“Perder-Se”

“Perder-Se”

Mateo: 10, 1-7

En aquel tiempo, llamando Jesús a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.

Éstos son los nombres de los doce apóstoles: el primero de todos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos del Zebedeo; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el cananeo, y Judas Iscariote, que fue el traidor.

A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: “No vayan a tierra de paganos, ni entren en ciudades de samaritanos. Vayan más bien en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos”.

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Por lo general nos encontramos con la creencia de que el maligno es quien nos lleva por sus propios medios a perder nuestra vida creada para la eternidad en la felicidad y la luz, en una vida de vacío, dolor, sufrimiento y obscuridad. 

Ciertamente tiene buena parte de intromisión, pero al final la decisión de crecer en el bien o en el mal, ya depende de nosotros. Un don dado excelentemente a cada uno de nosotros es la libertad, tan amplia en su comprensión, que llegamos a creer que depende totalmente de nuestra propia iniciativa, excluyendo tanto a Dios como a su creación.

Es entonces cuando podemos perder el rumbo, ya que iniciativas de maldecir así como de volver nuestra voluntad hacia el mal, las encontramos a la vuelta de cada esquina, y no se diga de igual manera aquellas que nos hacen crecer en el bien y la gracia de Dios, pero en realidad hacerlas nuestras no depende de la imposición ni divina, ni maligna, sino de nuestra única y exclusiva voluntad.

Es por ello que podemos caer en la perdición si es que optamos obrar y vivir en un camino no benigno, y llegar a perdernos a nosotros mismos, alejados del plan perfecto preparado por el Padre Celestial para cada uno de nosotros, que identificándolo es la mejor opción adecuada a nuestro ser creado para complementar la creación misma.

Perderse es fácil, sencillo, basta con dejar de hacer el bien que nos corresponde, convertirse en oveja perdida, hace que junto con la falta de voluntad de tantos alejados de la verdad, se convierta más que en rebaño en multitud, en masa sin identidad propia.

La riqueza inmensa de Dios, hace que cada uno retorne al camino común del bien, con los dones particulares y únicos que en combinación con nuestra propia personalidad, converge para poder enriquecer a la misma historia y a nosotros en la santidad.

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