“Seguirlo”

“Seguirlo”

Mateo: 8, 18-22

En aquel tiempo, al ver Jesús que la multitud lo rodeaba, les ordenó a sus discípulos que cruzaran el lago hacia la orilla de enfrente.
En ese momento se le acercó un escriba y le dijo: “Maestro, te seguiré a dondequiera que vayas”. Jesús le respondió: “Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en donde reclinar la cabeza”.
Otro discípulo le dijo: “Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre”. Pero Jesús le respondió: “Tú sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos”.

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La imagen más directa que tenemos de aquellos que se encuentran con Jesús, sobre todo en en los evangelios, hacen que tengamos una impresión de seguimiento radical, pensando que esa es la única manera de seguir al Señor, como lo tenemos explícito en éste segmento del evangelio.

Además de eso hay que remarcar que ciertamente el seguimiento de Jesús, en esos precisos momentos era lo que se requería con las personas en su momento adecuadas y sobre todo, respondiendo de esa forma a ese llamado muy particular.

Hoy en día la cuestión del seguimiento, sigue siendo la misma, pero ese papel inicial y a esa escala de respuesta ya lo realizaron sus apóstoles y discípulos de su tiempo, por así decirlo, ya está cubierta esa etapa que requería en su momento dicha respuesta y  entrega, que sin ella no hubiera sido posible su obra.

Es un hecho que los tiempos y las circunstancias han cambiado, pero el llamado sigue en la misma intensidad, la respuesta creo que debe de darse de igual manera pero adecuada al momento presente, a lo mejor ya no dejaremos las redes porque al parecer jamás hemos tenido experiencia con ellas, pero tienes otros campos que van desde el hogar, la familia, el trabajo, las amistades, desde donde sin desfazar la realidad podemos responder muy concretamente, de manera sencilla, como lo fue en ese tiempo, pero dentro de tu ámbito ordinario de vida.

Es necesario seguir tras de Él de igual manera, quitando la escena original evangélica del llamado y, ubicándola aquí y ahora donde sigue siendo posible, basta reconocer que quieres ser su discípulo, seguir, aprender del maestro y transmitirlo desde los más pequeños detalles donde andes. Esos radicalismos hay que aplicarlos ahora, sobre todo ahí donde es necesario cambiar lo que nos daña, dese las actitudes, las palabras y los lugares que nos llevan a la infelicidad, por ello, también hoy en día, sencillamente muchos se fueron tras de Él.

“Seguirlo”

“Seguirlo”

Lucas: 9, 51-62

Cuando ya se acercaba el tiempo en que tenía que salir de este mundo, Jesús tomó la firme determinación de emprender el viaje a Jerusalén. Envió mensajeros por delante y ellos fueron a una aldea de Samaria para conseguirle alojamiento; pero los samaritanos no quisieron recibirlo, porque supieron que iba a Jerusalén. Ante esta negativa, sus discípulos Santiago y Juan le dijeron: “Señor, ¿quieres que hagamos bajar fuego del cielo para que acabe con ellos?” Pero Jesús se volvió hacia ellos y los reprendió. Después se fueron a otra aldea.
Mientras iban de camino, alguien le dijo a Jesús: “Te seguiré a dondequiera que vayas”. Jesús le respondió: “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en dónde reclinar la cabeza”.
A otro, Jesús le dijo: “Sígueme”. Pero él le respondió: “Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre”. Jesús le replicó: “Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú ve y anuncia el Reino de Dios”.
Otro le dijo: “Te seguiré, Señor; pero déjame primero despedirme de mi familia”. Jesús le contestó: “El que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios”.

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Ante los miedos al compromiso que implica una sana relación humana, se dan cada vez con  más frecuencia, ya que el mundo de hoy vive despersonalizado, aparentando tras una pantalla o un celular ser quien no se es, aunque también existen los que se presentan valientemente tal cual son.

Las relaciones humanas han venido a menos, existe más comunicación, pero menos trato directo, por lo que si somos temerosos de poder entablar una real relación con otra personas, ya que implica responder a una amistad, que siempre ha sido lo más ordinario, pero que ahora no se da tan fácilmente, implica el estar presente, el amar, el responder a las peticiones entre ambas personas. Pero todo eso da pavor y no se sigue ni a nada, ni a nadie.

Resulta en todo un reto seguir a Jesús, aunque lo encontremos en todos los medios como un anuncio de la buena nueva, solemos descartarlo ya que lo superfluo está a pedir de boca y resulta en una común alienación de la que da miedo salir y pensar diferente. Por eso la mayoría opina lo que opinan los demás, así no se comprometen. 

Olvidamos que seguir al Señor no es cambiar tu vida por un traje religioso, es dar testimonio en el mundo con valentía siendo tú mismo, tan sólo descartando aquello que te impide vivir una felicidad plena y llena de armonía y amor, eso mismo que Dios ha planeado que tengamos desde toda la eternidad, pero que renunciamos por el pecado al que fácilmente nos imponemos.

Es de héroes poderle decir al Señor: “Te seguiré a dondequiera que vayas”, que de igual manera se podría decir: “Te llevaré a dondequiera que yo vaya”, y sin cambiar para nada el entorno común, ni las amistades, porque a ellos mismos puedes darles testimonio sin exagerar del amor y de una vida digna sin el pecado por medio.

El Reino se construye desde dentro, y no desde fuera, inicia por ti y el resto se te facilitará porque ya la llevarás de ganar, el primer paso es seguirlo, el segundo es seguir.

“Santos Pedro y Pablo, Apóstoles”

“Santos Pedro y Pablo, Apóstoles”

Juan: 21, 15-19

En aquel tiempo, le preguntó Jesús a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” Él le contestó: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis corderos”.
Por segunda vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Él le respondió: “Sí, Señor; tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Pastorea mis ovejas”.
Por tercera vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?” Pedro se entristeció de que Jesús le hubiera preguntado por tercera vez si lo quería, y le contestó: “Señor, tú lo sabes todo; tú bien sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas.
Yo te aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías la ropa e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás los brazos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras”. Esto se lo dijo para indicarle con qué género de muerte habría de glorificar a Dios. Después le dijo: “Sígueme”.

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Tan atrás como en el siglo cuarto se celebraba una fiesta en memoria de los Santos Pedro y Pablo en el mismo día, aunque el día no era el mismo en Oriente que en Roma. El Martirologio Sirio de fines del siglo cuarto, que es un extracto de un catálogo Griego de santos del Asia Menor, indica las siguientes fiestas en conexión con la Navidad (25 de diciembre): 26 dic. San Estéban; 27 dic. Santos Santiago y Juan; 28 dic. Santos Pedro y Pablo.

La fiesta principal de los Santos Pedro y Pablo se mantuvo en Roma el 29 de junio tan atrás como en el tercero o cuarto siglo. La lista de fiestas de mártires en el Cronógrafo de Filócalo coloca esta nota en la fecha – “III. Kal. Jul. Petri in Catacumbas et Pauli Ostiense Tusco et Basso Cose.” (=el año 258) . El “Martyrologium Hieronyminanum” tiene, en el Berne MS., la siguiente nota para el 29 de junio: “Romae via Aurelia natale sanctorum Apostolorum Petri et Pauli, Petri in Vaticano, Pauli in via Ostiensi, utrumque in catacumbas, passi sub Nerone, Basso et Tusco consulibus” (ed. de Rossi–Duchesne, 84).

La fecha 258 en las notas revela que a parir de ese año se celebraba la memoria de los dos Apóstoles el 29 de junio en la Vía Apia ad Catacumbas (cerca de San Sebastiano fuori le mura), pues en esta fecha los restos de los Apóstoles fueron trasladado allí (ver arriba). Más tarde, quizá al construirse la iglesia sobre las tumbas en el Vaticano y en la Vía Ostiensis, los restos fueron restituidos a su anterior lugar de descanso: los de Pedro a la Basílica Vaticana y los de Pablo la iglesia en la Vía Ostiensis.

En el sitio Ad Catacumbas se construyó, tan atrás como en el siglo cuarto, una iglesia en honor de los dos Apóstoles. Desde el año 258 se guardó su fiesta principal el 29 de junio, fecha en la que desde tiempos antiguos se celebraba el Servicio Divino solemne en las tres iglesias arriba mencionadas (Duchesne, “Origines du culte chretien”, 5ta ed., París, 1909, 271 sqq., 283 sqq.; Urbano, “Ein Martyrologium der christl. Gemeinde zu Rom an Anfang des 5. Jahrh.”, Leipzig, 1901, 169 sqq.; Kellner, “Heortologie”, 3ra ed., Freiburg, 1911, 210 sqq.). La leyenda procuró explicar que los Apóstoles ocupasen temporalmente el sepulcro Ad Catacumbas mediante la suposición que, enseguida de la muerte de ellos los Cristianos del Oriente deseaban robarse sus restos y llevarlos al Este. Toda esta historia es evidentemente producto de la leyenda popular.

Una tercera festividad de los Apóstoles tiene lugar el 1 de agosto: la fiesta de las Cadenas de San Pedro. Esta fiesta era originariamente la de dedicación de la iglesia del Apóstol, erigida en la Colina Esquilina en el siglo cuarto. Un sacerdote titular de la iglesia, Filipo, fue delegado papal al Concilio de Éfeso en el año 431. La iglesia fue reconstruida por Sixto II (432) a costa de la familia imperial Bizantina. La consagración solemne pudo haber sido el 1 de agosto, o este fue el día de la dedicación de la anterior iglesia. Quizá este día fue elegido para sustituir las fiestas paganas que se realizaban el 1 de agosto. En esta iglesia, aún en pié (S. Pietro en Vincoli), probablemente se preservaron desde el siglo cuarto las cadenas de San Pedro que eran muy grandemente veneradas, siendo considerados como reliquias apreciadas los pequeños trozos de su metal.

De tal modo, la iglesia desde muy antiguo recibió el nombre in Vinculis, convirtiéndose la fiesta del 1 de agosto en fiesta de las cadenas de San Pedro (Duchesne, op. cit., 286 sqq.; Kellner, loc. cit., 216 sqq.). El recuerdo de ambos Pedro y Pablo fue más tarde relacionado con dos lugares de la antigua Roma: la Vía Sacra, en las afueras del Foro, adonde se decía que fue arrojado al suelo el mago Simón ante la oración de Pedro y la cárcel Tullianum, o Carcer Mamertinus, adonde se supone que fueron mantenidos los Apóstoles hasta su ejecución.

También en ambos lugares se erigieron santuarios de los Apóstoles y el de la cárcel Mamertina aún permanece en casi su estado original desde la temprana época Romana. Estas conmemoraciones locales de los Apóstoles están basadas en leyendas y no hay celebraciones especiales en las dos iglesias. Sin embargo, no es imposible que Pedro y Pablo hayan sido confinados en la prisión principal de Roma en el fuerte del Capitolio, de la cual queda como un resto la actual Carcer Mamertinus.

Fuente Aciprensa.com

“El Corazón Eucarístico de Jesús”

“El Corazón Eucarístico de Jesús”


Lucas: 15, 3-7

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos y a los escribas esta parábola: “¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y se le pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y va en busca de la que se le perdió hasta encontrarla? Y una vez que la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: ‘Alégrense conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido’.
Yo les aseguro que también en el cielo habrá más alegría por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos, que no necesitan arrepentirse”.

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Significación del culto del culto rendido al corazón eucarístico

Pío XI y Pío XII han visto en el culto tributado al corazón de Jesús el “compendio de toda religión” cristiana y, por e hecho mismo, la “regla de la perfección cristiana”. Pío XII ha precisado claramente cómo este culto sintetiza todo el dogma y toda la  moral: “Se trata del culto del amor con el que Dios nos ha amado por medio de Jesús, a la vez, a la vez que es el ejercicio del amor que nosotros tenemos a Dios y a los demás hombres”.

Paralelamente, el Vaticano II nos presenta – y con maravillosa insistencia – “la celebración del sacrificio eucarístico” como “la raíz, el centro y la cumbre de toda la vida de la comunidad cristiana. La eucaristía, añade el concilio, “contiene todo el tesoro espiritual de la Iglesia” y es la fuente y la cima de toda la evangelización”.De esta comparación se sigue una constante: el magisterio de la Iglesia nos insinúa (es lo menos que podía decirse) que el sacrificio eucarístico, por una parte, y el culto rendido al corazón de Jesús, por otra, son ambos el centro de la vida del cristiano y de la propia Iglesia ¿Cómo no iban a ser entonces también los centros de irradiación de sus pensamientos? Si el mundo y la Iglesia tienen como razón de ser al señor presente de una forma gloriosa, aunque escondida, y soberanamente amante en la eucaristía, si la acción amante de Cristo eucarístico es la razón de ser suprema del obrar de la Iglesia, ¿cómo no concluir que este obrar inmanente que es la reflexión teológica debe tomar como punto de partida al Cristo actualmente amante y actuante en la eucaristía y elaborar así una síntesis en torno a este misterio de los misterios, resumiendo ante todo los dos polos de atracción aquí evocados, el corazón de Cristo y su eucaristía?

De nuevo el magisterio nos sirve de guía en este intento de síntesis de dos síntesis cuando nos propone tributar un “culto particular al corazón eucarístico de Jesús” y nos especifica simultáneamente su objeto:

“No percibimos bien la fuerza del amor que impulsó a Cristo a entregarse a nosotros en alimento espiritual si no es honrando con un culto particular al corazón eucarístico de Jesús, que tiene como finalidad recordarnos, según las palabras de nuestro predecesor de feliz memoria León XIII, el “acto de amor supremo con el que nuestro Redentor, derramando todas las riquezas de su corazón instituyó el adorable sacramento de la eucaristía a fin de permanecer con nosotros hasta el fin de los siglos. Y Ciertamente que no es una mínima parte de su corazón”.

La Iglesia honrando al corazón eucarístico de Jesús, quiere adorar, amar y alabar el doble acto de amor, increado y creado, eterno y temporal, divino y humano, teándrico en una palabra, con el que el  Verbo encarnado y humanizado decidió aplicar para siempre los frutos de su sacrificio redentor renovándolo en el curso de la historia, e incorporarse así la humanidad en una unión mucho más íntima que la de la Esposa y la del Esposo con el poder se su Espíritu para gloria de su padre. ¿No es en la institución de la eucaristía donde alcanzan su punto culminante los tres fines jerarquizados de la encarnación redentora: la salvación del mundo, la exaltación del Hijo del hombre, que atrae todo a sí; la gloria del Padre, que todo lo recapitula en su Bienamado?

Veamos, en efecto, la finalidad de la institución de la eucaristía que nos presenta el papa Pío XII: “A fin de permanecer con nosotros hasta el fin de los siglos”; dicho de otra manera, hasta el fin de la historia universal. ¿Por qué? Precisamente Cristo quiere permanecer con nosotros para salvarnos aplicándonos los méritos de su pasión, y de este modo ser amado por nosotros y poder luego ofrecernos a su padre en Él y con ÉL. Es nuestro amor al Hijo único e que nos salva glorificándole; manifestándonos las riquezas de su amor en la eucaristía nos da el que le amemos a Él y glorifiquemos al Padre, fuente y termino supremo de este amor.

Si las palabras de Pío XII subrayan sobre todo la presencia real, la misa y la comunión connotan también la eucaristía como sacrificio y como sacramento ¿No leemos también en la misma encíclica Haurietis aquas estas frases?

“La divina eucaristía – sacramento que Él da a los hombres y sacrificio que e hace inmolarse perpetuamente desde que el sol se levanta hasta que se pone- y, por lo mismo, el sacerdocio, son dones del Sagrado Corazón de Jesús”.

Podemos, pues, mantener legítimamente que ya la encíclica Haurietis aquas contiene los gérmenes de una definición del objeto del culto rendido al corazón eucarístico de Jesús que la que nos ofrece. Este objeto incluye el amor sacrificial con el que Cristo, Cordero dse Dios, se inmola perpetuamente por la humanidad pecadora en todas la smisas de la historia; amor actual que actualiza, renovándola, la oblación del Calvario. Este mismo amor es el que adoramos en el corazón eucarístico del Cordero triunfante y constantemente inmolado.

¿No vienen ahora a coincidir una corriente de la mística medieval, siempre válida, y a través de ella, una corriente agustiniana?

“En otro tiempo, la devoción insistía, ante todo y casi exclusivamente, en las relaciones de la eucaristía con el corazón de Jesús enfocado en el acto mismo de su sacrificio en el Calvario… La eucaristía no era, por asi decirlo, más que la sangre del corazón de Jesús derramada en la cruz, con la que las almas s epurifican y alimentan. No se desconocía, desde luego, el misterio de Jesús considerado simplemente en la eucaristía, pero se prefería adorarlo allí en su función precisa de víctima que continúa su sacrificio y que lo aplica a las almas”.

En el siglo XIII ya el escritor místico Ubertino de Casale precisaba admirablemente las relaciones de la eucaristía con el sagrado corazón en el marco d ela tradición agustiniana:

“Todo sacrificio visible es sacramento, es decir, signo sagrado de un sacrificio invisible. Por eso, el sacrificio inefable que Cristo hace de sí mismo tanto en el augusto misterio de nuestros altares como en el altar de la cruz es el signo invisible que hace constantemente de sí mismo en el inmenso templo de su corazón”.

El sacrificio visible de la misa, signo que nos representa y nos aplica el sacrificio de la cruz desde ahora invisible, pero hecho visible en el altar, es también, a la luz de la misma tradición agustiniana, el signo visible y eficaz del sacrificio invisible y actual de la humanidad, que consiste en lo que Cristo ha ofrecido en su nombre y se asocia a ello. Cristo se ofrece al Padre durante la celebración de los sagrados misterios como cabeza de la Iglesia y de la humanidad para integrar a todas las personas humanas en su gesto oblativo. El corazón, donador de la eucaristía, quiere encerrar en él todos los corazones que se consagran a Él para ofrecerles con Él al Padre.

Nos parece pues, que el objeto, íntegramente considerado, del culto rendido por la Iglesia al corazón eucarístico de Jesús puede expresarse así:

“La Iglesia, honrando y adorando el corazón eucarístico de Jesús, ama el doble acto de amor, eterno e históricamente pasado, con el que nuestro Redentor instituyó el sacrificio y el sacramento de la eucaristía, y el doble acto de amor eterno y actual, increado y divino, pero también creado, voluntario y sensible, que le incita a inmolarse ahora y perpetuamente, en las manos de sus sacerdotes, al Padre por nuestra salvación; a permanecer incesantemente entre nosotros, en nuestros tabernáculos, y a unirse físicamente a cada persona humana en la comunicación a fin de amar hoy en nosotros y con nosotros a todos los hombres con amor sacrificial.”

Esta perspectiva presenta un gran número de ventajas. Subraya el valor existencial y actual del culto ofrecido al corazón eucarístico del Redentor. El aspecto histórico (sin historicismo), acentuado en la definición de León XIII y recogido por Pío XII, se mantiene y amplifica; no es solamente el acto de amante institución de la eucaristía y la permanencia de la presencia real del triple amor de Cristo lo que adoramos en ese corazón eucarístico, sino también su oblación actual victimal y su holocausto de amor constantemente renovado. Podemos de este modo destacar mejor el realismo sacramental  eclesial de este culto; todas las dimensiones de la eucaristía se contemplan en un culto inseparable del acto cultual, con el que el propio Cristo construye, edifica y culmina sin cesar su Iglesia haciéndola crecer. De esta forma, la Iglesia adora el acto vital y vivificante de amor que le mantiene sin cesar en la existencia y la despliega en el espacio y en el tiempo.

A esta dimensión “vertical” se añaden las ventajas “horizontales” de esta exposición. Si el corazón eucarístico de Jesús connota su unión de amor con cada comulgante, el culto que se le tributa favorece una irradiación incesantemente creciente de la gracia sacramental propia de la eucaristía, la gracia del crecimiento dinámico d ela caridad fraterna sobrenatural y sacrificial que derrama en el mundo para la salvación eterna de la almas y también de los cuerpos. Adorando a Cristo como víctima sacramental, el comulgante bebe, con la sangre preciosa, el amor extático que mana de su corazón siempre abierto. El corazón eucarístico es el corazón del Cordero que hace de cada comulgante un corredentor, dándole a amar a su prójimo más alejado no sólo como él se ama a sí mismo, sino también hasta llegar al sacrificio de uno mismo, que caracteriza el auténtico amor de sí mismo. Esta caridad realiza perfectamente la gradiosa conclusión de la epístola de Santiago: El que saca a un pecador de su perdición, salva a su alma de la muerte y cubre una multitud de pecados (5, 20).

Así entendido, el corazón eucarístico del Cordero constantemente inmolado es verdaderamente el corazón de Cristo total; el corazón en el que todos los hombres de buena voluntad, ofreciéndose a sí mismos con Él como víctimas, se consuman en el amor unificador, en la unión con el Padre y entre ellos por su mediación.

¿hay que desarrollar largamente el mérito bíblico de esta exposición? Se aproxima muchísimo la versión joánica del Apocalipsis. “San Juan vio al Cordero en el cielo, en la gloria, ante el trono, igual a Dios; de pie, como inmolado; no degollado, sino vivo y ostentando las nobles cicatrices de las heridas que le causaron la muerte (cf. Ap 5, 6-14). El Cordero del que nos habla el Apocalipsis veintinueve veces es una víctima, pero una víctima, pero una víctima de nuevo viva”. El Cordero pascual inmolado aparece en el poema joánico como vencedor, y la expresión tan cara a San Juan, significa “la soberanía de Cristo, que domina la historia y el mundo, asociado a Dios en la glorificación de los elegidos. El autor del Apocalipsis ha visto al Cordero redentor adorado en el cielo a causa de su sacrificio, de su inmolación, y haciendo participar de su gloria a todos aquellas que han sabido aprovecharse de su sangre para expiación de sus culpas.

El objeto integral del culto rendido al corazón eucarístico del Cordero (tal como lo enfocamos en lo que nos parece ser un desarrollo legítimo de los principios establecidos por el magisterio) corresponde tanto al doble aspecto, doloroso y glorioso, del Cordero del Apocalipsis joánico como a las dos vertientes (muerte y resurrección) del misterio pascual.

Este objeto integral nos parece también estar insinuado en parte en la iconografía cristiana primitiva del Sagrado Corazón: una lámpara en forma de cordero, d ecuyo seno brota una fuente eterna de aceite para comunicar a los hombres luz y santidad. Y para significar que, por los méritos de su pasión, el Cordero derrama sus bondades, hay una cruz en el pecho y en la cabeza, y ésta última coronada de una paloma, símbolo del Espíritu Santo. El Cordero está reposando sobre un altar o presenta su costado abierto y sangrando, o también de  pie en su trono; su sangre, que sale de cinco llagas, se reúne en una sola corriente y va a caer en un cáliz.

Si queremos comparar el objeto de este culto eclesial al culto eucarístico de Jesús con el culto tributado al Sagrado Corazón de Jesús o a la Eucaristía (y tal comparación es tan necesaria como inevitable para comprender mejor el sentido de las actitudes de la Iglesia), hay que decir lo que sigue: por una parte, “el culto tributado al corazón eucarístico de Jesús no difiere esencialmente del culto tributado al sagrado Corazón de Jesús…; solamente la devoción al corazón eucarístico aísla uno de sus actos”, a saber el acto de amor por el cual Cristo instituye la eucaristía, y – añadiríamos nosotros – la celebra como ministro principal, inmolándose de nuevo y entregándose en la comunión. Por otra parte, y paralelamente, podríamos decir que el culto rendido al corazón eucarístico tiene el mismo objeto material que el culto de la eucaristía, pero asilando su objeto formal: el amor, el acto de amor al que acabamos de aludir. Hay pues, en el seno de una cierta convergencia de estos tres cultos, diferencias de acentos que la propia Iglesia ha tardado algún tiempo en ver claramente.

Dado que el corazón eucarístico es “la fuente y la cima de toda evangelización”, resulta normal que sea también el punto de partida y la meta de una teología sistemática. Su punto de partida: una teología que quiere arrancar de la realidad para reflexionar sobre ella, ¿podría hallar una realidad superior y más inmediatamente contigua a su fe que la del corazón eucarístico del Cordero? La teología que comunica, ¿no está en contacto inmediato con su redentor? Su meta: si toda reflexión vuelve en su conclusión a sus principios iniciales y a su intuición de base, el teólogo, tras haber recorrido las riquezas del dato revelado a la luz de la caridad eucarística ¿no estará capacitado para comprender mejor su plenitud y su riqueza? No hará converger todos los rayos del dogma cristiano hacia el sol de la eucaristía? Y la gracia sacramental de sus comuniones diarias desde la primera, polarizadas por la última, susceptible de desembocar en una visión prebeatífica de Aquel que se oculta en las especies sacramentales, ¿no le inclinará a ello?

Fuente: Aciprensa.com

“Palabras o hechos”

“Palabras o hechos”

Mateo: 7, 21-29

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No todo el que me diga: ‘¡Señor, Señor!’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre, que está en los cielos. Aquel día muchos me dirán: ‘¡Señor, Señor!, ¿no hemos hablado y arrojado demonios en tu nombre y no hemos hecho, en tu nombre, muchos milagros?’ Entonces yo les diré en su cara: ‘Nunca los he conocido. Aléjense de mí, ustedes, los que han hecho el mal’.
El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, se parece a un hombre prudente, que edificó su casa sobre roca. Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos y dieron contra aquella casa; pero no se cayó, porque estaba construida sobre roca.
El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica, se parece a un hombre imprudente, que edificó su casa sobre arena. Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos, dieron contra aquella casa y la arrasaron completamente”.
Cuando Jesús terminó de hablar, la gente quedó asombrada de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.

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A veces somos san exquisitamente conformistas en el seguimiento del Señor y la obediencia a Dios, que pretendemos callar nuestra conciencia en el ámbito del pensamiento y las ideas gritando lo más fuerte que podamos ‘¡Señor, Señor!’, y creer que  por decirlo, aún de lo más profundo del corazón, ya somos buenos y con eso basta.

Así son las muy ineficaces buenas intenciones, que desgarran el sentimiento, pero no la voluntad de actuar y hacer algo realmente eficaz por los demás.

Olvidamos que estamos construyendo tanto en el exterior con esos ánimos y ejemplos a seguir, iniciado desde la caridad para concluirlos en acciones concretas y ponderadamente  hechas en el momento, las circunstancias y las personas que lo necesitan oportunamente.

 A su vez estamos construyendo en nuestro interior, fortaleciendo esa voluntad y ese espíritu que cuando sea necesario estará firme ante cualquier tormenta que se desprenda y nos impacte tratando de derrocarnos, sabiendo que tenemos herramientas para cuidar y acrecentar la gracia de Dios obtenida no por el pensamiento, sino por aquello que realmente hicimos a aquellos que en su momento lo necesitaban.

Las palabras son muy importantes, pero los hechos dicen más que las palabras, y aunque la Palabra de Dios es vida, lo puede ser aún más con toda su eficacia cuando la vivimos en tiempo real y con personas concretas. Así que tú decides si te quedas con las palabras o migras a los hechos.

“Impuestos a lo mal hecho”

“Impuestos a lo mal hecho”

Mateo: 7,15-20

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuidado con los falsos profetas. Se acercan a ustedes disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los cardos?
Todo árbol bueno da frutos buenos y el árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos y un árbol malo no puede producir frutos buenos. Todo árbol que no produce frutos buenos es cortado y arrojado al fuego. Así que por sus frutos los conocerán”.

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Hoy en nuestros días carecemos de modelos confiables, no porque se dude de ellos, sino porque entre tantos modelos y maneras de actuar, sobre todo los que lideran, tanto en lo político como en lo religioso cada cual impone su estilo, al que obligadamente nos tenemos que imponer, porque no se tiene más.

Sin embargo, el Señor se hace cargo de que por algún medio conozcamos la verdad, ya sea aprendida en las experiencias de la historia o indirectamente por otras personas y circunstancias que la han vivido y la comparten, para informar cómo y a quién hay que seguir y obedecer.

Dentro del conformismo y cuando más no se puede hacer por cambiar a nuestros guías y líderes, nos imponemos abnegadamente a hacer las cosas mal hechas como lo piden nuestros modelos del momento.

Por ello Jesús nos dice que no cedamos ante esa falsa o impuesta autoridad, porque nuestra confianza se verá quebrantada, y literalmente seguiremos a falsos profetas que no predican la verdad, sino su conveniente falsedad disfrazada de verdad.

La clave para detectarlos y no corromper nuestros valores denigrándolos al seguir una actitud manipulada por gente sin escrúpulos ni conciencia es muy clara y sencilla, ya que sus obras y actitudes hablan de todo su ser y pensar, como dice el evangelio: “Por sus frutos los conocerán”.

Al ver sus obras, la decisión de seguirlos es nuestra, pero no te permitas rebajarte e imponerte a hacer al igual que ellos todo mal hecho. 

“Es cuestión de confianzas”

“Es cuestión de confianzas”

Mateo: 7, 6. 12-14

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No den a los perros las cosas santas ni echen sus perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen y después se vuelvan contra ustedes y los despedacen. Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes. En esto se resumen la ley y los profetas.
Entren por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y amplio el camino que conduce a la perdición, y son muchos los que entran por él. Pero ¡qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que conduce a la vida, y qué pocos son los que lo encuentran!”

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Es muy fácil conocer a las demás personas para hacerlas actuar conscientemente conforme a nuestra voluntad, no será un conocimiento profundo y exhaustivo a detalle, pero lo que reflejamos a primera impresión de manera natural sin actuarlo ya habla de patrones y del tipo de persona que en su momento somos.

La muestra clara es que hasta los bebés y los niños durante la infancia instintivamente saben manejar a los adultos para salirse con la suya, no importa la técnica de berrinche o chantaje usen, saben como llegarle a una persona.

Sobre esa misma base la primera impresión y una conciencia sana, ya nos dice algo sobre la otra persona sin juzgarla, iniciando las relaciones personales y las amistades. Iniciamos un proceso de comunicación en el que se revela paulatinamente quiénes somos. 

Aunque en ocasiones la necesidad de comunicación y de ser tomados en cuenta, hace que la primer persona que nos dedique su atención, le confiemos las experiencias más privadas de nuestro ser y actuar, actuando ingenuamente sin saber cómo la otra persona manejará tu información.

Sobre todo en el plano de la fe, las propias experiencias y manifestaciones son un regalo de Dios a cada uno de nosotros, que brindan tanta alegría que se desean compartir, pero hay que tener cuidado a quién, porque no todos estarán en la misma sintonía que tú, y no entenderán el proceso que Dios está haciendo en ti. 

Por ello remarca que las cosas santas hay que cuidarlas, porque aquello valioso, tanto como un perla, no se le echa a los puercos, hay que saber a quién. Tu trato ya hablará de esos regalos recibidos de Dios, aunque no los menciones, porque impregnarán tu vida. Es por ello que es cuestión de confianza, que se le da a todos, pero sobre todo a los que la saben corresponder y respetar, a los demás que no saben, no los rechazamos pero unos muy buenos días bien dados con caridad les bastarán para iniciar, y cuando demuestren ser receptores de los mismo dones que tú, entonces los compartes.

“Natividad de San Juan Bautista”

“Natividad de San Juan Bautista”

Lucas: 1, 57-66. 80

Por aquellos días, le llegó a Isabel la hora de dar a luz y tuvo un hijo. Cuando sus vecinos y parientes se enteraron de que el Señor le había manifestado tan grande misericordia, se regocijaron con ella.
A los ocho días fueron a circuncidar al niño y le querían poner Zacarías, como su padre; pero la madre se opuso, diciéndoles: “No. Su nombre será Juan”. Ellos le decían: “Pero si ninguno de tus parientes se llama así”.
Entonces le preguntaron por señas al padre cómo quería que se llamara el niño. El pidió una tablilla y escribió: “Juan es su nombre”. Todos se quedaron extrañados. En ese momento a Zacarías se le soltó la lengua, recobró el habla y empezó a bendecir a Dios.
Un sentimiento de temor se apoderó de los vecinos y en toda la región montañosa de Judea se comentaba este suceso. Cuantos se enteraban de ello se preguntaban impresionados: “¿Qué va a ser de este niño?” Esto lo decían, porque realmente la mano de Dios estaba con él.
El niño se iba desarrollando físicamente y su espíritu se iba fortaleciendo, y vivió en el desierto hasta el día en que se dio a conocer al pueblo de Israel.

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“La Iglesia celebra el nacimiento de Juan como algo sagrado y él es el único de los santos cuyo nacimiento se festeja”, explicaba el Obispo San Agustín (354-430) en sus sermones ya en los primeros siglos del cristianismo.

“Juan viene a ser como la línea divisoria entre los dos Testamentos, el antiguo y el nuevo. Así lo atestigua el mismo Señor, cuando dice: La ley y los profetas llegaron hasta Juan”, añadía el Santo Doctor de la Iglesia.

San Juan Bautista nació seis meses antes de Jesucristo. En el primer capítulo de San Lucas se narra que Zacarías era un sacerdote judío casado con Santa Isabel y no tenían hijos porque ella era estéril. Estando ya de edad muy avanzada, el ángel Gabriel se le apareció a Zacarías de pie a la derecha del altar.

El mensajero divino le comunicó que su esposa iba a tener un hijo, que sería el precursor del Mesías, y a quien pondría por nombre Juan. Zacarías dudó de esta noticia y Gabriel le dijo que quedaría mudo hasta que todo se cumpla.

Meses después, cuando María recibió el anuncio de que sería madre del Salvador, la Virgen partió a ver a su prima Isabel y se quedó ayudándole hasta que nació San Juan.

Así como el nacimiento del Señor se celebra cada 25 de diciembre, cercano al solsticio de invierno (el día más corto del año), el nacimiento de San Juan es el 24 de junio, alrededor del solsticio de verano (el día más largo). Así, después de Jesús los días van a más y después de Juan, los días van a menos hasta que vuelve “a nacer el sol”.

La Iglesia señaló estas fechas por el siglo IV con la finalidad de que se superpongan a dos fiestas importantes del calendario greco-romano: “día del sol” (25 de diciembre) y el “día de Diana” en el verano, cuya fiesta conmemoraba la fertilidad. El martirio de San Juan Bautista se conmemora cada 29 de agosto.

El Profeta del Altísimo

El 24 de junio de 2012, con ocasión de esta fiesta, el entonces Papa Benedicto XVI afirmó que el ejemplo de San Juan Bautista, llama a los cristianos “a convertirnos, a testimoniar a Cristo y anunciarlo a tiempo y contra el tiempo”.

En sus palabras previas al rezo del Ángelus, recordó la vida de San Juan Bautista e indicó que “si se excluye la Virgen María, el Bautista es el único santo de quien la liturgia festeja el nacimiento, y lo hace porque está estrechamente relacionado con el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios”.

“Desde el seno materno, en efecto, Juan es el precursor de Jesús: su prodigiosa concepción es anunciada por el Ángel a María como signo de que “nada es imposible a Dios”.

Benedicto XVI recordó que “el padre de Juan, Zacarías, marido de Isabel, pariente de María, era sacerdote del culto judío. Él no creyó enseguida al anuncio de una paternidad ya inesperada y por este motivo quedó mudo hasta el día de la circuncisión del niño, al cual él y su mujer le dieron el nombre indicado por Dios, es decir Juan, que significa ‘el Señor hace gracia’”.

“Animado por el Espíritu Santo, Zacarías habló así de la misión del hijo: ‘y tú niño serás llamado Profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor preparando sus caminos, para hacer conocer a su Pueblo la salvación mediante el perdón de los pecados’”.

Explicó que “todo esto se manifestó 30 años después, cuando Juan bautizaba en el río Jordán, se puso a bautizar, llamando a la gente a prepararse, con aquel gesto de penitencia, a la inminente venida del Mesías, que Dios le había revelado durante su permanencia en el desierto de Judea”.

“Cuando un día, desde Nazaret, viene Jesús mismo para hacerse bautizar, Juan primero rechazó, pero luego aceptó, y vio el Espíritu Santo posarse sobre Jesús y oyó la voz del Padre celeste que lo proclamaba su Hijo”.

El Santo Padre explicó que la misión de San Juan Bautista no se había cumplido hasta entonces, pues “poco tiempo después, se le pidió que anticipara a Jesús también en la muerte violenta. Juan fue decapitado en la cárcel del rey Herodes y así dio pleno testimonio del Cordero de Dios, a quien él, primero que todos, había reconocido e indicado públicamente”.

Benedicto XVI también recordó que “la Virgen María ayudó la anciana pariente Isabel a llevar hasta el último la concepción de Juan”. “Ella ayude a todos a seguir a Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios, que el Bautista anunció con gran humildad y ardor profético”, concluyó.

Fuente: Aciprensa.com

“Conocer al Mesías”

“Conocer al Mesías”

Lucas: 9, 18-24

Un día en que Jesús, acompañado de sus discípulos, había ido a un lugar solitario para orar, les preguntó: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Ellos contestaron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías, y otros, que alguno de los antiguos profetas que ha resucitado”.
Él les dijo: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Respondió Pedro: “El Mesías de Dios”. Él les ordenó severamente que no lo dijeran a nadie. Después les dijo: “Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día”.
Luego, dirigiéndose a la multitud, les dijo: “Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga. Pues el que quiera conservar para sí mismo su vida, la perderá; pero el que la pierda por mi causa, ése la encontrará”.

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Ya las lecturas del Antiguo testamento se han dedicado encarecidamente a dar a conocer cómo será la voluntad del Padre para enviar a su hijo como redentor, que será el Mesías esperado, dando lujo de detalles para identificarlo en su llegada.

Por lo que cuando Jesús realiza su misión con sus discípulos, les pregunta si lo conocen y quién es para ellos, no lo hace porque dude, sino porque tienen que entender muy bien de quién se trata para poder ejercer un trabajo de calidad sabiendo a lo que van y de qué se trata el asunto, ya que obrar por ignorancia, tan sólo de buena voluntad no es muy provechoso que digamos, porque se pierde el fin deseado.

Es necesario saber con quién tratamos para no perder el rumbo y convertirlo como en su tiempo lo hicieron confundiéndolo en un curandero, un milagriento, un realizador de espectáculos, un pide favores, o un amuleto cargado de morbo.

Al igual hoy hay que conocer al Mesías para que no ocurra lo mismo que en su tiempo, cuando los suyos no le creyeron, ni siquiera las autoridades religiosas, y todo por desvirtuar, exagerar e idealizar al que habría de venir, no cubrió las esperanzas falsas que se hicieron, aunque eran claras en las Sagradas Escrituras.

Es impresionante la cantidad de personas que disque buscando a Jesús tratan de manipular a los demás y lucran pidiendo en su nombre, además de que las personas en su desconocimiento, cuando nos piden consejo y se les dice la solución en verdad, se molestan porque quieren que Dios haga las cosas como ellos quieren, y no como las pide Jesús, descubriendo que no quieren seguir la verdad ofenden y se sienten ofendidos chantajeando. Personas como esas hay al por mayor.

Por ello hay que conocerle, para saber a su vez aprovechar cómo servirle y cómo pedirle, porque sabrás lo que puede darte y no errar con fantasías o absurdos que se piden caprichosamente por doquier al día, a su vez enojarnos porque no se cumplen, ya que no se conoce ni a quién, ni cómo pedirle. Además hay que profundizar en la cantidad de amor que imprime su venida y su obra, que nos ayuda a comprenderlo todo y a obrar en ese rubro. Me consta, que es importante conocerlo.

“Vivir preocupados”

“Vivir preocupados”

Mateo: 6, 24-34

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Nadie puede servir a dos amos, porque odiará a uno y amará al otro, o bien obedecerá al primero y no le hará caso al segundo. En resumen, no pueden ustedes servir a Dios y al dinero.
Por eso les digo que no se preocupen por su vida, pensando qué comerán o con qué se vestirán. ¿Acaso no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Miren las aves del cielo, que ni siembran, ni cosechan, ni guardan en graneros y, sin embargo, el Padre celestial las alimenta. ¿Acaso no valen ustedes más que ellas? ¿Quién de ustedes, a fuerza de preocuparse, puede prolongar su vida siquiera un momento?
¿Y por qué se preocupan del vestido? Miren cómo crecen los lirios del campo, que no trabajan ni hilan. Pues bien, yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vestía como uno de ellos. Y si Dios viste así a la hierba del campo, que hoy florece y mañana es echada al horno, ¿no hará mucho más por ustedes, hombres de poca fe?
No se inquieten, pues, pensando: ¿Qué comeremos o qué beberemos o con qué nos vestiremos? Los que no conocen a Dios se desviven por todas estas cosas; pero el Padre celestial ya sabe que ustedes tienen necesidad de ellas. Por consiguiente, busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se les darán por añadidura. No se preocupen por el día de mañana, porque el día de mañana traerá ya sus propias preocupaciones. A cada día le bastan sus propios problemas”.

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Ya parece una constante ordinaria mantenernos en un estrés intenso, sobre todo cuando nos están bombardeando constantemente con las alzas a los alimentos y los energéticos, así como las divisas internacionales, creando una conciencia y un miedo a no alcanzar  para el diario con lo que tenemos o en otras circunstancias a quejarnos de ello.

En cierta medida lo hacen para estar propiciando un constante trabajo en base al temor de perder lo que se tiene laboralmente hablando, pero el ambiente que se crea es de desconfianza y preocupación, trayendo consecuencias en las mismas relaciones personales y familiares, teniendo como única preocupación lo económico y cayendo en tener por amo al dinero. 

Hacer remarcar tan sólo las necesidades materiales, hace olvidar que en realidad Dios es un Padre providente, que jamás nos dejará sin el sustento diario, perdiendo deliberadamente la confianza por esperar de manera inmediata las cosas, por el temor que brinda poner la seguridad tan sólo en los bienes materiales.

Sí hay que trabajar por obtener el sustento diario, pero no vale la pena hacerlo cansados y estresados ya que ni rendimos en el trabajo y estallamos donde no debemos en la familia. Todo depende de en dónde pones tu confianza, ya que no vale la pena permanecer preocupados y dolidos por el futuro cuando aún no llega, alimentando una constante infelicidad que puede sembrar al igual que si lo hacemos con alegría. Sin embargo la paz que brinda el Señor, ante la problemática actual, puede darte la serenidad para manejar eso y mas sin preocupación sabiendo que te encuentras en las manos del Señor junto con los tuyos.