“Sin bloqueos en la oración”

“Sin bloqueos en la oración”

Lucas 18, 9-14 

En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: —«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.” El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.” Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.» 

____________________________

Toda la Sagrada Escritura está impregnada de aquellos momentos de encuentro con el Señor nuestro Dios a través de la oración, sabiendo lo importante que es el orar, ya que no existe súplica que no sea escuchada.

Hay que considerar que no existen jerarquías entre los que oran y puedan ser mayormente escuchados, porque solemos caer en el engaño de que Dios escucha con mayor detención a los consagrados, como religiosos, sacerdotes, monjitas y todos aquellos comprometidos con una vida de oración personal pública.

De plano olvidamos que ante el Señor no existen distinciones ni excepción de personas, a su vez no existen requisitos limitantes para poder orar, cualquiera lo puede hacer. La diferencia radica en la disposición que tenemos de acatar las implicaciones para poder estar receptivos a recibir lo que pedimos por medio de la oración.

Es entonces cuando nosotros mismos bloqueamos la acción y respuesta de Dios. Podríamos pensar ¿qué acaso Dios no lo puede todo?, sí lo puede, pero no rompe la lógica de la verdad, y es que es imposible demandar el recibir ante nuestra sed un agua fresca y pura, cuando lo hacemos con un recipiente contaminado y sucio.

Pedimos el milagro, pero no el compromiso que conlleva el milagro. Hacemos oración, pero tan sólo llenamos el ego y no el alma. Sentimos que tenemos el derecho, pero no la obligación. 

Por ello es necesario descartar todos esos bloqueos que nosotros mismos implantamos para que lleguen las gracias, ya sean mentales, de juicios insanos, de sentirnos perfectos o de ocasión recurrente de pecado, sin olvidar que para quitarlos vida sacramental fortalece.