«¡Silencio, cállate!»

«¡Silencio, cállate!»

Mateo 5, 13-16

Aquel día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: «Vamos a la otra orilla». Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba a popa, dormido sobre un almohadón. Lo despertaron, diciéndole: «Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?». Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: «¡Silencio, cállate!». El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?». Se quedaron espantados y se decían unos a otros: «¿Pero, quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!».

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Parece una dura expresión cuando a alguien le decimos exclamativamente que se calle, parecería una reacción de violencia contra sí y contra la persona afectada, eso en cuanto a las relaciones personales conflictuadas, en ese rubro parecería lo más normal dentro del calor de la una discusión.

Pero no necesariamente debemos de aplicarlo al plano de las relaciones personales, en ocasiones encontramos el mismo ruido en nuestro ambiente laboral, familiar e inclusive aquel en el que voluntariamente recreamos en nuestra mente como un distractor ante la realidad que por el momento nos circunda.

Parece que cuando estamos mas tranquilos, de algún lado acontece alguna contrariedad que viene a romper nuestro esquema de paz, y nos hace reaccionar de mil maneras, cosa que a Jesús no le afecta, es capaz de estar descansando a pesar de la tormenta, y no por que sepa lo que va a pasar, sino porque no se deja llevar ni responde a las amenazas del miedo que se presentan, no le dedica la atención que pretende distraerlo y meterlo en pánico, cosa que si aconteció con sus discípulos, y respondieron como el temor se los sugirió.

Por ello Jesús los reprende, le dan excesiva importancia al acontecimiento y se dejan obsesivamente llevar por el mismo, no los regaña por haberlo despertado, sino por lo frágil que ha sido sus voluntades ante esas circunstancias. No saben callar sus miedos.

Igual nos pasa a nosotros, cualquier amenaza que se presente, ya estamos predispuestos a responder como la misma lo espera, nos hemos hecho vulnerables y débiles ante los acontecimientos que suceden, por lo que es necesario como Jesús callarlos, no permitir que saturen la mente y dispersen nuestra inteligencia, dejándonos discapacitados ante las circunstancias, necesitamos fortalecernos, inclusive callar nuestra propia mente que no para de imaginar lo que si y lo que no será cuando aun no es. 

Es por ello que quien requiere la mayor atención eres tú mismo, no las circunstancias ni los ruidos, para que sepas reaccionar debidamente lo mejor, con serenidad y paz en su momento. Así que a todo lo que no tiene la debida importancia pero que te quiera distraer y perturbar dile «¡Silencio, cállate!».

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