“Odios sin sentido”

“Odios sin sentido”

Juan 15, 18-21

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia. Recordad lo que os dije: «No es el siervo más que su amo. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra». Y todo eso lo harán con vosotros a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió».

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Me parece un tanto difícil comprender la libertad de elección que Dios nos regaló, puesto que dentro de su acto creador de amor, la misma criatura a la cual le ha compartido sus propios dones, se torna engreída y autosuficiente, como si de nadie ni de nada dependiera su propia existencia, pero además con la consigna de odiar a quien le dio todo. 

Eso parece una actitud irresponsable y mal agradecida tal cual, más sin embargo Dios lo permite, nos pareciera inconcebible esa situación, pero para Dios, quien conoce su creación, sabe hasta dónde podemos llegar respetando las personales decisiones aún antagónicas a su ser y eso tan solo por el hecho de que sencillamente su caridad es mucho mayor que nuestro total odio en conjunto. 

Mas sin embrago, consciente de esta tendencia negativa a veces dominante, no deja de advertirnos que ese odio adverso al manifestar el plan de Dios, será algo común en nuestras vidas, y no es problema, porque de igual manera, nos ha dado la capacidad de poder manejar primordialmente el amor, más que lo negativo. 

Lo malo acontece cuando decidimos adoptar como situación de vida lo adverso y negativo, que sería todo lo contrario a plenificarnos en su amor y gracia, porque hemos sido creados para ello.

Es por ello que el verdadero sentido de la vida no es odiar, viene a ser en si mismo un odio sin sentido, sin finalidad, cuando lo que realmente nos llena a de felicidad es el amor y sus vertientes en todo lo que circunde en la caridad. Por lo que nosotros decidimos, si debemos odiar sin sentido, u amar con propiedad..

“Amistades”

“Amistades”

Juan 15, 12-17

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os ha elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros».

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Parece que hoy en día ya cualquiera se dice amigo, simplemente porque se le saluda o se le conoce un poco y, negativamente se enfatizan como más cercanas aquellas basadas en los errores y pecados comunes en los que se apoyan mutuamente, como si fueran una virtud a presumir o algo de que mofarse como lo máximo. 

Y es que una verdadera amistad debe de basarse de igual manera en el amor, en el respeto, la mutua autoayuda y corrección fraterna, porque al amigo se le ama, pero cuando no se basa en el amor sino tan solo en la conveniencia, el miedo a la soledad y el compañerismo, pero al paso del tiempo y de las circunstancias terminan, porque no eran real y verdaderamente amigos, no se amaban tanto como para valorarse y mantener la relación. 

Sin embargo Jesús es lo que predica, amarnos, pero si no sabemos amar al hermano, entonces es muestra clara, de que no se ha sabido acercarse al amor de Dios, porque un amor refleja al otro. 

Es necesario primero conocer y saber cuan grande es el amor de Dios que realmente nos tiene, asimilarlo para con ese mismo amor medir, amar y respetar a los demás. 

“Consecuencias”

“Consecuencias”

Juan 15, 9-11

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud».

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Tantas veces hemos puesto la atención en el afirmar que la vida tiene de todo, bueno y malo, y lo es, pero si estamos predispuestos a esta alternancia le daremos toda la atención a lo malo y estaremos inmutables en la bonanza, lo remarco de tal manera que si también hacemos nuestro lo malo como algo natural y ordinario, es seguro que tendrá su consecuencia lógica de igual manera. 

Podríamos pensar que es lo normal, sí, y es que ya nos impusimos a ello, cuando hoy en el evangelio remarca una mejor propuesta y esa es permanecer en Su amor, conociendo y respetando los mandamientos, que no son una imposición obligada, sino unas recomendaciones para no perder el rumbo, para no olvidarnos de cuanto Dios nos ama, para no dar cabida al mal que da tristeza e infelicidad porque lo recibimos como “lo normal” con las puertas abiertas de par en par ya listos a sufrir y a remarcarlo como tal, aunque no valga la pena porque nada solucionas con ello.

Así llegan las consecuencias negativas con todo lo que dan y mas. No digo que en el Amor de Dios todo será vida y dulzura, claro que habrá adversidades, pero qué diferencia verás cuando tu plataforma sea el amor y la paciente caridad que te brinda la armonía necesaria en el peor dolor a diferencia de recibirlos predispuestos en remarcar el odio y el dolor porque llegaron. 

Las consecuencias serán tal cual como tú las manejes, como tu preparación y reacción lo permita, como desees manejar el problema, si visceralmente o ecuánimemente con la paz que otorga el permanecer en su amor. Sólo así crecemos y nuestro amor llega de igual manera a su plenitud.

“Gracia más efectiva que Magia”

“Gracia más efectiva que Magia”

Juan 15, 1-8

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos».

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Ante tanta propaganda y anuncios supersticiosos llenos de sortilegios, magias, hadas y adivinaciones por doquier, podemos abrir la esperanza a la posibilidad de las soluciones mágicas ante nuestras necesidades o proyectos ficticios olvidando la maravillosa realidad.

Nuestra mente es tan vasta y variada, que puede brincar de un estado a otro instantáneamente y en automático, esperando soluciones pasivas, sin nosotros mover tan sólo un dedo y por ende sin ningún esfuerzo o compromiso. Deseamos que el problema provocado por nosotros y nuestras actitudes, de las que ni conscientes somos por dicha atención y distracción en lo fantasioso, y que así de igual manera e inconsecuentemente deseamos se vaya. 

Más como lo cita el evangelio, hay que permanecer unidos a la vid, unidos a la realidad y unidos a la verdad, porque lo que fácil o mágicamente viene, fácil y mágicamente se va, sin inmutarnos, pero a su vez sin hacernos crecer.

Unidos a la vid, unidos a Cristo, garantiza la sabia directa para crecer y asirse firmemente, aún si los vientos son violentos o la sequía es dura, es mucho mejor abismalmente que no estar unidos a nada o a ficticias y efímeras fantasías. Por ello indudablemente la gracia es incalculablemente mayor a la magia, además de que la gracia sí es real. 

Felipe y Santiago apóstoles

Felipe y Santiago apóstoles

Juan 14,6-14

En aquel tiempo, dijo Jesús a Tomás: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.»

Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta.»

Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, hace sus obras, Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre; y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré.»

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Felipe era originario de Betsaida de Galilea. San Juan habla de él varias veces en el Evangelio. Narra que el Señor Jesús llamó a Felipe al día siguiente de las vocaciones de San Pedro y San Andrés. De los Evangelios se deduce que el Santo respondió al llamado del Señor .Escritores de la Iglesia primitiva y Eusebio, historiador de la Iglesia, afirman que San Felipe predicó el Evangelio en Frigia y murió en Hierápolis. Papías, obispo de este lugar, supo por las hijas del apóstol, que a Felipe se le atribuía el milagro de la resurrección de un muerto.

A Santiago se le llama “el Menor” para diferenciarlo del otro apóstol, Santiago el Mayor (que fue martirizado poco después de la muerte de Cristo).

El evangelio dice que era de Caná de Galilea, que su padre se llamaba Alfeo y que era familiar de Nuestro Señor. Es llamado “el hermano de Jesús”, no porque fuera hijo de la Virgen María, la cual no tuvo sino un solo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, sino porque en la Biblia se le llaman “hermanos” a los que provienen de un mismo abuelo: a los primos, tíos y sobrinos (y probablemente Santiago era “primo” de Jesús, hijo de alguna hermana de la Sma. Virgen). En la S. Biblia se lee que Abraham llamaba “hermano” a Lot, pero Lot era sobrino de Abraham. Y se le lee también que Jacob llamaba “hermano” a Laban, pero Laban era tío de Jacob. Así que el decir que alguno era “hermano” de Jesús no significa que María tuvo más hijos, sino que estos llamados “hermanos”, eran simplemente familiares: primos, etc.

San Pablo afirma que una de las apariciones de Jesús Resucitado fue a Santiago. Y el libro de Los Hechos de los Apóstoles narra cómo en la Iglesia de Jerusalén era sumamente estimado este apóstol. (Lo llamaban “el obispo de Jerusalén”). San Pablo cuenta que él, la primera vez que subió a Jerusalén después de su conversión, fue a visitar a San Pedro y no vio a ninguno de los otros apóstoles, sino solamente a Santiago. Cuando San Pedro fue liberado por un ángel de la prisión, corrió hacia la casa donde se hospedaban los discípulos y les dejó el encargo de “comunicar a Santiago y a los demás”, que había sido liberado y que se iba a otra ciudad (Hech. 12,17). Y el Libro Santo refiere que la última vez que San Pablo fue a Jerusalén, se dirigió antes que todo “a visitar a Santiago, y allí en casa de él se reunieron todos los jefes de la Iglesia de Jerusalén” (Hech. 21,15). San Pablo en la carta que escribió a los Gálatas afirma: “Santiago es, junto con Juan y Pedro, una de las columnas principales de la Iglesia”. (Por todo esto se deduce que era muy venerado entre los cristianos).

Cuando los apóstoles se reunieron en Jerusalén para el primer Concilio o reunión de todos los jefes de la Iglesia, fue este apóstol Santiago el que redactó la carta que dirigieron a todos los cristianos (Hechos 15).

Hegesipo, historiador del siglo II dice: “Santiago era llamado ‘El Santo’. La gente estaba segura de que nunca había cometido un pecado grave. Jamás comía carne, ni tomaba licores. Pasaba tanto tiempo arrodillado rezando en el templo, que al fin se le hicieron callos en las rodillas. Rezaba muchas horas adorando a Dios y pidiendo perdón al Señor por los pecados del pueblo. La gente lo llamaba: ‘El que intercede por el pueblo’”. Muchísimos judíos creyeron en Jesús, movidos por las palabras y el buen ejemplo de Santiago. Por eso el Sumo Sacerdote Anás II y los jefes de los judíos, un día de gran fiesta y de mucha concurrencia le dijeron: “Te rogamos que ya que el pueblo siente por ti grande admiración, te presentes ante la multitud y les digas que Jesús no es el Mesías o Redentor”. Y Santiago se presentó ante el gentío y les dijo: “Jesús es el enviado de Dios para salvación de los que quieran salvarse. Y lo veremos un día sobre las nubes, sentado a la derecha de Dios”. Al oír esto, los jefes de los sacerdotes se llenaron de ira y decían: “Si este hombre sigue hablando, todos los judíos se van a hacer seguidores de Jesús”. Y lo llevaron a la parte más alta del templo y desde allá lo echaron hacia el precipicio. Santiago no murió de golpe sino que rezaba de rodillas diciendo: “Padre Dios, te ruego que los perdones porque no saben lo que hacen”.

El historiador judío, Flavio Josefo, dice que a Jerusalén le llegaron grandes castigos de Dios, por haber asesinado a Santiago que era considerado el hombre más santo de su tiempo.

Este apóstol redactó uno de los escritos más agradables y provechosos de la S. Biblia. La que se llama “Carta de Santiago”. Es un mensaje hermoso y sumamente práctico. Ojalá ninguno de nosotros deje de leerla. Se encuentra al final de la Biblia. Allí dice frases tan importantes como estas: “Si alguien se imagina ser persona religiosa y no domina su lengua, se equivoca y su religión es vana”. “Oh ricos: si no comparten con el pobre sus riquezas, prepárense a grandes castigos del cielo”. “Si alguno está triste, que rece. Si alguno se enferma, que llamen a los presbíteros y lo unjan con aceite santo, y esa oración le aprovechará mucho al enfermo” (de aquí sacó la Iglesia la costumbre de hacer la Unción de los enfermos). La frase más famosa de la Carta de Santiago es esta: “La fe sin obras, está muerta”.

Fuente: churchforum.org

“Primero amar, segundo actuar”

“Primero amar, segundo actuar”

Juan 14, 21-26

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: –«El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él».

Le dijo Judas, no el Iscariote: –«Señor, ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?»

Respondió Jesús y le dijo: –«El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él.

El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.

Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho».

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Uno de los esquemas pedagógicos de Jesús implica, más que un aprendizaje intelectual o memorizado, una experiencia fundamentada de raíz en la profunda convicción de ser elegidos preferencialmente no por nuestra trayectoria heroica, sino por la capacidad exponencial de responder certeramente al fin que se nos pide en libertad y todo a sabiendas de que previamente se nos fue otorgado. 

Por ello Judas pregunta el por qué primeramente se les revela a ellos, y es que el mensaje a transmitir no es cualquier mensaje, sino la misma Palabra de Dios, que expresa y manifiesta el mismo ser de Dios así como su voluntad, para lo que se requiere una formación a voluntad, no para replicar una frase, sino para dar un pleno testimonio vivencial. 

Es imprescindible estar receptivos en una actitud de amor y no de simples contenedores que en su momento vacían su contenido, ya que en el amor se revela el por qué y para qué prudentemente se depositará ese contenido valioso. 

No basta ir de casa en casa exigiendo moralmente que los demás se porten bien, es necesaria previamente la caridad para que los demás se sientan en confianza y de igual manera receptivos. 

Porque si tan sólo remarcamos lo negativo, la actitud del otro será de defensa ante un ataque personal a su intimidad y eso no es evangelizar. Por ello es necesario primero amar para poder actuar. 

“Permanecer en…”

“Permanecer en…”

Juan 15, 1-7

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: –«Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador.

A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.

Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros.

Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada.

Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.

Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis, y se realizará.

Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos».

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El éxito de algún plan dentro de nuestros objetivos, no depende de la buena intención que tengamos en el mismo, ya que denota la falta de interés y a veces la flojera de iniciarlo concretamente con hechos reales.

Es una realidad que hemos sido desde siempre seres relacionales por naturaleza y también es un hecho que nos hemos desarrollado basados en la ayuda mutua que brinda el vivir en sociedad, ya que aprovechamos lo que otros aportan y de igual manera los demás lo que yo puedo proporcionar.

A veces hay una falsa concepción de autonomía, de libertad incondicional, cuando en realidad estamos condicionados a crecer y desarrollarnos a partir de permanecer en relación con los demás, ya sea para obtener unos zapatos o una botella de agua, cosa que solo, se complica.

Es de suyo una bendición la comunidad, porque gracias a ella somos quien somos, con sus múltiples relaciones y servicios, hasta con sus complicaciones y problemas que nos hacen crecer.

Más sin embargó ya adentrados en esta permanecía-dependencia muy benéfica y abierta al crecimiento, es donde Jesús nos invita sin aspavientos y en el mismo esquema, a permanecer unidos a Él, siempre lo hemos estado, pero ahora de una manera consciente y basada en la voluntad afectiva cercana.

Curiosamente permanecemos unidos a todo, excepto a Dios, que es con quien más nos conviene estar unidos, porque para dar mucho fruto abundantemente y hasta en exceso hay que permanecer unidos a Él, de otra manera no se puede en esas cantidades.