“Dignidad humana por igual”

“Dignidad humana por igual”

Juan: 13, 16-20

En aquel tiempo, después de lavarles los pies a sus discípulos, Jesús les dijo: “Yo les aseguro: el sirviente no es más importante que su amo, ni el enviado es mayor que quien lo envía. Si entienden esto y lo ponen en práctica, serán dichosos.

No lo digo por todos ustedes, porque yo sé a quiénes he escogido. Pero esto es para que se cumpla el pasaje de la Escritura, que dice: El que comparte mi pan me ha traicionado.

Les digo esto ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, crean que Yo Soy.
Yo les aseguro: el que recibe al que yo envío, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me ha enviado”.

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En todos los tiempos y culturas, al ser humano le encanta sobresalir de entre los demás a toda costa, remarca diferencias y exalta sus propios dones y virtudes particulares como si fuera el autor de los mismos, olvidando que son participados en donación por amor.

Pagamos por hacer notar lo que poseemos y hay quien nos venda los mismos elementos que poseemos todos como casa, auto, vestimentas, etc. con precios estratosféricos para dar a conocer lo que tenemos, olvidando en realidad lo que valemos en lo que somos.

Dios no nos ha creado dignidades alternas o diferenciadas, esas las hacemos nosotros, aumentando cada vez más nuestra propia infelicidad en la medida que creemos lo que no somos y que nos separa de los demás.

Nuestro ser grita cuando sabe que está solo, con una pobreza tan grande que tan solo se manifiesta en la abundancia material. El don de la riqueza material no tan sólo es para compartirla o regalarla, es una responsabilidad para hacer crecer a los demás con la participación del trabajo digno.

Es por ello que hay que ubicarnos sabiendo lo que somos, sin sobrevalorarnos o minusvalorarnos, simplemente lo que es, que el resto no encaja en la felicidad, ni en la gracia de Dios.