“Yo si sé quién eres”

“Yo si sé quién eres”

Lucas: 9, 18-22

Un día en que Jesús, acompañado de sus discípulos, había ido a un lugar solitario para orar, les preguntó: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Ellos contestaron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que alguno de los antiguos profetas, que ha resucitado”.

Él les dijo: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Respondió Pedro: “El Mesías de Dios”. Entonces Jesús les ordenó severamente que no lo dijeran a nadie. Después les dijo: “Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día”.

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No cabe duda que las relaciones humanas se ufanan de tener una cercanía y familiaridad con otras personas, a tal grado de creer que se les conoce en la totalidad y muy certeramente.

Sin embargo la realidad de nuestros días, aunque se ha perdido parte de las relaciones humanas por la tecnificación de las redes sociales por las electrónicas, que nada dista del pasado ya que al final de cuentas externamos lo que deseamos que los demás crean de nosotros.

Pero que sin embargo no es bastante para poder decir que conocemos a alguien, ya que la superficialidad hoy como siempre está a flor de piel, y el caso concreto lo tenemos con todos aquellos que se dicen que conocen a Jesús. Creen conocerlo para darse importancia con sus comentarios aunque estos sean erróneos. 

La pauta la marca Pedro, que sin titubear afirma lo que es verdad, porque la conoce y identifica realmente a Jesús, y no por lo que obtuvo de información con los demás, sino por su trato personal y cercano.  

Ha visto su amor, su dedicación, su oración, su trato caritativo y fraterno; ha visto su gracia y santidad en su persona y en su obrar, le habla cara a cara. Él si lo conoce y sabe quién es, nada ajeno a nosotros que podemos amarle y conocerle con la misma intensidad y confianza a través de todos los medios donde nos ofrece su amistad y sacramentos, ya que es Él mismo quien actúa por medio de ellos, pero sobre todo porque nos sigue buscando en los demás que nos han invitado a estar cerca de Él.

“Yo si sé quién eres”

“Yo si sé quién eres”

Mateo: 16, 13-23

En aquel tiempo, cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Ellos le respondieron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas”.

Luego les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Jesús le dijo entonces: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella. Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”. Y les ordenó a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.

A partir de entonces, comenzó Jesús a anunciar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén para padecer allí mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que tenía que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.

Pedro se lo llevó aparte y trató de disuadirlo, diciéndole: “No lo permita Dios, Señor. Eso no te puede suceder a ti”. Pero Jesús se volvió a Pedro y le dijo: “¡Apártate de mí, Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres!”.

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No cabe duda que las relaciones humanas se ufanan de tener una cercanía y familiaridad con otras personas, a tal grado de creer que se les conoce en la totalidad y muy certeramente.

Sin embargo la realidad de nuestros días, aunque se ha perdido parte de las relaciones humanas por la tecnificación de las redes sociales por las electrónicas, que nada dista del pasado ya que al final de cuentas externamos lo que deseamos que los demás crean de nosotros.

Pero que sin embargo no es bastante para poder decir que conocemos a alguien, ya que la superficialidad hoy como siempre está a flor de piel, y el caso concreto lo tenemos con todos aquellos que se dicen que conocen a Jesús. Creen conocerlo para darse importancia con sus comentarios aunque estos sean erróneos. 

La pauta la marca Pedro, que sin titubear afirma lo que es verdad, porque la conoce y identifica realmente a Jesús, y no por lo que obtuvo de información con los demás, sino por su trato personal y cercano.  

Ha visto su amor, su dedicación, su oración, su trato caritativo y fraterno; ha visto su gracia y santidad en su persona y en su obrar, le habla cara a cara. Él si lo conoce y sabe quién es, nada ajeno a nosotros que podemos amarle y conocerle con la misma intensidad y confianza a través de todos los medios donde nos ofrece su amistad y sacramentos, ya que es Él mismo quien actúa por medio de ellos, pero sobre todo porque nos sigue buscando en los demás que nos han invitado a estar cerca de Él.

“Conocer al Mesías”

“Conocer al Mesías”

Lucas: 9, 18-24

Un día en que Jesús, acompañado de sus discípulos, había ido a un lugar solitario para orar, les preguntó: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Ellos contestaron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías, y otros, que alguno de los antiguos profetas que ha resucitado”.
Él les dijo: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Respondió Pedro: “El Mesías de Dios”. Él les ordenó severamente que no lo dijeran a nadie. Después les dijo: “Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día”.
Luego, dirigiéndose a la multitud, les dijo: “Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga. Pues el que quiera conservar para sí mismo su vida, la perderá; pero el que la pierda por mi causa, ése la encontrará”.

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Ya las lecturas del Antiguo testamento se han dedicado encarecidamente a dar a conocer cómo será la voluntad del Padre para enviar a su hijo como redentor, que será el Mesías esperado, dando lujo de detalles para identificarlo en su llegada.

Por lo que cuando Jesús realiza su misión con sus discípulos, les pregunta si lo conocen y quién es para ellos, no lo hace porque dude, sino porque tienen que entender muy bien de quién se trata para poder ejercer un trabajo de calidad sabiendo a lo que van y de qué se trata el asunto, ya que obrar por ignorancia, tan sólo de buena voluntad no es muy provechoso que digamos, porque se pierde el fin deseado.

Es necesario saber con quién tratamos para no perder el rumbo y convertirlo como en su tiempo lo hicieron confundiéndolo en un curandero, un milagriento, un realizador de espectáculos, un pide favores, o un amuleto cargado de morbo.

Al igual hoy hay que conocer al Mesías para que no ocurra lo mismo que en su tiempo, cuando los suyos no le creyeron, ni siquiera las autoridades religiosas, y todo por desvirtuar, exagerar e idealizar al que habría de venir, no cubrió las esperanzas falsas que se hicieron, aunque eran claras en las Sagradas Escrituras.

Es impresionante la cantidad de personas que disque buscando a Jesús tratan de manipular a los demás y lucran pidiendo en su nombre, además de que las personas en su desconocimiento, cuando nos piden consejo y se les dice la solución en verdad, se molestan porque quieren que Dios haga las cosas como ellos quieren, y no como las pide Jesús, descubriendo que no quieren seguir la verdad ofenden y se sienten ofendidos chantajeando. Personas como esas hay al por mayor.

Por ello hay que conocerle, para saber a su vez aprovechar cómo servirle y cómo pedirle, porque sabrás lo que puede darte y no errar con fantasías o absurdos que se piden caprichosamente por doquier al día, a su vez enojarnos porque no se cumplen, ya que no se conoce ni a quién, ni cómo pedirle. Además hay que profundizar en la cantidad de amor que imprime su venida y su obra, que nos ayuda a comprenderlo todo y a obrar en ese rubro. Me consta, que es importante conocerlo.

“Reciprocidad natural”

“Reciprocidad natural”

Mateo: 5, 43-48

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Han oído que se dijo: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Yo, en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y manda su lluvia sobre los justos y los injustos.
Porque, si ustedes aman a los que los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen eso mismo los publicanos? Y si saludan tan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen eso mismo los paganos? Ustedes, pues, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto”.

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Dentro de las relaciones humanas encontramos un aspecto básico y fundamental en toda interacción personal que denominamos la aceptación, es decir sentirnos integrados en un ambiente en el que la confianza sea mutua y sin distinción.

Eso sería lo más natural, la excepción viene cuando en medio de las relaciones personales iniciamos a demandar una atención especial, un ser tomado en cuenta y remarcar diferencias aunque éstas no sean reales sino mentales y clasistas.

Es entonces cuando descartamos de nuestro medio a aquellas personas que no compaginan con el entorno ni con nuestra ideología o clase, sin olvidar que en realidad es una reacción defensiva ante un pavor tremendo a perder la aceptación de los que se dicen cercanos y que me acreditan en su rol.

Jesús es muy claro y es natural que no estipule ante tanta basura mental, la cosa es simple, basta con amar y aceptar incluso a aquellos que según nuestro concepto sean malos, sobre todo como una maduración de nuestra mente y persona.

La reciprocidad debe ser nata y natural, no forzada ni prefabricada, porque con ésta última se generan personas que en medio de sus miedos viven desconfiando y cuidándose de todo mundo con un falso trato social.

El mayor mérito se da cuando la relación se da sin prejuicios, pero sobre todo cuando se ama en pleno sin limitantes mentales que bloquean no tan sólo una sana relación, sino la mutua santificación.

“Yo si sé quién eres”

“Yo si sé quién eres”

Marcos: 8, 27-33

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a los poblados de Cesarea de Filipo. Por el camino les hizo esta pregunta: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Ellos le contestaron: “Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que alguno de los profetas”.

Entonces él les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Pedro le respondió: “Tú eres el Mesías”. Y él les ordenó que no se lo dijeran a nadie.

Luego se puso a explicarles que era necesario que el Hijo del hombre padeciera mucho, que fuera rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que fuera entregado a la muerte y resucitara al tercer día.

Todo esto lo dijo con entera claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y trataba de disuadirlo. Jesús se volvió, y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro con estas palabras: “¡Apártate de mí, Satanás! Porque tú no juzgas según Dios, sino según los hombres”.

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No cabe duda que las relaciones humanas se ufanan de tener una cercanía y familiaridad con otras personas, a tal grado de creer que se les conoce en la totalidad y muy certeramente.

Sin embargo la realidad de nuestros días, aunque se ha perdido parte de las relaciones humanas por la tecnificación de las redes sociales por las electrónicas, que nada dista del pasado ya que al final de cuentas externamos lo que deseamos que los demás crean de nosotros.

Pero que sin embargo no es bastante para poder decir que conocemos a alguien, ya que la superficialidad hoy como siempre está a flor de piel, y el caso concreto lo tenemos con todos aquellos que se dicen que conocen a Jesús. Creen conocerlo para darse importancia con sus comentarios aunque estos sean erróneos. 

La pauta la marca Pedro, que sin titubear afirma lo que es verdad, porque la conoce y identifica realmente a Jesús, y no por lo que obtuvo de información con los demás, sino por su trato personal y cercano.  

Ha visto su amor, su dedicación, su oración, su trato caritativo y fraterno; ha visto su gracia y santidad en su persona y en su obrar, le habla cara a cara. Él si lo conoce y sabe quién es, nada ajeno a nosotros que podemos amarle y conocerle con la misma intensidad y confianza a través de todos los medios donde nos ofrece su amistad y sacramentos, ya que es Él mismo quien actúa por medio de ellos, pero sobre todo porque nos sigue buscando en los demás que nos han invitado a estar cerca de Él.

“¿Quiénes son mis hermanos?”

“¿Quiénes son mis hermanos?”

Marcos: 3, 31-35

En aquel tiempo, llegaron donde estaba Jesús, su madre y sus parientes; se quedaron fuera y lo mandaron llamar. En torno a Él estaba sentada una multitud, cuando le dijeron: “Ahí afuera están tu madre y tus hermanos, que te buscan”. Él les respondió: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Luego, mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dijo: ‘Éstos son mi madre y mis hermanos. Porque el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

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Dentro de las relaciones familiares nombramos la relación con las personas conforme al parentesco que nos vincule en línea directa en base a la sangre, los apellidos y en general la genética heredada la cual se conforma como ínter relación natural biológica. 

En ocasiones de igual manera con base con el modelo de la relación familiar, se equiparan las relaciones cercanas a tal grado que se le nominan como parte de la familia. Cuando a alguna persona se le aprecia y el trato es tan afable así como constante se le llama hermano o hijo según sea la relación con la persona en curso.

Por otro lado hay comunidades de personas que nacen de un sentir común o de un mismo pensar, siendo un tanto más selectivas en las que aveces adolecen de las mismas dependencias y a su vez se hacen llamar familia, sobre todo porque ahí se sienten aceptados.

Sin embargo Jesús no limita a una relación afectiva o biológica es ser parte de la gran familia de Dios, porque esos términos familiares como los aplicamos y conocemos suelen ser limitantes y excluyeres porque son grupos limitadamente cerrados.

Jesús abre la participación a la Familia de Dios a todos aquellos, que independientemente de su manera de pensar o actuar, forman parte de de aquellos que aman a un mismo Padre y como Él mismo lo dice, cumplen su voluntad en libertad y alegría. 

Por lo que, todo aquel que desee no limitarse a las barreras ideológicas, racistas y humanas de grupos sociales, es invitados a manifestar una hermandad mayor a la propia natural e idealizada, es bienvenido ya que un mismo fin y un mismo amor los une en una misma familia independientemente de sus roles particulares en la sociedad. Esos son los que se convierten en mis hermanos, con los cuales podemos llegar a la meta en mutuo apoyo y solidaridad, es decir a la santidad.

“Sin más preguntas”

“Sin más preguntas”

Marcos: 12, 28-34

En aquel tiempo, uno de los escribas se acercó a Jesús y le preguntó: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?” Jesús le respondió: “El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor; amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.

El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay ningún mandamiento mayor que éstos”.

El escriba replicó: “Muy bien, Maestro. Tienes razón, cuando dices que el Señor es único y que no hay otro fuera de él, y amarlo con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios”.

Jesús, viendo que había hablado muy sensatamente, le dijo: “No estás lejos del Reino de Dios”. Y ya nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

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 En varias ocasiones me da la impresión de que fingimos demencia selectiva cuando ante nuestras propias responsabilidades incumplidas, tratamos de justificarnos afirmando una ignorancia tal que ralla en lo evidente y lo absurdo.

Y es qué de suyo, por así decir, de antemano, la misma conciencia nos dicta cuando algo no lo estamos haciendo como deberíamos, pero nos gana el ego cuando los dañamos, porque cada vez pedirá más de lo negativo.

A veces nos auto saboteamos y nos auto engañamos negando la realidad y afirmando nuestras propias injusticias así como actos malos, pretendiendo que eso en nuestra zona de confort es lo normal y queriendo estandarizarlo.

Porque en realidad, si logramos la normal y ordinaria sinceridad en nuestras vidas, la vedad se manifiesta en todo por sí sola, y no andaremos queriendo acomodar nuestros errores con preguntas que vayan a justificar nuestro pensar y situación de vida, que para eso el ego propio y a estas alturas enfermo es especialista.

No es necesario hacer más preguntas cuando se vive en sincronía con la verdad en lo que pensamos y hacemos. Por ello salen sobrando las preguntas de lo evidente y básico ante la verdad.

“No sólo hacer, sino ser”

“No sólo hacer, sino ser”

Lucas 10, 25-37

En aquel tiempo, se presentó un letrado y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: —Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?

El le dijo: —¿Qué está escrito en la Ley?, ¿qué lees en ella?

El letrado contestó: —«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo».

El le dijo: —Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.

Pero el letrado, queriendo aparecer como justo, preguntó a Jesús: —¿Y quién es mi prójimo?

Jesús dijo: —Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: “Cuida de él y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta”. ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?

El letrado contestó: —El que practicó la misericordia con él.

Díjole Jesús: —Anda, haz tú lo mismo.

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Por lo general siempre se nos recomienda lo que tenemos que hacer para ingresar a alguna escuela o agrupación, a algún trabajo o algún club de membresía, porque hacerlo es relativamente fácil, ya que se nos da la lista de requisitos a cumplir y al final queda todo listo cuando son ejecutados al pie de la letra.

Estamos impuestos a cumplir requerimientos, y hacer y más hacer, para generar un buen historial de experiencias y desempeños. Algo similar a veces queremos implementar en la vida de la fe, de tal manera que pedimos a Dios los requisitos y la lista detallada para cumplirla y permanecer dentro o ganarse el premio, que en este caso es la vida y felicidad eterna.

Por ello en esa lógica el letrado le pide la lista a Jesús para con una muy buena intención seguirla al pie de la letra, cosa que es buena, pero que no basta. Sin embargo el hecho de que tengamos un historial heroico y admirable, no quiere decir que seamos merecedores del mejor premio existente en este mundo y en la gloria eterna. 

Porque cuando confiamos en que tan sólo basta el hacer, nos convertimos en caza recompensas, haciendo hasta lo imposible para ser merecedores de lo que anhelamos, como un premio merecido y adquirido que se puede exigir textualmente.

Pero olvidamos que las obras realizadas tienen un único fin, y ese es el hacernos mejores personas, transformar nuestro ser, nuestro pensar, nuestro actuar, adquirir y cultivar para llegar a transformarnos en un ser lleno de las gracias y dones de Dios, y serlo como tal. De tal manera que hasta por los codos se note la calidad de persona que somos, que se nos identifique por lo que llegamos a valer y ser valorados, más no por lo que hacemos o poseemos.

Además de hacer, hay que permitirnos ser, porque lo que hagamos, se queda aquí, pero lo que creces en amor, caridad, santidad y gracia, te lo llevas contigo, y con ello las obras se convierten en un testimonio silencioso pero que habla a gritos de quien eres y no al contrario. Por ello, cuida tu ser, además de tu quehacer.

“Cordiales vs. convenencieros”

“Cordiales vs. convenencieros”

Lucas 6, 27-38

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «A los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian. Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen. Y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores con intención de cobrárselo. ¡No! Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada: tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos. Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis la usarán con vosotros».

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Una de las principales características del cristiano radica precisamente en su caridad, en el manifestar una vida llena de afecto sincero, tan amable con cualquier persona que supera la sola educación, sino que va más allá, llega a mostrar una relación que sale sin problema desde el fondo de su corazón, aquello que llamamos cordialidad.

En sí, se trata de una actitud de donación, no solamente de bienes materiales, sino inclusive de tiempos y atenciones personales según se necesiten en su momento. 

Contrariamente ante esto encontramos un mal entender de esa actitud, porque de cordiales, pasamos por un lado a ser convenenciero o justicieros. Convenencieros porque sabiendo que existe gente que se dona y es capaz de quitarse el vestir para darlo a quien lo necesita, así como el pan de la boca, a quien le favorece ésta situación es a aquellos que les conviene sacar provecho y abusar de la bondad de los demás sin mayor problema de conciencia. Aquellos que hasta exigen manipulando y chantajeando a los verdaderos cristianos como si obligadamente les tuvieran que dar, esos que desde que nacen ya tienen la mano estirada para pedir pan y la cara impregnada de falsa tristeza.

También están los justicieros, aquellos que no dan si no les dan, es decir, tu pones, yo pongo, tu haces, yo hago, y si no obras, yo no obro. Aquellos que están al tú por tú, los que les conviene la justicia y la renombran como caridad, pero que no son capaces de dar nada independientemente por su cuenta, sino como respuesta después de ver lo que reciben. Eso no es caridad, es lo normal que se debe mínimo como gente educada hacer, porque la caridad es dar un poco más de lo que impone la justicia libremente y sin retroalimentación. 

La cuestión es, que no pidas más de lo que no das, y si das de más, ya sabrás como se te recompensará sin esperarlo, pero llega y sin pedirlo. Así obra la generosidad. No dejes de ser cordial, pero no te dejes de los covenencieros, porque si les ayudas los dañas y estancas.

“Mis obras, Tus Obras Señor”

“Mis obras, Tus Obras Señor”

Marcos 6, 7-13

En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. Y añadió: –Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa.

Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

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Dios en su infinita misericordia nos brinda día a día todo aquello que necesitamos, pero además nos proporciona de igual manera generosamente aquello que desea compartamos, podríamos pensar que se trata de dinero y bienes materiales, sí, también de los da, pero hay una obra mucho mayor que no afecta a nuestras avaricias y egoísmos, y esa es la acción de motivar, activar, entusiasmar a aquellos que viven apagados y que su fe ha quedado relegada a eventos sociales, más sociales que eventos.

Pero si nosotros somos los que estamos desmotivados, presos de nuestro confort en casa y situaciones actuales, olvidamos aquello que se nos compartió y que quieras o no, gritará en los más profundo de tu conciencia si no es canalizado para lo que te fue dado.

Olvidamos que incluso las obras que hacemos para nosotros mismos, de suyo son las mismas obras de Dios, porque participamos de su gracia, de su vida, de su Santo Espíritu, no es porque tu lo hagas de manera totalmente autónoma e independiente, sino porque estás ligado a una red tanto humana como divina para realizarlas.

Por ello cuando Jesús llama a los Doce, primeramente los envía de dos en dos, por apoyo físico y moral, además de sostenerse mutuamente en la fe depositada, aquella que es la que hará las obras porque vienen de Dios.

Es poder no es de ellos, no hacen milagros por autonomía, sino en base a aquel que les da la vida misma y la sostiene, por lo que tus obras, sean cual sean excepto las negativas, son de Dios, al beneficiarte beneficia a los demás porque todo está en su plan, y todo es para glorificar a Dios. Por ello te invito a decir: “Mis obras, sonTus Obras Señor”, y si no podemos hacerlo, entonces ¿sabrá de quien serán las obras y si estarán bien hechas?.