“Atormentados”

Atormentados”

Mateo: 15, 21-28

En aquel tiempo, Jesús se retiró a la comarca de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea le salió al encuentro y se puso a gritar: “Señor, hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”.

Jesús no le contestó una sola palabra; pero los discípulos se acercaron y le rogaban:

“Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros”. Él les contestó:

“Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel”.

Ella se acercó entonces a Jesús y postrada ante Él, le dijo: “¡Señor, ayúdame!” Él le respondió: “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”.

Pero ella replicó: “Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Entonces Jesús le respondió: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas”. Y en aquel mismo instante quedó curada su hija.

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Hoy nuestra cultura ha querido invertir los valores, donde quien asesina se siente iluminado y santo, quien roba cree hacer justicia, quien se desborda en las adicciones de los siete pecados capitales lo justifica afirmando ser parte de la mayoría como lo más ordinario y donde acercarse a Dios, a la Iglesia, lo llaman un tormento.

En realidad viven un tormento sin Dios, donde el odio, rencor, amenazas, ansiedad de poder, avaricia y a todos los llamados pecados se les alimenta para saciar la inestabilidad que desencadenan como una droga que pide cada vez más, y sintiéndose empapados del mismo le dan vuelo hasta perderse en un mar en medio de las tinieblas.

Eso es un verdadero tormento que continúa en la eternidad magnificado y sin la oportunidad de cambiarlo después de la muerte, aunque sí en vida.

Le mentira es la herramienta base para caer en el tormento, que lo presentan con cara de satisfacción, momentánea y asidua. Cautivos de un eterno dolor que se anestesia a sí mismo por la intensidad con que impacta, sin ver la salida fuera y no querer mirar al Señor Jesús que los puede liberar, sobre todo de los vacíos que el mundo y la propia familia crea en nuestros corazones y de los cuales el maligno utiliza para tenernos cautivos.

La fe puede quitar ese tormento, pero depende de la voluntad de querer parar dicho dolor  para vivir en alegría y paz cerca de Dios siendo curados.