“Juzgar por apariencias”

“Juzgar por apariencias”

Juan: 8, 12-20

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no caminará en la oscuridad y tendrá la luz de la vida”.
Los fariseos le dijeron a Jesús: “Tú das testimonio de ti mismo; tu testimonio no es válido”. Jesús les respondió: “Aunque yo mismo dé testimonio en mi favor, mi testimonio es válido, porque sé de dónde vengo y a dónde voy; en cambio, ustedes no saben de dónde vengo ni a dónde voy. Ustedes juzgan por las apariencias. Yo no juzgo a nadie; pero si alguna vez juzgo, mi juicio es válido, porque yo no estoy solo: el Padre, que me ha enviado, está conmigo. Y en la ley de ustedes está escrito que el testimonio de dos personas es válido. Yo doy testimonio de mí mismo y también el Padre, que me ha enviado, da testimonio sobre mí”.
Entonces le preguntaron: “¿Dónde está tu Padre?”. Jesús les contestó: “Ustedes no me conocen a mí ni a mi Padre; si me conocieran a mí, conocerían también a mi Padre”.
Estas palabras las pronunció junto al cepo de las limosnas, cuando enseñaba en el templo. Y nadie le echó mano, porque todavía no había llegado su hora. 

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El pan nuestro de cada día, en medio de una cultura que cada más se fija en las apariencias, no deja de ser el juicio a priori por la primera impresión, nos creemos unos perfectos psicoanalistas que damos un certero diagnostico a primer vistazo según nosotros.

Sin embargo todo lo que traemos dentro de nuestra mente, acumulado en base a la experiencia a lo largo del camino de la vida, resuelto y no resuelto, alegrías y dolores, consciente e inconscientemente en cada juicio lo proyectamos, porque es lo que nos parece más natural y conato según mi ego, a veces sano y a veces no.

Olvidamos que el juzgar a todo mundo, es un vicio extendido por doquier a través de todos los medios, pero siempre maniatado y manipulado, porque aunque como fundamento debería ser la verdad, utilizamos nuestras sentencias pseudo verídicas que no dejan de ser mentiras, para justificar el fin deseado como conclusión de nuestro juicio.

Jesús no cae en prejuicios ni se engancha en manipulaciones aunque sean lo común en todo su entorno, porque si lo hace juzgaría como uno de nosotros, más no lo hace ni con la autoridad que tiene, ya que su papel no es condenar, sino rescatar y proveer caminos de restauración saludables para el alma y el cuerpo, que nos lleven a la serenidad y la paz que conduce a la permanente felicidad. 

Por ello, juzgar por apariencias, no es de gente sana ni madura, y si dejamos de juzgar, los principales beneficiados somos nosotros mismos, porque de esa manera, no permitimos que el dolor ajeno inunde nuestro ser, no hacemos nuestros aquellos problemas y situaciones que no nos pertenecen. La salud empieza por no juzgar.

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