“La Anunciación del Señor”

“La Anunciación del Señor”

Lucas: 1, 26-38

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de la estirpe de David, llamado José. La virgen se llamaba María.

Entró el ángel a donde ella estaba y le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Al oír estas palabras, ella se preocupó mucho y se preguntaba qué querría decir semejante saludo.

El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no tendrá fin”.

María le dijo entonces al ángel: “¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco virgen?” El ángel le contestó: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el Santo, que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios”. María contestó: “Yo soy la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que me has dicho”. Y el ángel se retiró de su presencia.

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El día del sí

Homilía del Papa Francisco en la fiesta de la Anunciación del Señor en el 2016

 «Sí»: para el cristiano no hay otra respuesta a la llamada de Dios. Y, sobre todo, nunca debe comportarse como quien pretende no entender, y se gira hacia otro lado. El Papa invitó a vivir una auténtica «fiesta del sí», durante la misa en Santa Marta.

Un «sí» convencido es el que esta mañana pronunciaron los sacerdotes que concelebraron con Francisco en el día de su cincuenta aniversario de ordenación, y también las religiosas vicentinas que trabajan en Santa Marta que renovaron sus votos. «Es toda una historia la que termina y comienza en esta solemnidad que hoy celebramos: la historia del hombre, cuando sale del paraíso», señaló inmediatamente el Papa al comienzo de la homilía. Después del pecado, de hecho, el Señor ordena al hombre que camine, y llene la tierra: «Sé fecundo y ve hacia adelante». Pero «el Señor estaba atento a lo que el hombre hacía». Tanto que «algunas veces, cuando el hombre se equivocó, Él castigó al hombre: pensemos en Babel o en el diluvio».

Así que Dios siempre «miraba lo que el hombre hacía: en un determinado momento, este

 Dios que observaba y custodiaba al hombre, decidió formar un pueblo y llamó a nuestro padre Abraham: “Sal de tu tierra, de tu casa”». Y Abraham «obedeció, dijo “sí”» al Señor «y se fue de su tierra sin saber a dónde iba». Es «el primer “sí” del pueblo de Dios». Y precisamente «con Abraham, Dios —que miraba al pueblo— comenzó a “caminar con”. Y caminó con Abraham: “Camina en mi presencia”, le dijo».

Dios, explicó el Papa, «luego hizo lo mismo con Moisés, a quien con ochenta años le dijo: “Haz esto”. Y Moisés a los ochenta —es anciano— dice “¡sí!”. Y va a liberar al pueblo».

Y Dios, afirmó de nuevo el Pontífice, «hizo lo mismo con los profetas»: pensemos por ejemplo en Isaías que, cuando el Señor le dice que se vaya y le diga las cosas al pueblo, responde que tiene «labios impuros». Pero «el Señor purifica los labios de Isaías e Isaías dice “¡sí!”».

También con Jeremías, recordó el Papa, sucedió lo mismo: «Señor, yo no puedo hablar, ¡soy un muchacho!» fue la primera respuesta del profeta. Pero Dios le ordena que se vaya de todos modos y él contesta «¡sí!». Son «muchos, muchos» los «que han dicho “sí”», es realmente una «humanidad de hombres y mujeres ancianos quienes han dicho “sí” a la esperanza del Señor». Y en la homilía Francisco también quiso recordar a Simeón y Ana.

Hoy el Evangelio nos dice el final de esta cadena de “síes” y el comienzo de otro “sí” que comienza a crecer: el “sí” de María». Precisamente «este “sí” hace que Dios —afirmó el Pontífice— no sólo vea cómo va el hombre, no sólo camine con su pueblo, sino que se haga uno de nosotros y tome nuestra carne». De hecho, «el “sí” de María abre la puerta al “sí” de Jesús: “Yo vengo para hacer tu voluntad”». Y «este “sí” va con Jesús durante toda su vida, hasta la cruz: “Aparta de mí este cáliz, Padre, pero hágase tu voluntad”». Es «en Jesucristo que, como dice Pablo a los corintios, se encuentra el “sí” de Dios: Él es el “sí”». 

«Es un día bonito —remarcó el Papa— para dar gracias al Señor por habernos enseñado que este camino del “sí”, y también para pensar en nuestra vida». Sobre todo «algunos de vosotros —dijo, dirigiéndose directamente a los sacerdotes presentes en la misa— celebran el cincuenta aniversario de sacerdocio: hermoso día para pensar en el “sí” de vuestra vida». Pero, «todos nosotros, cada día, tenemos que decir “sí” o “no”, y pensar si siempre decimos “sí” o muchas veces nos escondemos, con la cabeza hacia abajo, como Adán y Eva, para no decir “no”», fingiendo no entender «lo que Dios pide».

«Hoy es la fiesta del “sí”», repitió Francisco. De hecho, «en el “sí” de María está el “sí” de toda la historia de la salvación y ahí comienza el último “sí” del hombre y de Dios: ahí Dios recrea, como en el principio con un “sí” hizo el mundo y el hombre, esa hermosa creación: con este “sí” yo vengo para hacer tu voluntad, y de una manera más maravillosa recrea el mundo, nos recrea a todos nosotros». Es «el “sí” de Dios que nos santifica, que nos hacer ir hacia adelante en Jesucristo». Por eso, hoy es el día justo «para dar gracias al Señor y preguntarnos: ¿soy hombre o mujer del “sí” o soy hombre o mujer del “no”? O ¿soy hombre o mujer que miro un poco hacia otro lado, para no responder?».

A continuación, el Papa expresó el deseo «de que el Señor nos dé la gracia de entrar en este camino de hombres y mujeres que han sido capaces de decir el “sí”». Y tras dirigir unas palabras a los sacerdotes, Francisco concluyó dirigiéndose a las religiosas de la comunidad de Santa Marta: «En este momento, en silencio, las hermanas que están en esta Casa renovarán los votos: lo hacen cada año, porque san Vicente era inteligente y sabía que la misión que les encomendaba era muy difícil, y por esta razón quiso que cada año renovasen los votos. Nosotros acompañamos en silencio la renovación».

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