“Imponer”

“Imponer”

Lucas: 6, 1-5

Un sábado, Jesús iba atravesando unos sembrados y sus discípulos arrancaban espigas al pasar, las restregaban entre las manos y se comían los granos. Entonces unos fariseos les dijeron: “¿Por qué hacen lo que está prohibido hacer en sábado?” Jesús les respondió: “¿Acaso no han leído lo que hizo David una vez que tenían hambre él y sus hombres? Entró en el templo y tomando los panes sagrados, que sólo los sacerdotes podían comer, comió de ellos y les dio también a sus hombres”. Y añadió: “El Hijo del hombre también es dueño del sábado”.

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Lo más fácil en una relación para no complicarnos la vida, o en su defecto para complicársela a otros, es utilizar una muy conveniente ley oficial y activa, que aplique estrictamente mis deseos e imposiciones.

Ciertamente Dios no se impone, sugiere con los mandamientos eliminar de nuestra propia vida aquello que pudiera truncar nuestro propio caminar y felicidad, por ello tan sólo propone 10 mandamientos, y nada más, en ellos implica todo lo que puede ayudarnos durante toda la vida para de manera segura llegar a la gloria eterna en su momento.

Pero cuando hacemos que sean demasiado, reconsideramos su sugerencia divina, y a nombre de la propia humanidad se proponen nuevas leyes que vayan de acuerdo a nuevas situaciones de vida porque no se quiere vivir en la naturalidad de la ley y la verdad.

Por ello se impone la ley del sábado, donde hasta a Dios mismo en la tradición humana de los sabatistas, se le obliga a Descansar. La misma tradición se encargó de estructurar la creación de una manera veraz y lógica, pero limitada al séptimo día, donde dicen que Dios impone el descanso.

Hay que tener ene cuenta que Dios no necesita descanso, si lo tomamos como un momento para dedicarlo a Dios que se merece todo agradecimiento por cuanto nos regala día a día y momento a momento, es válido, pero imponer una ley humana que en su momento sobrepasa la misma caridad humana, no es propia.

Cuando vivimos en la caridad y el amor pleno, la ley sale sobrando con todas sus limitaciones humanas muy bien escritas e impuestas como tal, por ello, un amor bien intencionado y plenificado junto al amor de Dios, supera toda ley porque de suyo está de manera implícita, pero libre, sin ataduras ni retorcijones mentales, que nos llevan a con el tiempo complicamos nuestra existencia y la propia vida, deseando que así sea para los demás, lo cual es un error. No hay como el amor pleno y responsable en la libertad de sabernos hijos de Dios.

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