“Dar gustos. Ni se te ocurra”

“Dar gustos. Ni se te ocurra”

Mateo 11, 16-19

En aquel tiempo, Jesús dijo: “¿Con qué podré comparar a esta gente? Es semejante
a los niños que se sientan en las plazas y se vuelven a sus compañeros para gritarles: ‘Tocamos la flauta y no han bailado; cantamos canciones tristes y no han llorado’. 

Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dijeron: ‘Tiene un demonio’.
Viene el Hijo del hombre, y dicen: ‘Ese es un glotón y un borracho, amigo de publicanos y gente de mal vivir’. Pero la sabiduría de Dios se justifica a sí misma por sus obras”.

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Vivimos en un mundo segmentado imaginariamente por clases, estatus, posiciones, imágenes, que llega desde hasta el barrio hasta los apellidos, sin olvidar el color de piel entre otros más, todo orientado a crear dependencias de unos con los otros para ensalzar a las posturas según se promueven como las más altas.

Todo esto crea una lucha por la mentada aceptación, hay una lucha de clases tan marcada, sin necesidad de entrar en las antiguas leyes dialécticas socialistas, que en la realidad se viven como un modus vivendi reconocido por la cultura y esta sociedad enferma. La gente se muere por ser parte de tal o cual grupo o club, hasta en la escuela se dan segmentos y crecemos con ellos.

Esto causa un enorme sufrimiento, porque al final no deja de ser ficticia tanto una postura como la otra, dejando unos huecos tan vacíos, que mientras más grande sea la distancia, así será el dolor. Caemos en la insana situación de: para sentirnos amados y aceptados debemos de condescender y dar gusto a cualquiera por una mínima y reciproca paga afectiva que lleva a un conformismo que genera aún más vacío. 

Eso se vuelve cíclico y dañino, por ello el Evangelio nos remarca que al fin de cuentas, a nadie se le da gusto con nada, precisamente por esa división que desde siempre hemos alzado como murallas ideológicas que dañan ambos lados del muro. 

Hay que amarnos un poco más, ser como Jesús que nos invita a no caer en la trampa de la cultura viciada en que vivimos, para no darnos la permisividad de que el mundo nos utilice a su gusto. Cuando tengas un mejor aprecio de tu vida y tu persona, habrás recobrado no el orgullo, sino la dignidad de saber decir certeramente un “Basta”, un “ya no”.

Y.. seguir dando gustos, ni de chiste, ni se te ocurra, sería un retroceso y un degradar tu tan grande dignidad que de suyo proviene no del ser personas, sino del ser hijos de Dios. Cuídate como tal, ya que al final como termina este mismo evangelio todo será claro y las consecuencias se verán, ya que “La sabiduría de Dios se justifica a sí misma por sus obras” (Aquellas que al final dicen quién somos).