“Nos falta fe”

“Nos falta fe”

Mateo: 17, 14-20

En aquel tiempo, al llegar Jesús a donde estaba la multitud, se le acercó un hombre, que se puso de rodillas y le dijo: “Señor, ten compasión de mi hijo. Le dan ataques terribles. Unas veces se cae en la lumbre y otras muchas, en el agua. Se lo traje a tus discípulos, pero no han podido curarlo”.

Entonces Jesús exclamó: “¿Hasta cuándo estaré con esta gente incrédula y perversa? ¿Hasta cuándo tendré que aguantarla? Tráigame aquí al muchacho”. Jesús ordenó al demonio que saliera del muchacho, y desde ese momento éste quedó sano.

Después, al quedarse solos con Jesús, los discípulos le preguntaron: “¿Por qué nosotros no pudimos echar fuera a ese demonio?” Les respondió Jesús: “Porque les falta fe. Pues yo les aseguro que si ustedes tuvieran fe al menos del tamaño de una semilla de mostaza, podrían decirle a ese monte: ‘Trasládate de aquí para allá’, y el monte se trasladaría. Entonces nada sería imposible para ustedes”.

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Hoy en día parece que a las personas les gusta presumirse de vanguardia intelectual negando oficialmente la fe y a Dios en primera plana, viven acordes a lo que opinen los demás y estar al pendiente del miedo de sentirse rechazados por sus creencias religiosas, tan buenos para ponerse en postura según les convenga.

Tanto negamos a Dios que lo afirmamos en medio de nuestra negación, hasta nos damos el lujo de odiarlo, pero contradictoriamente olvidamos que, en medio de nuestra soberbia y necedad, no se puede odiar algo o alguien que no existe, resulta en un absurdo.

Entonces cuando nuestras fuerzas, amigos, dinero, posesiones y salud menguan, quedamos vacíos y tan faltos de sentido, que terminamos con una muy marcada baja autoestima, y es cuando solos ya no podemos ante el monstruo en que hemos convertido nuestro orgullo que nos domina y doblega.

Es por ello que muchas veces no podemos hacer grandes cosas y obras en la fe, porque es mayor nuestra desconfianza e inseguridad en Dios, depositada a cambio de otras seguridades temporales y materiales que se acaban.

Ahí es donde nos falta fe, donde necesitamos abandonarnos en la total confianza en Dios, para que él mismo la fortalezca y la haga manifiesta con frutos de bondad y felicidad para nosotros y cuantos nos rodean, ahí si que nada sería imposible, aunque el mundo lo remarque como tal.

“¿Tu Cruz es pre-pascual o post-pascual?”

“¿Tu Cruz es pre-pascual o post-pascual?”

Mateo (16, 24-28)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla?

Porque el Hijo del hombre ha de venir rodeado de la gloria de su Padre, en compañía de sus ángeles, y entonces dará a cada uno lo que merecen sus obras. Yo les aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán, sin haber visto primero llegar al Hijo del hombre como rey”.

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Podríamos pensar, ¿que rayos significan esos enredos de pre y post pascual?, a mi que no me vengan con engaños. No, no es ningún engaño es un concepto realista de lo que la cruz fue y lo que es ahora.

Cuando nos referimos a una Cruz Pre-Pascual, estamos hablando de ese instrumento de muerte tan de moda usado por el imperio romano para dar muerte escarmentada a los que consideraba sus enemigos, así como un asesinato público para amedrentar a los pueblos conquistados.

Aquí esa cruz es un signo de muerte, de dolor, de miedo o temor, de injusticias, usada en el proceso de la crucifixión que data ya desde el siglo VI antes de Cristo con los asirios y posteriormente utilizada en el contexto de las culturas mediterráneas, usada oficialmente hasta el año 337 después de Cristo. Hasta aquí encontramos a esa cruz Pre-Pascual o antes de la pascua de Cristo, que no varió su significado sino hasta la muerte de Cristo en la Cruz.

Sin embargo, cuando nos referimos a la Cruz Post-Pascual, es decir, después de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, ese mismo instrumento que por mucho siempre se le catalogó de muerte, ahora se revalúa en base a las circunstancias acaecidas y transformadoras del mismo Cristo, el cual ciertamente sin variación muere en ella, pero no es sino por ella, que esa muerte dio paso necesario a la resurrección, por lo que un instrumento de muerte antagónicamente se transforma directamente en un instrumento de vida, y una vida eterna que no vuelve a morir.

Ahora esa cruz es de alegría, de restauración, de vida nueva, de esperanza.

Pues bien, ante la invitación de tomar la cruz, cual crees que debes tomar, porque existen hoy en día bastantes personas las cuales continúan creyendo que la cruz sigue siendo el dolor, el sufrimiento que deben aceptar ciega y abnegadamente, pero venerando todavía una cruz antes de Cristo, una cruz de muerte.

Nada nos cuesta dar el salto a la cruz transformada de la vida y de la alegría que brinda haber recibido la vida eterna, aceptar esa cruz es aceptar un Cristo vivo y resucitado, una humanidad restaurada y un seguimiento en la gracia renovada en un a cruz que ya no es la misma.

No temas actualizarte, deja esa cruz pesada del dolor pre-pascual y únete al gozo que conlleva la nueva cruz que Cristo nos ofrece, a la medida de tu capacidad y llena de todo lo que Cristo trajo con su muerte, pero sobre todo con su resurrección.

“La Transfiguración Del Señor”

“La Transfiguración Del Señor”

Mateo: 17, 1-9

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de éste, y los hizo subir a solas con él a un monte elevado. Ahí se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. De pronto aparecieron ante ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús.

Entonces Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí! Si quieres, haremos aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.

Cuando aún estaba hablando, una nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz que decía: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo”. Al oír esto, los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de un gran temor. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: “Levántense y no teman”.

Alzando entonces los ojos, ya no vieron a nadie más que a Jesús. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No le cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”.

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Jesús había anunciado a los suyos la inminencia de su Pasión y los sufrimientos que había de padecer a manos de los judíos y de los gentiles. Y los exhortó a que le siguieran por el camino de la cruz y del sacrificio (Mt 16, 24 ss). Pocos días después de estos sucesos, que habían tenido lugar en la región de Cesarea de Filipo, quiso confortar su fe, pues, -como enseña Santo Tomás- para que una persona ande rectamente por un camino es preciso que conozca antes, de algún modo el fin al que se dirige: “como el arquero no lanza con acierto la saeta si no mira primero al blanco al que la envía. Y esto es necesario sobre todo cuando la vía es áspera y difícil y el camino laborioso… Y por esto fue conveniente que manifestase a sus discípulos la gloria de su claridad, que es los mismo que transfigurarse, pues en esta claridad transfigurará a los suyos” (Sto. Tomás, Suma teológica).

Nuestra vida es un camino hacia el Cielo. Pero es una vía que pasa a través de la Cruz y del sacrificio. Hasta el último momento habremos de luchar contra corriente, y es posible que también llegue a nosotros la tentación de querer hacer compatible la entrega que nos pide el Señor con una vida fácil, como la de tantos que viven con el pensamiento puesto exclusivamente en las cosas materiales… “¡Pero no es así! El cristianismo no puede dispensarse de la cruz: la vida cristiana no es posible sin el peso fuerte y grande del deber… si tratásemos de quitarle ésto a nuestra vida, nos crearíamos ilusiones y debilitaríamos el cristianismo; lo habríamos transformado en una interpretación muelle y cómoda de la vida” (Pablo VI, Alocución 8-IV-1966). No es esa la senda que indicó el Señor.

Los discípulos quedarían profundamente desconcertados al presenciar los hechos de la Pasión. Por eso, el Señor condujo a tres de ellos, precisamente a los que debían acompañarle en su agonía de Getsemaní, a la cima del monte Tabor para que contemplaran su gloria. Allí se mostró “en la claridad soberana que quiso fuese visible para estos tres hombres, reflejando lo espiritual de una manera adecuada a la naturaleza humana. Pues, rodeados todavía de la carne mortal, era imposible que pudieran ver ni contemplar aquella inefable e inaccesible visión de la misma divinidad, que está reservada en la vida eterna para los limpios de corazón” (San León Magno, Homilía sobre la transfiguración), la que nos aguarda si procuramos ser fieles cada día.

También a nosotros quiere el Señor confortarnos con la esperanza del Cielo que nos aguarda, especialmente si alguna vez el camino se hace costoso y asoma el desaliento. Pensar en lo que nos aguarda nos ayudará a ser fuertes y a perseverar. No dejemos de traer a nuestra memoria el lugar que nuestro Padre Dios nos tiene preparado y al que nos encaminamos. Cada día que pasa nos acerca un poco más. El paso del tiempo para el cristiano no es, en modo alguno, una tragedia; acorta, por el contrario, el camino que hemos de recorrer para el abrazo definitivo con Dios: el encuentro tanto tiempo esperado.

Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y los llevó a un monte alto, y se transfiguró ante ellos , de modo que su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestidos blancos como la luz. En esto se le aparecieron Moisés y Elías hablando con Él (Mt 17, 1-3). Esta visión produjo en los Apóstoles una felicidad incontenible; Pedro la expresa con estas palabras: Señor, ¡qué bien estamos aquí!; si quieres haré aquí tres tiendas: una para Ti, otra para Moisés y otra para Elías (Mt 17, 4). Estaba tan contento que ni siquiera pensaba en sí mismo, ni en Santiago y Juan que le acompañaban. San Marcos, que recoge la catequesis del mismo San Pedro, añade que no sabía lo que decía (Mc 9, 6). Todavía estaba hablando cuando una nube resplandeciente los cubrió con y una voz desde la nube dijo: Éste es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias: escuchadle (Mt 17, 5).

El recuerdo de aquellos momentos junto al Señor en el Tabor fueron sin duda de gran ayuda en tantas circunstancias difíciles y dolorosas de la vida de los tres discípulos. San Pedro lo recordará hasta el final de sus días. En una de sus Cartas, dirigida a los primeros cristianos para confortarlos en un momento de dura persecución, afirma que ellos, los Apóstoles, no han dado a conocer a Jesucristo siguiendo fábulas llenas de ingenio, sino porque hemos sido testigos oculares de su majestad. En efecto Él fue honrado y glorificado por Dios Padre, cuando la sublime gloria le dirigió esta voz: Éste es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias. Y esta voz, venida del cielo, la oímos nosotros estando con Él en el monte santo (2 Pdr 1, 16-18). El Señor, momentáneamente, dejó entrever su divinidad, y los discípulos quedaron fuera de sí, llenos de una inmensa dicha, que llevarían en su alma toda la vida. “La transfiguración les revela a un Cristo que no se descubría en la vida de cada día. Está ante ellos como Alguien en quien se cumple la Alianza Antigua, y, sobre todo, como el Hijo elegido del Eterno Padre al que es preciso prestar fe absoluta y obediencia total” (Juan Pablo II, Homilía 27-II-1983), al que debemos buscar todos los días de nuestra existencia aquí en la tierra.

¿Qué será el Cielo que nos espera, donde contemplaremos, si somos fieles, a Cristo glorioso, no en un instante, sino en una eternidad sin fin?

Todavía estaba hablando, cuando una nube resplandeciente los cubrió y una voz desde la nube dijo: Éste es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias: escuchadle (Mt 17, 5). ¡Tantas veces le hemos oído en la intimidad de nuestro corazón!

El misterio que celebramos no sólo fue un signo y anticipo de la glorificación de Cristo, sino también de la nuestra, pues, como nos enseña San Pablo, el Espíritu da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo; con tal que padezcamos con Él, para ser con Él también glorificados (Rom 8, 16-17). Y añade el Apóstol: Porque estoy convencido de que los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se ha de manifestar en nosotros (Rom 8, 18). Cualquier pequeño o gran sufrimiento que padezcamos por Cristo nada es si se mide con lo que nos espera. El Señor bendice con la Cruz, y especialmente cuando tiene dispuesto conceder bienes muy grandes. Si en alguna ocasión nos hace gustar con más intensidad su Cruz, es señal de que nos considera hijos predilectos. Pueden llegar el dolor físico, humillaciones, fracasos, contradicciones familiares… No es el momento entonces de quedarnos tristes, sino de acudir al Señor y experimentar su amor paternal y su consuelo. Nunca nos faltará su ayuda para convertir esos aparentes males en grandes bienes para nuestra alma y para toda la Iglesia. “No se lleva ya una cruz cualquiera, se descubre la Cruz de Cristo, con el consuelo de que se encarga el Redentor de soportar el peso” (J. Escrivá de Balaguer, “Amigos de Dios”). Él es, Amigo inseparable, quien lleva lo duro y lo difícil. Sin Él cualquier peso nos agobia.

Si nos mantenemos siempre cerca de Jesús, nada nos hará verdaderamente daño: ni la ruina económica, ni la cárcel, ni la enfermedad grave…, mucho menos las pequeñas contradicciones diarias que tienden a quitarnos la paz si no estamos alerta. El mismo San Pedro lo recordaba a los primeros cristianos: ¿quién os hará daño, si no pensáis más que en obrar bien? Pero si sucede que padecéis algo por amor a la justicia, sois bienaventurados (1Pdr 3, 13-14).

Pidamos a Nuestra Señora que sepamos ofrecer con paz el dolor y la fatiga que cada día trae consigo, con el pensamiento puesto en Jesús, que nos acompaña en esta vida y que nos espera, glorioso al final del camino. Y cuando llegue aquella hora en que se cierren mis ojos humanos, abridme otros, Señor, otros más grandes para contemplar vuestra faz inmensa. ¡Sea la muerte un mayor nacimiento! (J. Margall, Canto espiritual), el comienzo de una vida sin fin.

Fuente:

Extracto del libro “Hablar con Dios”, de Francisco Fernández-Carvajal

http://www.iglesia.org

“Atormentados”

Atormentados”

Mateo: 15, 21-28

En aquel tiempo, Jesús se retiró a la comarca de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea le salió al encuentro y se puso a gritar: “Señor, hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”.

Jesús no le contestó una sola palabra; pero los discípulos se acercaron y le rogaban:

“Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros”. Él les contestó:

“Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel”.

Ella se acercó entonces a Jesús y postrada ante Él, le dijo: “¡Señor, ayúdame!” Él le respondió: “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”.

Pero ella replicó: “Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Entonces Jesús le respondió: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas”. Y en aquel mismo instante quedó curada su hija.

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Hoy nuestra cultura ha querido invertir los valores, donde quien asesina se siente iluminado y santo, quien roba cree hacer justicia, quien se desborda en las adicciones de los siete pecados capitales lo justifica afirmando ser parte de la mayoría como lo más ordinario y donde acercarse a Dios, a la Iglesia, lo llaman un tormento.

En realidad viven un tormento sin Dios, donde el odio, rencor, amenazas, ansiedad de poder, avaricia y a todos los llamados pecados se les alimenta para saciar la inestabilidad que desencadenan como una droga que pide cada vez más, y sintiéndose empapados del mismo le dan vuelo hasta perderse en un mar en medio de las tinieblas.

Eso es un verdadero tormento que continúa en la eternidad magnificado y sin la oportunidad de cambiarlo después de la muerte, aunque sí en vida.

Le mentira es la herramienta base para caer en el tormento, que lo presentan con cara de satisfacción, momentánea y asidua. Cautivos de un eterno dolor que se anestesia a sí mismo por la intensidad con que impacta, sin ver la salida fuera y no querer mirar al Señor Jesús que los puede liberar, sobre todo de los vacíos que el mundo y la propia familia crea en nuestros corazones y de los cuales el maligno utiliza para tenernos cautivos.

La fe puede quitar ese tormento, pero depende de la voluntad de querer parar dicho dolor  para vivir en alegría y paz cerca de Dios siendo curados.

“¿Qué tan lejos puedes ver?”

“¿Qué tan lejos puedes ver?”

Mateo (15, 1-2. 10-14)

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos escribas y unos fariseos venidos de Jerusalén y le preguntaron: “¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de nuestros mayores y no se lavan las manos antes de comer?”

Jesús llamó entonces a la gente y dijo: “Escuchen y traten de comprender. No es lo que entra por la boca lo que mancha al hombre; lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre”. Se le acercaron entonces los discípulos y le dijeron: “¿Sabes que los fariseos se han escandalizado de tus palabras?” Jesús les respondió: “Las plantas que no haya plantado mi Padre celestial, serán arrancadas de raíz. Déjenlos; son ciegos que guían a otros ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en un hoyo”.

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Al respecto de la visibilidad podemos tomarla en tres vertientes, la primera: tal cual la reportan los meteorólogos, puede ser desde ilimitada hasta nula si es que hay niebla, ésta depende totalmente de los factores externos. La segunda es: la que reporta tu vista personal, es decir, sería perfecta si no presenta problemas de miopía o hipermetropía, entre otros males que afectan a la visión, ésta depende de su salud óptica. La tercera es un conjunto de las dos anteriores, mezclada con la propia experiencia y la sabiduría divina que nos ayuda a discernir en lo que vemos en el ahora y proyectarlo a futuro.

La tercera forma de ver las cosas es la que nos atañe, ya que de suyo existen limitantes  a la visión que para nada son externos, sino que en su totalidad dependen de nosotros, ya que nos imponemos a ver tan sólo las cosas que queremos ver y que buscamos intencionalmente, limitando el rango de situaciones y cosas que no conocemos por ignorancia al hacerlas aun lado como si nada tuviéramos que ver con ellas.

Dentro de esas limitaciones adoptamos ciertas posturas mental-visuales que ciertamente como vigas al frente del ojo, no dejan ver lo que está al frente ni la realidad de las cosas, eso limita la capacidad de actuar porque no se ve en realidad dónde ayudar, es por ello  necesario quitarlas para ver claro como y por dónde atender los demás de manera certera. 

De otra manera, sólo entorpecemos y dañamos con nuestra ceguera en el camino, y eso tampoco lo vemos, pensamos que ayudamos, cuando en realidad no. Es necesario eliminar todo cuando limite nuestra vista, para poder ver a lo lejos, ver hasta dónde pueden llegar los demás y hasta dónde puedo llegar yo. 

Si no podemos ver cómo ayudar al hermano, será señal de que necesitarás bastante ayuda, ya que demuestras no tener capacidad de ver inclusive lo tuyo

“A cuantos lo tocaron…”

“A cuantos lo tocaron…”

Mateo: 14, 22-36

En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras Él despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba Él solo allí.

Entre tanto, la barca iba ya muy lejos de la costa y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron y decían: “¡Es un fantasma!” Y daban gritos de terror. Pero Jesús les dijo enseguida: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”.

Entonces le dijo Pedro: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”. Jesús le contestó: “Ven”. Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!” Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”

En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús, diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.

Terminada la travesía, llegaron a Genesaret. Apenas lo reconocieron los habitantes de aquel lugar, pregonaron la noticia por toda la región y le trajeron a todos los enfermos. Le pedían que los dejara tocar siquiera el borde de su manto; y cuantos lo tocaron, quedaron curados.

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Hay que tener muy en cuenta que la presencia del Señor, aunque siempre esté entre nosotros, existen momentos en donde no sabemos ubicarlo, lo dejamos de sentir, creemos que no nos escucha y que nos ha abandonado.

Sin embargo nada de eso es cierto, ya que tan sólo es nuestro sentir que ha sido saturado por otras circunstancias que roban la tranquilidad y la paz, donde mientras les demos importancia, serán las que prevalecerán dominantemente.

No olvidemos que cuando Jesús envía por delante a alguna misión, es porque sabe que todo estará bien a pesar de las circunstancias que en el camino se nos presenten, tenemos la garantía de llegar a la meta, aunque si perdemos en el ínter la paz, podemos de igual manera quedar varados y no avanzar.

Es por ello que cuando nos acercamos a Él y tenemos la valentía de tocarle, al saber que anhelamos su compañía, desborda sus gracias sobre nosotros dándonos la salud integral, la física y sobre todo aquella que no reconocemos que es la del alma y la mente sana. Eso nomás a cuantos lo tocaron.

“Muestra de cómo alimentarnos”

“Muestra de cómo alimentarnos”

Mateo: 14, 13-21

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, subió a una barca y se dirigió a un lugar apartado y solitario. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Cuando Jesús desembarcó, vio aquella muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los enfermos.

Como ya se hacía tarde, se acercaron sus discípulos a decirle: “Estamos en despoblado y empieza a oscurecer. Despide a la gente para que vayan a los caseríos y compren algo de comer”. Pero Jesús les replicó: “No hace falta que vayan. Denles ustedes de comer”. Ellos le contestaron: “No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados”. Él les dijo: “Tráiganmelos”.

Luego mandó que la gente se sentara sobre el pasto. Tomó los cinco panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente. Todos comieron hasta saciarse y con los pedazos que habían sobrado, se llenaron doce canastos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar a las mujeres y a los niños.

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No existe absolutamente nadie que no haya experimentado el hambre y lo que es saciarla, de hecho algo tan básico Dios en su plan lo toma para que de la manera más intrínsecamente sencilla se entienda cómo alimentar de igual manera nuestra alma.

Al igual que en el evangelio, hoy en día siguen las personas desviviéndose por el alimento, incluso no faltan indigentes y personas con necesidad que frecuentan las iglesias para pedir el pan de cada día.

Situación que se debe tomar con delicadeza, porque puede desencadenar una codependencia a vivir permanentemente con la mano estirada para que el otro obligadamente me alimente, y ese no es el plan de Dios. La gente hasta se enoja porque dice que les tenemos que dar, así como Jesús alimentó a su gente.

Lo más fácil es pedir pan, comer y volver a pedir, sin producir ni dar lo mínimo, pero cuando les ofreces trabajo y una oportunidad de salir y ser auto dependientes, se ofenden e insultan haciendo escándalo. 

No basta con pedir pan aún con trabajo, sino que Jesús ofrece un nuevo alimento que sacia el hambre espiritual y calma toda moción negativa para estar libres de opresiones y preocupaciones para poder trabajar e ingeniosamente progresar.

Pero ese pan de vida no lo queremos, tan sólo buscamos el que sacia el estómago, pero no el que sana el alma, por ello ese modelo de alimentación es el que con la multiplicación de los panes está implantando, y no el de poner panadería gratis.