“Fe a distancia”

“Fe a distancia”

Juan: 4, 43-54

En aquel tiempo, Jesús salió de Samaria y se fue a Galilea. Jesús mismo había declarado que a ningún profeta se le honra en su propia patria. Cuando llegó, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que él había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían estado allí.


Volvió entonces a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había allí un funcionario real, que tenía un hijo enfermo en Cafarnaúm. Al oír éste que Jesús había venido de Judea a Galilea, fue a verlo y le rogó que fuera a curar a su hijo, que se estaba muriendo.


Jesús le dijo: “Si no ven ustedes signos y prodigios, no creen”. Pero el funcionario del rey insistió: “Señor, ven antes de que mi muchachito muera”. Jesús le contestó: “Vete, tu hijo ya está sano”.


Aquel hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Cuando iba llegando, sus criados le salieron al encuentro para decirle que su hijo ya estaba sano.


Él les preguntó a qué hora había empezado la mejoría. Le contestaron: “Ayer, a la una de la tarde, se le quitó la fiebre”. El padre reconoció que a esa misma hora Jesús le había dicho: ‘Tu hijo ya está sano’, y creyó con todos los de su casa. Éste fue el segundo signo que hizo Jesús al volver de Judea a Galilea.

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En una cultura que se dice positivista, donde al día se proclama la verdad tan sólo con comprobación científica, pero que al final no deja de engañarse y manipularla, nos condiciona a de igual manera obtener testimonios explícitos y comprobados de fe para poder creer.

Testimonios que a veces no se reciben como debieran, porque no se entiende ni la finalidad ni el proceso del mismo milagro. Puede ser que suscite una fe, pero condicionada a la comprobación, es decir, desconfiada; de igual manera puede suscitar una fe encandilada, pero ciega. Lo cual en ambos casos no es positivo ya que el fundamento no es la fe, la confianza, el amor ni la caridad, ya no se espera, la esperanza pasa a ser nula porque los resultados se quieren inmediatamente en el aquí y el ahora.

Sin embargo Dios se vale de todo, y a cada alma la va llevando por un proceso, que independientemente suscite la fe, ya sea largo o corto el camino, le hace profundizar en ella para saciar su razón con la lógica no tan solamente humana, sino divina.

Es un don que se obtiene cuando se quiere recibir, y entonces como el mismo evangelio lo remarca, hay que saber espera a la distancia, con el tiempo, con paciencia, porque pedir todo de tajo e inmediato, corta el proceso de asimilación divina que tiene que asentarse y fundamentarse en lo más profundo de nuestro corazón.

Todo tiene su razón de ser y la fe no es la excepción, por ello, hay que saber confiar, porque los frutos de la misma llegan en el momento oportuno y necesario.

“El hijo sano”

“El hijo sano”

Lucas: 15, 1-3. 11-32

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para escucharlo. Por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: “Éste recibe a los pecadores y come con ellos”.


Jesús les dijo entonces esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de la herencia que me toca’. Y él les repartió los bienes.


No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta. Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a pasar necesidad. Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera.


Se puso entonces a reflexionar y se dijo: ¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores’.


Enseguida se puso en camino hacia la casa de su padre. Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le dijo: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo’.


Pero el padre les dijo a sus criados: ¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’. Y empezó el banquete.


El hijo mayor estaba en el campo y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: ‘Tu hermano ha regresado y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo’. El hermano mayor se enojó y no quería entrar.


Salió entonces el padre y le rogó que entrara; pero él replicó: ¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo’.


El padre repuso: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’ “.

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La mayoría de las familias procuran que sus hijos se mantengan sanos, que tengan que comer y, algunos otros que cuando menos vayan a la escuela para que reciban la educación que en casa no reciben.

Pero olvidamos que la salud no radica tan sólo en evitar las enfermedades físicas que requieren en un caso extremo hospitalización o guardar reposo por mientras se recuperan, como lo podría ser la gripe o el sarampión.

En realidad somos inconscientes de aquellas enfermedades que heredamos en la cultura familiar, que aprendimos forzosamente a verlas como lo ordinario porque no había de otra, y me refiero a esas enfermedades que a su vez con nuestro comportamiento contagiamos a los nuestros y que no vemos, preguntándonos al final el por qué nos pasa eso, cuando en realidad en la consecuencia necesaria de nuestros propios actos.

Y es que enfermamos a los hijos con los odios, las separaciones, los celos, los abusos de autoridad, la violencia intrafamiliar, la mala educación y el vocabulario bajo, los rencores y orgullos infundados y enfermizos, las imposiciones religiosas mal llevadas en extremo, al igual con nuestros propios morbos y sexualidades descontroladas aunque sean secretas, porque de alguna manera salen a flote y se contagian.

El hecho de que alguien no llore en la familia, no significa que no le duela algo o que no esté bien. 

Aquí es donde en la propia familia, aún completa e integrada con sus padres presentes e hijos, no es garantía de salud. Muestra de ellos es la parábola del hijo prodigo, que yo lo llamaría la familia disfuncional con el hijo enfermo y cansado del ambiente familiar. ya que incluso el mismo hijo mayor revela actitudes enfermizas manifestadas en el orgullo y resentimiento expresado, aunque esté en casa trabajando.

El regreso del hijo representa a ese hijo que por fin se dio cuenta de su enfermedad y el camino le ha servido para darse cuenta de su realidad, el padre le recibe con gran alegría porque a su vez se da cuenta que ha recuperado a uno de sus hijos sano, no fisicamente sino también mentalmente, donde creo que a su vez, además de ser misericordioso ha de haber reconocido sus defectos como padre, es una sanción total y familiar que lleva a la felicidad.

Por ello hay que permitirnos curar al niño o niña dañados para llegar a la salud que llevamos dentro, no importa si eres hijo o padre, si tienes 8 o 75 años: perdón, aceptación, reconciliación, unidad y retomar la vida en un nuevo sentido son los elementos de sanación que llevan a la plena felicidad y descartar al cien todos los patrones aprendidos.

“Falsa bondad”

“Falsa bondad”

Lucas: 18, 9-14

En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola sobre algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás:
“Dos hombres subieron al templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ‘Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos y adúlteros; tampoco soy como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todas mis ganancias’.
El publicano, en cambio, se quedó lejos y no se atrevía a levantar los ojos al cielo. Lo único que hacía era golpearse el pecho, diciendo: ‘Dios mío, apiádate de mí, que soy un pecador’.
Pues bien, yo les aseguro que éste bajó a su casa justificado y aquél no; porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”.

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Es una pena ver que en esta nuestra cultura machista y enferma por tanta promoción e invitación a caer adicto a ciertas codependencias, no dejan de bombardearnos, ahora ya no de manera subliminal sino directa, ya sea a las personas, a las modas, a las comidas,  a los servicios de internet, a las bebidas y al sexo no se diga. además de crecer con tanta carencia afectiva.

El mercado de las codependencias es muy prolifero y buen negocio económico, hasta  hay iglesias que no pierden la oportunidad y lucran con ello atrayendo y abusando de las personas con esos males, alimentándolas y cambiándoles la codependencias por otras que les convengan a ellos, como lo es aquellas que se denominan pare de sufrir. No  sanan a las personas, las usan. 

Pero sin irnos tan lejos, dentro de nuestra misma comunidad encontramos personas que aparentan una muy buena dedicación a Dios y al servicio de la Iglesia, las cuales dentro de sus propios vacíos afectivos a toda costa buscan ser reconocidas por ello, pero no están buscando a Dios, se están buscando a ellos mismo.

Aquí es cuando nace la falsa bondad, creamos toda una faramalla para defender el estatus a todo lo que da con la gente realmente buena que quiere crecer. Bendito sea Dios que las ciencias nos van dando luz para identificar esos casos y proponer una verdadera y real ayuda, porque hasta Jesús viene a sanar esas enfermedades del alma que son las que abundan en estos días. 

No hay nada mejor y más sano que reconocer nuestras propias limitaciones y ser tal cual somos, sin apariencias, porque entonces será cuando tu real y verdadera bondad brillará sin necesidad de promocionarla.

“Sin más preguntas”

“Sin más preguntas”

Marcos: 12, 28-34

En aquel tiempo, uno de los escribas se acercó a Jesús y le preguntó: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?” Jesús le respondió: “El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor; amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.
El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay ningún mandamiento mayor que éstos”.
El escriba replicó: “Muy bien, Maestro. Tienes razón, cuando dices que el Señor es único y que no hay otro fuera de él, y amarlo con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios”.
Jesús, viendo que había hablado muy sensatamente, le dijo: “No estás lejos del Reino de Dios”. Y ya nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

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 En varias ocasiones me da la impresión de que fingimos demencia selectiva cuando ante nuestras propias responsabilidades incumplidas, tratamos de justificarnos afirmando una ignorancia tal que ralla en lo evidente y lo absurdo.

Y es qué de suyo, por así decir, de antemano, la misma conciencia nos dicta cuando algo no lo estamos haciendo como deberíamos, pero nos gana el ego cuando los dañamos, porque cada vez pedirá más de lo negativo.

A veces nos auto saboteamos y nos auto engañamos negando la realidad y afirmando nuestras propias injusticias así como actos malos, pretendiendo que eso en nuestra zona de confort es lo normal y queriendo estandarizarlo.

Porque en realidad, si logramos la normal y ordinaria sinceridad en nuestras vidas, la vedad se manifiesta en todo por sí sola, y no andaremos queriendo acomodar nuestros errores con preguntas que vayan a justificar nuestro pensar y situación de vida, que para eso el ego propio y a estas alturas enfermo es especialista.

No es necesario hacer más preguntas cuando se vive en sincronía con la verdad en lo que pensamos y hacemos. Por ello salen sobrando las preguntas de lo evidente y básico ante la verdad.

“Divorciados con la vida”

“Divorciados con la vida”

Lucas: 11, 14-23

En aquel tiempo, Jesús expulsó a un demonio, que era mudo. Apenas salió el demonio, habló el mudo y la multitud quedó maravillada. Pero algunos decían: “Éste expulsa a los demonios con el poder de Satanás, el príncipe de los demonios”. Otros, para ponerlo a prueba, le pedían una señal milagrosa.
Pero Jesús, que conocía sus malas intenciones, les dijo: “Todo reino dividido por luchas internas va a la ruina y se derrumba casa por casa. Si Satanás también está dividido contra sí mismo, ¿cómo mantendrá su reino? Ustedes dicen que yo arrojo a los demonios con el poder de Satanás. Entonces, ¿con el poder de quién los arrojan los hijos de ustedes? Por eso, ellos mismos serán sus jueces. Pero si yo arrojo a los demonios con el dedo de Dios, eso significa que ha llegado a ustedes el Reino de Dios.
Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros; pero si otro más fuerte lo asalta y lo vence, entonces le quita las armas en que confiaba y después dispone de sus bienes. El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama”.

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Cada vez más es una constante entre nosotros el estar inconformes con todo cuanto acontece en nuestra vida, pero el ritmo de vida que llevamos junto con la influencia cultural del aislamiento y la cruda individualidad, van poco a poco haciendo que perdamos aquellos valores y relaciones interpersonales que nutren una sana relación con el otro.

Ya no tenemos las herramientas y valores espirituales que ante los ataques contra la propia dignidad nos sean útiles para no caer en buscar alicientes que suplan falsamente nuestras más intimas necesidades como lo es el afecto, el sentirnos tomados en cuenta, el diálogo y la escucha, entre otros más.

Al permanecer aislados es natural que no nutramos las más profundas necesidades que se cultivan en comunidad, y que de manera virtual, con las mentadas redes sociales, no se dan porque su efectividad surge del encuentro de persona a persona.

Aquí es donde surge ese ya natural enojo fruto de las insatisfacciones que sufrimos constantemente en este mundo donde ya nadie es tomado en serio, ni en cuenta. Por ello todo nos molesta ya que el vacío existencial de nuestras vidas, hace que no valoremos la propia vida y por ende tampoco la de los demás, surge un real divorcio con la vida y duele vivirla cuando es una alegría saber todo el mundo de posibilidades que tenemos por delante, ese divorcio nos ciega de tal manera que nos incapacita y se nos cierra el mundo.

Por ello es esencial alimentarnos de todo lo que Jesús nos brinda, ya que todo está al alcance de la mano de manera real, pero ensimismados y absortos en el teléfono y los medios electrónicos estamos desparramando esa gracia que podríamos hacer nuestra si así lo deseamos.

“Nadie está excluido”

“Nadie está excluido”

Mateo: 5, 17-19

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud. Yo les aseguro que antes se acabarán el cielo y la tierra, que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley.
Por lo tanto, el que quebrante uno de estos preceptos menores y enseñe eso a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los cielos”.

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Ley nos es dada como un catalizador común en donde todos convergemos para un criterio de juicio común a toda persona e inteligencia, sin embargo en ocasiones nos comportamos de tal manera que exigimos privilegios para excluirnos como si tuviéramos el derecho.

Dentro de nuestra cultura actual, dominada por el mercado económico, aunque las leyes nos son dadas para todos, pareciese que aquellos que más poseen son eximidos de las faltas cometidas porque poderoso señor es don dinero, como si los juicios fuesen tan sólo para las personas de bajos recursos.

Hay que remarcar que nadie esta excluido, ya que las leyes aplicables a todos los seres humanos sin excepción, pero si decidimos aún así quebrantar la ley e infringirla de manera errónea somos mayormente responsables de ello.

Jesús no viene a cambiar la ley ni a los profetas, Dios respeta la manera de expresar la verdad, pero donde se cambie la verdad por una mentira que afecte la dignidad del hombre no es válida, ya que de el recto uso de la misma como plataforma de forma de vida, se desprende la grandeza de las obras que se realicen, así como de la misma persona.

Y si alguien se quiere justificar ante la ley legítima, hay que recordar que nadie está excluido.

“Querer el perdón”

“Querer el perdón”

Mateo: 18, 21-35

En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?” Jesús le contestó: “No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”.
Entonces Jesús les dijo: “El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía muchos millones. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda.
Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía: ‘Págame lo que me debes’. El compañero se le arrodilló y le rogaba: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda.
Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contar al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ‘Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?’ Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.
Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”.

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Cuando uno se pregunta en la cantidad de veces que se debe de otorgar el perdón cuando alguien nos ofende, en realidad quien está hablando es el mismo cansancio, ya que se ha bloqueado la actitud en una actitud predispuesta a rechazar o a actuar de manera quejumbrosa ante la siguiente falta que pudiese ocurrir.

Para empezar hay que tener en cuenta que la persona que nos ofende se encuentra en una situación no asimilada de dolor, por lo que la falta hacia nosotros no es la causa sino la consecuencia de un problema no resuelto en su vida y que a lo mejor no nos corresponde sanar o en su defecto, sentirnos responsable de ello.

El origen del dolor es muy variado y puede alojarse en una persona desde la infancia y no reconocerlo al afirmar la persona dañada con un autoconvencimiento ya caduco que se manifiesta en una “así soy”, es que en realidad ni se ha perdonado, ni ha perdonado a quienes lo dañaron. 

El perdón inicia por uno mismo, ya que de ninguna otra manera vamos a aceptar el perdón de los demás, porque no se tiene la experiencia senadora manifestódose de una manera renuente al cambio y a aceptar a los demás.

Por lo que es muy necesario sanar y perdonarnos a nosotros mismos, una vez obteniendo la paz, el perdón a los demás resulta como una consecuencia sencilla y natural.

“La Anunciación del Señor”

“La Anunciación del Señor”

Lucas: 1, 26-38

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de la estirpe de David, llamado José. La virgen se llamaba María.

Entró el ángel a donde ella estaba y le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Al oír estas palabras, ella se preocupó mucho y se preguntaba qué querría decir semejante saludo.

El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no tendrá fin”.

María le dijo entonces al ángel: “¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco virgen?” El ángel le contestó: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el Santo, que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios”. María contestó: “Yo soy la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que me has dicho”. Y el ángel se retiró de su presencia.

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El día del sí

Homilía del Papa Francisco en la fiesta de la Anunciación del Señor en el 2016

 «Sí»: para el cristiano no hay otra respuesta a la llamada de Dios. Y, sobre todo, nunca debe comportarse como quien pretende no entender, y se gira hacia otro lado. El Papa invitó a vivir una auténtica «fiesta del sí», durante la misa en Santa Marta.

Un «sí» convencido es el que esta mañana pronunciaron los sacerdotes que concelebraron con Francisco en el día de su cincuenta aniversario de ordenación, y también las religiosas vicentinas que trabajan en Santa Marta que renovaron sus votos. «Es toda una historia la que termina y comienza en esta solemnidad que hoy celebramos: la historia del hombre, cuando sale del paraíso», señaló inmediatamente el Papa al comienzo de la homilía. Después del pecado, de hecho, el Señor ordena al hombre que camine, y llene la tierra: «Sé fecundo y ve hacia adelante». Pero «el Señor estaba atento a lo que el hombre hacía». Tanto que «algunas veces, cuando el hombre se equivocó, Él castigó al hombre: pensemos en Babel o en el diluvio».

Así que Dios siempre «miraba lo que el hombre hacía: en un determinado momento, este

 Dios que observaba y custodiaba al hombre, decidió formar un pueblo y llamó a nuestro padre Abraham: “Sal de tu tierra, de tu casa”». Y Abraham «obedeció, dijo “sí”» al Señor «y se fue de su tierra sin saber a dónde iba». Es «el primer “sí” del pueblo de Dios». Y precisamente «con Abraham, Dios —que miraba al pueblo— comenzó a “caminar con”. Y caminó con Abraham: “Camina en mi presencia”, le dijo».

Dios, explicó el Papa, «luego hizo lo mismo con Moisés, a quien con ochenta años le dijo: “Haz esto”. Y Moisés a los ochenta —es anciano— dice “¡sí!”. Y va a liberar al pueblo».

Y Dios, afirmó de nuevo el Pontífice, «hizo lo mismo con los profetas»: pensemos por ejemplo en Isaías que, cuando el Señor le dice que se vaya y le diga las cosas al pueblo, responde que tiene «labios impuros». Pero «el Señor purifica los labios de Isaías e Isaías dice “¡sí!”».

También con Jeremías, recordó el Papa, sucedió lo mismo: «Señor, yo no puedo hablar, ¡soy un muchacho!» fue la primera respuesta del profeta. Pero Dios le ordena que se vaya de todos modos y él contesta «¡sí!». Son «muchos, muchos» los «que han dicho “sí”», es realmente una «humanidad de hombres y mujeres ancianos quienes han dicho “sí” a la esperanza del Señor». Y en la homilía Francisco también quiso recordar a Simeón y Ana.

Hoy el Evangelio nos dice el final de esta cadena de “síes” y el comienzo de otro “sí” que comienza a crecer: el “sí” de María». Precisamente «este “sí” hace que Dios —afirmó el Pontífice— no sólo vea cómo va el hombre, no sólo camine con su pueblo, sino que se haga uno de nosotros y tome nuestra carne». De hecho, «el “sí” de María abre la puerta al “sí” de Jesús: “Yo vengo para hacer tu voluntad”». Y «este “sí” va con Jesús durante toda su vida, hasta la cruz: “Aparta de mí este cáliz, Padre, pero hágase tu voluntad”». Es «en Jesucristo que, como dice Pablo a los corintios, se encuentra el “sí” de Dios: Él es el “sí”». 

«Es un día bonito —remarcó el Papa— para dar gracias al Señor por habernos enseñado que este camino del “sí”, y también para pensar en nuestra vida». Sobre todo «algunos de vosotros —dijo, dirigiéndose directamente a los sacerdotes presentes en la misa— celebran el cincuenta aniversario de sacerdocio: hermoso día para pensar en el “sí” de vuestra vida». Pero, «todos nosotros, cada día, tenemos que decir “sí” o “no”, y pensar si siempre decimos “sí” o muchas veces nos escondemos, con la cabeza hacia abajo, como Adán y Eva, para no decir “no”», fingiendo no entender «lo que Dios pide».

«Hoy es la fiesta del “sí”», repitió Francisco. De hecho, «en el “sí” de María está el “sí” de toda la historia de la salvación y ahí comienza el último “sí” del hombre y de Dios: ahí Dios recrea, como en el principio con un “sí” hizo el mundo y el hombre, esa hermosa creación: con este “sí” yo vengo para hacer tu voluntad, y de una manera más maravillosa recrea el mundo, nos recrea a todos nosotros». Es «el “sí” de Dios que nos santifica, que nos hacer ir hacia adelante en Jesucristo». Por eso, hoy es el día justo «para dar gracias al Señor y preguntarnos: ¿soy hombre o mujer del “sí” o soy hombre o mujer del “no”? O ¿soy hombre o mujer que miro un poco hacia otro lado, para no responder?».

A continuación, el Papa expresó el deseo «de que el Señor nos dé la gracia de entrar en este camino de hombres y mujeres que han sido capaces de decir el “sí”». Y tras dirigir unas palabras a los sacerdotes, Francisco concluyó dirigiéndose a las religiosas de la comunidad de Santa Marta: «En este momento, en silencio, las hermanas que están en esta Casa renovarán los votos: lo hacen cada año, porque san Vicente era inteligente y sabía que la misión que les encomendaba era muy difícil, y por esta razón quiso que cada año renovasen los votos. Nosotros acompañamos en silencio la renovación».

“Pecados v.s. Obras”

“Pecados v.s. Obras”

Lucas: 13,1-9

En aquel tiempo, algunos hombres fueron a ver a Jesús y le contaron que Pilato había mandado matar a unos galileos, mientras estaban ofreciendo sus sacrificios. Jesús les hizo este comentario: “¿Piensan ustedes que aquellos galileos, porque les sucedió esto, eran más pecadores que todos los demás galileos? Ciertamente que no; y si ustedes no se convierten, perecerán de manera semejante. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿piensan acaso que eran más culpables que todos los demás habitantes de Jerusalén? Ciertamente que no; y si ustedes no se convierten, perecerán de manera semejante”.
Entonces les dijo esta parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viñedo; fue a buscar higos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Mira, durante tres años seguidos he venido a buscar higos en esta higuera y no los he encontrado. Córtala. ¿Para qué ocupa la tierra inútilmente?’ El viñador le contestó: ‘Señor, déjala todavía este año; voy a aflojar la tierra alrededor y a echarle abono, para ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortaré’ “.

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Ese Dios terrible y castigador que era concebido de esa manera en el Antiguo Testamento parece que no ha sido erradicado, y parece a su vez que el mismo chamuco es el que se empeña en mantener esa idea arraigada en nuestros corazones por la falta de conocimiento y acercamiento a Él, precisamente por ese miedo que se le profesa.

Plan o no del maligno sigue latente en nuestros días porque el hecho mismo de que no nos pasen grandes cosas negativas, no significa que andemos bien, la verdad radica en que el recurso del escándalo que siempre utiliza como herramienta el maligno, hace remarcar el error de aquellos que se están esforzando por llevar una vida digna de los hijos de Dios, a ellos los ataca más y les hace resaltar el error, por un lado para que se cansen, y por otro para que se desanimen, viendo que a los que hacen el mal no les pasa nada.

Sin embargo es un engaño, porque a los pecadores compulsivos no es que no les pase nada, sino que ya los tiene ganados y por eso no hay necesidad de hacerles un mal mayor cuando poco a poco ellos mismos se lo están ocasionando, sin poder ver las consecuencias del mal que les es ya ordinario.

Ya lo dirá Jesús, aquellos a quienes les acontece un mal, no es por pecadores, eso precisamente lo remarcan los pecadores para desviar la atención de ellos hacia los demás, y se autoconvencen que el mal a ellos no les hace daño, cuando sus obras de vida nulas lo dice todo.

En cambio aquellos esforzados, a los que el mal los derrumba pero se levantan siempre, a los que hacen suya la conversión de un corazon mediocre y tibio a uno cálido y lleno de amor a Dios y a los demás, sus obras lo dirán todo y hablarán por sí mismas, haciéndose acreedores a ser partícipes de esa viña del Señor, donde junto con los demás en conjunto damos los frutos a su tiempo.

“Recobrar”

“Recobrar”

Lucas: 15, 1-3. 11-32

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para escucharlo; por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: “Éste recibe a los pecadores y come con ellos”.
Jesús les dijo entonces esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de la herencia que me toca’. Y él les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta. Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a pasar necesidad. Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera.
Se puso entonces a reflexionar y se dijo: `¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores’.
Enseguida se puso en camino hacia la casa de su padre. Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le dijo: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo’.
Pero el padre les dijo a sus criados: ‘¡pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’. Y empezó el banquete.
El hijo mayor estaba en el campo y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: ‘Tu hermano ha regresado y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo’. El hermano mayor se enojó y no quería entrar.
Salió entonces el padre y le rogó que entrara; pero él replicó: ‘Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo’.
El padre repuso: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’ “.

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En ocasiones nos hacemos a la idea de que en una familia deben de ser todos iguales en su comportamiento, cuando en realidad algo hay de eso, porque tienen un esquema de primer aprendizaje común que son sus padres, donde se aprenden principios, valores, e incluso las mañas de cada uno de ellos.

Otra situación es querer que respondan ante las responsabilidades con la prontitud y certeza que uno mismo desea, habrá quien lo haga y habrá quien no, por lo que además de manejar las obligaciones ordinarias dentro de la familia, será todo un reto hacer crecer a todos hacia la misma madurez a la que somos invitados todos.

El caso lo tenemos muy claro en el ejemplo del hijo pródigo, dónde uno de los hijos por su actitud incoherente e irresponsable hace reaccionar al resto de la familia no de una manera grata, a tal grado de hacer lo que desea sin importarles los demás.

Situación que un padre amoroso permite, no porque sea muy blando y falto de carácter, sino porque sabe esperar y dejar en libertad para que cada quien afronte sus propias responsabilidades y problemas. Hechos que se cumplen al caer en cuenta el hijo de lo que estaba haciendo cuando lo ve todo lo que se le dio abusado y perdido.

Aquí es donde al recapacitar retorna a su padre con una actitud no de pena, no de chantaje, no de volver a abusar, sino consciente de su condición la cual va sanando ante los suyos y donde el padre recupera a ese hijo que esperaba tener. Para su padre no importan los bienes derrochados cuando ha ganado un hijo que ahora se sabe amado y aceptado, a su vez que responsable con sus propias obligaciones naturales, un recobrar al verdadero hijo perdido aun en su propia casa.