tiene que acontecer, pero todavía no es el fin”.

Por el contrario, somos bien informados para que ciertamente no se den los típicos abusos en el tema, ya que con la temática del miedo y del fin del mundo, se manipula a las personas y sobre todo, se les miente.

Es que olvidamos que desde todos los tiempos, la principal herramienta que utiliza el maligno es la mentira, aquella que precisamente se usa en contraposición radical a la verdad misma y contra Dios, de quien emana todo bien y autenticidad.

Y si a eso añadimos que al chamuco se le termina el tiempo, entonces, utilizando todo su arsenal y empeño en atacar por la premura de su final, es muy evidente que en la más sublime de sus acciones, junto con todas las marionetas que ya sea consciente o inconscientemente se disponen a ser utilizadas para el mal, usan como lema oficial el engaño y la mentira.

Es por ello que ante este ataque ideológico de falsedad envuelta en un velo de ilícita verdad para engancharnos, Jesús revela, que ante todo, hay que vivir en la verdad, y ella nos iluminará, por ello no asustarnos, ya que el miedo nos hace tomar decisiones arrebatadas con consecuencias nefastas.

Simplemente en éste tiempo de los engaños institucionalizados, hay que estar preparados de tal manera que no caigamos en las trampas que por doquier las encontramos, viviendo la verdad, la vida de la gracia y la oración, entonces estaremos capacitándonos para que como cera se nos resbalen todas aquellas faramallas y no hagan mella en nosotros.

“Todo lo que hacen dos monedas”

“Todo lo que hacen dos monedas”

Lucas: 21, 1-4

En aquel tiempo, levantando los ojos, Jesús vio a unos ricos que echaban sus donativos en las alcancías del templo. Vio también a una viuda pobre, que echaba allí dos moneditas, y dijo: “Yo les aseguro que esa pobre viuda ha dado más que todos. Porque éstos dan a Dios de lo que les sobra; pero ella, en su pobreza, ha dado todo lo que tenía para vivir”.

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En éste mundo las escalas de valores son tan inestables que varían según la necesidad pero también según la conveniencia, de tal manera que un día amanecemos con los productos básicos en un valor, para al siguiente cambiarlos y darle una exagerada estima a un metal o a un líquido como lo pueden ser los energéticos. 

Vivimos en un vaivén de inestabilidad que se ve reflejado aún en nuestra propia personalidad, y de hecho lo tomamos como lo común actualmente entre los mortales. Sin embargo hay escalas que nunca varían pero que a su vez no se valoran en la misma intensidad. 

Entre las mismas encontramos aquellos valores que nunca cambian como lo son los espirituales, ya que no son mensurables con las escalas humanas, sino con las divinas aunque algo nos damos cuenta del valor de ello.

La cuestión radica en que un hecho o actitud realizada, refleja los dos mundos tanto el material como el espiritual con muy diferentes apreciaciones y consecuencias. El ejemplo claro es la mujer viuda y pobre, que el hecho de echar dos monedas de poco valor al cepo de las ofrendas, desatará una serie de controversias según el mundo que lo analice.

Para el mundo financiero, ciertamente la juzgará de totalmente inservible su obra, porque dos monedas de poco valor, no cotizan en la bolsa, aunque sí cuentan las mismas en el caso de que falten para completar un billón de dólares, pero aisladas e indiferentes resultan infructuosas porque en el mundo de los millones, despegadas de una gran cuenta no califican, al contrario de ser el sobrante de miles son la base que inician el siguiente millón por lo que nunca son descartables.

Por el contrario, dos monedas en el plano de la fe, resultan en la manifestación de una confianza total en Dios, de una fe que sabe que aunque le falten no quedará desprotegida, de que su vida y felicidad no dependen de ellas, son totalmente accesorias y no son indispensables para que el corazón le deje de funcionar. Hablan de una donación total y de un conocimiento en la esperanza de la providencia divina que nunca falla.

Hasta allá llegan las dos moneditas, así que ya sabes, con ellas puedes invertir en tu primer millón y desvivirte por ello, o usarlas sabiamente, conociendo que sin ellas, sigues siendo el mismo y el renombre, como su nombre lo indica es un RE-nombre que no deja de ser accesorio y totalmente inútil porque así como llega, así se va, en cambio tu vida es la que realmente vale, no lo que tienes.

“Jesucristo Rey del Universo”

“Jesucristo Rey del Universo”

Juan: 18, 33-37

En aquel tiempo, preguntó Pilato a Jesús: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Jesús le contestó: “¿Eso lo preguntas por tu cuenta o te lo han dicho otros?” Pilato le respondió: “¿Acaso soy yo judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué es lo que has hecho?” Jesús le contestó: “Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuera de este mundo, mis servidores habrían luchado para que no cayera yo en manos de los judíos. Pero mi Reino no es de aquí”.
Pilato le dijo: “¿Conque tú eres rey?” Jesús le contestó: “Tú lo has dicho. Soy rey. Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”.

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Celebramos el Último domingo del Año Litúrgico

Cristo es el Rey del universo y de cada uno de nosotros.

Es una de las fiestas más importantes del calendario litúrgico, porque celebramos que Cristo es el Rey del universo. Su Reino es el Reino de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, del amor y la paz.

Un poco de historia

La fiesta de Cristo Rey fue instaurada por el Papa Pío XI el 11 de Marzo de 1925.

El Papa quiso motivar a los católicos a reconocer en público que el mandatario de la Iglesia es Cristo Rey.

Posteriormente se movió la fecha de la celebración dándole un nuevo sentido. Al cerrar el año litúrgico con esta fiesta se quiso resaltar la importancia de Cristo como centro de toda la historia universal. Es el alfa y el omega, el principio y el fin. Cristo reina en las personas con su mensaje de amor, justicia y servicio. El Reino de Cristo es eterno y universal, es decir, para siempre y para todos los hombres.

Con la fiesta de Cristo Rey se concluye el año litúrgico. Esta fiesta tiene un sentido escatológico pues celebramos a Cristo como Rey de todo el universo. Sabemos que el Reino de Cristo ya ha comenzado, pues se hizo presente en la tierra a partir de su venida al mundo hace casi dos mil años, pero Cristo no reinará definitivamente sobre todos los hombres hasta que vuelva al mundo con toda su gloria al final de los tiempos, en la Parusía.

Si quieres conocer lo que Jesús nos anticipó de ese gran día, puedes leer el Evangelio de Mateo 25,31-46.

En la fiesta de Cristo Rey celebramos que Cristo puede empezar a reinar en nuestros corazones en el momento en que nosotros se lo permitamos, y así el Reino de Dios puede hacerse presente en nuestra vida. De esta forma vamos instaurando desde ahora el Reino de Cristo en nosotros mismos y en nuestros hogares, empresas y ambiente.

Jesús nos habla de las características de su Reino a través de varias parábolas en el capítulo 13 de Mateo:

“es semejante a un grano de mostaza que uno toma y arroja en su huerto y crece y se convierte en un árbol, y las aves del cielo anidan en sus ramas”;

“es semejante al fermento que una mujer toma y echa en tres medidas de harina hasta que fermenta toda”;

“es semejante a un tesoro escondido en un campo, que quien lo encuentra lo oculta, y lleno de alegría, va, vende cuanto tiene y compra aquel campo”;

“es semejante a un mercader que busca perlas preciosas, y hallando una de gran precio, va, vende todo cuanto tiene y la compra”.

En ellas, Jesús nos hace ver claramente que vale la pena buscarlo y encontrarlo, que vivir el Reino de Dios vale más que todos los tesoros de la tierra y que su crecimiento será discreto, sin que nadie sepa cómo ni cuándo, pero eficaz.

La Iglesia tiene el encargo de predicar y extender el reinado de Jesucristo entre los hombres. Su predicación y extensión debe ser el centro de nuestro afán vida como miembros de la Iglesia. Se trata de lograr que Jesucristo reine en el corazón de los hombres, en el seno de los hogares, en las sociedades y en los pueblos. Con esto conseguiremos alcanzar un mundo nuevo en el que reine el amor, la paz y la justicia y la salvación eterna de todos los hombres.

Para lograr que Jesús reine en nuestra vida, en primer lugar debemos conocer a Cristo. La lectura y reflexión del Evangelio, la oración personal y los sacramentos son medios para conocerlo y de los que se reciben gracias que van abriendo nuestros corazones a su amor. Se trata de conocer a Cristo de una manera experiencial y no sólo teológica.

Acerquémonos a la Eucaristía, Dios mismo, para recibir de su abundancia. Oremos con profundidad escuchando a Cristo que nos habla.

Al conocer a Cristo empezaremos a amarlo de manera espontánea, por que Él es toda bondad. Y cuando uno está enamorado se le nota.

El tercer paso es imitar a Jesucristo. El amor nos llevará casi sin darnos cuenta a pensar como Cristo, querer como Cristo y a sentir como Cristo, viviendo una vida de verdadera caridad y autenticidad cristiana. Cuando imitamos a Cristo conociéndolo y amándolo, entonces podemos experimentar que el Reino de Cristo ha comenzado para nosotros.

Por último, vendrá el compromiso apostólico que consiste en llevar nuestro amor a la acción de extender el Reino de Cristo a todas las almas mediante obras concretas de apostolado. No nos podremos detener. Nuestro amor comenzará a desbordarse.

Dedicar nuestra vida a la extensión del Reino de Cristo en la tierra es lo mejor que podemos hacer, pues Cristo nos premiará con una alegría y una paz profundas e imperturbables en todas las circunstancias de la vida.

A lo largo de la historia hay innumerables testimonios de cristianos que han dado la vida por Cristo como el Rey de sus vidas. Un ejemplo son los mártires de la guerra cristera en México en los años 20’s, quienes por defender su fe, fueron perseguidos y todos ellos murieron gritando “¡Viva Cristo Rey!”.

La fiesta de Cristo Rey, al finalizar el año litúrgico es una oportunidad de imitar a estos mártires promulgando públicamente que Cristo es el Rey de nuestras vidas, el Rey de reyes, el Principio y el Fin de todo el Universo.

Este canto es fruto de ese tiempo en que se defendía la fe de una manera explícita entre el pueblo mexicano:

QUE VIVA MI CRISTO

Que viva mi Cristo, que viva mi Rey

que impere doquiera triunfante su ley,

que impere doquiera triunfante su ley.

¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Cristo Rey!

Mexicanos un Padre tenemos

que nos dio de la patria la unión

a ese Padre gozosos cantemos,

empuñando con fe su pendón.

Él formó con voz hacedora

cuanto existe debajo del sol;

de la inercia y la nada incolora

formó luz en candente arrebol.

Nuestra Patria, la Patria querida,

que arrulló nuestra cuna al nacer

a Él le debe cuanto es en la vida

sobretodo el que sepa creer.

Del Anáhuac inculto y sangriento,

en arranque sublime de amor,

formó un pueblo, al calor de su aliento

que lo aclama con fe y con valor.

Su realeza proclame doquiera

este pueblo que en el Tepeyac,

tiene enhiesta su blanca bandera,

a sus padres la rica heredad.

Es vano que cruel enemigo

Nuestro Cristo pretenda humillar.

De este Rey llevarán el castigo

Los que intenten su nombre ultrajar.

Fuente: es.catholic.net

“Evolución del pensamiento”

“Evolución del pensamiento”

Lucas: 20, 27-40

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús algunos saduceos. Como los saduceos niegan la resurrección de los muertos, le preguntaron: “Maestro, Moisés nos dejó escrito que si alguno tiene un hermano casado que muere sin haber tenido hijos, se case con la viuda para dar descendencia a su hermano. Hubo una vez siete hermanos, el mayor de los cuales se casó y murió sin dejar hijos. El segundo, el tercero y los demás, hasta el séptimo, tomaron por esposa a la viuda y todos murieron sin dejar sucesión. Por fin murió también la viuda. Ahora bien, cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será esposa la mujer, pues los siete estuvieron casados con ella?”
Jesús les dijo: “En esta vida, hombres y mujeres se casan, pero en la vida futura, los que sean juzgados dignos de ella y de la resurrección de los muertos, no se casarán ni podrán ya morir, porque serán como los ángeles e hijos de Dios, pues Él los habrá resucitado.
Y que los muertos resucitan, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor, Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob. Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para Él todos viven”.
Entonces, unos escribas le dijeron: “Maestro, has hablado bien”. Y a partir de ese momento ya no se atrevieron a preguntarle nada.

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El evangelio presente no da la luz necesaria para identificar de una manera muy clara la diferencia entre una manera de pensar, a veces ancestral o tradicional que cuida un esquema de ideas a veces ya caduco ante una actualización que en realidad va conforme a la verdad en sí misma.

Aquí hay que poner muy en claro que en los textos de las Sagradas Escrituras no desdicen la verdad de Dios, la revelación como su mismo nombre lo indica, implica un proceso evolutivo de descubrimiento de la verdad, que se va revelando, pero dicha verdad no está dosificada por Dios, a manera de quien la oculta como un misterio inaccesible, sino que por el contrario, la verdad siempre es revelada en su totalidad en el proceso a través del tiempo en la consolidación de la misma Biblia, sin embargo, eso habla de la libertad que Dios mismo da a sus escritores sagrados para impregnar el mensaje revelado según lo puedan expresar a su muy propia manera personal, en su tiempo y en su cultura.

Entonces encontramos que la verdad revelada no esta limitada en sí misma, sino que la capacidad cultural y de raciocinio es la que no la puede asimilar en su totalidad, marcando una limitante en cada época con las personas en turno. Por lo que la evolución del pensamiento ha hecho posible entender aún más la misma verdad revelada a su tiempo.

Con Jesús llega la plenitud de los tiempos, ya que por un lado se cumplen las promesas hechas desde antiguo, pero la verdad sigue siento la misma, mejor expuesta y clara a su vez. De tal manera que Jesús entra en un conflicto al afirmarla en su plenitud, ante las antiguas concepciones que en su tiempo se consideraban perfectas según la madurez alcanzada al momento, ya que chocan, pero no es cuestión de verdades ya que es la misma, sino la manera de entenderla.

De igual manera Jesús solicita de nuestra parte no quedarnos con pensamientos arcaicos, sino nuevos y plenos, de tal manera que nosotros evolucionemos siempre en una mejor comprensión de la verdad y de la vida misma, para no andar con pleitos de esquemas de pensamiento diferentes cuando al final es lo mismo. Por ello al convergir en la misma verdad, ya nadie cuestiona nada.

“Mi casa es casa de oración”

“Mi casa es casa de oración”

Lucas 19, 45-48

En aquel tiempo, entró Jesús en el templo y se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: —Escrito está: «Mi casa es casa de oración»; pero vosotros la habéis convertido en una «cueva de bandidos».

Todos los días enseñaba en el templo. Los sumos sacerdotes, los letrados y los senadores del pueblo intentaban quitarlo de en medio; pero se dieron cuenta de que no podían hacer nada, porque el pueblo entero estaba pendiente de sus labios.

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Es horrible cuando al llegar a un santuario dispuesto a orar, te encuentres con un mundo de distractores que te impiden poder estar en concentración y por ende en contacto con Dios, ya parece que el motivo de la visita es para ir por los chicles, la cajeta, las pulseritas, los tlacoyos, las botanitas, las fritangas, los dulces, etc, es un mundo comercializado en torno a los santuarios y a los templos.

A esa gente no le importa tu fe, sino que se aprovechan económicamente de los lugares sagrados y de los fieles haciendo negocio redondo, nada nuevo, ya en los tiempos de Jesús acontecía lo mismo, por lo que remarca que precisamente en el lugar sagrado, su principal y única finalidad es encontrarte con Dios en dedicada, atenta y profunda oración, tal celo llevó a Jesús a echar a los vendedores, lo que les obtuvo su rechazo, pero ese rechazo no es de fe, porque en esos casos la fe está muy menguada y manipulada.

Lo que se ganó fue un deseo de que lo asesinaran, porque estorba a los comerciantes y a los dirigentes religiosos que les rompe el esquema ya desvirtuado y viciado, es necesaria una restauración y Jesús lo está sembrando.

Esa misma historia se repite, existen santuarios que han querido crecer en la fe y atención  de los fieles, al modificar los lugares, con tan sólo obtener amenazas de muerte de los comerciantes, nada nuevo, ¿acaso tendrá que volver a venir Jesús a restaurar lo perdido? o ¿será que no estamos haciendo bien nuestra labor al seguir permitiendo esos esquemas?

Por lo pronto, el que lo promueve eres tú, empezando a realmente tomar el templo como lo que es, casa de oración, y no apoyando el comercio circundante en torno a tu fe.

“Lo que nos conduce a la paz…”

“Lo que nos conduce a la paz…”

Lucas: 19, 41-44

En aquel tiempo, cuando Jesús estuvo cerca de Jerusalén y contempló la ciudad, lloró por ella y exclamó:
“¡Si en este día comprendieras tú lo que puede conducirte a la paz! Pero eso está oculto a tus ojos. Ya vendrán días en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán y te atacarán por todas partes y te arrasarán. Matarán a todos tus habitantes y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no aprovechaste la oportunidad que Dios te daba”.

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Cuando me refiero a la paz en ésta ocasión, no lo hago en el sentido de aquella que brota de nuestro ser interior, sino de aquella que es un reflejo del orden y la armonía social entre los seres humanos. Aunque a fin de cuentas una es el reflejo de la otra.

Una de las cosas que Jesús observa, es el hecho de que toda la mente y el obrar del ser humano, en concreto al contemplar la ciudad de Jerusalén y su modo de vida, las personas están centradas en actividades superfluas, no se están atendiendo nuestras necesidades básicas, como lo es el alimentarnos, la salud, la educación y la cultura, las buenas relaciones sociales.

Por el contrario, en todos los estratos sociales se proclaman los excesos, el abuso, el libertinaje y la manipulación, cosa que al final crea una codependencia a ellas, rayando en  adicciones que nos controlan, de las cuales siendo inconscientes a uno mismo, es muy difícil auto detectarlas y por ende salir de ellas, ya que no permitimos remarcarlas cuando nos las hacen notar; pero eso sí, vemos las dependencias y errores de los demás, pero jamás los nuestros, porque nunca hemos experimentado la auto observación, además de que nos da pavor saber quiénes realmente somos.

En esa inconsciencia de nuestro ser, actuar y relacionarnos, vamos caminando en cierta manera ciegos, ensimismados a tal grado de no poder prever cuando externamente se planea una guerra contra nosotros ya sea personal o social, de igual manera no vemos ni el plan de Dios, pero tampoco el del maligno contra nosotros que nos ataca. No lo vemos venir.

Por ello Jesús se lamenta de nuestra inconsciencia, sabe que al final caeremos y, aunque lo avise hacemos caso omiso. Perdemos la paz, luego exigimos y reclamamos su falta. Pero la solución es sencilla; estar aún más presente, en mayor oración, en mayor contacto contigo mismo, con tu ser y con el Creador. Ya que eso te ubica en el aquí y el ahora como un vigilante de tu propio actuar y el de los demás. Así es seguro que realmente te conduzcas a la paz y la mantengas porque verás por donde la puedes perder y la cuidarás.

La inconsciencia es grata porque no nos responsabiliza, pero en realidad es ignorancia y ésa es culpable, no tan sólo de lo que haces, sino también de lo que no haces o dejas de hacer, también llamada omisión.