“Ten compasión…”

“Ten compasión…”

Lucas: 17, 11-19

En aquel tiempo, cuando Jesús iba de camino a Jerusalén, pasó entre Samaria y Galilea. Estaba cerca de un pueblo, cuando le salieron al encuentro diez leprosos, los cuales se detuvieron a lo lejos y a gritos le decían: “¡Jesús, maestro, ten compasión de nosotros!”
Al verlos, Jesús les dijo: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”. Mientras iban de camino, quedaron limpios de la lepra.
Uno de ellos, al ver que estaba curado, regresó, alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias. Ése era un samaritano. Entonces dijo Jesús: “¿No eran diez los que quedaron limpios? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No ha habido nadie, fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a Dios?” Después le dijo al samaritano: “Levántate y vete. Tu fe te ha salvado”.

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Varias son las culturas y los tiempos en que la concepción que se tenía de Dios difería de la realidad, ya que la toma de conciencia primeramente de sí mismos ha tardado en demasía, con la novedad de que aún no hemos terminado de definirnos ni de afirmar quien somos porque cada vez cambiamos los propios conceptos. En esa misma escala se encuentra nuestra comprensión de quién es Dios, cómo actúa, y a veces definiéndolo como muy radicalista.

Es un hecho que la misma teología hoy en día, aunque apoyada por el método científico en cuando a la Biblia se refiere, serán interpretaciones de punta, pero dista mucho de ser de avanzada, podríamos afirmar sin dudar que todo el progreso teológico sigue en pañales, y no por arcaico, sino porque nuestra idiosincracia no da para más.

Va evolucionando y eso ya es una ventaja, pero los términos de amor, caridad, compasión, siguen rallando en lo visceral, en lo sentimental, más no en el sentido y la acción profunda que cada uno de ellos desarrolla en su ejecución, porque olvidamos que no terminan en el aquí y el ahora, sino que se proyectan en una trascendencia que deja huella en los nuestros y que llega hasta Dios en la eternidad.

Por ello cuando a Jesús le piden que tenga compasión de ellos, es decir de esos leprosos, habría que ver hasta dónde iba a llegar su obra, el resultado es muy claro, de los diez que recibieron el milagro, nueve no tenían la capacidad de mirar más allá en la obra que Jesús había realizado, para ellos fue tan sólo un curandero, pero no transformó sus vidas, mientras que tan sólo uno, fue capaz para empezar, de regresar a dar tan siquiera las gracias, que es un atisbo dónde inicia la trascendencia y la transformación en la persona de la obra de Dios.

Ese tener compasión, no es para Dios, es para nosotros mismos que debemos de tener dedicación hacia nuestra propia alma y permitirnos aceptar aquella gracias que vienen de Dios, donde el signo primero es la salud física, pero que depende de nosotros hacerlo llegar más allá, trascender y permitirnos en su totalidad ser sanos, ser salvos. 

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