“Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote”

“Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote”

Lucas: 22, 14-20

En aquel tiempo, llegada la hora de cenar, se sentó Jesús con sus discípulos y les dijo: “Cuánto he deseado celebrar esta Pascua con ustedes, antes de padecer, porque yo les aseguro que ya no la volveré a celebrar, hasta que tenga cabal cumplimiento en el Reino de Dios”. Luego tomó en sus manos una copa de vino, pronunció la acción de gracias y dijo: “Tomen esto y repártanlo entre ustedes, porque les aseguro que ya no volveré a beber del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios”.

Tomando después un pan, pronunció la acción de gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía”. Después de cenar, hizo lo mismo con una copa de vino, diciendo: “Esta copa es la nueva alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por ustedes”.

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Uno de los dones otorgados por Dios desde Antiguo es el sacerdocio, como instrumento mediador de las gracias donadas y canalizadas entre Dios y los seres humanos, oficializado por medio de un ritual que preside un sacerdote. 

Desde los inicios del pueblo de Israel se eligió a una de las doce tribus, la de Levi para ejercer esta función, es decir los todos los varones levitas serán por decreto sacerdotes y tan sólo ellos podrán ejercer este trabajo, de tal manera que les agrade o no tendrán de manera programada que hacerlo.

Esto trajo una decadencia en el sacerdocio levítico, ya que así como había quien desempeñara el cargo a conciencia, había quien lo hiciera por compromiso sin el amor que el cargo requiere.

Cristo viene a plenificar el Sacerdocio y a elevarlo a una nueva dignidad, porque Él es el perfecto mediador entre Dios y los hombres, por lo que ya no le pertenece a una casta o tribu por tradición, ahora el Señor mismo llama a quienes desea realicen dicho cargo, y les infunde su gracia para que respondan al llamado con una vocación integra, libre y voluntaria.

Ahora el nuevo y eterno sacerdocio es el de Jesucristo, quien es el sumo y eterno sacerdote y, quien hace partícipe de esta gracia inmerecida al hombre para que lo ejerza en confianza en su nombre, de tal manera que Cristo se haga presente en la misma persona del Sacerdote, el altar, en las ofrendas, en su palabra.

Ya no es el sacerdocio de una tribu, es el único y eterno sacerdocio, el de Jesucristo quien se hace presente en cada lugar donde se celebre en su nombre, a través de sus elegidos y consagrados para dar testimonio en el mundo.

Tarea hermosa, pero difícil ante un mundo que vive la imperfección y reclama la perfección que no da, sin embargo llevado en alegría porque la obra no es de ningún sacerdote, sino del mismo Cristo, quien hace todo en todos.

No dejen de pedir por nosotros, y cuenten con mi pobre oración.

Sacerdos in aeternum.

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