“Esclavos en falsa libertad”

Esclavos en falsa libertad”

Juan: 8, 31-42

En aquel tiempo, Jesús dijo a los que habían creído en él: “Si se mantienen fieles a mi palabra, serán verdaderamente discípulos míos, conocerán la verdad y la verdad los hará libres”. Ellos replicaron: “Somos hijos de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: ‘Serán libres’?”

Jesús les contestó: “Yo les aseguro que todo el que peca es un esclavo del pecado y el esclavo no se queda en la casa para siempre; el hijo sí se queda para siempre. Si el Hijo les da la libertad, serán realmente libres. Ya sé que son hijos de Abraham; sin embargo, tratan de matarme, porque no aceptan mis palabras.

Yo hablo de lo que he visto en casa de mi Padre: ustedes hacen lo que han oído en casa de su padre”.

Ellos le respondieron: “Nuestro padre es Abraham”. Jesús les dijo: “Si fueran hijos de Abraham, harían las obras de Abraham. Pero tratan de matarme a mí, porque les he dicho la verdad que oí de Dios. Eso no lo hizo Abraham. Ustedes hacen las obras de su padre”. Le respondieron: “Nosotros no somos hijos de prostitución. No tenemos más padre que a Dios”.

Jesús les dijo entonces: “Si Dios fuera su Padre me amarían a mí, porque yo salí de Dios y vengo de Dios; no he venido por mi cuenta, sino enviado por él”.

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El mundo de las ideologías y de los estatus de vida, hacen que nos deshagamos para poder pertenecer a ellos, como una elite de la que todos desearíamos participar, se nos presenta el imitar ser como aquellos que el mundo de hoy propone, aquellos que se hacen llamar los ricos y famosos, aquellos que pueden pagar una publicación y venderse como modelos a seguir, dando imágenes de felicidad arreglada.

De igual manera nos venden la idea de libertad, aquella en la que puedes decidir hacer de todo en la vida sin consecuencias, aquella que se te presenta sin mucha información certera, la que en fachada aparece como lo máximo, siempre y cuando tengas con que pagarlo y que al final no llena nuestros propios vacíos, sino todo lo contrario.

Aquella libertad que nos orilla a sentir que no dependemos de nada ni de nadie, cuando en realidad necesitas de todos, cuando menos aquellos que hacen posible todo para que te provean el agua de uso diario, porque si nomás te cortan el suministro, te hacen la vida de cuadritos. Igual con todo cuanto necesitas, hecho y acercado a ti por empresas y personas que se dedican a ello. Por lo que no dejamos de estar atados y dependientes de ellos, no deja de ser una cierta esclavitud.

Pero sobre todo cuando te invitan a cometer actos pecaminosos que te dañan y que te los pintan como parte de tu libertad, cuando en realidad es una esclavitud crónica y degenerativa que lleva hasta la muerte.

Aquella sensación de que nuestra vida no depende de nadie más sino de nosotros, como si hubiésemos elegido nacer y nos hubiéramos creado a nosotros mismos, olvidando al creador y a quienes hicieron todo lo posible para que siguiéramos aquí.

Al final esclavos oficiales sin conciencia de ello. Cuando la verdadera libertad la da Jesús al hacernos partícipes de la verdadera libertad de los hijos de Dios. Por ello basta estar cerca de Él y ser su amigo participando de su disimulado y su gracia.

“Negligencias”

“Negligencias”

Juan: 8, 21-30

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Yo me voy y ustedes me buscarán, pero morirán en su pecado. A donde yo voy, ustedes no pueden venir”. Dijeron entonces los judíos: “¿Estará pensando en suicidarse y por eso nos dice: ‘A donde yo voy, ustedes no pueden venir’?” Pero Jesús añadió: “Ustedes son de aquí abajo y yo soy de allá arriba; ustedes son de este mundo, yo no soy de este mundo. Se lo acabo de decir: morirán en sus pecados, porque si no creen que Yo Soy, morirán en sus pecados”.

Los judíos le preguntaron: “Entonces ¿quién eres tú?” Jesús les respondió: “Precisamente eso que les estoy diciendo. Mucho es lo que tengo que decir de ustedes y mucho que condenar. El que me ha enviado es veraz y lo que yo le he oído decir a él es lo que digo al mundo”. Ellos no comprendieron que hablaba del Padre.

Jesús prosiguió: “Cuando hayan levantado al Hijo del hombre, entonces conocerán que Yo Soy y que no hago nada por mi cuenta; lo que el Padre me enseñó, eso digo. El que me envió está conmigo y no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que a él le agrada”. Después de decir estas palabras, muchos creyeron en él.

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Que pena resulta cuando una persona daña con sus propios actos y piensa que está bien, que es lo correcto, que se siente en la rectitud y niega su falta. A veces no es intencional porque la mayoría de las veces padecemos la inconsciencia de nuestra propia vida, estamos tan acostumbrados a en el ambiente familiar ofendernos que se convierte en hábito ordinario.

Por ello el Señor nos ilumina para que reconozcamos y corrijamos aquellas actitudes, palabras y acciones dañinas. Pretendemos hacernos los que no sabemos la verdad para seguir en nuestros errores, pero eso se convierte en negligencia, aquella que nos mantiene en el orgullo sin incluso intentar ser mejores.

Negligencia que habla de pretender que las cosas así estén bien, pero que al final cansa colateralmente a quienes impacta en en día a día, aquella que repite constantemente los mismos errores sin solución.

Sin embargo Dios no permite que las cosas a su tiempo continúen así, pone en su momento la verdad de frente ante quienes la niegan hasta que se den cuenta de su error, porque nos ama y no quiere que nuestra propia negligencia nos lleve a la muerte eterna.

“Escándalos magnificados”

Escándalos magnificados”

Juan: 8, 1-11

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos y al amanecer se presentó de nuevo en el templo, donde la multitud se le acercaba; y Él, sentado entre ellos, les enseñaba.

Entonces los escribas y fariseos le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola frente a Él, le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos manda en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?”.

Le preguntaban esto para ponerle una trampa y poder acusarlo. Pero Jesús se agachó y se puso a escribir en el suelo con el dedo. Como insistían en su pregunta, se incorporó y les dijo: “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra”. Se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo.

Al oír aquellas palabras, los acusadores comenzaron a escabullirse uno tras otro, empezando por los más viejos, hasta que dejaron solos a Jesús y a la mujer, que estaba de pie, junto a Él.

Entonces Jesús se enderezó y le preguntó: “Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?” Ella le contestó: “Nadie, Señor”. Y Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar”.

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Bien sabemos que el pecado está a flor de piel por doquier, que podemos caer en cualquiera momento, sobre todo en esas circunstancias en las que andamos débiles, vulnerables y candados, que nos puede pasar a nosotros o a cualquier persona ya sea cercana o lejana a nuestra persona.

Más sin embargo no significa que tengamos que armar todo un escándalo por el hecho de haber pecado. Es un hecho que nos gusta exagerar y ponerle de nuestra cosecha a los pecados ajenos, nos hemos convertido en especialistas para juzgar a los demás. Es una pena que haya personas que para hacerse notar tengan que armar un lío en base a la debilidad de los otros. 

El caso lo tenemos con la mujer que fue sorprendida pecando, por lo que inmediatamente la juzgan, olvidando que par cometer ese pecado de adulterio se necesitan dos, tan desvirtuada estaba la ley, que olvidan y absuelven al sujeto que pecó con ella.

Situación que Jesús no avala porque de suyo es una ley desequilibrada y falta de caridad. Por lo que se va a lo básico, a la verdad, ya que si el problema es el pecado, les pide que quien no tenga pecado la juzgue, así de sencillo. La reacción sensata ante la verdad es desistir remarcar el pecado de los demás con saña y violencia. Jesús tampoco la juzga, si en problema es el pecado, simplemente le pide que no vuelva a pecar y se acaba el problema.

No hay necesidad de magnificar las faltas, de remarcar y refregar en la cara el pecado, porque esa no es la dinámica de la salvación, sino el perdón y el levantarse después de haber caído.

“Cuando la vida llama”

Cuando la vida llama”

Juan 11,3-7.17.20-27.33b-45

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo.»

Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba.

Sólo entonces dice a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea.»

Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. 

Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.»

Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.»

Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»

Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»

Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»

Jesús sollozó y, muy conmovido, preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?»

Le contestaron: «Señor, ven a verlo.»

Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!»

Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?»

Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa.

Dice Jesús: «Quitad la losa.»

Marta, la hermana del muerto, le dice: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.»

Jesús le dice: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»

Entonces quitaron la losa.

Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.»

Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, ven afuera.»

El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. 

Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar.»

Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

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No es nada raro que de manera ordinaria enfaticemos la muerte, ya sea por el respeto o el temor que se le tiene, y es que el miedo instintivo y natural hace que tanto para negarla como para afirmarla, la tengamos muy presente.

Cuando llega a extremos incluso se le denigra formando una cultura que le da culto y que mira siempre como única opción a ir muriendo lentamente pero en medio de un pesimismo reflejado en la rebeldía de actitudes, posturas, ideologías y situaciones que hacen perder el sentido de la vida a tal grado de vivir sin respeto a la misma y de manera extrema porque no vale.

Por el contrario Jesús nos demuestra un Dios que ya desde el profeta Jeremías nos habla de la promesa de la vida, de la resurrección, de una vida eterna que vale desde el primer día que se nos otorga, a la que hay que tributarle respeto y amor, vida que Jesús es capaz de retomar en aquellos que ama y que lo demuestra con su amigo Lázaro, porque su interés no es en enfatizar la muerte o prepararnos para ella, sino por el contrario prepararnos para la vida, para la eternidad y para la resurrección.

Es por ello que la vida misma llama a la vida por naturaleza, remarcando que esa misma vida que se nos ha dado por medio de la biología, ahora es elevada al rango de la dignidad de la filiación, transformándonos por el bautismo no sólo en seres inteligentes, sino en hijos de un padre para quien todos viven y que nos ha regalado la vida eterna.

Nuestra vida llama a la vida eterna, falta que lo descubramos y no quedemos en el intento de vivirla encuadrada en un mundo material que es sólo un recipiente temporal y queriendo llenarla de los dones materiales, olvidando los espirituales, a los cuales pertenece nuestra esencia.

“Un profeta idealizado”

“Un profeta idealizado”

Juan 7,40-53

En aquel tiempo, algunos de entre la gente, que habían oído los discursos de Jesús, decían:

«Este es de verdad el profeta».

Otros decían:

«Este es el Mesías».

Pero otros decían:

«¿Es que de Galilea va a venir el Mesías? ¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá del linaje de David, y de Belén, el pueblo de David?».

Y así surgió entre la gente una discordia por su causa.

Algunos querían prenderlo, pero nadie le puso la mano encima.

Los guardias del templo acudieron a los sumos sacerdotes y fariseos, y estos les dijeron:

«¿Por qué no lo habéis traído?».

Los guardias respondieron:

«Jamás ha hablado nadie como ese hombre».

Los fariseos les replicaron:

«También vosotros os habéis dejado embaucar? ¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él? Esa gente que no entiende de la ley son unos malditos».

Nicodemo, el que había ido en otro tiempo a visitarlo y que era fariseo, les dijo:

«¿Acaso nuestra ley permite juzgar a nadie sin escucharlo primero y averiguar lo que ha hecho?».

Ellos le replicaron:

«¿También tú eres galileo? Estudia y verás que de Galilea no salen profetas».

Y se volvieron cada uno a su casa.

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Es totalmente comprensible que nuestra imaginación se desborde cuando nos interesa algo, lo idealizamos a una postura que sacie nuestra expectativa, nada diferente cuando a aspectos de fe refiere.

Las promesas de Dios siempre se cumplen, con la diferencia que nosotros las ensanchamos tanto que ya no caben en la realidad, las esperanzas se desbordan olvidando que Dios no de ordinario las realiza en medio de nuestra naturaleza y la ordinariedad.

Lo malo acontece cuando ya todo lo esperamos de manera milagrosa y espectacular, saciamos y alimentamos sueños que esperamos se realicen, pero cuando bordean lo fantasioso y a veces hasta lo absurdo, se convierte automáticamente en irrealizable, no porque Dios no lo pueda realizar, sino porque no obra nada en contra de la verdad en sí misma de las cosas, incluso respeta los procesos naturales de la vida.

Es por eso que ante una necesidad alimentada con dudas, dolor, soledad, entre otras situaciones, crece a tal grado dejar de pisar suelo firme, y por ende no ver la solución, ya que está rebasado su origen simple para sanarlo.

La espera del Mesías, no es la excepción, ya magnificada, nadie da el ancho, y como Dios obra de raíz por medios naturales donde se integra a la gracia del milagro, resulta demasiado obvio para aceptarlo.

Y hasta la fecha, ningún profeta da el ancho para los Judíos, por lo que ante este ejemplo, no dejemos que se exageren las esperanzas ya que un profeta idealizado, es inalcanzable, esperar un milagro bajo este esquema, resulta imposible. Lo sencillo es lo más eficaz en el obrar de Dios. 

“Cuando creemos saber”

“Cuando creemos saber”

Juan: 7,1-2. 10.25-30

En aquel tiempo, Jesús recorría Galilea, pues no quería andar por Judea, porque los judíos trataban de matarlo. Se acercaba ya la fiesta de los judíos, llamada de los Campamentos.

Cuando los parientes de Jesús habían llegado ya a Jerusalén para la fiesta, llegó también él, pero sin que la gente se diera cuenta, como de incógnito. Algunos, que eran de Jerusalén, se decían: “¿No es éste al que quieren matar? Miren cómo habla libremente y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que es el Mesías? Pero nosotros sabemos de dónde viene éste; en cambio, cuando llegue el Mesías, nadie sabrá de dónde viene”.

Jesús, por su parte, mientras enseñaba en el templo, exclamó: “Conque me conocen a mí y saben de dónde vengo… Pues bien, yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz; y a él ustedes no lo conocen. Pero yo sí lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado”. Trataron entonces de capturarlo, pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora.

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No resulta ninguna novedad que dentro de nuestras actividades laborales, nos prendamos de aquellos conocimientos que hasta los hemos convertido en especialidades  tan sólo sobre un aspecto laboral o magisterial, y es que es normal que quedemos prendidos de aquello que dominamos y usufructuemos para salir adelante, por capacidad, pero a veces por miedo a no saber emprender otras tareas.

Entonces opinamos, pero en todo orientados a avalar la información sobre la que tenemos dominio, que a veces es limitada frente al vasto mundo de información y verdad. información que nos sirve para hacer presencia y darnos autoridad en el saber, lo malo es que con ello llegamos a juzgar y a imponer criterios muy personales.

Caso nada nuevo que le acontece al Señor Jesús, cuando ya han hecho la opinión suya, acerca de negar su mesianismo sin reconocer quién es en realidad, típico de los Judíos y líderes religiosos de su tiempo, aunque no todos.

Y es que pesa e importa el qué dirán si no pienso como los demás, por eso mejor nos sumamos al conglomerado de mentiras, para no entrar en conflicto con el común del pueblo, y nos las creemos.

Es por ello que cuando creemos saber es cuando más nos equivocamos, si es que nuestra opinión no es conforme a la verdad que no indagamos, es mejor en caso de duda no obrar, pero si te quieres hacer el importante puedes imponer tu opinión que más consecuencias negativas te traerá que beneficios.

“La verdad no es opcional”

“La verdad no es opcional”

Juan: 5, 31-47

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Si yo diera testimonio de mí, mi testimonio no tendría valor; otro es el que da testimonio de mí y yo bien sé que ese testimonio que da de mí, es válido.

Ustedes enviaron mensajeros a Juan el Bautista y él dio testimonio de la verdad. No es que yo quiera apoyarme en el testimonio de un hombre. Si digo esto, es para que ustedes se salven. Juan era la lámpara que ardía y brillaba, y ustedes quisieron alegrarse un instante con su luz. Pero yo tengo un testimonio mejor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido realizar y que son las que yo hago, dan testimonio de mí y me acreditan como enviado del Padre.

El Padre, que me envió, ha dado testimonio de mí. Ustedes nunca han escuchado su voz ni han visto su rostro, y su palabra no habita en ustedes, porque no le creen al que él ha enviado.

Ustedes estudian las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues bien, ellas son las que dan testimonio de mí. ¡Y ustedes no quieren venir a mí para tener vida! Yo no busco la gloria que viene de los hombres; es que los conozco y sé que el amor de Dios no está en ellos. Yo he venido en nombre de mi Padre y ustedes no me han recibido. Si otro viniera en nombre propio, a ése sí lo recibirían. ¿Cómo va a ser posible que crean ustedes, que aspiran a recibir gloria los unos de los otros y no buscan la gloria que sólo viene de Dios?

No piensen que yo los voy a acusar ante el Padre; ya hay alguien que los acusa: Moisés, en quien ustedes tienen su esperanza. Si creyeran en Moisés, me creerían a mí, porque él escribió acerca de mí. Pero, si no dan fe a sus escritos, ¿cómo darán fe a mis palabras?”

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En un mundo que prevalece la mentira y el acto de mentir como una ordinariedad ya asumida en la vida, donde los medios se dedican a predicar inconsistencias, tendencias, falsos, escándalos como una manera de atraer la atención morbosamente, resulta cada vez más difícil saber distinguir la verdad de la mentira.

Sobre todo las generaciones más nuevas, que en la precaria educación con modelos no basados en la razón y la autocrítica, sino en teorías oficiales no comprobadas, hace que todo cuanto yace escrito sea tomado en serio como verdad absoluta.

De esta manera la verdad se convierte en una opción, porque el engaño es común además que la realidad no se presenta como viable cuando lo virtual resulta confortante aunque no se crezca ni se produzca nada-

Pero hemos descartado la opción a conocer la verdad, ya que no es una opción, sino un deber que va acorde a nuestra realidad, al complementar la vida y su realización plena. Por ello tanto sufrimiento en querer emparejar lo irreal y mentiroso con nuestra evidente realidad, no cuadra.

Más aún las verdades de fe, que no tienen por que equipararse a las científicas ya que son de otra índole que van hacia todo lo espiritual, que se niega, sobre todo cuando no se conoce.

La verdad misma es quien presenta a Jesús, porque Él es la verdad en sí mismo, por lo que negarlo junto con su palabra y obras, de suyo es ya afirmar la mentira, que es propia del maligno y su especialidad. Jesús no juzga, sino que la verdad misma habla ante la inconsistencia de la mentira que se condena a sí misma.

Por ello, la verdad en todos sus niveles, científico, filosófico, teórico y teológico no es una opción, sino una necesidad que complementa el ser de cada una de ellas.

“A quién dejo que actúe en mí”

“A quién dejo que actúe en mí”

Juan: 5, 17-30

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos (que lo perseguían por hacer curaciones en sábado): “Mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo”. Por eso los judíos buscaban con mayor empeño darle muerte, ya que no sólo violaba el sábado, sino que llamaba Padre suyo a Dios, igualándose así con Dios.

Entonces Jesús les habló en estos términos: “Yo les aseguro: El Hijo no puede hacer nada por su cuenta y sólo hace lo que le ve hacer al Padre; lo que hace el Padre también lo hace el Hijo. El Padre ama al Hijo y le manifiesta todo lo que hace; le manifestará obras todavía mayores que éstas, para asombro de ustedes. Así como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da la vida a quien él quiere dársela. El Padre no juzga a nadie, porque todo juicio se lo ha dado al Hijo, para que todos honren al Hijo, como honran al Padre. El que no honra al Hijo tampoco honra al Padre.

Yo les aseguro que, quien escucha mi palabra y cree en el que me envió, tiene vida eterna y no será condenado en el juicio, porque ya pasó de la muerte a la vida. Les aseguro que viene la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la hayan oído vivirán. Pues así como el Padre tiene la vida en sí mismo, también le ha dado al Hijo tener la vida en sí mismo; y le ha dado el poder de juzgar, porque es el Hijo del hombre.

No se asombren de esto, porque viene la hora en que todos los que yacen en la tumba oirán mi voz y resucitarán: los que hicieron el bien para la vida; los que hicieron el mal, para la condenación. Yo nada puedo hacer por mí mismo. Según lo que oigo, juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió”.

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La completa y total obediencia del Señor Jesús hacia su Padre Celestial, hace que su vida se vea glorificada, ya que con todas sus obras lo bendice y alaba.

Usualmente quien no tiene contacto con Dios, suele ver tan sólo la parte humana en todo cuanto hacemos, de tal manera que su juicio se verá de igualmente limitado a una opinión en términos coloquiales sin trascendencia que no llega más allá de lo filosófico y material.

Más quien se ha permitido introducirse el los misterios divinos, al conocer de una manera más personal y cercana a Dios, vive, ve y hace las obras del Padre, y no se limita a la opinión de quien no desea dar ese salto a las obras de la fe.

Por ello es necesario conocer el basto campo donde la gracia y dones de Dios superan a cualquiera protocolo o ley social que pudiese mejorar el estándar de vida actual, ya que no se limita a una acción concreta, sino que la lleva al ámbito de la santidad y lo eterno.

Tan grande y limitada puede ser nuestra voluntad como lo permitamos en las manos de Dios, pero su gracia hace que todo llegue a una plenitud que sobrepasa cualquier expectativa humana. Ya es elección nuestra a quien permitir actuar en nosotros: a nuestra sola y lógica razón, o al amor que todo lo puede para un fin mayor, que unido al nuestro y a nuestra voluntad engrandece nuestra vida, actos y ser sin limitaciones.

“Rodeado de personas y sin ayuda”

“Rodeado de personas y sin ayuda”

Juan: 5, 1-3. 5-16

Era un día de fiesta para los judíos, cuando Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las Ovejas, una piscina llamada Betesdá, en hebreo, con cinco pórticos, bajo los cuales yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos. Entre ellos estaba un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.

Al verlo ahí tendido y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo en tal estado, Jesús le dijo: “¿Quieres curarte?” Le respondió el enfermo: “Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua. Cuando logro llegar, ya otro ha bajado antes que yo”. Jesús le dijo: “Levántate, toma tu camilla y anda”. Al momento el hombre quedó curado, tomó su camilla y se puso a andar.

Aquel día era sábado. Por eso los judíos le dijeron al que había sido curado: “No te es lícito cargar tu camilla”. Pero él contestó: “El que me curó me dijo: ‘Toma tu camilla y anda’ “. Ellos le preguntaron: “¿Quién es el que te dijo: ‘Toma tu camilla y anda’?” Pero el que había sido curado no lo sabía, porque Jesús había desaparecido entre la muchedumbre. 

Más tarde lo encontró Jesús en el templo y le dijo: “Mira, ya quedaste sano. No peques más, no sea que te vaya a suceder algo peor”. Aquel hombre fue y les contó a los judíos que el que lo había curado era Jesús. Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado.

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No es nada raro encontrarnos en medio de una sociedad sobre saturada de personas, donde se realizan múltiples actividades, pero de igual manera donde surgen varias necesidades, algunas de ellas totalmente marginadas en el centro de nuestras comunidades y a la vista de todos.

Tenemos el caso del paralítico que estaba olvidado nomás por 38 años, quien parece invisible porque nadie ve su necesidad y aunque la vean no se le acerca nadie a ayudar. Nada nuevo en nuestra actualidad, y creo que aún más radical la situación, ya que vivimos absortos en nuestras muy peculiares actividades, que aunque no produzcan nada, quedamos prendados de ellas.

Hoy ya nadie mira alrededor, ni siquiera para ver quien está a su lado, cada vez más dedicados a los dispositivos móviles de datos, donde se recrudece el problema. Malo porque hoy no necesitas de nadie en teoría, pero cuando lo requieras, vivirás la misma suerte, sabiendo que no vale el intento porque formas parte de la distracción.

Es justo mirar el entorno y disponernos a servir ahí donde se necesita, por ahí nace la caridad, y cuando se practica, nunca nos falta su auxilio, hay que volver a los valores del civismo que tan sólo por acción social damos la mano, cuanto mayor no lo deberíamos hacer los que nos hacemos llamar Católicos e hijos de Dios.

“El poder de uno”

El poder de uno”

Juan: 4, 43-54

En aquel tiempo, Jesús salió de Samaria y se fue a Galilea. Jesús mismo había declarado que a ningún profeta se le honra en su propia patria. Cuando llegó, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que Él había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían estado allí.

Volvió entonces a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había allí un funcionario real, que tenía un hijo enfermo en Cafarnaúm. Al oír éste que Jesús había venido de Judea a Galilea, fue a verlo y le rogó que fuera a curar a su hijo, que se estaba muriendo. Jesús le dijo: “Si no ven ustedes signos y prodigios, no creen”. Pero el funcionario del rey insistió: “Señor, ven antes de que mi muchachito muera”. Jesús le contestó: “Vete, tu hijo ya está sano”.

Aquel hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Cuando iba llegando, sus criados le salieron al encuentro para decirle que su hijo ya estaba sano. Él les preguntó a qué hora había empezado la mejoría. Le contestaron: “Ayer, a la una de la tarde, se le quitó la fiebre”. El padre reconoció que a esa misma hora Jesús le había dicho: ‘Tu hijo ya está sano’, y creyó con todos los de su casa.

Éste fue el segundo signo que hizo Jesús al volver de Judea a Galilea.

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Pareciese que una sola persona no puede hacer mucho, pensamos que se necesita un grupo para poder hacer o cambiar cosas, situaciones y personas, sintiendo que estamos en soledad y nadie nos apoya.

Sin embargo el empeño, la dedicación, el amor, la tenacidad y valentía de uno, hace mucho más que miles, ya que muchas veces, esos miles, cientos o hasta dos o tres, pueden desanimarnos a no hacer lo que planeamos, haciendo sentir que es un error o que estamos equivocados cuando no; muchas veces la equivocación y error de cien, presentan su mentira como verdad para que claudiques en tu intención y eso no viene de Dios.

Uno solo es capaz de cambiar un entorno, como lo es Jesús, como lo transmite a los demás y que a través de la fe se realiza eficazmente el cambio.

El Caso es claro cuando el funcionario real pide a Jesús una sanación, situación que se convierte en milagro, y milagro que transforma familias, como es el caso de los allegados del del funcionario real, que junto con los de su casa creyeron en Cafarnaúm por el testimonio de uno.

Es por ello que se nos invita a no depender de un grupo para realizar un cambio y menos si es una conversión, nuestro testimonio hará que primero se siembre la semilla de la Palabra y el mensaje de Dios aún cuando se le rechace; irá creciendo poco a poco hasta que madure y acepte el cambio en su vida, pero requiere paciencia, oración y testimonio.