“Te doy gracias, Padre…”

Lucas 10, 21-24

En aquel tiempo, lleno de la alegría del Espíritu Santo, exclamó Jesús: 

«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla. 

Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar». 

Y volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: «¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que veis vosotros, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron». 

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No cabe la mejor duda que una gracia va de la mano de otra, al igual que el ser agradecidos atrae la gratitud; el hecho mismo de estar acostumbrados a siempre poseer dones como el de la vida, la salud, la inteligencia, la amistad, la buena apariencia, entre otros, nos hace tomar una actitud de indiferencia ante ellos y de implícita ordinariedad, como quien no tiene nada extra de que dar gracias, sin siquiera notar lo mucho que posee ya. 

Jesús remarca ese agradecimiento olvidado del mundo en una plegaria que eleva la intención ya oculta a los sabios, intención empapelada entre tantos conocimientos y leyes, como un conocimiento común que pierde la extraordinaria novedad, pero que nunca deja de actualizarse; eso es lo que pasa con los entendidos, olvidan lo sencillo, cuando los sencillos siguen maravillándose a tal grado de no perder nunca la actitud agradecida de todo, por muy simple que parezca, es justo dar gracias por todo, porque todo lo merece. 

El profundizar en la experiencia y conocimiento de Dios, no es cuestión de inteligencia explícita, sino de actitud ante el misterio revelado, de saber ser agradecidos por el don recibido de la sabiduría, pero si por el contrario, nuestra actitud es de soberbia, de sabelotodo, de orgullo por el conocimiento adquirido, lo primero que negamos es el agradecimiento, porque se considera un esfuerzo propio, cuando éste siempre es participado, nunca nacemos sabiéndolo todo, y de eso hay que saber ser agradecidos. No necesariamente hay que dar gracias tan sólo por los bienes materiales, también hay que hacerlo por los bienes espirituales que son los que mueven y administran todo lo material. 

Ya lo dice Jesús, cuantos desearon ver y escuchar lo que los profetas transmitieron, y nosotros que tenemos a Jesús, el revelador en pleno de la voluntad del Padre y su designio sobre el universo, cerramos nuestro entendimiento a ello, porque es cuestión de actitud, en fin, tu sabes a lo que abres tu inteligencia o a lo que la cierras, pero bienaventurados los que no se cierran a los dones espirituales de Dios, que son los que plenifican los ya recibidos materiales.

“¿Agradecidos?”

Lucas: 17, 7-10

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “¿Quién de ustedes, si tiene un siervo que labra la tierra o pastorea los rebaños, le dice cuando éste regresa del campo: ‘Entra enseguida y ponte a comer’? ¿No le dirá más bien: ‘Prepárame de comer y disponte a servirme, para que yo coma y beba; después comerás y beberás tú’? ¿Tendrá acaso que mostrarse agradecido con el siervo, porque éste cumplió con su obligación?
Así también ustedes, cuando hayan cumplido todo lo que se les mandó, digan: ‘No somos más que siervos; sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer’ “.

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Cada vez más en nuestra cultura ordinaria se exalta el ego de la persona al que tajantemente le atribuyen derechos que de suyo ya han sido otorgados naturalmente en el dominio público. Se enfatizan de una manera radical que ralla en un despotismo ante cualquier persona sin tener en cuenta ni su labor, ni su dignidad. Al manejar los egos en esa escala se convierten las personas en entes manipulables de manera consumista, a tal grado de aparentar lo que el mundo al día le propone, es decir, las modas, y por ende, tratando a los demás como objetos de uso ordinario para su propio bienestar.

Con esas actitudes cada vez más presentes desde niños, hacen creerles que el mundo no importa, solamente ellos y sus caprichos, fomentando una cultura adolescente aunque se ande ya en el rango de los treinta a los sesenta años de edad.

Por supuesto que ante esta cultura del selfie, el ser agradecido no aparece por ningún lado, todo se compra y se vende, nadie se presenta, nadie se despide; nadie es amable, todos se sienten atacados, y qué pena es ver estén discapacitados para experimentar el gozo de, ya sea dar las gracias o recibirlas.

De nosotros depende cambiar el entorno y al ambiente donde nos desarrollamos, podríamos parecer anticuados, pero de la amabilidad y del ser agradecidos nadie ha muerto, al contrario, te revive, te pone en estatus personal alto ante el otro, y cambia la relación.

Por ello no está por demás ser agradecidos, que ya habla de tu madurez y a su ves de tu relación con Dios, ya que las primeras gracias, claro que vienen de Él.

“Toda una vida de oportunidad”

“Toda una vida de oportunidad”

Mateo: 20, 1-16

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: “El Reino de los cielos es semejante a un propietario que, al amanecer, salió a contratar trabajadores para su viña. Después de quedar con ellos en pagarles un denario por día, los mandó a su viña. Salió otra vez a media mañana, vio a unos que estaban ociosos en la plaza y les dijo: ‘Vayan también ustedes a mi viña y les pagaré lo que sea justo’. Salió de nuevo a medio día y a media tarde e hizo lo mismo.

Por último, salió también al caer la tarde y encontró todavía a otros que estaban en la plaza y les dijo: ‘¿Por qué han estado aquí todo el día sin trabajar?’ Ellos le respondieron: ‘Porque nadie nos ha contratado’. Él les dijo: `Vayan también ustedes a mi viña’.

Al atardecer, el dueño de la viña le dijo a su administrador: ‘Llama a los trabajadores y págales su jornal, comenzando por los últimos hasta que llegues a los primeros’. Se acercaron, pues, los que habían llegado al caer la tarde y recibieron un denario cada uno.

Cuando les llegó su turno a los primeros, creyeron que recibirían más; pero también ellos recibieron un denario cada uno. Al recibirlo, comenzaron a reclamarle al propietario, diciéndole: ‘Esos que llegaron al último sólo trabajaron una hora, y sin embargo, les pagas lo mismo que a nosotros, que soportamos el peso del día y del calor’.

Pero él respondió a uno de ellos: ‘Amigo, yo no te hago ninguna injusticia. ¿Acaso no quedamos en que te pagaría un denario? Toma, pues, lo tuyo y vete. Yo quiero darle al que llegó al último lo mismo que a ti. ¿Qué no puedo hacer con lo mío lo que yo quiero? ¿O vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?’

De igual manera, los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos”.

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No deja de haber controversias en cuanto a la salvación se refiere, si son invitados, si bastan los últimos dos minutos antes de morir para arrepentirse y salvarse, si se necesita toda la vida, en realidad es todo un misterio, lo cual no niega que Dios salve.

Muchas veces nos ponemos a jugar en el papel del juez, aquel que decide si alguien se salva o condena por sus obras conocidas y, claro no dejará de ser una opinión particular de un ser mortal según su estudio y conciencia haya sido formada, porque podemos conocer la última novedad en cuanto a moral se refiera, o simplemente aplicar el consenso común de lo que el pueblo en su momento histórico diga, lo cual en ambos casos no deja de ser limitado por ser acorde a lo que se conoce en el momento y nunca se equipara a la total sabiduría de Dios que abarca todo conocimiento.

La realidad nos la presenta el evangelio, ya que en realidad no está precisando un momento específico para salvarnos, una edad o una situación, sino que nos menciona muy claramente que la misericordia de Dios, aunada con la justicia, está siempre presente en cada momento de nuestra vida, siempre al cuidado y pendiente de no perdernos aunque hayamos decidido pecar formalmente.

La oportunidad para salvarnos no depende de un momento en específico, sino que Dios nos da el tiempo de toda una vida para volver al Él, y como la vida es única, una sola oportunidad repartida en cada momento en que se te manifiesta para que no te alejes de Él, aun cuando estés en el zenit de tu pecado, porque aún siendo pecadores, no deja de amarnos, he ahí su misericordia, falta que nos perdonemos y restauremos el daño de nuestro pecado, el tiempo: Toda una vida.

“La cosecha”

“La cosecha”

Mateo 13, 36-43

En aquel tiempo, Jesús dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: —Acláranos la parábola de la cizaña en el campo.

El les contestó: —El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será al fin del tiempo: el Hijo del Hombre enviará a sus ángeles, y arrancarán de su Reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.

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En casi todos los tiempos y lugares, consideramos que las posibles consecuencias por nuestras malas obras tardarán o que nunca llegarán, lo consideramos como un mito para asustar o amedrentar a los demás.

Sin embargo hay que tener muy en cuenta que toda siembra tiene una cosecha, y no estoy hablando del sector agrícola, sino de todo lo que hacemos en el día a día. Hay quien dice que lo malo sólo le pasa a los tontos o a los que tienen mala suerte, que incluso a los que están mas cerca de Dios son los para rayos que atraen esos males.

En cierta medida es cierto, pero no es un castigo, Dios se fija aún más en los que están cercanos para ciertamente demostrarles su presencia, ya que cada dificultad es un reto nuevo a crecer que Dios mismo provee, a sabiendas de que ya nos ha dado todas las capacidades para salir adelante en ello, y el problema es un recordatorio de que estamos preparados para lo que viene.

De tal manera que mientras más golpeados estemos, será una clara señal de lo fuertes que somos, porque seguimos adelante y sin necesidad de remarcar como mártires lo sufridos que somos.

Por ello la cosecha si no es ahora, será mañana, pero llegará, para que no te confíes y estés fortalecido en todas las áreas de tu vida.

“Rodeado de personas y sin ayuda”

“Rodeado de personas y sin ayuda”

Juan: 5, 1-3. 5-16

Era un día de fiesta para los judíos, cuando Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las Ovejas, una piscina llamada Betesdá, en hebreo, con cinco pórticos, bajo los cuales yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos. Entre ellos estaba un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.

Al verlo ahí tendido y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo en tal estado, Jesús le dijo: “¿Quieres curarte?” Le respondió el enfermo: “Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua. Cuando logro llegar, ya otro ha bajado antes que yo”. Jesús le dijo: “Levántate, toma tu camilla y anda”. Al momento el hombre quedó curado, tomó su camilla y se puso a andar.

Aquel día era sábado. Por eso los judíos le dijeron al que había sido curado: “No te es lícito cargar tu camilla”. Pero él contestó: “El que me curó me dijo: ‘Toma tu camilla y anda’ “. Ellos le preguntaron: “¿Quién es el que te dijo: ‘Toma tu camilla y anda’?” Pero el que había sido curado no lo sabía, porque Jesús había desaparecido entre la muchedumbre. 

Más tarde lo encontró Jesús en el templo y le dijo: “Mira, ya quedaste sano. No peques más, no sea que te vaya a suceder algo peor”. Aquel hombre fue y les contó a los judíos que el que lo había curado era Jesús. Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado.

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No es nada raro encontrarnos en medio de una sociedad sobre saturada de personas, donde se realizan múltiples actividades, pero de igual manera donde surgen varias necesidades, algunas de ellas totalmente marginadas en el centro de nuestras comunidades y a la vista de todos.

Tenemos el caso del paralítico que estaba olvidado nomás por 38 años, quien parece invisible porque nadie ve su necesidad y aunque la vean no se le acerca nadie a ayudar. Nada nuevo en nuestra actualidad, y creo que aún más radical la situación, ya que vivimos absortos en nuestras muy peculiares actividades, que aunque no produzcan nada, quedamos prendados de ellas.

Hoy ya nadie mira alrededor, ni siquiera para ver quien está a su lado, cada vez más dedicados a los dispositivos móviles de datos, donde se recrudece el problema. Malo porque hoy no necesitas de nadie en teoría, pero cuando lo requieras, vivirás la misma suerte, sabiendo que no vale el intento porque formas parte de la distracción.

Es justo mirar el entorno y disponernos a servir ahí donde se necesita, por ahí nace la caridad, y cuando se practica, nunca nos falta su auxilio, hay que volver a los valores del civismo que tan sólo por acción social damos la mano, cuanto mayor no lo deberíamos hacer los que nos hacemos llamar Católicos e hijos de Dios.

“Quien no aprovecha, pierde”

Quien no aprovecha, pierde”

Lucas: 11, 14-23

En aquel tiempo, Jesús expulsó a un demonio, que era mudo. Apenas salió el demonio, habló el mudo y la multitud quedó maravillada. Pero algunos decían: “Este expulsa a los demonios con el poder de Belzebú, el príncipe de los demonios”. Otros, para ponerlo a prueba, le pedían una señal milagrosa.

Pero Jesús, que conocía sus malas intenciones, les dijo: “Todo reino dividido por luchas internas va a la ruina y se derrumba casa por casa. Si Satanás también está dividido contra sí mismo, ¿cómo mantendrá su reino? Ustedes dicen que yo arrojo a los demonios con el poder de Belzebú. Entonces, ¿con el poder de quién los arrojan los hijos de ustedes? Por eso, ellos mismos serán sus jueces. Pero si yo arrojo a los demonios con el dedo de Dios, eso significa que ha llegado a ustedes el Reino de Dios.

Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros; pero si otro más fuerte lo asalta y lo vence, entonces le quita las armas en que confiaba y después dispone de sus bienes. El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama”.

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Cuantas veces pensamos que si no hacemos el mal, con eso basta para estar bien con Dios y los demás, que de igual manera si no aprovechamos los bienes y los dones sagrados, no pasa nada, cuando en realidad sí.

Es que no basta con no hacer el mal, sino que lo que cuenta, no es lo que no hacemos, sino lo que hacemos, y el bien está dentro del plan de nuestra salvación, ya que el mismo Señor Jesús remarca que no seguir a la verdad misma, al Dios único y salvador, a su enviado Jesucristo, es en realidad dar relevancia a lo que no es el bien, ni ubicarlo en su lugar.

Es estar en su contra, porque el mal exige una pasividad culpable, aquella que no obra en donde se requiere y en el momento justo, es no actuar para profesar sus dones, es desaprovechar su gracia, es no crecer en la santidad y mantenerla.

Porque la fe vincula a la acción, no a la flojera; el mal es no hacer, no seguir, no ganar, pero sí perder lo que por derecho es nuestro, y esa es la gracia de Dios. porque como lo dice el Señor: “el que no recoge conmigo, desparrama”

Permitamos a la fe que actúe y complete a la creación misma, con los dones que nos toca aportar.

“Se pide en este tiempo especial orar”

“Se pide en este tiempo especial orar”

Mateo: 6, 7-15

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando ustedes hagan oración no hablen mucho, como los paganos, que se imaginan que a fuerza de mucho hablar, serán escuchados. No los imiten, porque el Padre sabe lo que les hace falta, antes de que se lo pidan. Ustedes pues, oren así:

Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en tentación y líbranos del mal.

Si ustedes perdonan las faltas a los hombres, también a ustedes los perdonará el Padre celestial. Pero si ustedes no perdonan a los hombres, tampoco el Padre les perdonará a ustedes sus faltas”.

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Tiempo de gracia, es tiempo de fortalecernos y mantener la gracia con una de las herramientas más efectivas, es decir la oración, ya que es una manera es mantener viva y en contacto con el Señor nuestra alma.

Somos muy susceptibles de perder la amistad con Dios por el pecado, que tan sutilmente se nos presenta, que hasta parece un juego, algo fuerte y de una emoción llamativa llena de adrenalina, y como dicen: nos hace sentir vivos.

Pero que pena que se tenga que sacrificar la paz, la gracia y el mismo sentimiento de amor a Dios, por un momento intenso que al final queda en el vacío. 

El modelo de oración es precisamente el Padre Nuestro, Oración sencilla, llena de contenido y de peticiones básicas que fundamentan nuestro ser, sin complicaciones y directa.

Sobre todo que mueve al corazón a recapacitar en aquellas trabas adquiridas por el odio, las que siguen hiriendo cuando se recuerdan, pero que a través de la oración podremos desprendernos de ellas, y continuar libremente sin el peso del resentimiento, con todo el poder transformador que posee el perdón.

Los beneficiados somos nosotros, ya que desprendidos de todo sentimiento doloroso ya no afecta nuestra conducta, ni nuestra sensibilidad, porque la oración transforma nuestra vida. Es tiempo especial para reforzar el diálogo con Dios, es decir, la oración.

“Sin ser como los demás”

“Sin ser como los demás”

Mateo: 5, 38-48

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo, diente por diente; pero yo les digo que no hagan resistencia al hombre malo. Si alguno te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la izquierda; al que te quiera demandar en juicio para quitarte la túnica, cédele también el manto. Si alguno te obliga a caminar mil pasos en su servicio, camina con él dos mil. Al que te pide, dale; y al que quiere que le prestes, no le vuelvas la espalda.

Han oído que se dijo: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Yo, en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y manda su lluvia sobre los justos y los injustos. 

Porque, si ustedes aman a los que los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen eso mismo los publicanos? Y si saludan tan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen eso mismo los paganos?

Ustedes, pues, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto”.

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Cuantas veces a lo máximo que aspiramos es a ser como aquellos, los que tenemos al alcance en nuestro entorno, porque es lo manejable y visible que experimentamos; puede ser alguien de la misma familia, o ajeno a ella, pero eso de clonarnos en alguien con distintos dones, no es muy buena idea.

Suele salir la motivación por medio de la envidia o la avaricia, cosa que en su momento da resultado, pero lo que deja a costa, suele auto destruirte con el paso del tiempo como consecuencia lógica y necesaria, que no se puede evitar ya que nosotros mismos lo hemos sembrado y ha crecido hasta afectarnos.

Por el contrario si nos atacan, de igual manera pretendemos pagar con la misma moneda, hasta eso, nos falta iniciativa.

Dios nos invita a crecer con los dones propios, tan originales como tú mismo, y no ser como el común de los mortales, no hay necesidad de estar sufriendo por que el resto no hace las cosas bien, ellos son responsables de sus propios actos, así que mejor y por salud, hay que dedicarnos a superar los propios.

La medida de la perfección en nuestras vidas es llegar a ser como nuestro Padre Celestial, así que la meta ya la conocemos, tan sólo falta dejar de preocuparnos por el mundo, ya haremos oración por ellos, para crecer y dar ese testimonio que nadie se anima por salirnos de la horma del mundo.

“Sana la dignidad femenina”

“Sana la dignidad femenina”

Marcos: 5, 21-43

En aquel tiempo, cuando Jesús regresó en la barca al otro lado del lago, se quedó en la orilla y ahí se le reunió mucha gente. Entonces se acercó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo. Al ver a Jesús, se echó a sus pies y le suplicaba con insistencia: “Mi hija está agonizando. Ven a imponerle las manos para que se cure y viva”. Jesús se fue con él, y mucha gente lo seguía y lo apretujaba.

Entre la gente había una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y había gastado en eso toda su fortuna, pero en vez de mejorar, había empeorado. Oyó hablar de Jesús, vino y se le acercó por detrás entre la gente y le tocó el manto, pensando que, con sólo tocarle el vestido, se curaría. Inmediatamente se le secó la fuente de su hemorragia y sintió en su cuerpo que estaba curada.

Jesús notó al instante que una fuerza curativa había salido de él, se volvió hacia la gente y les preguntó: “¿Quién ha tocado mi manto?” Sus discípulos le contestaron: “Estás viendo cómo te empuja la gente y todavía preguntas: `¿Quién me ha tocado?’ ” Pero él seguía mirando alrededor, para descubrir quién había sido. Entonces se acercó la mujer, asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado; se postró a sus pies y le confesó la verdad. Jesús la tranquilizó, diciendo: “Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y queda sana de tu enfermedad”.

Todavía estaba hablando Jesús, cuando unos criados llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle a éste: “Ya se murió tu hija. ¿Para qué sigues molestando al Maestro?” Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: “No temas, basta que tengas fe”. No permitió que lo acompañaran más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago.

Al llegar a la casa del jefe de la sinagoga, vio Jesús el alboroto de la gente y oyó los llantos y los alaridos que daban. Entró y les dijo: “¿Qué significa tanto llanto y alboroto? La niña no está muerta, está dormida”. Y se reían de él.

Entonces Jesús echó fuera a la gente, y con los padres de la niña y sus acompañantes, entró a donde estaba la niña. La tomó de la mano y le dijo: “¡Talitá, kum!”, que significa: “¡Óyeme, niña, levántate!” La niña, que tenía doce años, se levantó inmediatamente y se puso a caminar. Todos se quedaron asombrados. Jesús les ordenó severamente que no lo dijeran a nadie y les mandó que le dieran de comer a la niña.

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Los tiempos se ven marcados por culturas y tendencias que nos hablan de la forma de vida que se tenía en su momento, así mismo aunque no se justifica, los momentos en que se denigra a la persona humana, como lo es la esclavitud o la minusvaloración de la mujer, responden a circunstancias históricas que incluso hasta la religión las ve ordinarias en su momento.

La misma Sagrada escritura nos revela una total impregnación de las costumbres humanas, tales que pretenden en ocasiones introducirlas como si fueran la misma palabra de Dios.

Sin embargo, encontramos que Jesús res rechazado por romper esos esquemas e imponer nuevos paradigmas basados en la verdad y la dignidad humana.

Es por ello que en este evangelio encontramos que Jesús hace milagros a las mujeres, aquellas que no tenían derecho de pedir nada a Dios, las que eran relegadas a la funciona maternal y el hogar, pues a esa misma mujer Jesús le restaura su dignidad, aquella que desde los orígenes en la narración de la creación, le otorga.

Nadie es excluido, todos son tratados con la misma dignidad, tanto hombres como mujeres, a sabiendas que la cultura en su momento cambiará, por lo que Jesús tiene una visión atemporal y no se ciñe a los mandatos circunstanciales.

Por lo que de igual manera le dice a la niña “¡Talitá, kum!”, es decir levántate, como diciendo: si los hombres te derrumban, tu levántate y sigue adelante.

“Inicio y término con Dios”

“Inicio y término con Dios”

Juan 1, 1-18 

En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: —«Este es de quien dije: “El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.”» Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la Ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer. 

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Es justo que al término de un año civil, se nos incite a la generosidad y al agradecimiento por todos lo dones recibidos en el recuento de esos trescientos sesenta y cinco días. Al igual pedir mayor fortaleza para saber llevar las adversidades que pudieran habernos hecho daño, que bien encausadas nos dan una muy valiosa lección de vida y crecimiento, si es que no las alimentamos con odios y resentimientos propios y ajenos que no faltan.

El tiempo es relativo, lo que para nosotros es un año, para Dios es una oportunidad de ganarnos para su amor, ya que interviene en el tiempo para no perdernos e invitarnos a su gracia.

Es por ello que tanto iniciar, como terminar un año, todo redunda en santidad, y el mismo hijo de Dios, desde la eternidad atemporal, se nos presenta en el tiempo con una misión específica basada en el amor hacia nosotros, que es la redención.

Debemos recapitular nuestra vida, acrecentar los dones y extirpar los males, porque de ello dependerá el mañana inmediato y nuestra felicidad.

Por ello hago extensa la invitación al agradecimiento tanto al terminar como iniciar un nuevo ciclo en el tiempo les comparto la siguiente oración:

Señor, Dios, dueño del tiempo y de la eternidad, tuyo es el hoy y el mañana, el pasado y el futuro.

Al terminar este año quiero darte gracias por todo aquello que recibí de TI.

Gracias por la vida y el amor, por las flores, el aire y el sol, por la alegría y el dolor, por cuanto fue posible y por lo que no pudo ser.

Te ofrezco cuanto hice en este año, el trabajo que pude realizar y las cosas que pasaron por mis manos y lo que con ellas pude construir.

Te presento a las personas que a lo largo de estos meses amé, las amistades nuevas y los antiguos amores, los más cercanos a mí y los que estén más lejos, los que me dieron su mano y aquellos a los que pude ayudar, con los que compartí la vida, el trabajo, el dolor y la alegría.

Pero también, Señor hoy quiero pedirte perdón, perdón por el tiempo perdido, por el dinero mal gastado, por la palabra inútil y el amor desperdiciado.

Perdón por las obras vacías y por el trabajo mal hecho, y perdón por vivir sin entusiasmo.

También por la oración que poco a poco fui aplazando y que hasta ahora vengo a presentarte.

Por todos mis olvidos, descuidos y silencios nuevamente te pido perdón.

En los próximos días iniciaremos un nuevo año y detengo mi vida ante el nuevo calendario aún sin estrenar y te presento estos días que sólo TÚ sabes si llegaré a vivirlos.

Hoy te pido para mí y los míos la paz y la alegría, la fuerza y la prudencia, la claridad y la sabiduría.

Quiero vivir cada día con optimismo y bondad llevando a todas partes un corazón lleno de comprensión y paz.

Cierra Tú mis oídos a toda falsedad y mis labios a palabras mentirosas, egoístas, mordaces o hirientes.

Abre en cambio mi ser a todo lo que es bueno que mi espíritu se llene sólo de bendiciones y las derrame a mi paso.

DOCE CAMPANADAS

Para el nuevo año te ofrecemos doce frases, como doce campanadas:

1.Agradece el pasado como don de Dios.

2.Vive el presente con esperanzas y creatividad.

3.Di “sí” al paso de Dios por tu vida.

4.Confía, Dios te encomienda cosas grandes.

5.Valora lo pequeño, llegarás a lo grande.

6.Mira a la vida con sencillez y amor.

7.Ten buen humor, pase lo que pase.

8.Perdona y pide perdón.

9.Haz algo por el otro y serás feliz.

10.Atento, Dios te habla cada día.

11.Dios cuenta contigo.

12.Ama la vida, ama al mundo, ama a Dios.

QUE DIOS TE BENDIGA HOY Y SIEMPRE

Fuente Anónima