“¿Qué convence más?”

“¿Qué convence más?”

Lucas 5, 17-26

Un día Jesús estaba enseñando y estaban también sentados ahí algunos fariseos y doctores de la ley, venidos de todas las aldeas de Galilea, de Judea y de Jerusalén.
El poder del Señor estaba con él para que hiciera curaciones. 

Llegaron unos hombres que traían en una camilla a un paralítico y trataban de entrar, para colocarlo delante de él; pero como no encontraban por dónde meterlo a causa de la muchedumbre, subieron al techo y por entre las tejas lo descolgaron en la camilla y se lo pusieron delante a Jesús. Cuando él vio la fe de aquellos hombres, dijo al paralítico: “Amigo mío, se te perdonan tus pecados”. 

Entonces los escribas y fariseos comenzaron a pensar: “¿Quién es este individuo que así blasfema? ¿Quién, sino sólo Dios, puede perdonar los pecados?” Jesús, conociendo sus pensamientos, les replicó: “¿Qué están pensando? ¿Qué es más fácil decir: ‘Se te perdonan tus pecados’ o ‘Levántate y anda’? Pues para que vean que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados —dijo entonces al paralítico—: Yo te lo mando: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”. 

El paralítico se levantó inmediatamente, en presencia de todos, tomó la camilla donde había estado tendido y se fue a su casa glorificando a Dios. Todos quedaron atónitos y daban gloria a Dios, y llenos de temor, decían: “Hoy hemos visto maravillas”.

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Muy impuestos estamos a de manera nativa utilizar la famosa frase “ver para creer”, que no nace precisamente del evangelio con el Apóstol Tomás, ya se usaba como método científico desde antaño, puesto que aplica a la perfección a nuestra manera de aprender, y que no es otra, sino a través de nuestros sentidos, los cuales son instrumentos por los que percibimos sensiblemente el mundo.

Sin embargo el mundo no se limita a lo que alcanzamos sensiblemente a palpar, ya que por el hecho de que no podamos ver el aire, neguemos que existe, sería absurdo, y de igual manera con miles de cosas que no percibimos y que su existencia no depende de que lo afirmemos, existen porque son, aunque no las reconozcamos.

Por lo que, basándonos es ese esquema y de igual manera tratar de aplicarlo en la relación que tenemos para con Dios, solicitamos el convencimiento cerebral lógico de las pruebas, que en una inteligencia total, salen sobrando, porque las pruebas son para los que dudan y necesitan algo externo que los convenza, pero ese convencimiento es forzado, obligado por un hecho que le quita toda la autenticidad y se convierte en un conocimiento afirmado y aceptado no por la voluntad, sino por un acontecimiento externo.

Así que si esperas un millar de pruebas para iniciar un proceso de fe, entonces lo que menos vas a experimentar es la fe, si te convence más una curación visual, así llamada milagro, que una sanación y transformación del corazón y por ende del alma donde ocurre el verdadero milagro, nos falta mucho.

Es simple la cuestión para evaluar tu fe: ¿Qué te convence más? los milagros probados, o una vida plena en el Señor donde los milagros sabemos que se dan, pero que salen sobrando para verdaderamente y sin necesidad de ellos amar a Dios.