“…Ése es mi hermano…”

“…Ése es mi hermano…”

Marcos 3, 31-35

En aquel tiempo, llegaron la madre y los hermanos de Jesús y desde fuera lo mandaron llamar. La gente que tenía sentada alrededor le dijo: Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan. Les contestó: –¿Quienes son mi madre y mis hermanos? Y, paseando la mirada por el corro, dijo: –Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.

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La familia nativa y original en la que Dios pretende enviarnos a este mundo, es un signo ya de el acompañamiento que provee a nuestro lado en la persona de nuestros padres y familiares, nunca nos envía solos, siempre el entorno será cálido y amigable, bueno ese es el plan de Dios, por lo que si en nuestras circunstancias personales no aplica exactamente como tal, no es porque Dios así lo desee, ya que el proceso de tu concepción y venida al mundo implicó a tus potenciales padres en las circunstancias que hayan coincidido en sus vidas, pero si el resto no se dio idealmente, ya no es porque Dios tenga ese plan, sino porque nosotros como seres humanos le cambiamos el proyecto y no respondemos como tal.

Sin embargo, sea o no el plan humano responsable ante el proyecto de la familia, de igual manera Dios re-adapta su plan para hacerlo coincidir con el tuyo, porque nadie en lo absoluto es indeseado de Dios, todos estamos aquí por su designio y por ende con una misión concreta que nos irá revelando en el camino, para lo cual vale la pena estar atentos.

Jesús fue concebido en el mismo plan, sin distinción ante el ser humano, con la excepción de su divinidad y el pecado, respetando el proceso natural del crecimiento ordinario de un ser humano, por ello es parte de una familia, que de igual manera lo acogió desde su nacimiento hasta su vida independiente.

En ese mismo esquema nos incluye a todos y nos hace ser conscientes de que si la familia en tu vida no fue funcional, no importa, te está invitando a ser parte de la nueva familia en la fe, donde recibirás aquello que en su momento no pudiste recibir, y donde podrás desarrollar plenamente tu correcta voluntad y afectos.

Pero si nos cerramos, incluso los que nos decimos hijos de Dios o cristianos, a pretender tan sólo aceptar a los que vienen de familias perfectas, a los buenos, no sólo a la religión, sino a la misma relación amistosa, estamos truncando el plan de la familia de Dios no al rechazar al otro donde sus circunstancias son disfuncionales, sino a encapsularnos en nuestra pseudo-familia “perfecta” que no respeta el proyecto de Dios, y que así es imposible que esté unida a Dios.

Jesús nos recuerda que ya tiene el valor de su propia familia, lo siguen buscando, pero no rechaza e incluye a aquellos en el mismo amor y aceptación a tal grado de llamarlos “ése es mi hermano y mi hermana y mi madre”. Si aún no los incluimos, nos falta.