“Esperar la Sanación”

“Esperar la Sanación”

Mateo 8, 5-11 

En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole: —«Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho.» Jesús le contestó: —«Voy yo a curarlo.» Pero el centurión le replicó: —«Señor, no soy quien para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes, y le digo a uno: “Ve”, y va, al otro: “Ven”, y viene, a mi criado: “Haz esto”, y lo hace.» Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: —«Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos.» 

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Toda espera del Mesías desde tiempos antiguos, se presentaba en el ámbito de lo económico social, donde según las necesidades del momento, pedían a Dios, según la promesa de la salvación, a un Mesías que viniera a solucionar exactamente la dolencia del momento que vivían, olvidando la verdadera razón por la que se prometió.

Se olvida que el principal motivo para la espera del Mesías, es sanar la causa, de la cual se desprenden todas las demás desgracias como consecuencia, y la única razón orginante es el pecado. 

Viene a desvirtuarse la intención de la espera, donde el pecado se asume como lo ordinario en la vida, pidiendo a Dios tan sólo la solución a las necesidades materiales o de salud física, sin cambiar aquello que denigra nuestro corazón y nuestra alma.

Una de las principales necesidades que urgen en esta espera, es pedir los dones espirituales que nos ayuden a preparar su venida, como lo son la sabiduría, la paz, la inteligencia, la fortaleza, el amor, para que así, entonces cuando llegue, sane de raíz el pecado y sane nuestra mente que suele divagar anclándose en ideas que nos quitan la paz y  que a su vez llegan a concretizarse en su momento en actos pecaminosos que nos hacen perder la misma gracia obtenida por su redención y salvación. 

Por ello más que pedir la solución a necesidades materiales, pidamos que sane nuestra mente y corazón, ya que una vez sanada, veremos claro cómo solucionar las demás.

“Qué es el adviento”

“Qué es el adviento”

Mateo 24, 37-44 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé. Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del Hombre: Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán. Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre. 

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El Adviento es el comienzo del Año Litúrgico, empieza el domingo más próximo al 30 de noviembre y termina el 24 de diciembre. Son los cuatro domingos anteriores a la Navidad y forma una unidad con la Navidad y la Epifanía.

El término “Adviento” viene del latín adventus, que significa venida, llegada. El color usado en la liturgia de la Iglesia durante este tiempo es el morado. Con el Adviento comienza un nuevo año litúrgico en la Iglesia.

El sentido del Adviento es avivar en los creyentes la espera del Señor.

Se puede hablar de dos partes del Adviento:

Primera Parte

Desde el primer domingo al día 16 de diciembre, con marcado carácter escatológico, mirando a la venida del Señor al final de los tiempos;

Segunda Parte

Desde el 17 de diciembre al 24 de diciembre, es la llamada “Semana Santa” de la Navidad, y se orienta a preparar más explícitamente la venida de Jesucristo en las historia, la Navidad.

Las lecturas bíblicas de este tiempo de Adviento están tomadas sobre todo del profeta Isaías (primera lectura), también se recogen los pasajes más proféticos del Antiguo Testamento señalando la llegada del Mesías. Isaías, Juan Bautista y María de Nazaret son los modelos de creyentes que la Iglesias ofrece a los fieles para preparar la venida del Señor Jesús.

Fuente: Aciprensa.com

“Lo que acompaña el creer”

“Lo que acompaña el creer”

Lucas1, 39-45

En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea, y entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel. En cuanto ésta oyó el saludo de María, la creatura saltó en su seno. 

Entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo, y levantando la voz, exclamó: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a verme? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor”. 

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Ya estamos en el último domingo de el tiempo de adviento y la imagen que se nos presenta es la de María, ya en la propia espera de Jesús, donde se manifiesta la misma gracia de Dios eficaz en el obrar del día a día, porque precisamente no puede ser contenida pasivamente. 

Ese estar llena del Espíritu Santo hace posible, incluso, un viaje para su momento largo y escabroso, lleno de una actitud servicial para con su prima Isabel, aún en su propia condición de embarazada, porque lo que tenemos que considerar, no es tan sólo la iniciativa humana, sino su motor, que precisamente tiene su origen en la opción de creer.

Ese decir Sí a la obra y al plan de Dios, desencadena una serie de eventos y gracias que junto con la participación humana, hacen posibles todos los sucesos que incluso para nuestra mente son difíciles de imaginar.

Aquí es donde la fe ejerce todo su poder al abrir nuestros corazones para creer, pero además de eso, de igual manera nos prepara para ser instrumentos de su gracia y hacer en realidad lo imposible, primeramente lo que para nuestra voluntad no es viable, pero que en la confianza con el Señor todo es posible lógicamente hablando, es decir, solicitar y obrar en medio de los Milagros, más no en lo absurdo.

Por ello María es capaz de eso y más. Por ello se le llama dichosa. Por ello, de igual manera, si así lo deseamos, esta Navidad podremos ser tanto merecedores como trabajadores para recibir o dar algo que pareciese no poder dar jamás. Es evidente que solos es difícil. Pero con la fe podemos más, ya que eso es lo que viene acompañado con el don de creer.

“La Visitación”

“La Visitación”

Lucas 1, 39-45 

Unos días después, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Jada; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: —«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.»

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No dejamos de remarcar cómo la gracia de Dios transforma a la persona, uno de los efectos de la misma, además de la alegría y el gozo de lo divino, implica el compromiso y el servicio.

Dentro de una espiritualidad es imposible que tan sólo se de la experiencia de Dios en lo personal y secreto, quedando sin acción más que la propia sentimental. Entonces podría ser un auto engaño de meditación emocional.

María demuestra esa prontitud al servicio no por conveniencia, sino por moción espiritual que requiere afianzarse con los hechos en medio de una auto donación dada con amor y caridad. 

Hay que tener en cuenta que de igual manera implica la voluntad de hacer esa gracia de Dios eficaz, ya que no es tan sólo una acción divina en nosotros, sino una respuesta a su amor.

La escena de la Visitación de María Santísima a su Prima Isabel, no deja de ser un ejemplo claro de la expansión y del compartir de las bendiciones de Dios que se esparcen radialmente, porque su salvación no es estática, sino dinámica y eficaz.

“Todos verán la salvación…”

“Todos verán la salvación…”

Lucas 3, 1-6

En el año décimo quinto del reinado de César Tiberio, siendo Poncio Pilato procurador de Judea; Herodes, tetrarca de Galilea; su hermano Filipo, tetrarca de las regiones de Iturea y Traconítide; y Lisanias, tetrarca de Abilene; bajo el pontificado de los sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino la palabra de Dios en el desierto sobre Juan, hijo de Zacarías. 

Entonces comenzó a recorrer toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de penitencia para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro de las predicciones del profeta Isaías: Ha resonado una voz en el desierto: Preparen el camino del Señor, hagan rectos sus senderos. Todo valle será rellenado, toda montaña y colina, rebajada; lo tortuoso se hará derecho, los caminos ásperos serán allanados y todos los hombres verán la salvación de Dios. 

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Al día de hoy, de una manera automática lo que sabemos hacer,  como un instinto natural, agarrarnos de lo que tenemos y vivir nuestra vida defendiendo nuestro ser así como nuestro pensar.

Sin embargo la experiencia de la misma historia de la salvación, nos ha sabido dar una solución a esa defensiva de cuidar radicalmente la vida con temor, y esa es la espera, esa espera que nos informa que precisamente vendrá la solución a esos miedos tan profundos que todos tenemos y que de alguna manera manifestamos en nuestro diario obrar.

Si se nos informa que todos veremos la salvación, es precisamente porque se nos está manifestando un plan mayor a nuestras propias limitaciones y expectativas, ya que la salivación está cerca, por ello San Juan Bautista lo proclama, y no como un loco que se le ocurrió, sino porque ya inició el proceso salvífico y, esos son los signos claros de su presencia con el anuncio.

La realidad es que aún dada la salvación con la redención y expuesta de manera clara con los hechos ahora ya históricos realizados por Cristo Jesús, los temores de cuidarnos, se han canalizado en banalidades como cuidar tu patrimonio, cuidar tu belleza física, el cuerpo, la alimentación, etc… pensando que con eso basta. Al final la necesidad de seguridad dada por la salvación quedará vacía y nuestro ser en la eterna insatisfacción porque las seguridades externas a nuestro ser, quedan precisamente ahí, en el exterior.

Esperar a ver la salvación no se refiere a que te llegará del cielo cubriendo tus necesidades, va a nacer, estará en la tierra, será como uno de nosotros, entonces ,con un Dios hecho hombre, con su ejemplo sabrás que esa salvación ya ha llegado, y que las herramientas están aquí en la tierra para llegar con ellas hasta el Reino Eterno.

Así que a nadie se le excluye, por el contrario, todos vemos la salvación, pero de nosotros depende el hacerla nuestra o seguir esperando según tengas cada bimestre una nueva necesidad, esperar quien te la venda y pagarlas o librarte de ellas y esperar la que desde el fondo de nuestro ser sabemos que es la que vale la pena, esperar al Mesías que ya llega con una salvación integral y verdadera.

“Adviento”

“Adviento”

Lucas: 21, 25-28. 34-36

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Habrá señales prodigiosas en el sol, en la luna y en las estrellas. En la tierra, las naciones se llenarán de angustia y de miedo por el estruendo de las olas del mar; la gente se morirá de terror y de angustiosa espera por las cosas que vendrán sobre el mundo, pues hasta las estrellas se bambolearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube, con gran poder y majestad.
Cuando estas cosas comiencen a suceder, pongan atención y levanten la cabeza, porque se acerca la hora de su liberación. Estén alerta, para que los vicios, con el libertinaje, la embriaguez y las preocupaciones de esta vida no entorpezcan su mente y aquel día los sorprenda desprevenidos; porque caerá de repente como una trampa sobre todos los habitantes de la tierra. Velen, pues, y hagan oración continuamente, para que puedan escapar de todo lo que ha de suceder y comparecer seguros ante el Hijo del hombre.

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Con motivo del primer Domingo de Adviento les comparto ésta reseña a manera de estudio para conocer aún más su sentido e historia, la he tomado de Dominicos.org, espero que sea de tu agrado.

Adviento: Tiempo de Espera.

La palabra adventus significa venida, advenimiento. Proviene del verbo «venir». Es utilizada en el lenguaje pagano para indicar el adventus de la divinidad: su venida periódica y su presencia teofánica en el recinto sagrado del templo. En este sentido, la palabra adventus viene a significar «retorno» y «aniversario». También se utiliza la expresión para designar la entrada triunfal del emperador: Adventus divi. En el lenguaje cristiano primitivo, con la expresión adventus se hace referencia a la última venida del Señor, a su vuelta gloriosa y definitiva. Pero en seguida, al aparecer las fiestas de navidad y epifania, adventus sirvió para significar la venida del Señor en la humildad de nuestra carne. De este modo la venida del Señor en Belén y su última venida se contemplan dentro de una visión unitaria, no como dos venidas distintas, sino como una sola y única venida, desdoblada en etapas distintas. Aun cuando la expresión haga referencia directa a la venida del Señor, con la palabra adventus la liturgia se refiere a un tiempo de preparación que precede a las fiestas de navidad y epifanía. Es curiosa la definición del adviento que nos ofrece en el siglo IX Amalario de Metz: «Praeparatio adventus Domini». En este texto el autor mantiene el doble sentido de la palabra: venida del Señor y preparación a la venida del Señor. Esto indica que el contenido de la fiesta ha servido para designar el tiempo de preparación que la precede.

1. Ilustración histórica

La historia de este período de tiempo es sencilla. Parece fuera de discusión el origen occidental del adviento. A medida que las fiestas de navidad y epifanía iban cobrando, en el marco del año litúrgico, una mayor relevancia, en esa misma medida fue configurándose como una necesidad vital la existencia de un breve periodo de preparación que evocara, al mismo tiempo, la larga espera mesiánica. Habría que considerar también un cierto mimetismo litúrgico que invitaría a plasmar aquí lo que la cuaresma es a pascua. Más aún, la posible celebración del bautismo vinculada por algunas Iglesias de occidente a epifanía, especialmente en Galia y España, motivaría también la institución de un tiempo de preparación catecumenal. Este último hecho, expresado aquí en términos de hipótesis, explicaría por qué el adviento aparece primeramente en Galia y en España no como preparación a la solemnidad del 25 de diciembre, sino como preparación a la fiesta de epifanía.

Al principio ni siquiera se llama adviento. Es un tiempo de preparación a la fiesta de epifanía que dura tres semanas. Hay que anotar, sin embargo, que de esta primera fase original no se encuentra ningún rastro en los libros litúrgicos más antiguos. Más aún, estas tres semanas de preparación habría que entenderlas en el marco de la piedad y de la ascesis cristiana, al margen de estructuras litúrgicas consolidadas y estables, bien como acompañamiento de la comunidad a quienes se preparaban al bautismo, o bien como reacción contra los saturnales paganos, que tenían lugar precisamente durante esos días. A finales del siglo V comienza a dibujarse en Galia una nueva imagen del adviento. No se trata ya de tres semanas, sino de un largo período de cuarenta días que daba comienzo a partir del día de san Martín (15 de noviembre) y se prolongaba hasta el día de navidad. Se trataba, pues, de una verdadera «cuaresma de invierno» o, como prefieren otros, «cuaresma de san Martín». En España, la evolución del adviento se orienta en el mismo sentido. Los libros litúrgicos, que reflejan la liturgia hispana del siglo VII, nos ofrecen un adviento de treinta y nueve días. Comenzaba el día de san Acisclo (17 de noviembre) y terminaba el día de navidad’.

A pesar de las evidentes afinidades entre la cuaresma y este adviento de cuarenta días, sería un error interpretar ambos períodos de tiempo con el mismo patrón. En ambos casos se trata de un período de preparación. Pero en adviento la práctica penitencial del ayuno no tuvo jamás la relevancia que tenía en cuaresma. Adviento, en esta segunda fase, venía a ser un tiempo consagrado a una vida cristiana más intensa y más consciente, con una asistencia más asidua a las celebraciones litúrgicas que ofrecían un marco adecuado a la piedad cristiana.

La institución del adviento no aparece en Roma hasta mediados del siglo VI. Los primeros testimonios los encontramos en los libros litúrgicos. Precisamente en el Sacramentario gelasiano. En una primera fase el adviento romano incluía seis domingos. Posteriormente, a partir de san Gregorio Magno, quedará reducido a cuatro. Y así ha llegado a nosotros.

Originariamente, el adviento romano aparece como una preparación a la fiesta de navidad. En ese sentido se expresan los textos litúrgicos más antiguos. A partir del siglo VII, sin embargo, al convertirse la navidad en una fiesta más importante, en competencia incluso con la fiesta de pascua, el adviento adquirirá una dimensión y un enfoque nuevos. Más que un período de preparación, polarizado en el acontecimiento natalicio, el adviento se perfilará como un «tiempo de espera», como una celebración solemne de la esperanza cristiana, abierta escatológicamente hacia el adventus último y definitivo del Señor al final de los tiempos. El adviento que hoy celebra la Iglesia ha mantenido esta doble perspectiva.

2. Espíritu y dimensión del adviento hoy

Toda la mística de la esperanza cristiana se resume y culmina en el adviento. Por otra parte, también es cierto que la esperanza del adviento invade toda la vida del cristiano, la penetra y la envuelve.

Hay que distinguir en el adviento una doble perspectiva: una existencial y otra cultual o litúrgica. Ambas perspectivas no sólo no se oponen, sino que se complementan y enriquecen mutuamente. La espera cultual, que se consuma en la celebración litúrgica de la fiesta de navidad, se transforma en esperanza escatológica proyectada hacia la parusía final. La espera, en última instancia, es única; porque la venida del Señor, aparentemente múltiple y fraccionada, también es única.

Las primeras semanas del adviento subrayan el aspecto escatológico de la espera abriéndose hacia la parusía final; en la última semana, a partir del 17 de diciembre, la liturgia del adviento centra su atención en torno al acontecimiento histórico del nacimiento del Señor, actualizado sacramentalmente en la fiesta.

3. Adviento y esperanza escatológica

La liturgia del adviento se abre con la monumental visión apocalíptica de los últimos tiempos. De este modo, el adviento rebasa los límites de la pura experiencia cultual e invade la vida entera del cristiano sumergiéndola en un clima de esperanza escatológica. El grito del Bautista: «Preparad los caminos del Señor», adquiere una perspectiva más amplia y existencial, que se traduce en una constante invitación a la vigilancia, porque el Señor vendrá cuando menos lo pensemos. Como las vírgenes de la parábola, es necesario alimentar constantemente las lámparas y estar en vela, porque el esposo se presentará de improviso. La vigilancia se realiza en un clima de fidelidad, de espera ansiosa, de sacrificio. El grito del Apocalipsis: «¡Ven, Señor, Jesús!», recogido también en la Didajé, resume la actitud radical del cristiano ante el retorno del Señor.

En la medida en que nuestra conciencia de pecado es más intensa y nuestros límites e indigencia se hacen más patentes a nuestros ojos, más ferviente es nuestra esperanza y más ansioso se manifiesta nuestro deseo por la vuelta del Señor. Sólo en él está la salvación. Sólo él puede librarnos de nuestra propia miseria. Al mismo tiempo, la seguridad de su venida nos llena de alegría. Por eso la espera del adviento, y en general la esperanza cristiana, está cargada de alegría y de confianza.

4. Adviento y compromiso histórico

La invitación del Bautista a preparar los caminos del Señor nos estimula a realizar una espera activa y eficaz. No esperamos la parusía con los brazos cruzados. Es preciso poner en juego todos nuestros modestos recursos para preparar la venida del Señor.

Los teólogos están hoy de acuerdo en afirmar que el esfuerzo humano por contribuir a la construcción de un mundo mejor, más justo, más pacífico, en el que los hombres vivan como hermanos y las riquezas de la tierra sean distribuidas con justicia, este esfuerzo —se afirma— es una contribución esencial para que el mundo vaya madurándose y preparándose positivamente a su transformación definitiva y total al final de los tiempos. De esta manera, la «preparación de los caminos del Señor» se convierte para el cristiano en una urgencia constante de compromiso temporal, de dedicación positiva y eficaz a la construcción de un mundo nuevo. La espera escatológica y la inminencia de la parusía, en vez de ser motivo de fuga del mundo o de alienación, deben estimularnos a un compromiso más intenso y a una integración mayor en el trabajo humano.

El adviento nos hace desear ardientemente el retorno de Cristo. Pero la visión de nuestro mundo injusto, marcado brutalmente por el odio y la violencia, nos revela su inmadurez para la parusia final. Es enorme todavía el esfuerzo que los creyentes debemos desarrollar en el mundo a fin de prepararlo y madurarlo para la parusía. Deseamos con ansiedad que el Señor venga, pero tememos su venida porque el mundo aún no está preparado para recibirlo. El cielo nuevo y la tierra nueva sólo se nos aparecen en una lejana perspectiva.

5. El adviento entre el acontecimiento de Cristo y la parusía

La venida de Cristo y su presencia en el mundo es ya un hecho. Cristo sigue presente en la Iglesia y en el mundo, y prolongará su presencia hasta el final de los tiempos. ¿Por qué, pues, esperar y ansiar su venida? Si Cristo está ya presente en medio de nosotros, ¿qué sentido tiene esperar su venida?

Esta reflexión nos sitúa frente a una tremenda paradoja: la presencia y la ausencia de Cristo. Cristo, al mismo tiempo, presente y ausente, posesión y herencia, actualidad de gracia y promesa. El adviento nos sitúa, como dicen los teólogos, entre el «ya» de la encarnación y el «todavía no» de la plenitud escatológica.

Cristo está, sí, presente en medio de nosotros; pero su presencia no es aún total ni definitiva. Hay muchos hombres que no han oído todavía el mensaje del evangelio, que no han reconocido a Jesucristo. El mundo no ha sido todavía reconciliado plenamente con el Padre. En germen, sí, todo ha sido reconciliado con Dios en Cristo, pero la gracia de la reconciliación no baña todavía todas las esferas del mundo y de la historia. Es preciso seguir ansiando la venida del Señor. Su venida en plenitud. Hasta la reconciliación universal, al final de los tiempos, la esperanza del adviento seguirá teniendo un sentido y podremos seguir orando: «Venga a nosotros tu reino».

Lo mismo ocurre a nivel personal. En el hondón más profundo de nuestra vida la luz de Cristo no se ha posesionado todavía de nuestro yo más intimo; de ese yo irrepetible e irrenunciable que sólo nos pertenece a nosotros mismos. Por eso, también desde nuestra hondura personal debemos seguir esperando la venida plena del Señor Jesús.

6. Actualización de la venida del Señor y esperanza

Nuestra esperanza, abierta de este modo hacia las metas de la parusía final, durante los últimos días de adviento se centra de manera especial en la fiesta de navidad. En esa celebración, en efecto, se concentra y actualiza, a nivel de misterio sacramental, la plenitud de la venida de Cristo: de la venida histórica, realizada ya, de la cual navidad es memoria, y de la venida última, de la parusía, de la cual navidad es anticipación gozosa y escatológica.

Por eso nuestra espera no es una ficción provocada por cualquier sistema de autosugestión psicológica o afectiva. Esperamos realmente la venida del Señor porque tenemos conciencia de la realidad indiscutible de su venida y de su presencia en el marco de la celebración cultual de la fiesta. Al nivel del misterio cultual —que es nivel de fe— se aúnan y actualizan el acontecimiento histórico de la venida de Cristo y su futura parusía, cuya realidad plena sólo tendrá lugar al final de los tiempos.

No solamente en navidad; en cada misa, en el «ahora» de cada celebración eucarística, se actualiza el misterio gozoso de la venida y de la presencia salvífica del Señor entre nosotros. Nuestra espera tiene, pues, un sentido. La explosión de gracia y de luz que tiene lugar en la fiesta de navidad es como el punto culminante de la espera, en el que ésta se consuma y culmina plenamente.

7. El misterio de Cristo en el tiempo: hasta que él venga

Pero la venida de Cristo, efectuada en la esfera del misterio cultual, no es plena ni definitiva. La provisionalidad es una de sus notas características. Sólo la parusía final tendrá carácter definitivo y total. Sólo entonces aparecerán el cielo nuevo y la tierra nueva de que habla el Apocalipsis. Hasta entonces es preciso repetir, reiterar una y otra vez la experiencia de su venida al nivel del misterio. Así este continuo esperar y este continuo experimentar, un año tras otro, los efectos de su venida y de su presencia irán madurando la imagen de Cristo en nosotros.

La repetición cíclica de la experiencia cultual del adviento y de la navidad, más que la imagen de un movimiento circular cerrado en sí mismo, donde siempre se termina en el punto cero que constituyó el punto de partida, nos sugiere la imagen del círculo en forma de espiral donde cada vuelta supone un mayor grado de elevación y de profundidad. Así, cada año nuestra espera es más intensa y más ardiente, y nuestra experiencia de la venida del Señor más profunda y más definitiva. De este modo, cada año la celebración litúrgica del adviento constituye para nosotros un verdadero acontecimiento, nuevo e irrepetible.

8. Los modelos de la espera mesiánica

Durante el adviento, la Iglesia pone en nuestros labios las palabras ardientes, los gritos de ansiedad de los grandes personajes que a lo largo de la historia santa han protagonizado más intensamente la esperanza mesiánica. No se trata de remedar artificialmente la actitud interior de estos hombres, como quien representa un personaje en una obra de teatro. La espera continúa. La salvación mesiánica no es todavía una realidad plena. Por ello, esos grandes hombres siguen siendo hoy día como los portavoces en cuyo grito de ansiedad se encarna todo el ardor de la esperanza humana.

El primero de estos protagonistas es Isaías. Nadie mejor que él ha encarnado tan al vivo el ansia impaciente del mesianismo veterotestamentario a la espera del rey mesías. Después Juan Bautista, el precursor, cuyas palabras de invitación a la penitencia, dirigidas también a nosotros, cobran una vigorosa actualidad durante las semanas de adviento. Y, finalmente, María, la Madre del Señor. En ella culmina y adquiere una dimensión maravillosa toda la esperanza del mesianismo hebreo.

La espera continúa. Continuará hasta el final de los tiempos. Hasta entonces, Isaías, Juan Bautista y María seguirán siendo los grandes modelos de la esperanza, y en sus palabras seguirá expresándose el clamor angustioso de la Iglesia y de la humanidad entera ansiosa de redención.

Por José Manuel Bernal Llorente

Fuente: Dominicos.org

“Ver que el Señor llega”

“Ver que el Señor llega”

Lucas 5, 17-26

Un día Jesús estaba enseñando y estaban también sentados ahí algunos fariseos y doctores de la Ley, venidos de todas las aldeas de Galilea, de Judea y de Jerusalén. El poder del Señor estaba con Él para que hiciera curaciones.

Llegaron unos hombres que traían en una camilla a un paralítico y trataban de entrar, para colocarlo delante de Él; pero como no encontraban por dónde meterlo a causa de la muchedumbre, subieron al techo y por entre las tejas lo descolgaron en la camilla y se lo pusieron delante a Jesús. Cuando Él vio la fe de aquellos hombres, dijo al paralítico: “Amigo mío, se te perdonan tus pecados”.

Entonces los escribas y fariseos comenzaron a pensar: “¿Quién es este individuo que así blasfema? ¿Quién, sino sólo Dios, puede perdonar los pecados?”. Jesús, conociendo sus pensamientos, les replicó: “¿Qué están pensando? ¿Qué es más fácil decir: ‘Se te perdonan tus pecados’ o ‘Levántate y anda’? Pues para que vean que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados –dijo entonces al paralítico–: Yo te lo mando: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”.

El paralítico se levantó inmediatamente, en presencia de todos, tomó la camilla donde había estado tendido y se fue a su casa glorificando a Dios. Todos quedaron atónitos y daban gloria a Dios, y llenos de temor, decían: “Hoy hemos visto maravillas”.

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Muy impuestos estamos a de manera nativa utilizar la famosa frase “ver para creer”, que no nace precisamente del evangelio con el Apóstol Tomás, ya se usaba como método científico desde antaño, puesto que aplica a la perfección a nuestra manera de aprender, y que no es otra, sino a través de nuestros sentidos, los cuales son instrumentos por los que percibimos sensiblemente el mundo.

Sin embargo el mundo no se limita a lo que alcanzamos sensiblemente a palpar, ya que por el hecho de que no podamos ver el aire, neguemos que existe, sería absurdo, y de igual manera con miles de cosas que no percibimos y que su existencia no depende de que lo afirmemos, existen porque son, aunque no las reconozcamos.

Por lo que, basándonos es ese esquema y de igual manera tratar de aplicarlo en la relación que tenemos para con Dios, solicitamos el convencimiento cerebral lógico de las pruebas, que en una inteligencia total, salen sobrando, porque las pruebas son para los que dudan y necesitan algo externo que los convenza, pero ese convencimiento es forzado, obligado por un hecho que le quita toda la autenticidad y se convierte en un conocimiento afirmado y aceptado no por la voluntad, sino por un acontecimiento externo.

Así que si esperas un millar de pruebas para iniciar un proceso de fe, entonces lo que menos vas a experimentar es la fe, si te convence más una curación visual, así llamada milagro, que una sanación y transformación del corazón y por ende del alma donde ocurre el verdadero milagro, nos falta mucho, y sobre todo para ver los signos de que el Señor está cerca.

Es simple la cuestión para evaluar tu fe: ¿Qué te convence más? los milagros probados, o una vida plena en el Señor donde los milagros sabemos que se dan, pero que salen sobrando para verdaderamente y sin necesidad de ellos amar a Dios.

“Preparen el camino del Señor…”

“Preparen el camino del Señor…” 

Marcos 1, 1-8

Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Está escrito en el profeta Isaías: «Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”».

Juan bautizaba en el desierto; predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados, y él los bautizaba en el jordán. Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba: «Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo».

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Ya celebrando el segundo domingo del tiempo del adviento, se nos recuerda directamente a través de Juan el Bautista, el modelo de misión a tomar, hay que “preparar el camino del Señor”, pero no solamente se refiere a la actitud de preparar, sino también a la de “allanar su senderos”, es decir, hay que hacer un trabajo eficaz que marque toda nuestra vida a tal grado que permanezca esa gracia hasta la vida eterna.

Porque como el mismo tiempo lo requiere, es una oportunidad de desechar todo aquello que nos impide crecer y aumentar en bienes, en este caso los espirituales, porque parece que tan solo nos dedicamos a preparar durante todo el año, el llenar las arcas para crecer pero tan sólo en las adquisiciones materiales.

Si somos capaces de durante todo el año ahorrar para obtener los bienes anhelados de los más cercanos a nosotros, entonces creo que un esfuerzo más no será problema para en tan sólo cuatro semanas, que es lo que dura el adviento, tiempo suficiente para recibir tan eficaz gracia, porque bien aprovechado no se necesita mas, seamos capaces de disponernos a preparar el camino para que el Señor llegue a nuestras vidas y lo recibamos con un ánimo de novedad real y concreta, sobre todo en las relaciones familiares y sociales.

Allanar, precisamente expresa la acción de retirar aquello que nos estorba en el camino, lo que no te hace llegar el fin deseado. A veces lo tomamos de manera extrema y radical, pensando que será un cambio trágico y exagerado para con Dios. Pero si ya te ha dado los dones necesarios materiales, no veo por qué no complementarlos con una actitud correcta y sabia de buenos administradores que conlleva la gracia de Dios desde la preparación a su nacimiento.

Juan se preparó y preparó a los demás; hoy nos toca ser ese Juan bautista, que dispone su vida y la de los suyos en el amor, para cuando llegue el Señor, sea perfectamente bien recibido y transforme nuestras vidas, como un bebé lo hace en un hogar, con la diferencia que Jesús lleva la redención implícita y la restauración todos los dones perdidos por nuestra desobediencia.

“Adviento, actitud de oración”

“Adviento, actitud de oración” 

Mateo 9, 35–10, 1. 6-8

En aquel tiempo, Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia. Al ver a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor.

Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”. Después, llamando a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.

Les dijo: “Vayan en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente”.

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Caminando generosamente entre la gracia que recibimos de éste tiempo, una invitación más precisa que va complementando esta vía es la oración, no basta con tan sólo estar dispuestos a recibir los bienes de Dios, que de suyo es ya una muy buena ventaja, implica a su vez una respuesta de parte nuestra a la generosidad de Dios, porque es muy bueno el corresponder con el diálogo hacia aquél que nos ama y nos da lo que recibimos, no podemos quedarnos mudos y mucho menos mal agradecidos.

Es la oración una herramienta tan eficaz que complementa de una manera certera el proceso de la vida de la gracia, ya que se establece un vínculo informativo y directo con Dios que nos abre en un aspecto más amplio la mente, así como la perspectiva de la vida y la creación misma con todo cuanto contiene.

Sin embargo, además aplica que el uso de la oración destaca el interceder en común unión con el coro de los ángeles por las alegrías y las necesidades de nuestros hermanos más cercanos, así como por el bien de la Iglesia junto con la humanidad entera. En el pedir está el recibir, por ello Jesús a sus discípulos les otorga esos dones participados junto con la autoridad divina para confortar a quienes viven en infelicidad.

Una cosa va unida a la otra, de tal manera que en este mismo tiempo, la actitud de oración oportuna y en su momento, complementa el disponernos a recibir las gracias especificas para este tiempo de adviento.

“Tomar más en serio el Adviento”

“Tomar más en serio el Adviento”

Mateo 7, 21.24-27

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No todo el que me dice «Señor, Señor» entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo.

El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca.

El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se hundió totalmente».

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En esta semana primera del tiempo del Adviento, la invitación a vivirlo es muy constante, sobre todo como ese tiempo de gracias especiales que se nos dan para aumentar la santidad o restaurarla en caso de haberla menguado por el pecado, oportunidad que no se limita a simplemente reconocer dicho tiempo como una festividad de festividades sociales, eso debe ser un signo externo que nos ayuda a reconocer la gracia concreta que se nos da en la participación sobre todo en el ámbito espiritual.

No negamos que tenemos que celebrar, el origen de ello es la alegría por la pronta venida del Señor a nuestras vidas como un hecho real, prometido y próximo. Sin embargo queremos invitar a que no quede esta oportunidad en tan solo la invocación vocal “Señor, Señor”, Esa se puede decir en un ambiente poético, o en un ambiente de fe profunda, donde el corazon reboza de alegría, donde la boca se nos llena al proclamarla como una oración de fusión de corazón a corazón con el Creador mismo.

Es ya aprovechar el terreno adecuado para seguir construyendo sobre roca, porque de otra manera, estaremos a lo mejor sí, viviendo y celebrando los tiempos adecuados, pero superficialmente a tal grado de año con año construir sobre arena.

El año pasado igual, éste, igual, el que entra siguiendo la tradición igual, “pero igual a qué”, a una oportunidad de seguir creciendo con lo construido sobre roca, que año tras año se incrementa, o nuevamente empezar de cero porque se construyó sobre arena, donde ya no hay nada.

De nosotros depende qué terreno vas a ubicar para construir tu santidad. La oportunidad esta puesta este adviento. El recuento lo puedes analizar al finalizar el año en el qué verás la diferencia.