“Divorciados con la vida”

“Divorciados con la vida”

Lucas: 11, 14-23

En aquel tiempo, Jesús expulsó a un demonio, que era mudo. Apenas salió el demonio, habló el mudo y la multitud quedó maravillada. Pero algunos decían: “Éste expulsa a los demonios con el poder de Satanás, el príncipe de los demonios”. Otros, para ponerlo a prueba, le pedían una señal milagrosa.
Pero Jesús, que conocía sus malas intenciones, les dijo: “Todo reino dividido por luchas internas va a la ruina y se derrumba casa por casa. Si Satanás también está dividido contra sí mismo, ¿cómo mantendrá su reino? Ustedes dicen que yo arrojo a los demonios con el poder de Satanás. Entonces, ¿con el poder de quién los arrojan los hijos de ustedes? Por eso, ellos mismos serán sus jueces. Pero si yo arrojo a los demonios con el dedo de Dios, eso significa que ha llegado a ustedes el Reino de Dios.
Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros; pero si otro más fuerte lo asalta y lo vence, entonces le quita las armas en que confiaba y después dispone de sus bienes. El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama”.

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Cada vez más es una constante entre nosotros el estar inconformes con todo cuanto acontece en nuestra vida, pero el ritmo de vida que llevamos junto con la influencia cultural del aislamiento y la cruda individualidad, van poco a poco haciendo que perdamos aquellos valores y relaciones interpersonales que nutren una sana relación con el otro.

Ya no tenemos las herramientas y valores espirituales que ante los ataques contra la propia dignidad nos sean útiles para no caer en buscar alicientes que suplan falsamente nuestras más intimas necesidades como lo es el afecto, el sentirnos tomados en cuenta, el diálogo y la escucha, entre otros más.

Al permanecer aislados es natural que no nutramos las más profundas necesidades que se cultivan en comunidad, y que de manera virtual, con las mentadas redes sociales, no se dan porque su efectividad surge del encuentro de persona a persona.

Aquí es donde surge ese ya natural enojo fruto de las insatisfacciones que sufrimos constantemente en este mundo donde ya nadie es tomado en serio, ni en cuenta. Por ello todo nos molesta ya que el vacío existencial de nuestras vidas, hace que no valoremos la propia vida y por ende tampoco la de los demás, surge un real divorcio con la vida y duele vivirla cuando es una alegría saber todo el mundo de posibilidades que tenemos por delante, ese divorcio nos ciega de tal manera que nos incapacita y se nos cierra el mundo.

Por ello es esencial alimentarnos de todo lo que Jesús nos brinda, ya que todo está al alcance de la mano de manera real, pero ensimismados y absortos en el teléfono y los medios electrónicos estamos desparramando esa gracia que podríamos hacer nuestra si así lo deseamos.

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