“¿Qué es más fácil…?”

“¿Qué es más fácil…?”

Marcos 2, 1-12

Cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaúm, se supo que estaba en casa. Acudieron tantos, que no quedaba sitio ni a la puerta. El les proponía la Palabra. Llegaron cuatro llevando un paralítico, y como no podían meterlo por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico: «Hijo, tus pecados quedan perdonados». Unos letrados, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros: «¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?» Jesús se dió cuenta de lo que pensaban y les dijo: «¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico “tus pecados quedan perdonados” o decirle “levántate, coge la camilla y echa a andar”? Pues, para que veáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados…» entonces le dijo al paralítico: «Contigo hablo: Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa». Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios diciendo: «Nunca hemos visto una cosa igual».

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Cuando nos acercamos a Dios, siempre lo hacemos de la manera más accesible para nosotros, buscamos nuestro muy propio y original método de oración, e independientemente cual sea su manifestación en nuestra expresividad eso es muy bueno. Habrá algunos que relativicen la oración de los demás, o al contrario, criticar a los que hacen largos rezos, no olvidemos que ambos son necesarios, no porque Dios requiera de una forma concreta nuestra intercesión, sino porque así es nuestra expresividad particular.

Sin embargo persiste el método de exigir a los demás lo que yo doy o no, es una tendencia a exigir la norma mínima a los demás, cuando en el caso de éste párrafo, nos habla precisamente de orar y hacer las cosas como las requiere el gusto de los demás, o  hacerlas cómo en realidad se necesitan y sean más provechosas.

Ante ésta disyuntiva, vemos la actitud siempre certera de Jesús, no se radicaliza en una sola postura de ayuda, sino que es flexible, pero lo es no porque siempre así lo sea, sino porque las circunstancias lo requieren, todo para sacar un mayor bien siempre.

Es por ello que lo hace no tan sólo para dar gusto, sino para mostrar que ambos caminos son viables y eficaces, lo que hace es, tanto curar como perdonar, primeramente porque tiene poder y autoridad para ello, en seguida porque su caridad y acción es tan basta que la sanación viene completa e integral, es decir, sana cuerpo y alma.

Aunque de nuestra parte tan sólo requerimos a Dios lo que se nos hace más fácil para nosotros, Dios hace la obra completa, es por ello que las consecuencias suelen ser siempre mayores a nuestras expectativas. No nos extrañe que Dios obre íntegramente, aunque nosotros no abarquemos todo el compromiso que conlleva, aunque debiéramos.

“Nadie puede tomarse algo para sí…”

“Nadie puede tomarse algo para sí…”

Juan 3, 22-30

En aquel tiempo, fue Jesús con sus discípulos a Judea, se quedó allí con ellos y bautizaba. También Juan estaba bautizando en Enón, cerca de Salín, porque había allí agua abundante; la gente acudía y se bautizaba. A Juan todavía no le habían metido en la cárcel. Se originó entonces una discusión entre un judío y los discípulos de Juan acerca de la purificación; ellos fueron a Juan y le dijeron: «Oye, rabí, el que estaba contigo en la otra orilla del Jordán, de quien tú has dado testimonio, ése está bautizando, y todo el mundo acude a él». Contestó Juan: «Nadie puede tomarse algo para sí, si no se lo dan desde el cielo. Vosotros mismos sois testigos de que yo dije: «Yo no soy el Mesías, sino que me han enviado delante de él». El que lleva a la esposa es el esposo; en cambio, el amigo del esposo, que asiste y lo oye, se alegra con la voz del esposo; pues esta alegría mía está colmada. Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar».

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Todos los dones y las cualidades con las que nacemos, ciertamente al ser conscientes de ellos e identificarlos, pasan a ser en nuestro propio concepto en general, una cualidad de tu propia naturaleza, como si eso te perteneciera y fuera lo ordinario en ti, sin mayor preocupación porque ya te acostumbraste a ello.

Sin embargo un conocimiento más profundo de ti mismo, hace profundizar la conciencia y sobre todo la propiedad de aquello que haz recibido, sobre todo si nos llamamos cristianos y decimos amar a Dios, lo primero que deberíamos de reconocer en una actitud de agradecimiento es aquello que sin pedirlo hemos recibido, sobre todo a sabiendas que Dios te da lo mejor en para que te desarrolles íntegra y ampliamente en el camino que te tiene encomendado en ésta etapa de la historia de la Salvación.

De tal manera que si reconocemos, porque Dios nos ha dado la capacidad para identificar los múltiples y excelentes dones en los demás, no es para limitarlos ni reprimirlos, al contrario, en ellos a su vez, es una complementación que está toda predispuesta en el mismo plan de Dios, nada sobra, todo tiene un cometido y debe de cumplirse ya que es una digna participación a la que te invita el Señor para que completes esa parte de la Creación que se te ha encomendado junto con las herramientas para ello.

Es por ello, que como dice el evangelio “Nadie puede tomarse algo para si”, es muy cierto que ahora es un regalo y como tal es tuyo, pero no procede de ti, es participado y tiene un fin a seguir. A lo mejor no lo participas, sigue siendo un excelente don pero tú mismo lo limitas.

Nadie puede decirse que tiene una perfección cuando sabe que no hizo nada para recibirla, al contrario, puedes remarcarla agradecidamente referida al autor y entonces ya la estarás encausando al fin que tiene que llegar: a los hermanos y a Dios.

“He dado potestad”

Lucas 10, 17-24


En aquel tiempo, los setenta y dos discípulos regresaron llenos de alegría y le dijeron a Jesús: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre”. Él les contestó: “Vi a Satanás caer del Cielo como el rayo. A ustedes les he dado poder para aplastar serpientes y escorpiones y para vencer toda la fuerza del enemigo, y nada les podrá hacer daño. Pero no se alegren de que los demonios se les sometan. Alégrense más bien de que sus nombres están escritos en el Cielo”. 

En aquella misma hora, Jesús se llenó de júbilo en el Espíritu Santo y exclamó: “¡Te doy gracias, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! ¡Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien! Todo me lo ha entregado mi Padre y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”. 

Volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: “Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven. Porque yo les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron”. 

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Una de las cosas que debemos de tener muy en claro, es aquella autoridad, poder, acción y hasta milagros que Dios otorga a través de su amado Hijo Jesucristo y a quién Él mismo se las quiera participar.

No está de más reconocer que toda la acción Divina, hecha a través del Espíritu Santo  que obra en todo y se canaliza por los medios de la gracias, en particular a través de Jesús, que tiene la autoridad para dar esa potestad a aquellos que le aman y desean extender su misión, así como hacerse uno con el Señor ya que es el Hijo predilecto del Padre.

Potestad que no se puede tomar ni obtener por ningún medio si no se nos concede, ya que quien obra en su Santo Nombre, es quien permite manifestar al mismo Jesucristo en su ser como instrumento cualificado de la Gracia de Dios. 

De tal manera que por más milagriento que resulte cualquier cristiano, no debemos olvidar que no lo es ni por su vida, ni por sus propios méritos, sino por la cercanía y capacidad al demostrar que se quiere vivir en Cristo Jesús, es decir, todo su obrar, predicar y pensar, es asistido por la Gracia de Espíritu Santo.

Esto no es de uso exclusivo de los santos, ni de los consagrados, ellos buscan un camino constante de perfección cristiana día a día, pero en realidad nos atañe a todos los que nos decimos hijos de Dios. Cada quien con el grado de responsabilidad al que se desee comprometer, pero al final la potestad es de Dios.

No es algo merecido, no es algo comprado, tampoco algo estudiado, es algo que se da como un regalo pero que hay que disponerse con la plena vida a recibirlo. Nada del otro mundo, sino tan real como el simple hecho de vivir en el bien natural y básico de nuestra conciencia y de la misma ley de Dios.

“Miedo preguntar”

Lucas 9, 43-45

En aquel tiempo, entre la admiración general por lo que hacía, Jesús dijo a sus discípulos: «Meteos bien esto en la cabeza: al Hijo del Hombre lo van a entregar en manos de los hombres».

Pero ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro, que no cogían el sentido. Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto.

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Hay una cierta tendencia en la mayoría de nosotros que se manifiesta en sociedad como un seguir la corriente ante el común de las opiniones y comentarios de los demás, aunque éstos no sean verídicos. Preferimos dar razón a quien no la tiene y quedarnos en la omisión de la verdad.

Hay una cierta cultura que poco a poco va despersonalizando al individuo sabiendo que su opinión no vale en ese medio ya caduco y manipulado. Se sabe que opinar viene a menos por el miedo a la denigración y ridiculización de la verdad, por ello mejor dar oídos sordos y seguir tendencias.

Sin embargo esto trae consigo consecuencias, ya que no se está ejerciendo el don recibido llamado profético de anunciar y denunciar, que precisamente se quiere silenciar, ya que estorba a la inversión de valores, donde lo malo ahora se cataloga como bueno y lo bueno se ridiculiza como anacrónico y caduco.

Nos hace cobardes inclusive con lo evidente, y aunque todos conocen la verdad de una situación, nadie dice ni hace nada. Eso llega hasta la propia vida personal, porque ni a la propia familia, hijos y pareja nos atrevemos a llamar a las incomodidades por su nombre y por ende no tratarlas ni solucionarlas.

Nada nuevo en la historia de la humanidad es esto, y como dice el mismo evangelio, nos resulta oscuro, pero porque el verdadero miedo no es a la verdad, sino a nuestra verdad que nos aterra, mejor no indagar, ni crecer, ni escarbar al interior personal porque nos paraliza.

Pero que no te de miedo preguntar, claro, sin caer en la cruda franqueza; para ello permitir a la prudencia moderarla y a la caridad aplicarla. Pero preguntando se llega más certeramente a donde quieres llegar, y si duele, es signo de que va sanando.

“Fiesta de La Cátedra de San Pedro”

“Fiesta de La Cátedra de San Pedro”

Mateo: 16,13-19

En aquel tiempo, cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Ellos le respondieron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas”.

Luego les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Jesús le dijo entonces: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella.

Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”.

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Hoy se celebra la festividad de la Cátedra de San Pedro, una ocasión solemne que se remonta al cuarto siglo y con la que se rinde homenaje y se celebra el primado y la autoridad de San Pedro.

La palabra “cátedra” significa asiento o trono y es la raíz de la palabra catedral, la iglesia donde un obispo tiene el trono desde el que predica. Sinónimo de cátedra es también “sede” (asiento o sitial): la “sede” es el lugar desde donde un obispo gobierna su diócesis. Por ejemplo, la Santa Sede es la sede del obispo de Roma, el Papa.

Antes de rezar el Ángelus en este día, el Papa Juan Pablo II recordó que “la festividad litúrgica de la Cátedra de San Pedro subraya el singular ministerio que el Señor confió al jefe de los apóstoles, de confirmar y guiar a la Iglesia en la unidad de la fe. En esto consiste el ‘ministerium petrinum’, ese servicio peculiar que el obispo de Roma está llamado a rendir a todo el pueblo cristiano. 

Misión indispensable, que no se basa en prerrogativas humanas, sino en Cristo mismo como piedra angular de la comunidad eclesial”. “Recemos -dijo- para que la Iglesia, en la variedad de culturas, lenguas y tradiciones, sea unánime en creer y profesar las verdades de fe y de moral transmitidas por los apóstoles”.

La cátedra es en realidad el trono que Carlos el Calvo regaló al papa Juan VIII y en el que fue coronado emperador el día de Navidad del año 875. Carlos el Calvo era nieto de Carlomagno. Durante muchos años la silla fue utilizada por el papa y sus sucesores durante las ceremonias litúrgicas, hasta que fue incorporada al Altar de la Cátedra de Bernini en 1666.

Tradiciones, leyendas y creencias afirmaron durante muchos años que la silla era doble y que algunas partes se remontaban a los primeros días de la era cristiana e incluso que la utilizó San Pedro en persona. La silla ha sido objeto de numerosos estudios a lo largo de los siglos y la última vez que fue extraída del nicho que ocupa en el altar de Bernini fue durante un período de seis años, entre 1968 y 1974. Los análisis efectuados en aquella ocasión apuntaban a que se trataba de una sola silla cuyas partes mas antiguas eran del siglo VI. Lo que se había tomado por una segunda silla era en realidad una cubierta que servía tanto para proteger el trono como para llevarlo en procesión.

Todos los años en esta fecha, el altar monumental que acoge la Cátedra de San Pedro permanece iluminado todo el día con docenas de velas y se celebran numerosas misas desde la mañana hasta el atardecer, concluyendo con la misa del Capítulo de San Pedro.

Fuente: VIS – Servicio Informativo Vaticano

“Decir auténticamente Señor, Señor”

“Decir auténticamente Señor, Señor”

Lucas: 6, 43-49

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No hay árbol bueno que produzca frutos malos, ni árbol malo que produzca frutos buenos. Cada árbol se conoce por sus frutos. No se recogen higos de las zarzas, ni se cortan uvas de los espinos.

El hombre bueno dice cosas buenas, porque el bien está en su corazón, y el hombre malo dice cosas malas, porque el mal está en su corazón, pues la boca habla de lo que está lleno el corazón. ¿Por qué me dicen ‘Señor, Señor’, y no hacen lo que yo les digo? Les voy a decir a quién se parece el que viene a mí y escucha mis palabras y las pone en práctica. Se parece a un hombre, que al construir su casa, hizo una excavación profunda, para echar los cimientos sobre la roca. Vino la creciente y chocó el río contra aquella casa, pero no la pudo derribar, porque estaba sólidamente construida. Pero el que no pone en práctica lo que escucha, se parece a un hombre que construyó su casa a flor de tierra, sin cimientos. Chocó el río contra ella e inmediatamente la derribó y quedó completamente destruida”.

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Es muy claro que cualquiera puede decir en medio de su fe “Señor, Señor”, incluso un no creyente o hasta el mismo maligno lo puede hacer, pero hay una diferencia abismal entre tan sólo decirlo a en realidad hacerlo suyo y vivirlo como tal. 

Y es que hay que entender que no se trata tan sólo de una intención, sino que proviene de un Don de Dios, que otorga a aquellos que demuestran con su vida y obras el querer recibirlo, ya que nadie le puede decir Señor verdaderamente, si no le es dada la intención viva por moción del Espíritu Santo, quien lo ha hecho suyo y le permite obrar como templo vivo.

Es un nombre que impera el Señorío de Cristo Jesús, el cual implica una transformación interior, precisamente hecha a través de vida sacramental y de oración, porque cada vez que nos acercamos a Él, nos va injertando en su propia vida.

De tal manera que será la misma gracia la que nos haga afirmar el señorío de Cristo y no tan sólo nuestra inteligencia. De ahí surge un auténtico “Señor, Señor, que todos podemos alcanzar a proclamar, pero que necesita de tu propia colaboración y la obra del Señor en ti.

“Hacer lo ordinario, o no”

“Hacer lo ordinario, o no”

Marcos: 3, 20-21

En aquel tiempo, Jesús entró en una casa con sus discípulos y acudió tanta gente, que no los dejaban ni comer. Al enterarse sus parientes, fueron a buscarlo, pues decían que se había vuelto loco.

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Dentro de los esquemas mentales ordinarios mantenemos un margen central al que llamamos salud mental, de tal manera que si alguna persona raya en un comportamiento fuera de ese margen la declaramos insana o cuerda.

Sin embargo hay que considerar que lo que para ciertos ambientes es normal, para los otros no y, se juzgan mutuamente ya que no son acordes, ni a sus costumbres ni a su forma de pensar, pero eso no significa que los unos o los otros estén locos.

La loquera llega cuando en realidad el comportamiento es en extremo ilógico, irresponsable y dañino. Aunque hoy en día hay quien intencionalmente en su salud maliciosamente se comporta así. 

La cuestión radica en que ya desde antaño a cualquiera que se saliera de la norma le llamaban loco, y es que a Jesús lo juzgaban de igual manera, pero no por enfermedad mental, sino porque los demás que lo conocían personalmente durante su crecimiento, distan de identificarlo con esa persona que se manifiesta hoy en día y que creían conocer.

En realidad la novedad es la que destaca y quienes no la entienden lo más fácil y práctico será negarle, declarando insano a quien dista de ser como el común de nosotros los mortales. Por ello hacer lo ordinario te cataloga en la normalidad, pero no hacerlo, incluso cuando sea para un bien mayor, es incomprensible sobre todo para los que no quieren cambiar ni crecer en las nuevas áreas, incluso las espirituales que se nos brindan con la novedad de Jesús y no por ello para defendernos deberíamos de llamarlo loco.

“La Gracia, es fuente de la alegría”

“La Gracia, es fuente de la alegría”

Lucas 1, 46-56

En aquel tiempo, dijo María: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede. Santo es su nombre, y su misericordia llega de generación en generación a los que lo temen. Ha hecho sentir el poder de su brazo: dispersó a los de corazón altanero, destronó a los potentados y exaltó a los humildes. A los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió sin nada. 

Acordándose de su misericordia, vino en ayuda de Israel, su siervo, como lo había prometido a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia, para siempre”. 

María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa.
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Muchas de las personas que conocen el cántico de María realizado en el encuentro con Isabel su pariente, resulta en una acción que precisamente nace del corazón, pero sobre todo de un corazón que se ha permitido aceptar la gracia y la responsabilidad del plan de Dios sobre ella en plena conciencia, sin caer en fanatismos y menos en radicalismos. 

Por ello habla el corazón de lo que está lleno, y en este caso, no es raro que ella manifieste toda esa gracia, por una parte fruto de su aceptación, por otra, fruto de su vientre, de el Dios encarnado que viene a nosotros desde una perspectiva totalmente humana y de la cual ya hace obrar a la par de la colaboración de María.

Por ello surge ese cántico, en labios de María pronunciado, fruto de la gracia de una mujer en plena comunión con Dios y consigo misma, no es raro que la alegría trate de desbordarse pero nunca en una paranoia, sino en medida felicidad que se comparte y se contagia. 

Por ello, en este tiempo de gracia es la oportunidad de permitirnos al igual, manifestar esa alegría, que no viene de los elementos externos como lo es de una persona, una cosa o una situación, sino del mismo Creador, que se permite manifestarse porque tú lo has permitido al igual que María y, así de igual manera vivir la alegría natural fruto de esa gracia recibida.

“Es evidente lo que tenemos que hacer”

“Es evidente lo que tenemos que hacer”

Lucas 3, 10-18

En aquel tiempo, la gente le preguntaba a Juan el Bautista: “¿Qué debemos hacer?”
El contestó: “Quien tenga dos túnicas, que dé una al que no tiene ninguna, y quien tenga comida, que haga lo mismo”. 

También acudían a él los publicanos para que los bautizara, y le preguntaban: “Maestro, ¿qué tenemos que hacer nosotros?” 

El les decía: “No cobren más de lo establecido”. Unos soldados le preguntaron: “Y nosotros, ¿qué tenemos que hacer?” El les dijo: “No extorsionen a nadie, ni denuncien a nadie falsamente, sino conténtense con su salario”. 

Como el pueblo estaba en expectación y todos pensaban que quizá Juan era el Mesías, Juan los sacó de dudas, diciéndoles: “Es cierto que yo bautizo con agua, pero ya viene otro más poderoso que yo, a quien no merezco desatarle las correas de sus sandalias. El los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego. El tiene el bieldo en la mano para separar el trigo de la paja; guardará el trigo en su granero y quemará la paja en un fuego que no se extingue”. 

Con éstas y otras muchas exhortaciones anunciaba al pueblo la buena nueva. 

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Dentro del complejo comportamiento humano en cada una de sus vertientes tan originales y únicas como lo es cada persona, nos encontramos con los derechos que nos otorgan, sin dejar atrás las tan no reconocidas obligaciones, que en lo posible se suelen evitar, ya que nos manejamos en un mundo donde hacer el menor esfuerzo impera, a sabiendas que hay quien realice nuestros deberes eficazmente por nosotros.

Nada de nuevo tiene la actitud de quien se defiende cuando intuye que le van a pedir cuentas, solemos justificar el mal que hacemos sin promover el bien que debemos. Tanto ayer como hoy profesamos una demencia selectiva cuando hay que hacer las cosas bien, ya que tan impuestos estamos a evadir responsabilidades, o en su defecto a realizar los trabajos no como debiéramos, siempre arrebatados, a medias y sin calidad, que parece ser lo normal y hasta ofendiéndonos cuando alguien los hace bien.

Juan Bautista quien nos invita en este segundo domingo de adviento a estar preparados, no está pidiendo que hagamos algo imposible e inalcanzable de lograr en nuestras vidas para estar bien ante Dios, de suyo basta con que lo que solemos hacer en el día a día, lo hagamos a conciencia y bien hecho.

Es que resulta absurdo preguntar ¿qué es lo que debemos hacer?, como si no supiéramos, aunque a lo mejor en realidad no sabemos, porque vivimos en una cultura  mediática radicalista así como en un medio tan viciado y enfermizo que no sabemos comportarnos sana y correctamente.

Juan para prepararnos no pide más, el mensaje es sencillo y claro, basta con hacer bien los deberes ya obtenidos en confianza y responsabilidad. Esa es la mejor manera de continuar este tiempo de espera del Adviento, para celebrar la ya próxima festividad de la Navidad.

“La lista mágica”

“La lista mágica”

Marcos 10, 17-30

En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: —Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?

Jesús le contestó: —¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre.

Él replicó: —Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño.

Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: —Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme.

A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico. Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: —¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!

Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió: —Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios.

Ellos se espantaron y comentaban: —Entonces, ¿quién puede salvarse?

Jesús se les quedó mirando y les dijo: —Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo.

Pedro se puso a decirle: —Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.

Jesús dijo: —Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más —en casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones—, y en la edad futura, vida eterna».

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Hay personas a las que el orden les aterra, e independientemente de haber llegado a esa situación, no nos compete juzgarlos, a fin de cuentas ellos son responsables de sí mismos y de su propia vida. 

Por otro lado a su vez existen aquellos que el orden impera en todo cuanto hacen, un hábito bueno siempre y cuando no lo llevemos al extremo rallando en una obsesión. Es de suyo un valor ya en sí mismo, a quienes en su momento se les facilita llevar a feliz cumplimiento cuanta norma y valores se les presenten como modelo de vida. En éste caso los llamamos los valores cívicos.

Sin embargo para con Dios de igual manera a veces solicitamos la lista mágica, es decir aquel conjunto de mandatos y sugerencias para vivir en regla el cristianismo. Caso concreto lo tenemos en el joven rico, que piensa que todo lo puede obtener fácilmente porque tiene los medios económicos que lo sustentan ampliamente sin dificultad, pensando que de igual manera podría tener la famosa lista de cosas como pendientes a cumplir de manera ascendente.

Ciertamente hay una lista, la cual es remarcada en los mandamientos de la ley de Dios, peo esa lista implica una evolución que no queda en el cumplimiento tajante y frío del mandato, sino que es un constante perfeccionamiento día a día en la misma norma, de tal manera que lleguemos a desprender el mismo el aspecto legal, para hacerlo vida fundamentado en la caridad, en el trato, en las obras, en el diálogo, y todo lo que concierna a nuestra vida. 

Es un camino de perfección que no se limita al “No hagas” sino que culmina en el ser y quehacer más allá de los simples renglones escritos. Por ello no busques tan sólo la lista mágica, ya que de la magia se pasará a la gracia, que es mayor aún, llegando hasta la vida eterna y la felicidad correspondiente ya desde esta vida, culminando en la presencia del que más que la ley es el amor en sí mismo.