“He dado potestad”

Lucas 10, 17-24


En aquel tiempo, los setenta y dos discípulos regresaron llenos de alegría y le dijeron a Jesús: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre”. Él les contestó: “Vi a Satanás caer del Cielo como el rayo. A ustedes les he dado poder para aplastar serpientes y escorpiones y para vencer toda la fuerza del enemigo, y nada les podrá hacer daño. Pero no se alegren de que los demonios se les sometan. Alégrense más bien de que sus nombres están escritos en el Cielo”. 

En aquella misma hora, Jesús se llenó de júbilo en el Espíritu Santo y exclamó: “¡Te doy gracias, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! ¡Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien! Todo me lo ha entregado mi Padre y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”. 

Volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: “Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven. Porque yo les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron”. 

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Una de las cosas que debemos de tener muy en claro, es aquella autoridad, poder, acción y hasta milagros que Dios otorga a través de su amado Hijo Jesucristo y a quién Él mismo se las quiera participar.

No está de más reconocer que toda la acción Divina, hecha a través del Espíritu Santo  que obra en todo y se canaliza por los medios de la gracias, en particular a través de Jesús, que tiene la autoridad para dar esa potestad a aquellos que le aman y desean extender su misión, así como hacerse uno con el Señor ya que es el Hijo predilecto del Padre.

Potestad que no se puede tomar ni obtener por ningún medio si no se nos concede, ya que quien obra en su Santo Nombre, es quien permite manifestar al mismo Jesucristo en su ser como instrumento cualificado de la Gracia de Dios. 

De tal manera que por más milagriento que resulte cualquier cristiano, no debemos olvidar que no lo es ni por su vida, ni por sus propios méritos, sino por la cercanía y capacidad al demostrar que se quiere vivir en Cristo Jesús, es decir, todo su obrar, predicar y pensar, es asistido por la Gracia de Espíritu Santo.

Esto no es de uso exclusivo de los santos, ni de los consagrados, ellos buscan un camino constante de perfección cristiana día a día, pero en realidad nos atañe a todos los que nos decimos hijos de Dios. Cada quien con el grado de responsabilidad al que se desee comprometer, pero al final la potestad es de Dios.

No es algo merecido, no es algo comprado, tampoco algo estudiado, es algo que se da como un regalo pero que hay que disponerse con la plena vida a recibirlo. Nada del otro mundo, sino tan real como el simple hecho de vivir en el bien natural y básico de nuestra conciencia y de la misma ley de Dios.

“Miedo preguntar”

Lucas 9, 43-45

En aquel tiempo, entre la admiración general por lo que hacía, Jesús dijo a sus discípulos: «Meteos bien esto en la cabeza: al Hijo del Hombre lo van a entregar en manos de los hombres».

Pero ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro, que no cogían el sentido. Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto.

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Hay una cierta tendencia en la mayoría de nosotros que se manifiesta en sociedad como un seguir la corriente ante el común de las opiniones y comentarios de los demás, aunque éstos no sean verídicos. Preferimos dar razón a quien no la tiene y quedarnos en la omisión de la verdad.

Hay una cierta cultura que poco a poco va despersonalizando al individuo sabiendo que su opinión no vale en ese medio ya caduco y manipulado. Se sabe que opinar viene a menos por el miedo a la denigración y ridiculización de la verdad, por ello mejor dar oídos sordos y seguir tendencias.

Sin embargo esto trae consigo consecuencias, ya que no se está ejerciendo el don recibido llamado profético de anunciar y denunciar, que precisamente se quiere silenciar, ya que estorba a la inversión de valores, donde lo malo ahora se cataloga como bueno y lo bueno se ridiculiza como anacrónico y caduco.

Nos hace cobardes inclusive con lo evidente, y aunque todos conocen la verdad de una situación, nadie dice ni hace nada. Eso llega hasta la propia vida personal, porque ni a la propia familia, hijos y pareja nos atrevemos a llamar a las incomodidades por su nombre y por ende no tratarlas ni solucionarlas.

Nada nuevo en la historia de la humanidad es esto, y como dice el mismo evangelio, nos resulta oscuro, pero porque el verdadero miedo no es a la verdad, sino a nuestra verdad que nos aterra, mejor no indagar, ni crecer, ni escarbar al interior personal porque nos paraliza.

Pero que no te de miedo preguntar, claro, sin caer en la cruda franqueza; para ello permitir a la prudencia moderarla y a la caridad aplicarla. Pero preguntando se llega más certeramente a donde quieres llegar, y si duele, es signo de que va sanando.

“Fiesta de La Cátedra de San Pedro”

“Fiesta de La Cátedra de San Pedro”

Mateo: 16,13-19

En aquel tiempo, cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Ellos le respondieron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas”.

Luego les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Jesús le dijo entonces: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella.

Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”.

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Hoy se celebra la festividad de la Cátedra de San Pedro, una ocasión solemne que se remonta al cuarto siglo y con la que se rinde homenaje y se celebra el primado y la autoridad de San Pedro.

La palabra “cátedra” significa asiento o trono y es la raíz de la palabra catedral, la iglesia donde un obispo tiene el trono desde el que predica. Sinónimo de cátedra es también “sede” (asiento o sitial): la “sede” es el lugar desde donde un obispo gobierna su diócesis. Por ejemplo, la Santa Sede es la sede del obispo de Roma, el Papa.

Antes de rezar el Ángelus en este día, el Papa Juan Pablo II recordó que “la festividad litúrgica de la Cátedra de San Pedro subraya el singular ministerio que el Señor confió al jefe de los apóstoles, de confirmar y guiar a la Iglesia en la unidad de la fe. En esto consiste el ‘ministerium petrinum’, ese servicio peculiar que el obispo de Roma está llamado a rendir a todo el pueblo cristiano. 

Misión indispensable, que no se basa en prerrogativas humanas, sino en Cristo mismo como piedra angular de la comunidad eclesial”. “Recemos -dijo- para que la Iglesia, en la variedad de culturas, lenguas y tradiciones, sea unánime en creer y profesar las verdades de fe y de moral transmitidas por los apóstoles”.

La cátedra es en realidad el trono que Carlos el Calvo regaló al papa Juan VIII y en el que fue coronado emperador el día de Navidad del año 875. Carlos el Calvo era nieto de Carlomagno. Durante muchos años la silla fue utilizada por el papa y sus sucesores durante las ceremonias litúrgicas, hasta que fue incorporada al Altar de la Cátedra de Bernini en 1666.

Tradiciones, leyendas y creencias afirmaron durante muchos años que la silla era doble y que algunas partes se remontaban a los primeros días de la era cristiana e incluso que la utilizó San Pedro en persona. La silla ha sido objeto de numerosos estudios a lo largo de los siglos y la última vez que fue extraída del nicho que ocupa en el altar de Bernini fue durante un período de seis años, entre 1968 y 1974. Los análisis efectuados en aquella ocasión apuntaban a que se trataba de una sola silla cuyas partes mas antiguas eran del siglo VI. Lo que se había tomado por una segunda silla era en realidad una cubierta que servía tanto para proteger el trono como para llevarlo en procesión.

Todos los años en esta fecha, el altar monumental que acoge la Cátedra de San Pedro permanece iluminado todo el día con docenas de velas y se celebran numerosas misas desde la mañana hasta el atardecer, concluyendo con la misa del Capítulo de San Pedro.

Fuente: VIS – Servicio Informativo Vaticano

“Decir auténticamente Señor, Señor”

“Decir auténticamente Señor, Señor”

Lucas: 6, 43-49

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No hay árbol bueno que produzca frutos malos, ni árbol malo que produzca frutos buenos. Cada árbol se conoce por sus frutos. No se recogen higos de las zarzas, ni se cortan uvas de los espinos.

El hombre bueno dice cosas buenas, porque el bien está en su corazón, y el hombre malo dice cosas malas, porque el mal está en su corazón, pues la boca habla de lo que está lleno el corazón. ¿Por qué me dicen ‘Señor, Señor’, y no hacen lo que yo les digo? Les voy a decir a quién se parece el que viene a mí y escucha mis palabras y las pone en práctica. Se parece a un hombre, que al construir su casa, hizo una excavación profunda, para echar los cimientos sobre la roca. Vino la creciente y chocó el río contra aquella casa, pero no la pudo derribar, porque estaba sólidamente construida. Pero el que no pone en práctica lo que escucha, se parece a un hombre que construyó su casa a flor de tierra, sin cimientos. Chocó el río contra ella e inmediatamente la derribó y quedó completamente destruida”.

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Es muy claro que cualquiera puede decir en medio de su fe “Señor, Señor”, incluso un no creyente o hasta el mismo maligno lo puede hacer, pero hay una diferencia abismal entre tan sólo decirlo a en realidad hacerlo suyo y vivirlo como tal. 

Y es que hay que entender que no se trata tan sólo de una intención, sino que proviene de un Don de Dios, que otorga a aquellos que demuestran con su vida y obras el querer recibirlo, ya que nadie le puede decir Señor verdaderamente, si no le es dada la intención viva por moción del Espíritu Santo, quien lo ha hecho suyo y le permite obrar como templo vivo.

Es un nombre que impera el Señorío de Cristo Jesús, el cual implica una transformación interior, precisamente hecha a través de vida sacramental y de oración, porque cada vez que nos acercamos a Él, nos va injertando en su propia vida.

De tal manera que será la misma gracia la que nos haga afirmar el señorío de Cristo y no tan sólo nuestra inteligencia. De ahí surge un auténtico “Señor, Señor, que todos podemos alcanzar a proclamar, pero que necesita de tu propia colaboración y la obra del Señor en ti.

“Hacer lo ordinario, o no”

“Hacer lo ordinario, o no”

Marcos: 3, 20-21

En aquel tiempo, Jesús entró en una casa con sus discípulos y acudió tanta gente, que no los dejaban ni comer. Al enterarse sus parientes, fueron a buscarlo, pues decían que se había vuelto loco.

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Dentro de los esquemas mentales ordinarios mantenemos un margen central al que llamamos salud mental, de tal manera que si alguna persona raya en un comportamiento fuera de ese margen la declaramos insana o cuerda.

Sin embargo hay que considerar que lo que para ciertos ambientes es normal, para los otros no y, se juzgan mutuamente ya que no son acordes, ni a sus costumbres ni a su forma de pensar, pero eso no significa que los unos o los otros estén locos.

La loquera llega cuando en realidad el comportamiento es en extremo ilógico, irresponsable y dañino. Aunque hoy en día hay quien intencionalmente en su salud maliciosamente se comporta así. 

La cuestión radica en que ya desde antaño a cualquiera que se saliera de la norma le llamaban loco, y es que a Jesús lo juzgaban de igual manera, pero no por enfermedad mental, sino porque los demás que lo conocían personalmente durante su crecimiento, distan de identificarlo con esa persona que se manifiesta hoy en día y que creían conocer.

En realidad la novedad es la que destaca y quienes no la entienden lo más fácil y práctico será negarle, declarando insano a quien dista de ser como el común de nosotros los mortales. Por ello hacer lo ordinario te cataloga en la normalidad, pero no hacerlo, incluso cuando sea para un bien mayor, es incomprensible sobre todo para los que no quieren cambiar ni crecer en las nuevas áreas, incluso las espirituales que se nos brindan con la novedad de Jesús y no por ello para defendernos deberíamos de llamarlo loco.

“La Gracia, es fuente de la alegría”

“La Gracia, es fuente de la alegría”

Lucas 1, 46-56

En aquel tiempo, dijo María: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede. Santo es su nombre, y su misericordia llega de generación en generación a los que lo temen. Ha hecho sentir el poder de su brazo: dispersó a los de corazón altanero, destronó a los potentados y exaltó a los humildes. A los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió sin nada. 

Acordándose de su misericordia, vino en ayuda de Israel, su siervo, como lo había prometido a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia, para siempre”. 

María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa.
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Muchas de las personas que conocen el cántico de María realizado en el encuentro con Isabel su pariente, resulta en una acción que precisamente nace del corazón, pero sobre todo de un corazón que se ha permitido aceptar la gracia y la responsabilidad del plan de Dios sobre ella en plena conciencia, sin caer en fanatismos y menos en radicalismos. 

Por ello habla el corazón de lo que está lleno, y en este caso, no es raro que ella manifieste toda esa gracia, por una parte fruto de su aceptación, por otra, fruto de su vientre, de el Dios encarnado que viene a nosotros desde una perspectiva totalmente humana y de la cual ya hace obrar a la par de la colaboración de María.

Por ello surge ese cántico, en labios de María pronunciado, fruto de la gracia de una mujer en plena comunión con Dios y consigo misma, no es raro que la alegría trate de desbordarse pero nunca en una paranoia, sino en medida felicidad que se comparte y se contagia. 

Por ello, en este tiempo de gracia es la oportunidad de permitirnos al igual, manifestar esa alegría, que no viene de los elementos externos como lo es de una persona, una cosa o una situación, sino del mismo Creador, que se permite manifestarse porque tú lo has permitido al igual que María y, así de igual manera vivir la alegría natural fruto de esa gracia recibida.

“Es evidente lo que tenemos que hacer”

“Es evidente lo que tenemos que hacer”

Lucas 3, 10-18

En aquel tiempo, la gente le preguntaba a Juan el Bautista: “¿Qué debemos hacer?”
El contestó: “Quien tenga dos túnicas, que dé una al que no tiene ninguna, y quien tenga comida, que haga lo mismo”. 

También acudían a él los publicanos para que los bautizara, y le preguntaban: “Maestro, ¿qué tenemos que hacer nosotros?” 

El les decía: “No cobren más de lo establecido”. Unos soldados le preguntaron: “Y nosotros, ¿qué tenemos que hacer?” El les dijo: “No extorsionen a nadie, ni denuncien a nadie falsamente, sino conténtense con su salario”. 

Como el pueblo estaba en expectación y todos pensaban que quizá Juan era el Mesías, Juan los sacó de dudas, diciéndoles: “Es cierto que yo bautizo con agua, pero ya viene otro más poderoso que yo, a quien no merezco desatarle las correas de sus sandalias. El los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego. El tiene el bieldo en la mano para separar el trigo de la paja; guardará el trigo en su granero y quemará la paja en un fuego que no se extingue”. 

Con éstas y otras muchas exhortaciones anunciaba al pueblo la buena nueva. 

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Dentro del complejo comportamiento humano en cada una de sus vertientes tan originales y únicas como lo es cada persona, nos encontramos con los derechos que nos otorgan, sin dejar atrás las tan no reconocidas obligaciones, que en lo posible se suelen evitar, ya que nos manejamos en un mundo donde hacer el menor esfuerzo impera, a sabiendas que hay quien realice nuestros deberes eficazmente por nosotros.

Nada de nuevo tiene la actitud de quien se defiende cuando intuye que le van a pedir cuentas, solemos justificar el mal que hacemos sin promover el bien que debemos. Tanto ayer como hoy profesamos una demencia selectiva cuando hay que hacer las cosas bien, ya que tan impuestos estamos a evadir responsabilidades, o en su defecto a realizar los trabajos no como debiéramos, siempre arrebatados, a medias y sin calidad, que parece ser lo normal y hasta ofendiéndonos cuando alguien los hace bien.

Juan Bautista quien nos invita en este segundo domingo de adviento a estar preparados, no está pidiendo que hagamos algo imposible e inalcanzable de lograr en nuestras vidas para estar bien ante Dios, de suyo basta con que lo que solemos hacer en el día a día, lo hagamos a conciencia y bien hecho.

Es que resulta absurdo preguntar ¿qué es lo que debemos hacer?, como si no supiéramos, aunque a lo mejor en realidad no sabemos, porque vivimos en una cultura  mediática radicalista así como en un medio tan viciado y enfermizo que no sabemos comportarnos sana y correctamente.

Juan para prepararnos no pide más, el mensaje es sencillo y claro, basta con hacer bien los deberes ya obtenidos en confianza y responsabilidad. Esa es la mejor manera de continuar este tiempo de espera del Adviento, para celebrar la ya próxima festividad de la Navidad.

“La lista mágica”

“La lista mágica”

Marcos 10, 17-30

En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: —Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?

Jesús le contestó: —¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre.

Él replicó: —Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño.

Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: —Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme.

A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico. Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: —¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!

Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió: —Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios.

Ellos se espantaron y comentaban: —Entonces, ¿quién puede salvarse?

Jesús se les quedó mirando y les dijo: —Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo.

Pedro se puso a decirle: —Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.

Jesús dijo: —Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más —en casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones—, y en la edad futura, vida eterna».

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Hay personas a las que el orden les aterra, e independientemente de haber llegado a esa situación, no nos compete juzgarlos, a fin de cuentas ellos son responsables de sí mismos y de su propia vida. 

Por otro lado a su vez existen aquellos que el orden impera en todo cuanto hacen, un hábito bueno siempre y cuando no lo llevemos al extremo rallando en una obsesión. Es de suyo un valor ya en sí mismo, a quienes en su momento se les facilita llevar a feliz cumplimiento cuanta norma y valores se les presenten como modelo de vida. En éste caso los llamamos los valores cívicos.

Sin embargo para con Dios de igual manera a veces solicitamos la lista mágica, es decir aquel conjunto de mandatos y sugerencias para vivir en regla el cristianismo. Caso concreto lo tenemos en el joven rico, que piensa que todo lo puede obtener fácilmente porque tiene los medios económicos que lo sustentan ampliamente sin dificultad, pensando que de igual manera podría tener la famosa lista de cosas como pendientes a cumplir de manera ascendente.

Ciertamente hay una lista, la cual es remarcada en los mandamientos de la ley de Dios, peo esa lista implica una evolución que no queda en el cumplimiento tajante y frío del mandato, sino que es un constante perfeccionamiento día a día en la misma norma, de tal manera que lleguemos a desprender el mismo el aspecto legal, para hacerlo vida fundamentado en la caridad, en el trato, en las obras, en el diálogo, y todo lo que concierna a nuestra vida. 

Es un camino de perfección que no se limita al “No hagas” sino que culmina en el ser y quehacer más allá de los simples renglones escritos. Por ello no busques tan sólo la lista mágica, ya que de la magia se pasará a la gracia, que es mayor aún, llegando hasta la vida eterna y la felicidad correspondiente ya desde esta vida, culminando en la presencia del que más que la ley es el amor en sí mismo.

“Creemos que hacemos el bien…”

“Creemos que hacemos el bien…”

Lucas 10, 13-16
En aquel tiempo, Jesús dijo: “¡Ay de ti, ciudad de Corozaín! ¡Ay de ti, ciudad de Betsaida! Porque si en las ciudades de Tiro y de Sidón se hubieran realizado los prodigios que se han hecho en ustedes, hace mucho tiempo que hubieran hecho penitencia, cubiertas de sayal y de ceniza. Por eso el día del juicio será menos severo para Tiro y Sidón que para ustedes. Y tú, Cafarnaúm, ¿crees que serás encumbrada hasta el Cielo? No. Serás precipitada en el abismo”. 

Luego, Jesús dijo a sus discípulos: “El que los escucha a ustedes, a mí me escucha; el que los rechaza a ustedes, a mí me rechaza y el que me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado”. 

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El entorno en el que hemos crecido se nos hace de los más natural y ordinario, las personas, los lugares, los hábitos, la situación económico social, así como el trato humano creemos que es lo trivial, y lo es, solamente que dejamos de lado aquellas situaciones que no conocemos, distintas a nuestra propia forma de vida y que según nuestros criterios suenan raras porque así no vivimos ni aprendimos.

No dudo que el mal enraizado en esas ciudades como Corozaín y Betsaida, a veces inculcado de generaciones atrás, se vea como lo normal, con todo y sus consecuencias nefastas sin tener idea de como vivir de una manera mejor y distinta.

Es aquí cuando creemos que hacemos el bien repitiendo los errores de los demás, porque así lo hacen todos, donde el cambio lo lleva Jesús pero no quieren escuchar, ni cambiar, y la realidad es miedo a lo nuevo y a dejar las mañas aseguradas porque no se tiene más.

Es por eso importante escuchar y conocer nuevas opiniones, que aunque nos incomoden, nos hacen en realidad crecer y más aún cuando se trata de cambiar nuestro interior y santificarnos, pensamos que estamos bien, cuando podemos estar mejor y tener además la paz y la gracia que conlleva a una seguridad en la vida al lado de Dios.

“Sustentación”

“Sustentación”

Juan 6, 24, 35

En aquel tiempo, cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: —Maestro, ¿cuándo has venido aquí?

Jesús les contestó: —Os lo aseguro, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros.

Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios.

Ellos le preguntaron: —Y, ¿qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere?

Respondió Jesús: —La obra que Dios quiere es ésta: que creáis en el que él ha enviado.

Le replicaron: —¿Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: «Les dio a comer pan del cielo».

Jesús les replicó: —Os aseguro que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo.

Entonces le dijeron: —Señor, danos siempre de este pan.

Jesús les contestó: —Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed.

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Hoy en día se habla por todos lados de la sustentabilidad de los nuevos proyectos, sobre todo los arquitectónicos, empresariales y de vivienda, dónde el impacto sea menor en el medio ambiente. Para ello hay que cambiar cientos de malos hábitos en nuestra forma de vivir y de utilizar los recursos naturales así como los fabricados. A veces el cambio debe de ser radical nos guste o no y hasta obligatorio con penalizaciones por incumplimiento.

De igual manera, nuestra vida debe sustentarse en todos los aspectos, y no tan sólo en lo que se refiere al aspecto físico y la alimentación, debemos de reconsiderar el retomar de igual manera un proyecto de crecimiento intelectual, que a su vez vaya dándonos una mejor comprensibilidad de la realidad y los movimientos a través de las etapas de la sociedad.

Pero igual de importante será sustentar la espiritualidad, que viene a ser el motor principal de todas las demás actividades y proyectos de nuestra vida, ya que cómo estemos en nuestro espíritu de fortalecido y lleno de valores, será lo que a futuro proyectaremos de una manera ya sea consciente o inconsciente, claro, con sus derivadas consecuencias necesarias.

La manera más perfecta de sustentar nuestra espiritualidad es mediante:

UNO.- La palabra de Dios, que alimenta y da la sabiduría necesaria comprensible en nuestro caminar.

DOS.- La Eucaristía, es decir, la misa, que nos da el mismísimo Pan de Vida, La comunión, que el sustento principal para el camino de ésta vida ante los tropiezos y alegrías que pudieran presentarse.

TRES.- La consecuencia necesaria de las dos anteriores: La actitud de paciencia y caridad para con los demás, aunque se equivoquen.

Por ello, haz tu vida realmente sustentable, y no caduca hasta la tumba, sino hasta la eternidad.