“Cuando el Espíritu Santo ilumina”

“Cuando el Espíritu Santo ilumina”

Juan: 1, 29-34

En aquel tiempo, vio Juan el Bautista a Jesús, que venía hacia él, y exclamó: “Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo he dicho: ‘El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque ya existía antes que yo’. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua, para que Él sea dado a conocer a Israel”.

Entonces Juan dio este testimonio: “Vi al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre Él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja y se posa el Espíritu Santo, ése es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo’. Pues bien, yo lo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios”.

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No es necesario remarcar que cada persona tiene una razón de ser y de existir, ya que de igual manera tiene una misión y una encomienda en esta vida, a veces descubierta y consciente de ella, a veces totalmente ignorada e inconsciente, proceso al que debemos de dedicar un tanto de tiempo para descubrirlo y discernirlo.

Juan Bautista obediente a su misión, realiza la encomienda de preparar el camino del Señor y lo hace con entusiasmo y alegría, cosa que muchos de nosotros apesadumbrados nos cuesta realizar aquellas obras encomendadas o puestas en el camino para facilitar nuestra acción, a lo cual preferimos evadir porque precisamente no lo tenemos claro, por ende cayendo en la omisión.

Una de las cosas manifestadas en ésta lectura, es que aunque estemos haciendo lo que debemos, como lo es el caso de Juan Bautista, nunca es por demás pedir la luz del su Santo Espíritu, ya que afirma, aclara e impulsa con mayor ímpetu aquello mismo que hacemos o mal hacemos para corregirlo, es decir, define la misión.

Es por ello que cuando permitimos al Espíritu Santo iluminarnos, todo queda claro, tanto nuestro deber como el de los demás para ayudarles, lo malo es que cuando no deseamos vivir en la verdad y decidimos mantenernos en el error de manera voluntaria y consciente, por miedo a los compromisos con Dios, caemos en negligencia y ésta siempre es culpable.

Aunque es innegable el compromiso con Dios al ser iluminados, porque provee de manera innata y natural a nuestro ser las capacidades para realizar aquello de manera fácil y ordinaria, precisamente dando testimonio ahí donde nos desarrollamos. Pero si nos mantenemos al margen de la acción de su Santo Espíritu, nuestros miedos evidentemente dominarán y, nos harán sentir que eso es lo correcto, adormeciendo la conciencia y la voluntad. 

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