“Conocer su voz”

Conocer su voz”

Juan: 10,1-10

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: “Yo les aseguro que el que no entra por la puerta del redil de las ovejas, sino que salta por otro lado, es un ladrón, un bandido; pero el que entra por la puerta, ése es el pastor de las ovejas. A ése le abre el que cuida la puerta, y las ovejas reconocen su voz; él llama a cada una por su nombre y las conduce afuera. Y cuando ha sacado a todas sus ovejas, camina delante de ellas, y ellas lo siguen, porque conocen su voz. Pero a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños”.

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron lo que les quería decir. Por eso añadió: “Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes que yo, son ladrones y bandidos; pero mis ovejas no los han escuchado. Yo soy la puerta; quien entre por mí se salvará, podrá entrar y salir y encontrará pastos. El ladrón sólo viene a robar, a matar y a destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.

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Dentro de la propia naturaleza, existen factores de confianza y conocimientos natos, aquellos que nos hacen identificar a aquellos donde pertenecemos. El caso concreto lo tenemos con las crías de los animales recién nacidos, así como de los humanos, que identificamos los sonidos y olores muy propios de nuestros padres.

Es en ese rubro donde el Señor nos invita a identificar y conocer su voz, aquella que nos sea familiar, que la sintamos llena de confianza y que nos de esa fortaleza cuando la escuchamos para seguir adelante ante un mundo que pretende amedrentar todas nuestras seguridades.

Donde cuando lleguen esas voces que nos invitan a perder el rumbo y la paz, sepamos que en realidad no son familiares y por ende no las sigamos, así como las ovejas, que siguen a quien las cuida y protege.

Es por ello recomendable, saber lo importante que es identificar esa voz con la que nos habla amorosamente el Señor, dejar un momento para conocerla, eliminar todas aquellas voces que nos aturden y que no permiten escuchar el murmullo del Señor en la oración, en su palabra, en las Sagradas Escrituras y en la Eucaristía.

Después de identificada, escucharla no es difícil, y evitar las voces que no provienen de Él, mucho más fácil.