“El dolor de juzgar”

“El dolor de juzgar”

Lucas: 6, 36-38

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados.

Den y se les dará: recibirán una medida buena, bien sacudida, apretada y rebosante en los pliegues de su túnica. Porque con la misma medida con que midan, serán medidos”.

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Parece un común denominador tener una opinión tanto personal como ajena sobre toda circunstancia que acontezca en el mundo o en lo personal y comunitario. Opinión que resulta horrorosa por todo cuanto conlleva su emisión y afirmación.

Ya que cuando emitimos un juicio, no necesariamente resulta en productivo y solucionador de situaciones, sino todo lo contrario, sale con una muy buena medida de nuestro propio pensar y sentir, que por lo general va lleno de una dosis de odio personal, causado por el dolor que llevamos al no desear salir de nuestros propios problemas y vivir con ellos como lo ordinario en la vida e infelices o insatisfechos.

Por lo que cuando dejamos de emitir juicios, dejamos de sufrir por el qué y  el cómo de los demás, no los hacemos nuestros, ni les añadimos nuestra empapada de coraje. En realidad cuando un juicio es emitido, habla de cómo está nuestro corazón, se descubre ante los demás en la forma y el modo de expresar dicho juicio o crítica, habla más de si, que de lo que enjuicia.

Es por ello que si deseamos evitar ese dolor que vamos alimentando y acumulando cada vez más en nuestro corazón, dejemos de juzgar, evitemos esa ansiedad, y simplemente cuando tengamos la suficiente paz, acerquémonos a ayudar si es que nos toca, porque acelerados, aceleramos aún más el dolor de los demás.