“Sordera selectiva”

Lucas 11, 47-54

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos y doctores de la ley: “¡Ay de ustedes, que les construyen sepulcros a los profetas que los padres de ustedes asesinaron! Con eso dan a entender que están de acuerdo con lo que sus padres hicieron, pues ellos los mataron y ustedes les construyen el sepulcro. Por eso dijo la sabiduría de Dios: Yo les mandaré profetas y apóstoles, y los matarán y los perseguirán, para que así se le pida cuentas a esta generación de la sangre de todos los profetas que ha sido derramada desde la creación del mundo, desde la sangre de Abel hasta la de Zacarías, que fue asesinado entre el atrio y el altar. Sí, se lo repito: a esta generación se le pedirán cuentas. 

¡Ay de ustedes, doctores de la ley, porque han guardado la llave de la puerta del saber! Ustedes no han entrado, y a los que iban a entrar les han cerrado el paso”. Luego que Jesús salió de allí, los escribas y fariseos comenzaron a acosarlo terriblemente con muchas preguntas y a ponerle trampas para ver si podían acusarlo con alguna de sus propias palabras. 

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No cabe duda que nuestra formación inicia desde el momento en que nacemos, y la tónica que adoptaremos en nuestra manera de pensar y de actuar, será aquella con la que aprendimos iniciando desde la familia, hasta la cultura inmediata que nos circunda.

Al igual, en aquello que escuchamos, ya que tan sólo para nosotros existe aquella música que nos gusta, y el resto la pasamos por alto. En el plano de la Palabra de Dios, aunque la escuchemos constantemente, si nuestra voluntad no está dispuesta a escuchar y asimilar para la propia vida, tan sólo escucharemos y acomodaremos divinamente lo que nos conviene escuchar.

Es aquí donde la sordera selectiva trae sus consecuencias, ya que todo el mundo que deseamos no escuchar, es parte integral de un todo que nos completa, aunque sea como referencia para la vida, porque eso de quedarnos encerrados en nuestra esquina del universo mental y selectivo, despreciamos un mundo mayor y mejor que el nuestro, porque no vemos la comparación para elegir lo mejor.

El caso se agrava cuando teniendo la verdad Divina tan clara, resulta en falta personal despreciar lo que de suyo es parte de nuestro ser y sobre todo de nuestro desarrollo espiritual. 

La sordera hace que nuestra visión de la realidad, del mundo y de Dios sea incompleta, pero sabiendo indagar y escuchar, el resto se nos da claramente aumentando la capacidad de recibir la gracia de Dios en mejor compresión.

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