“Sabiduría actualizada”

“Sabiduría actualizada”

Mateo: 13, 47-53

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “El Reino de los cielos se parece también a la red que los pescadores echan en el mar y recoge toda clase de peces. Cuando se llena la red, los pescadores la sacan a la playa y se sientan a escoger los pescados; ponen los buenos en canastos y tiran los malos. Lo mismo sucederá al final de los tiempos: vendrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los arrojarán al horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación. ¿Han entendido todo esto?” Ellos le contestaron: “Sí”. Entonces él les dijo: “Por eso, todo escriba instruido en las cosas del Reino de los cielos es semejante al padre de familia, que va sacando de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas”. Y cuando acabó de decir estas parábolas, Jesús se marchó de allí.

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Hoy en nuestros días encontramos personas que no desean saber nada acerca del pasado y tan sólo exaltan lo nuevo como lo mejor, aunque existen otras que viven atadas a la época de su juventud pasada rechazando tajantemente toda novedad. Ninguna de las dos posturas se recomienda ni se afirma como la mejor, porque al final de cuentas son simples y puras percepciones personales. 

Lo que importa, es saber vivir el momento de la mejor manera, independientemente de que las circunstancias sean muy positivas o muy adversas, porque se habrá tomado lo mejor del momento.

Es por ello que el mismo evangelio resalta y propone la misma sabiduría de Dios, que sabe intercalar y conjugar lo mejor del pasado aprendido o conocido, con la novedad del presente siempre actual, sin la necesidad de imponer modelos de comportamiento ya caducados, ni  lo nuevo ineficiente.

Dios no es un Dios cerrado e imperativo, siempre es nuevo sin perder la autenticidad de su eterna verdad, por lo que nos invita a siempre de igual manera no olvidar lo aprendido y aprender lo nuevo. Esa es una sabiduría antigua y viva siempre actual.

“Alegría”

“Alegría”

Mateo: 13, 44-46

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo. El que lo encuentra lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo.
El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una perla muy valiosa, va y vende cuanto tiene y la compra”.

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Existen varios sentimientos que los vamos definiendo y acentuando al caminar en la vida, algunos son adoptados, como posturas aprendidas, un ejemplo el racismo, el sentimiento de culpa que son inculcados entre otros más, mientras que existen los totalmente naturales como el amar, la tristeza, la alegría, el dolor.

Algunas veces los mismos sentimientos naturales queremos reprimirlos y cambiarlos creando prohibiciones para no manifestar tanto dolor así como mucha alegría que rayan en la exageración de la euforia.

Sin embargo Dios nos regala sentimientos tan nobles y profundos cuando nos acercamos a Él que no pueden disimularse, a veces mencionamos estar alegres, cuando nomás estamos estables, pero la alegría es cada vez más real cuando más te comprometes con el Señor, te hace tomar decisiones no extremas, sino ponderadas y bien pensadas porque llegar a obrar frenética y fanáticamente ya no es de Dios.

Dios da la sabiduría junto con la alegría. El fanatismo y los sentimientos desbordados revelan inestabilidad y falta de control que en ese nivel ya no son sanos. Habrá que cuidar no rayar en extremismos porque Dios da sentimientos tan grandes intensos y conscientes que aprovechas y te hacen ser mejor persona sin gritarlo a los cuatro vientos. 

Por ello, vive, desarrolla y disfruta esa alegría que viene de Dios.

“La cosecha”

“La cosecha”

Mateo 13, 36-43

En aquel tiempo, Jesús dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: —Acláranos la parábola de la cizaña en el campo.

El les contestó: —El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será al fin del tiempo: el Hijo del Hombre enviará a sus ángeles, y arrancarán de su Reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.

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En casi todos los tiempos y lugares, consideramos que las posibles consecuencias por nuestras malas obras tardarán o que nunca llegarán, lo consideramos como un mito para asustar o amedrentar a los demás.

Sin embargo hay que tener muy en cuenta que toda siembra tiene una cosecha, y no estoy hablando del sector agrícola, sino de todo lo que hacemos en el día a día. Hay quien dice que lo malo sólo le pasa a los tontos o a los que tienen mala suerte, que incluso a los que están mas cerca de Dios son los para rayos que atraen esos males.

En cierta medida es cierto, pero no es un castigo, Dios se fija aún más en los que están cercanos para ciertamente demostrarles su presencia, ya que cada dificultad es un reto nuevo a crecer que Dios mismo provee, a sabiendas de que ya nos ha dado todas las capacidades para salir adelante en ello, y el problema es un recordatorio de que estamos preparados para lo que viene.

De tal manera que mientras más golpeados estemos, será una clara señal de lo fuertes que somos, porque seguimos adelante y sin necesidad de remarcar como mártires lo sufridos que somos.

Por ello la cosecha si no es ahora, será mañana, pero llegará, para que no te confíes y estés fortalecido en todas las áreas de tu vida.

“Necesidad de oración”

“Necesidad de oración”

Lucas: 11, 1-13

Un día, Jesús estaba orando y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos”.
Entonces Jesús les dijo: “Cuando oren, digan: ‘Padre, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, danos hoy nuestro pan de cada día y perdona nuestras ofensas, puesto que también nosotros perdonamos a todo aquel que nos ofende, y no nos dejes caer en tentación’ “.
También les dijo: “Supongan que alguno de ustedes tiene un amigo que viene a medianoche a decirle: ‘Préstame, por favor, tres panes, pues un amigo mío ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle’. Pero él le responde desde dentro: ‘No me molestes. No puedo levantarme a dártelos, porque la puerta ya está cerrada y mis hijos y yo estamos acostados’. Si el otro sigue tocando, yo les aseguro que, aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo, por su molesta insistencia, sí se levantará y le dará cuanto necesite.
Así también les digo a ustedes: Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, toquen y se les abrirá. Porque quien pide, recibe; quien busca, encuentra, y al que toca, se le abre. ¿Habrá entre ustedes algún padre que, cuando su hijo le pida pescado, le dé una víbora? ¿O cuando le pida huevo, le dé un alacrán? Pues, si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan?”

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El hecho de orar y saber orar no es nada nuevo, ya desde las eras previas a la propia cultura organizada se encuentran vestigios, incluso dentro de los tiempos prehistóricos, como las pinturas rupestres que expresan sentimientos de culto y oración, así como personas que los propiciaban y dirigían independientemente de la creencia en la que intentando buscar y encontrarse con la divinidad profesaban.

Naturalmente tenemos el instinto de buscar a un ser superior, mismo que en los tiempos actuales y ya en antaño de igual manera se pretendía suplir con otros satisfactores que en realidad no cubren la necesidad, por lo que se sigue buscando, sin conocer o no querer conocer a quién puede hacerlo.

El camino de iniciación para el encuentro con Dios está contenido precisamente en la disposición de aceptar al Señor Jesús, abrir nuestro corazón y alimentarlo con los sacramentos y la oración. Posteriormente los pasos se repiten, pero se intensifica el grado de relación y de confianza precisamente por la oración. 

Ésta no consiste tan sólo en repetir oraciones comunes, cuando éstas, como el padre nuestro, aunque siendo perfectas, nos sirven como guías para obtener un mayor grado de diálogo posterior, donde después de recitarlas oramos de manera propia y personal, que es a donde debemos llegar.

Por ello remarco que la oración es una necesidad, porque sin ella quedamos incomunicados con Dios y con el mundo, a lo mejor no mudos, pero hablando de nada que realmente edifique y construya el Reino, así como la dignidad propia y de las demás personas.

“Cuando olvidamos el cielo…”

“Cuando olvidamos el cielo…”

Juan: 11, 19-27

En aquel tiempo, muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para consolarlas por la muerte de su hermano Lázaro. Apenas oyó Marta que Jesús llegaba, salió a su encuentro; pero María se quedó en casa. Le dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora estoy segura de que Dios te concederá cuanto le pidas”.
Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”. Marta respondió: “Ya sé que resucitará en la resurrección del último día”. Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?”. Ella le contestó: “Sí, Señor. Creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”.

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Casi siempre el dolor, sobre todo cuando es intenso, no solamente el físico, sino el moral, suele dominar o no según nuestra débil humanidad ó la fortaleza espiritual que al momento hayamos cultivado delicadamente a través del trato con Dios y el ejercicio de una vida activa en los valores espirituales que son totalmente naturales a nuestro ser, pero ejercitados y fuertes.

El dolor de súbito ciega y entorpece la mente, sobre todo ante la pérdida de un ser querido, donde cíclicamente nos enrolamos, y aunque la verdad de la fe sea muy clara y explícita, rondamos sobre los eternos porqués, inmersos en el sufrimiento mental sin poder vislumbrar la respuesta, aunque ésta esté frente a nosotros.

Aquí es donde la fe resuelve todos los enigmas y restaura esa paz perdida, pero necesita de tu atención y el descarte de la fijación en la conciencia de lo que no hicimos por aquellos que se nos han adelantado.

El verdadero problema radica en que olvidamos el cielo y nos anclamos a la tierra, donde queremos que todo siga tan ordinario como rueda el mundo. No pierdas la mirada vertical, mira hacia el cielo, recuerda que es tan natural la despedida y tan digna, como digna fue la bienvenida en el nacimiento, ya que no daremos un ‘adiós’ total y definitivo, sino un ‘hasta luego’ confiado y lleno de esperanza,

Por el hecho mismo de saber que la muerte fue vencida, que se nos ha devuelto la gracia, que la vida vuelve a ser eterna, y que allá nos veremos, no veinte, ni tres o ciento cincuenta años, sino una eternidad en felicidad, ya libres de las ataduras que conllevan la lógica de este mundo. 

No olvides recordar, vivir y sobre todo experimentar ya el cielo desde esta tierra, prenda temporal y parcial de la que será eterna en felicidad, con un cuerpo glorioso y resucitado al modelo de Cristo, como lo afirmamos en el credo.

“Déjenlos Juntos”

“Déjenlos Juntos”

Mateo: 13, 24-30

En aquel tiempo, Jesús propuso esta otra parábola a la muchedumbre: “El Reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras los trabajadores dormían, llegó un enemigo del dueño, sembró cizaña entre el trigo y se marchó. Cuando crecieron las plantas y se empezaba a formar la espiga, apareció también la cizaña.
Entonces los trabajadores fueron a decirle al amo: `Señor, ¿qué no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde, pues, salió esta cizaña?’ El amo les respondió: `De seguro lo hizo un enemigo mío’. Ellos le dijeron: ¿Quieres que vayamos a arrancarla?’ Pero él les contestó: ‘No. No sea que al arrancar la cizaña, arranquen también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha y, cuando llegue la cosecha, diré a los segadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en gavillas para quemarla, y luego almacenen el trigo en mi granero’ “.

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Es una constante lucha por querer separar en todos los ámbitos de la vida y la sociedad a los que consideramos malos de los buenos, aunque no deja de ser una apreciación y conceptualización más humana que divina, Sin embargo la Sagrada Escritura así lo expone para marcar una diferencia entre quienes desean vivir y transmitir el mismo amor de Dios de los que no.

Para el Señor no existen los malos, de suyo el concepto del mal como tal, hablando filosóficamente es considerado como un bien imperfecto, que claramente puede si así lo desea, llegar a la perfección. 

Esa misma naturaleza la manifiesta el Señor cuando en medio de su misericordia, ante nuestra ideológica segregación y división entre buenos y malos, afirma que los dejen crecer juntos, ya que Dios mismo sabe canalizar y utilizar el mismo mal para desarrollarnos y hacer un bien mayor.

Así que no suframos por los que hacen todo bien y nos molesta, o los que lo hacen todo mal y nos afecta, todo está en el plan de Dios, a lo mejor las circunstancias y las personas en algún momento cambian o se invierten los papeles, uno nunca sabe, por ello el Señor no tiene prisa de juzgarnos ya que el tiempo es suyo.

“Santos Joaquín y Ana, Padres de la Virgen María”

“Santos Joaquín y Ana, Padres de la Virgen María”

Mateo: 13, 36-43

En aquel tiempo, Jesús despidió a la multitud y se fue a su casa. Entonces se le acercaron sus discípulos y le dijeron: “Explícanos la parábola de la cizaña sembrada en el campo”.
Jesús les contestó: “El sembrador de la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del demonio; el enemigo que la siembra es del demonio; el tiempo de la cosecha es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles.
Y así como recogen la cizaña y la queman en el fuego, así sucederá al fin del mundo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles para que arranquen de su Reino a todos los que inducen a otros al pecado y a todos los malvados, y los arrojen en el horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga”.

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San Joaquín

Joaquín (Yahvé prepara) fue el padre de la Virgen María, madre de Dios. Según San Pedro Damián, deberíamos tener por curiosidad censurable e innecesaria el inquirir sobre cuestiones que los evangelistas no tuvieron a bien relatar, y, en particular, acerca de los padres de la Virgen.

Con todo, la tradición, basándose en testimonios antiquísimos y muy tempranamente, saludó a los santos esposos Joaquín y Ana como padre y madre de la Madre de Dios.

Ciertamente, esta tradición parece tener su fundamento último en el llamado Protoevangelio de Santiago, en el Evangelio de la Natividad de Santa María y el Pseudomateo o Libro de la Natividad de Santa María la Virgen y de la infancia del Salvador; este origen es normal que levantara sospechas bastante fundadas.

No debería olvidarse, sin embargo, que el carácter apócrifo de tales escritos, es decir, su exclusión del canon y su falta de autenticidad no conlleva el prescindir totalmente de sus aportaciones.

En efecto, a la par que hechos poco fiables y legendarios, estas obras contienen datos históricos tomados de tradiciones o documentos fidedignos; y aunque no es fácil separar el grano de la paja, sería poco prudente y acrítico rechazar el conjunto indiscrimadamente.

Algunos comentaristas, que opinan que la genealogía aportada por San Lucas es la de la Virgen, hallan la mención de Joaquín en Helí (Lucas, 3, 23; Eliachim, es decir, Jeho-achim), y explican que José se había convertido a los ojos de la ley, a fuer de su matrimonio, en el hijo de Joaquín. Que esa sea el propósito y la intención del evangelista es más que dudoso, lo mismo que la identificación propuesta entre los dos nombres Helí y Joaquín.

Tampoco se puede afirmar con certeza, a pesar de la autoridad de los Bollandistas, que Joaquín fuera hijo de Helí y hermano de José; ni tampoco, como en ocasiones se dice a partir de fuentes de muy dudoso valor, que era propietario de innumerables cabezas de ganado y vastos rebaños.

Más interesantes son las bellas líneas en las que el Evangelio de Santiago describe, cómo, en su edad provecta, Joaquín y Ana hallaron respuesta a sus oraciones en favor de tener descendencia.

Es tradición que los padres de Santa María, que aparentemente vivieron primero en Galilea, se instalaron después en Jerusalén; donde nació y creció Nuestra Señora; allí también murieron y fueron enterrados.

Una iglesia, conocida en distintas épocas como Santa María, Santa María ubi nata est, Santa María in Probática, Sagrada Probática y Santa Ana fue edificada en el siglo IV, posiblemente por Santa Elena, en el lugar de la casa de San Joaquín y Santa Ana, y sus tumbas fueron allí veneradas hasta finales del siglo IX, en que fue convertida en una escuela musulmana.

La cripta que contenía en otro tiempo las sagradas tumbas fue redescubierta en 1889. San Joaquín fue honrado muy pronto por los griegos, que celebran su fiesta al día siguiente de la de la Natividad de Ntra. Señora. Los latinos tardaron en incluirlo en su calendario, donde le correspondió unas veces el 16 de septiembre y otras el 9 de diciembre.

Asociado por Julio II [el de la capilla Sixtina] al 20 de marzo, la solemnidad fue suprimida unos cinco años después, restaurada por Gregorio XV (1622), fijada por Clemente XII (1738) en el domingo posterior a la Asunción, y fue finalmente León XIII [el de la Rerum Novarum] quien, el 1 de agosto de 1879, dignificó la fiesta de estos esposos que se celebró por separado hasta la última reforma litúrgica.

Santa Ana

Ana (del hebreo Hannah, gracia) es el nombre que la tradición ha señalado para la madre de la Virgen. Las fuentes son las mismas que en el caso de San Joaquín. Aunque la versión más antigua de estas fuentes apócrifas se remonta al año 150 d.C., difícilmente podemos admitir como fuera de toda duda sus variopintas afirmaciones con fundamento en su sola autoridad.

En Oriente, el Protoevangelio gozó de gran autoridad y de él se leían pasajes en las fiestas marianas entre los griegos, los coptos y los árabes. En Occidente, sin embargo, como ya te adelanté con San Joaquín, fue rechazado por los Padres de la Iglesia hasta que su contenido fue incorporado por San Jacobo de Vorágine a su Leyenda Áurea en el siglo XIII.

A partir de entonces, la historia de Santa Ana se divulgó en Occidente y tuvo un considerable desarrollo, hasta que Santa Ana llegó a convertirse en uno de los santos más populares también para los cristianos de rito latino.

El Protoevangelio aporta la siguiente relación: En Nazaret vivía una pareja rica y piadosa, Joaquín y Ana. No tenían hijos. Cuando con ocasión de cierto día festivo Joaquín se presentó a ofrecer un sacrificio en el templo, fue arrojado de él por un tal Rubén, porque los varones sin descendencia eran indignos de ser admitidos.

Joaquín entonces, transido de dolor, no regresó a su casa, sino que se dirigió a las montañas para manifestar su sentimiento a Dios en soledad. También Ana, puesta ya al tanto de la prolongada ausencia de su marido, dirigió lastimeras súplicas a Dios para que le levantara la maldición de la esterilidad, prometiendo dedicar el hijo a su servicio.

Sus plegarias fueron oídas; un ángel se presentó ante Ana y le dijo: “Ana, el Señor ha visto tus lágrimas; concebirás y darás a luz, y el fruto de tu seno será bendecido por todo el mundo”. El ángel hizo la misma promesa a Joaquín, que volvió al lado de su esposa. Ana dio a luz una hija, a la que llamó Miriam.

Dado que esta narración parece reproducir el relato bíblico de la concepción del profeta Samuel, cuya madre también se llamaba Hannah, la sombra de la duda se proyecta hasta en el nombre de la madre de María.

El célebre Padre John de Eck de Ingolstadt, en un sermón dedicado a Santa Ana (pronunciado en París en 1579), aparenta conocer hasta los nombres de los padres de Santa Ana. Los llama Estolano (Stollanus) y Emerencia (Emerentia).

Afirma que la santa nació después de que Estolano y Emerencia pasaran veinte años sin descendencia; que San Joaquín murió poco después de la presentación de María en el templo; que Santa Ana casó después con Cleofás, del cual tuvo a María de Cleofás; la mujer de Alfeo y madre de los apóstoles Santiago el Menor, Simón y Judas Tadeo, así como de José el Justo.

Después de la muerte de Cleofás, se dijo que casó con Salomas, de quien trajo al mundo a María Salomé (la mujer de Zebedeo y madre de los apóstoles Juan y Santiago el Mayor).

La misma leyenda espuria se halla en los textos de Gerson y en los de muchos otros. Allí surgió en el siglo XVI una animada controversia sobre los matrimonios de Santa Ana, en la que Baronio y Belarmino defendieron su monogamia.

En Oriente, al culto a Santa Ana se le puede seguir la pista hasta el siglo IV. Justiniano I hizo que se le dedicara una iglesia. El canon del oficio griego de Santa Ana fue compuesto por San Teófanes, pero partes aún más antiguas del oficio son atribuidas a Anatolio de Bizancio.

Su fiesta se celebra en Oriente el 25 de julio, que podría ser el día de la dedicación de su

primera iglesia en Constantinopla o el aniversario de la llegada de sus supuestas reliquias a esta ciudad (710).

Aparece ya en el más antiguo documento litúrgico de la Iglesia Griega, el Calendario de

Constantinopla (primera mitad del siglo VIII). Los griegos conservan una fiesta común de San Joaquín y Santa Ana el 9 de septiembre.

En la Iglesia Latina, Santa Ana no fue venerada, salvo, quizás, en el sur de Francia, antes del siglo XIII. Su imagen, pintada en el siglo

VIII y hallada más tarde en la Iglesia de Santa María la Antigua de Roma, acusa la influencia bizantina.

Su fiesta, bajo la influencia de la Leyenda Áurea, se puede ya rastrear (26 de julio) en el siglo XIII, en Douai. Fue introducida en Inglaterra por Urbano VI el 21 de noviembre de 1378, y a partir de entonces se extendió a toda la Iglesia occidental. Pasó a la Iglesia Latina universal en 1584.

Santa Ana es la patrona de Bretaña. Su imagen milagrosa (fiesta, 7 de marzo) es venerada en Notre Dame d´Auray, en la diócesis de Vannes.

También en Canadá -donde es la patrona principal de la provincia de Québec- el santuario de Santa Ana de Beaupré es muy famoso.

Santa Ana es patrona de las mujeres trabajadoras; se la representa con la Virgen María en su regazo, que también lleva en brazos al Niño Jesús. Es además la patrona de los mineros, que comparan a Cristo con el oro y con la plata a María

Fuente: es.catholic.net

“Santiago Apóstol”

“Santiago Apóstol”

Mateo: 20, 20-28

En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los hijos de Zebedeo, junto con ellos, y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: “¿Qué deseas?” Ella respondió: “Concédeme que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, en tu Reino”. Pero Jesús replicó: “No saben ustedes lo que piden. ¿Podrán beber el cáliz que yo he de beber?” Ellos contestaron: “Sí podemos”. Y él les dijo: “Beberán mi cáliz; pero eso de sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; es para quien mi Padre lo tiene reservado”.
Al oír aquello, los otros diez discípulos se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús los llamó y les dijo: “Ya saben que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. Que no sea así entre ustedes. El que quiera ser grande entre ustedes, que sea el que los sirva, y el que quiera ser primero, que sea su esclavo; así como el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar la vida por la redención de todos”.

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El nombre Santiago, proviene de dos palabras Sant Iacob. Porque su nombre en hebreo era Jacob. Los españoles en sus batallas gritaban: “Sant Iacob, ayúdenos”. Y de tanto repetir estas dos palabras, las unieron formando una sola: Santiago.

Fue uno de los 12 apóstoles del Señor.

Era hermano de San Juan evangelista. Se le llamaba el Mayor, para distinguirlo del otro apóstol, Santiago el Menor, que era más joven que él. Con sus padres Zebedeo y Salomé vivía en la ciudad de Betsaida, junto al Mar de Galilea, donde tenían una pequeña empresa de pesca. Tenían obreros a su servicio, y su situación económica era bastante buena pues podían ausentarse del trabajo por varias semanas, como lo hizo su hermano Juan cuando se fue a estarse una temporada en el Jordán escuchando a Juan Bautista.

Santiago formó parte del grupo de los tres preferidos de Jesús, junto con su hermano Juan y con Simón Pedro. Después de presenciar la pesca milagrosa, al oír que Jesús les decía: “Desde ahora seréis pescadores de hombres”, dejó sus redes y a su padre y a su empresa pesquera y se fue con Jesucristo a colaborarle en su apostolado. Presenció todos los grandes milagros de Cristo, y con Pedro y Juan fueron los únicos que estuvieron presentes en la Transfiguración del Señor y en su Oración en el Huerto de Getsemaní. ¿Por qué lo prefería tanto Jesús? Quizás porque (como dice San Juan Crisóstomo) era el más atrevido y valiente para declararse amigo y seguidor del Redentor, o porque iba a ser el primero que derramaría su sangre por proclamar su fe en Jesucristo. Que Jesús nos tenga también a nosotros en el grupo de sus preferidos.

Cuenta el santo Evangelio que una vez al pasar por un pueblo de Samaria, la gente no quiso proporcionarles ningún alimento y que Santiago y Juan le pidieron a Jesús que hiciera llover fuego del cielo y quemara a esos maleducados. Cristo tuvo que regañarlos por ese espíritu vengativo, y les recordó que El no había venido a hacer daño a nadie sino a salvar al mayor número posible de personas. Santiago no era santo cuando se hizo discípulo del Señor. La santidad le irá llegando poquito a poco.

Otro día Santiago y Juan comisionaron a Salomé, su madre, para que fuera a pedirle a Jesús que en el día de su gloria los colocara a ellos dos en los primeros puestos: uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús les dijo: “¿Serán capaces de beber el cáliz de amargura que yo voy a beber?” Ellos le dijeron: “Sí somos capaces”. Cristo añadió: “El cáliz de amargura sí lo beberán, pero el ocupar los primeros puestos no me corresponde a Mí el concederlo, sino que esos puestos son para aquellos para quienes los tiene reservado mi Padre Celestial”. Los otros apóstoles se disgustaron por esta petición tan vanidosa de los dos hijos de Zebedeo, pero Jesús les dijo a todos: “El que quiera ser el primero, que se haga el servidor de todos, a imitación del Hijo del hombre que no ha venido a ser servido sino a servir”. Seguramente que con esta lección de Jesús, habrá aprendido Santiago a ser más humilde.

Después de la Ascención de Jesús, Santiago el Mayor se distinguió como una de las principales figuras entre el grupo de los Apóstoles. Por eso cuando el rey Herodes Agripa se propuso acabar con los seguidores de Cristo, lo primero que hizo fue mandar cortarle la cabeza a Santiago, y encarcelar a Pedro. Así el hijo de Zebedeo tuvo el honor de ser el primero de los apóstoles que derramó su sangre por proclamar la religión de Jesús Resucitado.

Antiguas tradiciones (del siglo VI) dicen que Santiago alcanzó a ir hasta España a evangelizar. Y desde el siglo IX se cree que su cuerpo se encuentra en la catedral de Compostela (norte de España) y a ese santuario han ido miles y miles de peregrinos por siglos y siglos y han conseguido maravillosos favores del cielo. El historiador Pérez de Urbel dice que lo que hay en Santiago de Compostela son unas reliquias, o sea restos del Apóstol, que fueron llevados allí desde Palestina.

Es Patrono de España y de su caballería. Los españoles lo han invocado en momentos de grandes peligros y han sentido su poderosa protección. También nosotros si pedimos su intercesión conseguiremos sus favores.

Fuente: Aciprensa.com

“Diferentes efectos”

“Diferentes efectos”

Mateo: 13, 1-9

Un día salió Jesús de la casa donde se hospedaba y se sentó a la orilla del mar. Se reunió en torno suyo tanta gente, que él se vio obligado a subir a una barca, donde se sentó, mientras la gente permanecía en la orilla. Entonces Jesús les habló de muchas cosas en parábolas y les dijo: “Una vez salió un sembrador a sembrar, y al ir arrojando la semilla, unos granos cayeron a lo largo del camino; vinieron los pájaros y se los comieron. Otros granos cayeron en terreno pedregoso, que tenía poca tierra; ahí germinaron pronto, porque la tierra no era gruesa; pero cuando subió el sol, los brotes se marchitaron, y como no tenían raíces, se secaron. Otros cayeron entre espinos, y cuando los espinos crecieron, sofocaron las plantitas. Otros granos cayeron en tierra buena y dieron fruto: unos, ciento por uno; otros, sesenta; y otros, treinta. El que tenga oídos, que oiga”.

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Cuando estamos en el ámbito del conocimiento y profundización de la Palabra de Dios, de entrada la lectura nos da un primer impacto literal, en donde su sentido se toma tal como fue transmitido el mensaje, que de suyo ya lleva un mensaje fundamental en el que podemos quedar varados si es que no se profundiza aún más.

De suyo, la misma Palabra de Dios, no es estática, esa no es su dinámica, sino que que es viva, actual, alimento y es transformadora. Sin embargo una característica especial es que contiene una capacidad de adaptación a la situación que vive cada persona, que impresiona, ya que aunque sean palabras humanas, Dios utiliza nuestro lenguaje para manifestarse con una expresividad única en donde se revela y se hace presente el mismo Dios.

Es por ello que esa palabra es única, y por ende tiene diferentes efectos en las personas, ya que en todas es muy eficiente la reacción, no importa si se dé de manera negativa o positiva, porque aunque remueva dolor y cause enojo, ya está surgiendo efecto si la persona se resiste a aceptarla, por ello la reacción negativa.

Lo vemos en la misma parábola del sembrador, el efecto no es el mismo para todos los terrenos, y cada quien aprovecha lo que puede, si embargo no permaneces infructuosa y estática, mueve el terreno y lo cambia cuando se le permite.

Un error muy común es esperar que la misma Palabra de el efecto en los demás como lo dio en ti, jamás será igual, cada terreno tiene un proceso, un tiempo y una respuesta en su momento, da diferentes efectos; el que los suscita es el Señor y es quien los acompaña, porque sabe cómo y por donde ir llevando a cada uno. 

Por ello, no desesperar, hay que aprovechar lo que nos regala de su conocimiento, y respetar el caminar de los demás, para no entorpecer la misma obra de Dios.

“El papel de la familia”

“El papel de la familia”

Mateo: 12, 46-50

En aquel tiempo, Jesús estaba hablando a la muchedumbre, cuando su madre y sus parientes se acercaron y trataban de hablar con él. Alguien le dijo entonces a Jesús: “Oye, ahí fuera están tu madre y tus hermanos, y quieren hablar contigo”.
Pero él respondió al que se lo decía: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Y señalando con la mano a sus discípulos, dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumple la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

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Pareciese hoy en nuestros tiempos que la familia es tan sólo para que se quede en casa, y en todo el resto del mundo vivir como si fuéramos totalmente independientes, casi autocreados sin necesidad de rendir cuentas a nadie, ni deberles las gracias.

Esa en realidad es una fantasía, porque precisamente tu seguridad y estabilidad se la debes a aquellos que están detrás de ti, precisamente soportando todo el andamiaje del escenario donde tú actúas, y esa es la familia. 

Negarlos y alejarte de ellos, es negarte a ti mismo ya que provienes y eres parte de ellos,  porque sin ellos no serías quien eres hoy, aunque hayas cambiado tu voluntad, corazón y pensamiento al respecto de los que nunca van a dejar de ser tuyos.

Jesús jamás renunció a su familia, siempre estuvieron intensamente unidos por un amor que se plenificó en la misión de cada uno de ellos, ya sea interna en casa o fuera en el mundo indistintamente. A su vez ellos estaban al pendiente de Jesús, lo seguían y lo acompañaban en los momentos necesarios. 

Porque el papel de la familia, está destinado a permanecer con todos los que la forman en cualquier circunstancia de la vida, sea agradable o negativa, ya que mayor apoyo no lo puedes tener si no es de los tuyos. Cuida, une y respeta a tu propia familia y no todo lo contrario.