“Vivir en el orden y no en el caos”

“Vivir en el orden y no en el caos”

Mateo: 11, 25-30

En aquel tiempo, Jesús exclamó: “¡Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien. El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga y yo les daré alivio. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga, ligera”.

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Que pena es saber que una persona, en medio de sus cansancios, desborde sus debilidades y éstas dominen su actuar y pensar, a tal grado de considerar que hacer un mal, le hará sentirse bien a manera de desfogue o venganza.

Si entramos en conflicto con alguien, precisamente se nos vienen esos malos pensamiento de hacer algo para dañar de alguna manera a la otra persona, generamos un caos donde olvidamos que estamos inmiscuidos en el mismo y que de igual manera nos afectará, ya que ofender o dañar a alguien, lleva consecuencias lógicas a nuestra vida, así como responsabilidades.

Dios no nos ha dado tanta gracia y tantos beneficios para que los utilicemos como herramientas del caos, sino todo lo contrario, ya que esos métodos violentos no conllevan nada bueno ni para nosotros, ni para los nuestros.

Es por ello que hoy nos recuerda, como Dios se presenta como una solución a todo, llena de paz, donde obtendremos mejores soluciones tranquilas, y no ofensoras ni desesperadas por la reacción inmediata del dolor que no sabemos manejar.

Un corazón manso y humilde, puede manejar todo con sabiduría, sin fatiga y con excelentes resultados, mejores de los que siembra el caos tanto interno como el que ocasionamos como reacción al exterior y contra los demás, aún siendo cercanos a nosotros y que amamos. 

Por ello la invitación es a conformar nuestro corazón al suyo, acercándonos y dejándonos impregnar de todo lo bueno que trae para nosotros, desde el orden, y no desde el caos que nos invita a acrecentarlo día a día. 

“Nosotros sí ayunamos…”

“Nosotros sí ayunamos…”

Mateo: 9, 14-17

En aquel tiempo, los discípulos de Juan fueron a ver a Jesús y le preguntaron: “¿Por qué tus discípulos no ayunan, mientras nosotros y los fariseos sí ayunamos?” Jesús les respondió: “¿Cómo pueden llevar luto los amigos del esposo, mientras él está con ellos? Pero ya vendrán días en que les quitarán al esposo, y entonces sí ayunarán.

Nadie remienda un vestido viejo con un parche de tela nueva, porque el remiendo nuevo encoge, rompe la tela vieja y así se hace luego más grande la rotura.

Nadie echa el vino nuevo en odres viejos, porque los odres se rasgan, se tira el vino y se echan a perder los odres. El vino nuevo se echa en odres nuevos y así las dos cosas se conservan”.

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En medio de una cultura que ignora a la mayoría, aunque en realidad la tenga presente y hasta le fiscalice en cada centavo que invierta o gaste, queda la sensación de que no valemos si alguien no nos reconoce por los parámetros que establece el mundo y la sociedad actual, aquella a la que deseamos pertenecer porque eso es lo que se nos ha inculcado como necesario, claro para sus propios fines y estándares vacíos.

Entonces es necesario acentuar todo cuando hacemos, para que el resto note que ahí estoy y que es importante lo que hago, así echo en cara y juzgo cuando alguien no llene el estándar o falle al respecto. Es cuando puedo remarcar que yo si lo hago bien y el otro no, cuando en realidad manifestamos un vacío existencial que amerita aprovechar la oportunidad para gritar que existo.

Similar a cuando los discípulos de Jesús, sin depender de lo que diga el mundo, hacen su labor de manera eficaz y sin mayor preocupación del qué dirán, porque saben lo que realizan apoyados en la paz que le brinda seguir a su Señor; es entonces cuando el resto que quiere seguir la norma establecida, echa en cara la falta de cumplimiento de esas normas, que aunque no sean gratas, se realizan por imposición, sin liberar la felicidad de la que debería ir acompañada.

Juzgar es la herramienta para desencadenar ese proceso de remarcar mi vacío, para rellenarlo de esa atención que me hace sentirme tomado en cuenta y cumplidor de una norma, olvidando que hay que saber aplicarla al momento y al tiempo preciso, que precisamente no es el que viven aquellos que gozan de la presencia de su Señor mientras está con ellos y eso basta, ya que santifica más que la norma, por ello, discernir es un don que se le otorga a quien sabe elegir el mejor momento y cómo vivirlo para ser feliz y santificarse con ello.

“La perfección se auto limita”

“La perfección se auto limita”

Mateo: 9, 9-13

En aquel tiempo, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado a su mesa de recaudador de impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él se levantó y lo siguió.

Después, cuando estaba a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores se sentaron también a comer con Jesús y sus discípulos. Viendo esto, los fariseos preguntaron a los discípulos: “¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?” Jesús los oyó y les dijo: “No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos. Vayan, pues, y aprendan lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”.

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Es una pena encontrarnos con situaciones en donde las personas creen que porque hacen un supuesto bien, con eso basta para sentirse graduados en santidad y superiores, con el poder de juzgar a quien se equivoca, sin ayudar al que poco a poco va creciendo en el camino de perfeccionar sus dones y criterios.

Sentirnos perfectos es tan negativo como quien se siente imperfecto, a saber que ninguna de las dos situaciones atañe a la realidad efectiva, ya que solemos estancarnos y exagerar ya sea una o la otra.

Y es que la perfección que conocemos, es gradual, cada vez más podemos crecer en ella, hasta llegar a la altura de nuestro Padre Celestial, que capacidad tenemos para ello, pero falta saltar al siguiente nivel, ya que cuando nos quedamos en cierto tipo de perfección a los ojos personales o del mundo, en realidad la estamos limitando a no ir más allá y quedarnos cómodamente con esa imagen que brindamos, pero que en su momento caduca.

No hay como sentir la satisfacción por el bien realizado, porque da gozo y alegría, pero sin olvidar que se trata de una actitud dinámica, que una vez habiendo llegado a una meta, estamos más que capacitados para el siguiente reto que nos santificará aún más, y así progresivamente. 

Es por ello que sentirnos perfectos nos autolimita a crecer, y sobre todo a aceptar a aquellos que podemos a la par dar la mano en el camino recorrido y superado, he ahí la verdadera misericordia.

“Pensar mal”

Pensar mal”

Mateo: 9, 1-8

En aquel tiempo, Jesús subió de nuevo a la barca, pasó a la otra orilla del lago y llegó a Cafarnaúm, su ciudad. En esto, trajeron a donde Él estaba a un paralítico postrado en una camilla. Viendo Jesús la fe de aquellos hombres, le dijo al paralítico: “Ten confianza, hijo. Se te perdonan tus pecados”.

Al oír esto, algunos escribas pensaron: “Este hombre está blasfemando”. Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, les dijo: “¿Por qué piensan mal en sus corazones? ¿Qué es más fácil: decir ‘Se te perdonan tus pecados’, o decir ‘Levántate y anda’? Pues para que sepan que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados, —le dijo entonces al paralítico—: Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”.

Él se levantó y se fue a su casa. Al ver esto, la gente se llenó de temor y glorificó a Dios, que había dado tanto poder a los hombres.

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Una constante lucha del ser humano en medio de esta cultura, saturada de necesidades, unas reales, y otras totalmente ficticias e inventadas, con el fin de hacernos sentir incompletos, además dentro del estrés del día a día a un ritmo acelerado y vertiginoso, siendo sinceros, por más sensatos que seamos, todo nos lleva en medio del cansancio a pensar y opinar mal de todo.

Situación a la que Jesús se enfrenta ya como un mal decadente y permanente en la historia de la humanidad, claro consecuencia directa del pecado en general, por el malestar y la infelicidad que conlleva, que no es castigo, sino resultado evidente de una mala acción o un mal vivir, situación que pretende cambiar y como ejemplo directo tenemos el caso del paralítico. 

Las personas, que presencian el milagro, en vez de alegrarse, buscan el veneno para esparcirlo, y Jesús no se queda callado, no permite que se disperse el mal sembrado, lo frena y lo hace evidente, no importa que quien lo promueva tenga un lugar importante en la comunidad.

No se realiza el cambio de inmediato, porque un corazón empedernido, tiene que ablandarse de poco a poco hasta convertiste en valioso y de oro. Pero el bien ya quedó sembrado y en su momento dará fruto.

Por ello es indispensable no permitir que el mal pensamiento siga esparciéndose, hay que frenarlo en cuanto sea posible, y promover el bien que habla más que el mal, aunque el mal parezca todo lo contrario y siembre temor, que de ahí no pasa.

“¿Con quién andas?”

“¿Con quién andas?”

Mateo: 8, 28-34

En aquel tiempo, cuando Jesús desembarcó en la otra orilla del lago, en tierra de los gadarenos, dos endemoniados salieron de entre los sepulcros y fueron a su encuentro. Eran tan feroces, que nadie se atrevía a pasar por aquel camino. Los endemoniados le gritaron a Jesús: “¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Acaso has venido hasta aquí para atormentarnos antes del tiempo señalado?”

No lejos de ahí había una numerosa piara de cerdos que estaban comiendo. Los demonios le suplicaron a Jesús: “Si vienes a echarnos fuera, mándanos entrar en esos cerdos”. Él les respondió: “Está bien”.

Entonces los demonios salieron de los hombres, se metieron en los cerdos y toda la piara se precipitó en el lago por un despeñadero y los cerdos se ahogaron.

Los que cuidaban los cerdos huyeron hacia la ciudad a dar parte de todos aquellos acontecimientos y de lo sucedido a los endemoniados. Entonces salió toda la gente de la ciudad al encuentro de Jesús, y al verlo, le suplicaron que se fuera de su territorio.

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No es raro que encontremos personas que se apegan a ciertas amistades ya sea porque suplen sus necesidades de ser amados y aceptados, o tan sólo porque piensan como tú y de dan siempre por tu lado; por otro lado encontramos a quienes no dependen de nadie y hasta pensamos que viven en soledad, según nuestro criterio, pero que en realidad están bien y son felices.

Otras veces las amistades se convierten en un recipiente dónde volcar nuestros ímpetus sean buenos o malos. Pero sin excepción toda relación manifiesta un poco lo que trae nuestro corazón.

De tal manera que quien trae paz, busca a aquellos que inciden en ese estado y lo desean compartir con quien la ha perdido; aunque por el contrario, encontramos que quienes no tiene paz ni sosiego, no tardan en frecuentar a quienes padecen del mismo sufrimiento y desesperación, tratando de mitigarlo con un sinfín de cosas que llegan no a buen término porque se convierten en adicciones.

Caso muy concreto con los endemoniados, unidos en su mismo mal, y que al ser expulsados por Jesús de la vida de esas persona, piden unirse los cerdos, nada digno, sino de su igual condición, ya que el mal, busca lo que está sucio, y por ende no llega a buen fin, como lo dice el evangelio, se despeñaron y ahogaron, por no buscar ni ayuda, ni el bien.

Es por ello importante el saber a quiénes frecuentas en amistad, porque si no tienen paz, pueden llevarte al igual que los cerdos a despeñarte y ahogarte en sus propias circunstancias, cuando el Señor no deja de alejarnos de aquello que nos daña y nos pierde sin remedio.

“Señor, ¡sálvanos, que perecemos!”

“Señor, ¡sálvanos, que perecemos!”

Mateo 8, 23-27

 En aquel tiempo, Jesús subió a una barca junto con sus discípulos. De pronto se levantó en el mar una tempestad tan fuerte, que las olas cubrían la barca; pero él estaba dormido. Los discípulos lo despertaron, diciéndole: “Señor, ¡sálvanos, que perecemos!” El les respondió: “¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?” Entonces se levantó, dio una orden terminante a los vientos y al mar, y sobrevino una gran calma. Y aquellos hombres, maravillados, decían: “¿Quién es éste, a quien hasta los vientos y el mar obedecen?”

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Cuando vamos por la vida, en el camino en cierta manera nos sentimos seguros al saber que somos personas sociables y que vivimos en sociedad. Si no recibimos apoyo de unos, en su medida lo recibimos de otros, y aunque a veces nos sintamos solos, en realidad no lo estamos, sobre todo en la proximidad.

Pero aún estando cerca de cualquier hermano, en ciertas ocasiones, cuando las circunstancias son adversas, sentimos que el mundo se nos viene encima, además de percibir un sentimiento de aislamiento, pensando que estamos solos en el mundo con nuestra situación muy personal que satura nuestra mente y corazón.

En varias ocasiones el Señor permite que se presenten dichos sentimientos, no porque Él los provoque, o se deleite en ello, para nada, al contrario, tan cerca está de nosotros y tan ordinario como un amigo al pendiente de tu vida o tus padres, que ni percibes su apoyo porque estás acostumbrado a ello.

Permite eso, porque nosotros somos los que dejamos de valorar su presencia y, al darnos cuenta no de su ausencia, sino de su necesario apoyo, es cuando viene el sentimiento de vulnerabilidad en nosotros, sentimiento a veces necesario para revalorar lo que tenemos.

A su vez, olvidamos que Jesús está en la misma barca que nosotros, olvidamos quién es, lo ubicamos como un proveedor de ciertas necesidades, pero no como quien está totalmente entregado a ti. Y ese grito desesperado, habla de nuestra falta de confianza y hasta vergüenza debería darnos, porque ese grito: “Señor, ¡sálvanos, que perecemos!” realmente sale sobrando, simplemente, no deja de ser una muestra de nuestra falta de fe en Él.

Tan necesaria es la confianza en Jesús, que sin ella, no entendemos el milagro ya de la propia vida ordinaria que llevamos, ni tampoco entenderemos a dónde vamos ni quién es Él. Por consiguiente, mucho menos sus milagros concretos.

Un poco más de confianza, no perjudica tu vida, al contrario, la renueva y actualiza.

“Santos Pedro y Pablo, Apóstoles”

“Santos Pedro y Pablo, Apóstoles”

Juan: 21, 15-19

En aquel tiempo, le preguntó Jesús a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” Él le contestó: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis corderos”.

Por segunda vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Él le respondió: “Sí, Señor; tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Pastorea mis ovejas”.

Por tercera vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?” Pedro se entristeció de que Jesús le hubiera preguntado por tercera vez si lo quería, y le contestó: “Señor, tú lo sabes todo; tú bien sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas.

o te aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías la ropa e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás los brazos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras”. Esto se lo dijo para indicarle con qué género de muerte habría de glorificar a Dios. Después le dijo: “Sígueme”.

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Tan atrás como en el siglo cuarto se celebraba una fiesta en memoria de los Santos Pedro y Pablo en el mismo día, aunque el día no era el mismo en Oriente que en Roma. El Martirologio Sirio de fines del siglo cuarto, que es un extracto de un catálogo Griego de santos del Asia Menor, indica las siguientes fiestas en conexión con la Navidad (25 de diciembre): 26 dic. San Estéban; 27 dic. Santos Santiago y Juan; 28 dic. Santos Pedro y Pablo.

La fiesta principal de los Santos Pedro y Pablo se mantuvo en Roma el 29 de junio tan atrás como en el tercero o cuarto siglo. La lista de fiestas de mártires en el Cronógrafo de Filócalo coloca esta nota en la fecha – “III. Kal. Jul. Petri in Catacumbas et Pauli Ostiense Tusco et Basso Cose.” (=el año 258) . El “Martyrologium Hieronyminanum” tiene, en el Berne MS., la siguiente nota para el 29 de junio: “Romae via Aurelia natale sanctorum Apostolorum Petri et Pauli, Petri in Vaticano, Pauli in via Ostiensi, utrumque in catacumbas, passi sub Nerone, Basso et Tusco consulibus” (ed. de Rossi–Duchesne, 84).

La fecha 258 en las notas revela que a parir de ese año se celebraba la memoria de los dos Apóstoles el 29 de junio en la Vía Apia ad Catacumbas (cerca de San Sebastiano fuori le mura), pues en esta fecha los restos de los Apóstoles fueron trasladado allí (ver arriba). Más tarde, quizá al construirse la iglesia sobre las tumbas en el Vaticano y en la Vía Ostiensis, los restos fueron restituidos a su anterior lugar de descanso: los de Pedro a la Basílica Vaticana y los de Pablo la iglesia en la Vía Ostiensis.

En el sitio Ad Catacumbas se construyó, tan atrás como en el siglo cuarto, una iglesia en honor de los dos Apóstoles. Desde el año 258 se guardó su fiesta principal el 29 de junio, fecha en la que desde tiempos antiguos se celebraba el Servicio Divino solemne en las tres iglesias arriba mencionadas (Duchesne, “Origines du culte chretien”, 5ta ed., París, 1909, 271 sqq., 283 sqq.; Urbano, “Ein Martyrologium der christl. Gemeinde zu Rom an Anfang des 5. Jahrh.”, Leipzig, 1901, 169 sqq.; Kellner, “Heortologie”, 3ra ed., Freiburg, 1911, 210 sqq.). La leyenda procuró explicar que los Apóstoles ocupasen temporalmente el sepulcro Ad Catacumbas mediante la suposición que, enseguida de la muerte de ellos los Cristianos del Oriente deseaban robarse sus restos y llevarlos al Este. Toda esta historia es evidentemente producto de la leyenda popular.

Una tercera festividad de los Apóstoles tiene lugar el 1 de agosto: la fiesta de las Cadenas de San Pedro. Esta fiesta era originariamente la de dedicación de la iglesia del Apóstol, erigida en la Colina Esquilina en el siglo cuarto. Un sacerdote titular de la iglesia, Filipo, fue delegado papal al Concilio de Éfeso en el año 431. La iglesia fue reconstruida por Sixto II (432) a costa de la familia imperial Bizantina. La consagración solemne pudo haber sido el 1 de agosto, o este fue el día de la dedicación de la anterior iglesia. Quizá este día fue elegido para sustituir las fiestas paganas que se realizaban el 1 de agosto. En esta iglesia, aún en pié (S. Pietro en Vincoli), probablemente se preservaron desde el siglo cuarto las cadenas de San Pedro que eran muy grandemente veneradas, siendo considerados como reliquias apreciadas los pequeños trozos de su metal.

De tal modo, la iglesia desde muy antiguo recibió el nombre in Vinculis, convirtiéndose la fiesta del 1 de agosto en fiesta de las cadenas de San Pedro (Duchesne, op. cit., 286 sqq.; Kellner, loc. cit., 216 sqq.). El recuerdo de ambos Pedro y Pablo fue más tarde relacionado con dos lugares de la antigua Roma: la Vía Sacra, en las afueras del Foro, adonde se decía que fue arrojado al suelo el mago Simón ante la oración de Pedro y la cárcel Tullianum, o Carcer Mamertinus, adonde se supone que fueron mantenidos los Apóstoles hasta su ejecución.

También en ambos lugares se erigieron santuarios de los Apóstoles y el de la cárcel Mamertina aún permanece en casi su estado original desde la temprana época Romana. Estas conmemoraciones locales de los Apóstoles están basadas en leyendas y no hay celebraciones especiales en las dos iglesias. Sin embargo, no es imposible que Pedro y Pablo hayan sido confinados en la prisión principal de Roma en el fuerte del Capitolio, de la cual queda como un resto la actual Carcer Mamertinus.

Fuente: Aciprensa.com

“Recibir bendiciones en personas”

“Recibir bendiciones en personas”

Mateo: 10, 37-42

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí, la salvará. Quien los recibe a ustedes me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado.

El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo. Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa”.

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Cada vez más se está perdiendo la capacidad de santificarnos a través de la hospitalidad que se sacrifica en pro de la seguridad, ya no es tan fácil recibir a extraños, y en cierta medida es razonable, porque las personas así como las comunidades y la sociedad en general ha perdido los valores fundamentales que daban confianza al otro.

Una antigua tradición remarca cómo Dios permite que sus bendiciones lleguen a ti a través de aquellas personas que se han consagrado a Él y que tratan de vivir los valores del Reino de los cielos en medio de un mundo infestado de pobreza espiritual y saturado de pecado como lo ordinario del día a día.

Recibrirlos, ayudarlos, acompañarlos y convivir con ellos, es un gran valor, ya que el mundo en medio de sus temores al compromiso o, al miedo reverencial a la persona por no saber tratar a los consagrados a Dios, no porque sean entes distintos del resto, sino que su función radica en dar un testimonio efectivo de que se puede vivir en y con la gracia de Dios en cualquier circunstancia.

De tal manera que hacerlos parte de nuestra vida, es aceptar que su misión de alguna manera la apoyamos, y claro, Dios no deja de bendecirnos. Si de suyo Dios bendice cuanta obra buena hagamos con nuestros prójimos, con cuánta mayor razón no dejará sin recompensa a quien tan sólo les de un vaso de agua con buena voluntad por ser enviados del Señor.

Es por ello que vale la pena abrir el corazón y nuestras puertas a la gracia de Dios, ya sea en los sacramentos de la Iglesia o en sus personas.

“Hizo suyas nuestras debilidades…”

“Hizo suyas nuestras debilidades…”

Mateo: 8, 5-17

En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaúm, se le acercó un oficial romano y le dijo: “Señor, tengo en mi casa un criado que está en cama, paralítico, y sufre mucho”. Él le contestó: “Voy a curarlo”.

Pero el oficial le replicó: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa; con que digas una sola palabra, mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; cuando le digo a uno: ‘¡Ve!, él va; al otro: ¡Ven!’, y viene; a mi criado: ¡Haz esto!’, y lo hace”.

Al oír aquellas palabras, se admiró Jesús y dijo a los que lo seguían: “Yo les aseguro que en ningún israelita he hallado una fe tan grande. Les aseguro que muchos vendrán de oriente y de occidente y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos. En cambio, a los herederos del Reino los echarán fuera, a las tinieblas. Ahí será el llanto y la desesperación”.

Jesús le dijo al oficial romano: “Vuelve a tu casa y que se te cumpla lo que has creído”. Y en aquel momento se curó el criado.

Al llegar Jesús a la casa de Pedro, vio a la suegra de éste en cama, con fiebre. Entonces la tomó de la mano y desapareció la fiebre. Ella se levantó y se puso a servirles.

Al atardecer le trajeron muchos endemoniados. Él expulsó a los demonios con su palabra y curó a todos los enfermos. Así se cumplió lo dicho por el profeta Isaías: Él hizo suyas nuestras debilidades y cargó con nuestros dolores.

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No cualquiera puede comprometerse tan cercanamente como Dios ante nuestras responsabilidades y consecuencias tanto negativas como positivas de las mismas. Por lo general cuando te va bien, la conveniencia dimana a raudales la amistad y la cercanía, pero no sea que tienen un problema porque todo mundo te abandona, sus miedos y orgullos impiden acercarse ante quien ha sufrido una desdicha o un infortunio. 

Sin embargo aquellos realmente fortalecidos y sinceros son los que permanecen, los que te acompañan en tu dolor y todo el proceso que conlleva. Aquellos que se han alimentado en medio de sus propias calamidades del Señor, que les ha dado una consciencia plena, haciéndose más humanos, a diferencia de quien se pone a juzgar sin saber siquiera en la situación de dolor en la que se encuentra la otra persona porque ni idea tiene, en medio de su confort y confianza en su entorno, de lo que se puede sufrir.

Es una pena ver cómo te abandonan cuando padeces una calumnia, pero a la vez es un momento de gracia donde puedes ver con claridad a quienes en realidad valen la pena y permanecen a pesar de las circunstancias. 

Jesús es uno de ellos, ya que ha querido hacerse uno de nosotros, incluso en el dolor y desde el sufrimiento levantarnos, porque más bajo no se puede caer, ya que hizo suyas nuestras debilidades para poder entender cuanto amor podemos entregar a pesar de la adversidades y no tan sólo cómodamente desde el bienestar, por el que se pelea y hasta atacan por mantener.

No olvides que cualquier dolor por grande que lo percibas, hay quien ya lo vivió y nos ayuda a llevarlo a buen fin, y ese es el Señor, que no le cuentan cuanto duele, sino que lo experimentó y nos levanta ampliamente sin dudar desde cualquier situación.

“Entrega la Ofrenda…”

“Entrega la Ofrenda…”


Mateo 8, 1-4


En aquel tiempo, al bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente. En esto, se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo: —Señor, si quieres, puedes limpiarme.

Extendió la mano y lo tocó diciendo: —¡Quiero, queda limpio!

Y enseguida quedó limpio de la lepra. Jesús le dijo: —No se lo digas a nadie, pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés.


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Cuando somos recurrentes a Dios, ya sea a través de la oración, ya sea a través de los sacramentos, nuestra actitud no debería de ser de trueque, es decir de recibir algo a cambio, cuando a lo mejor ni eso se da porque en la mayoría de los casos volvemos hacia Él tan sólo para pedir recibir algo en nuestra necesidad y en una sola vía, la de mi provecho.


A veces nos desilusionamos porque el trueque o negocio con Dios no se llevó a buen fin, claro para nosotros, porque no recibí lo que pedí, pero en realidad sí lo recibiste, ya que la sabiduría de Dios en realidad sabe lo que necesitas y si un dolor te hará crecer, lo permitirá por tu propio bien y no tu detrimento con lo que pides y no te ayuda, ni te hace mejor persona.


Pero además de esas negativas, Dios no deja de ser generoso, pero a conciencia y en real necesidad basada en la verdad. Porque si sabe que el milagro requerido no ransformará tu vida, a tal grado que tu mismo agradecimiento se vea reflejado en tu comportamiento como una ofrenda digna y agradable a Dios, ¿Dónde queda la reciprocidad?, hay que entregar la ofrenda y esa te implica a tí y no tu monedero.


Por ello así como toda compra requiere una factura, todo milagro requiere una ofrenda, y si no estas dispuesto a otorgarla en tu actitud y tu vida, sencillamente el milagro ya se dió pero no a tu gusto para no autoperjudicarte.