“Trabajar sin división”

“Trabajar sin división”

Juan: 17, 20-26

En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos al cielo y dijo: “Padre, no sólo te pido por mis discípulos, sino también por los que van a creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti somos uno, a fin de que sean uno en nosotros y el mundo crea que tú me has enviado.

Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que su unidad sea perfecta y así el mundo conozca que tú me has enviado y que los amas, como me amas a mí.

Padre, quiero que donde yo esté, estén también conmigo los que me has dado, para que contemplen mi gloria, la que me diste, porque me has amado desde antes de la creación del mundo.

Padre justo, el mundo no te ha conocido; pero yo sí te conozco y éstos han conocido que tú me enviaste. Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que me amas esté en ellos y yo también en ellos”.

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Ya casi se cumplen los dos mil años en que Jesús, dentro de la plenitud de los tiempos, en los que se ha instaurado el Reino de los Cielos y se ha propuesto vivir y trabajar en la unidad con el Padre, y la unidad entre nosotros, aún hoy en nuestros días no se ha llegado a realizar.

Parece todo lo contrario, es decir, cada vez en nombre del mismo Dios, y de igual manera en el nombre de Jesús, se dividen las iglesias, se convierten en sectas y las mismas sectas exponencialmente se siguen dividiendo, cada vez de una manera más acelerada.

Pero para no irnos tan lejos, incluso dentro de las mismas comunidades parroquiales, así como en los mismos grupos que se juntan para orar, el mismo maligno siembra la discordia y división. Si de manera obvia se da entre mismos cardenales y sacerdotes, que desgraciadamente en su cansancio y sobrecarga de trabajo terminan prendidos de esos celos y envidias que dividen y dañan severamente a sus propios hermanos, qué no se dará en aquellos a quienes se dicen dirigir.

Sin embargo, la misma gracia de Dios, aún en esos ambientes adversos, manifiesta y sostiene a aquellos que trabajan a pesar de las divisiones sin sosiego, convirtiéndose en auténticos autores de la unidad, de igual manera desde cardenales hasta los laicos más comprometidos. Por ello, debemos de trabajar sin divisiones, para ello debemos primeramente sanar esos corazones dañados y divididos aún en la propia familia, para luego, por la misma gracia de Dios, ser esos instrumentos de unidad con el Padre a través de Jesucristo Nuestro Señor. La salud la da el Señor, y la unidad también.