¿Se puede volver a nacer?

¿Se puede volver a nacer?

Juan 3, 1-8

Había un fariseo llamado Nicodemo, jefe judío. Éste fue a ver a Jesús de noche y le dijo: –«Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él».

Jesús le contestó: –«Te lo aseguro, el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios».

Nicodemo le pregunta: –«¿Cómo puede nacer un hombre, siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?»

Jesús le contestó: –«Te lo aseguro, el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: «Tenéis que nacer de nuevo»; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu».

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Parecería que nuestro pensamiento podría tender hacia la reencarnación, pero aquí ese no es el caso, ya que afirmamos la gratuidad de una vida única y plena que puede llegar hasta la eternidad gracias a Cristo Resucitado, y el volver a nacer no se refiere a otra vida distinta de la actual.

Se trata de aquel don de regenerar todo cuanto somos, con la capacidad de restaurar nuestra misma naturaleza pero a través del bautismo, el cual refiere la vida hasta la eternidad y no tan sólo al proceso biológico de nacer, crecer, reproducirnos para el final morir.

Es el regalo y a su vez el milagro de restaurarnos en esta misma vida, el paso de ser criaturas al ser hijos de Dios, dónde se regala ya la eternidad, y se renace a una nueva vida en el espíritu.

Podríamos pensar a manera de ciencia ficción que sería posible con una clonación exacta, pero en realidad sería otro ser distinto a ti, idénticos genéticamente hablando, pero distintos en su ser y su materialidad, así como con una voluntad individual y única. Eso no es renacer.

Ese renacer es la transformación total de nuestro ser intrínsecamente hablando, porque hemos decidido voluntariamente nacer a la vida eterna, a la felicidad al estar eternamente con el Señor Jesús en amor total.

Sí es posible renacer, pero en el aquí y el ahora, y depende de ti.

“Él los bautizará con Espíritu Santo”

“Él los bautizará con Espíritu Santo”

Marcos 1, 6b-11

En aquel tiempo, proclamaba Juan: —Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.

Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto”.

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Cuando hablamos de las gracias y dones otorgados por medio del bautismo, nos referimos a ese momento en el que realmente acontece una transformación total, no me estoy refiriendo a una metamorfosis que te cambia radicalmente, no es a ese grado donde lo físico cambia por completo, la transformación es más profunda, se realiza en el fundamento del mismo ser humano, de la elección de parte de Dios al hacemos ya de suyo, a imagen y semejanza.

Todos los seres han sido creados gracias a su amor demostrando su diversidad, todos incluyéndonos a nosotros somos parte de esa creación, somos sus criaturas, más sin embargo ha querido regalarnos aun algo más, no basta con ser creados a su imagen y semejanza, sino que además plenifica nuestras propias vidas, complementándolas con esos dones que nos hacen no superiores, sino amorosamente elegidos para ser depositarios de los dones propios de Dios y, eso no se hace físicamente, se hace por medio del bautismo.

Aquí es el momento donde dejamos de ser tan sólo sus criaturas, para convertirnos en sus hijos, donde a esa alma otorgada se le brindan todas las capacidades para desarrollar en sí misma no tan sólo la imagen, sino la semejanza, es decir, capaces al igual que nuestro Creador de amar, de razonar, de tener inteligencia, piedad, y el resto de los dones que vienen exclusivamente de Dios a un ser ya preparado para ello como tu y como yo.

Y todo eso no basta con el agua, es el mismo Espíritu Santo quien hace la obra; por fuera vemos un bonito ritual, pero en el fondo Dios está haciendo renacer a la misma persona ya amada por ser parte de su creación, en un amor predilecto y exclusivo de hijos de Dios y herederos por ende de la gloria eterna.

Es por ello necesario reconocer su acción, porque no es tan solo el rito, no es tan sólo el signo del arrepentimiento, es la misma gracia y santidad de Dios junto con sus dones los que se te otorgan por medio del Paráclito, eso es lo más importante y real.

Felicidades a ti que has sido transformado por las aguas bautismales porque ya eres templo mismo del Espíritu Santo.

“Nadie puede tomarse algo para sí…”

“Nadie puede tomarse algo para sí…”

Juan 3, 22-30

En aquel tiempo, fue Jesús con sus discípulos a Judea, se quedó allí con ellos y bautizaba. También Juan estaba bautizando en Enón, cerca de Salín, porque había allí agua abundante; la gente acudía y se bautizaba. A Juan todavía no le habían metido en la cárcel. Se originó entonces una discusión entre un judío y los discípulos de Juan acerca de la purificación; ellos fueron a Juan y le dijeron: «Oye, rabí, el que estaba contigo en la otra orilla del Jordán, de quien tú has dado testimonio, ése está bautizando, y todo el mundo acude a él». Contestó Juan: «Nadie puede tomarse algo para sí, si no se lo dan desde el cielo. Vosotros mismos sois testigos de que yo dije: «Yo no soy el Mesías, sino que me han enviado delante de él». El que lleva a la esposa es el esposo; en cambio, el amigo del esposo, que asiste y lo oye, se alegra con la voz del esposo; pues esta alegría mía está colmada. Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar».

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Todos los dones y las cualidades con las que nacemos, ciertamente al ser conscientes de ellos e identificarlos, pasan a ser en nuestro propio concepto en general, una cualidad de tu propia naturaleza, como si eso te perteneciera y fuera lo ordinario en ti, sin mayor preocupación porque ya te acostumbraste a ello.

Sin embargo un conocimiento más profundo de ti mismo, hace profundizar la conciencia y sobre todo la propiedad de aquello que haz recibido, sobre todo si nos llamamos cristianos y decimos amar a Dios, lo primero que deberíamos de reconocer en una actitud de agradecimiento es aquello que sin pedirlo hemos recibido, sobre todo a sabiendas que Dios te da lo mejor en para que te desarrolles íntegra y ampliamente en el camino que te tiene encomendado en ésta etapa de la historia de la Salvación.

De tal manera que si reconocemos, porque Dios nos ha dado la capacidad para identificar los múltiples y excelentes dones en los demás, no es para limitarlos ni reprimirlos, al contrario, en ellos a su vez, es una complementación que está toda predispuesta en el mismo plan de Dios, nada sobra, todo tiene un cometido y debe de cumplirse ya que es una digna participación a la que te invita el Señor para que completes esa parte de la Creación que se te ha encomendado junto con las herramientas para ello.

Es por ello, que como dice el evangelio “Nadie puede tomarse algo para si”, es muy cierto que ahora es un regalo y como tal es tuyo, pero no procede de ti, es participado y tiene un fin a seguir. A lo mejor no lo participas, sigue siendo un excelente don pero tú mismo lo limitas.

Nadie puede decirse que tiene una perfección cuando sabe que no hizo nada para recibirla, al contrario, puedes remarcarla agradecidamente referida al autor y entonces ya la estarás encausando al fin que tiene que llegar: a los hermanos y a Dios.

“Conocer y reconocer”

“Conocer y reconocer”

Juan: 1, 29-34

En aquel tiempo, vio Juan el Bautista a Jesús, que venía hacia él, y exclamó: “Éste es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo he dicho: ‘El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque ya existía antes que yo’. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua, para que él sea dado a conocer a Israel”.

Entonces Juan dio este testimonio: “Vi al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja y se posa el Espíritu Santo, ése es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo’. Pues bien, yo lo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios”.

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La relación que Juan en Bautista tiene con Jesús es familiar, ya que se conocen de toda la vida, más aún desde el vientre de sus respectivas madres. Pero una cosa es la cercanía y conocimiento mutuo, mientras que en sus respectivos caminos así como su misión, Dios les va dando un conocimiento más profundo que ya no implica la percepción personal, sino además la invitación a participar del mismo plan y voluntad de Dios.

Aquí es donde por obra del Espíritu Santo, Juan Bautista reconoce hasta dónde llega su obra y la de Jesús.

Al igual, nosotros debemos de estar abiertos y a profundizar tanto en el propósito de nuestra vida y de la de aquellos que Dios ha hecho coincidir en el caminar de nuestra vida, porque nos es suerte el solamente conocernos, que aunque a veces es una bendición, en otras es una situación a mejorar y crecer cuando no salen las relaciones humanas como deseamos.

Que bello es poder visualizar el propósito del plan de Dios, realizarlo conscientes y gustosos de ser tomados en cuenta para ello. Porque no basta sólo conocernos, sino reconocer el papel de aquellos que caminan a nuestro lado y hacernos ver el nuestro. Eso suele ser viable y posible cuando estamos abiertos a los dones de Dios por medio del trato directo y la oración con el creador. Porque cuando no, sólo alcanzamos a ver al otro cuando mucho en sola amistad. 

“El Bautismo del Señor”

“El Bautismo del Señor”

Mateo: 3, 13-17

En aquel tiempo, Jesús llegó de Galilea al río Jordán y le pidió a Juan que lo bautizara. Pero Juan se resistía, diciendo: “Yo soy quien debe ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a que yo te bautice?” Jesús le respondió: “Haz ahora lo que te digo, porque es necesario que así cumplamos todo lo que Dios quiere”. Entonces Juan accedió a bautizarlo.

Al salir Jesús del agua, una vez bautizado, se le abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios, que descendía sobre él en forma de paloma y oyó una voz que decía desde el cielo: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias”.

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Normalmente el domingo que sigue a la fiesta de la Epifanía es dedicado a celebrar el bautismo de Cristo, este año se celebra el domingo 13 de enero y señala la culminación de todo el ciclo natalicio o de la manifestación del Señor. Es también el domingo que da paso al tiempo durante el año, llamado también tiempo ordinario.

Cuando Cristo se metió en la cola para esperar su turno de ser bautizado, seguramente San Juan Bautista no sabía que hacer. Llegó el Mesías delante de él y pidió el bautismo. El Bautista exclamó: “Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿tú vienes a mí?” (Mt 3,14). El Catecismo hace referencia a esta actitud humilde de Cristo en el n.536:

Hay una diferencia importante entre los dos bautismos: 

El de Juan: con agua, exterior, signo de arrepentimiento para el perdón de los pecados.

El de JESÚS: con Espíritu Santo, renovación interior que nos hace “partícipes de la naturaleza divina”

“No soy digno ni siquiera de desatar la correa de su sandalia…” trabajo reservado al más inútil de los esclavos… Juan destaca la infinita distancia entre él y Jesús…

¿Porqué entonces Jesús se hace bautizar por Juan? [es una escena tan impresionante, que podría resultar incomprensible, y hasta escandalosa]…

Pero admitámoslo, y descubramos nuevamente el “modo” que Dios emplea para salvarnos: hoy se pone en la fila de los pecadores, y aunque no lo necesitaba, se somete también a un bautismo de penitencia… Se ha hecho semejante a nosotros en todo, y por eso no se avergüenza de colocarse en la fila de aquellos que se preparaban para la llegada del Reino de Dios… así como tampoco se avergonzó de nosotros cuando tomó sobre sí todos nuestros pecados, y subió a la Cruz como si fuese un delincuente…

Pero el bautismo que recibió Jesús fue muy “especial”: ciertos hechos nos indican que con Él comienza un nuevo bautismo:

El cielo abierto (ya nunca más cerrado por los pecados, como hasta este momento) Es decir, comienza una nueva etapa de relación entre Dios y los hombres: el Cielo viene a nosotros, y nosotros vamos allá: viene con Cristo y el Espíritu Santo. Llega todo, porque Dios mismo viene, y Él será para nosotros y nos dará todo. Estamos frente al comienzo de una nueva humanidad, divinizada.

En la proposición que San Marcos hace en su Evangelio, el Padre no “presenta” a su Hijo (“Éste es mi Hijo amado”), sino que se dirige a Él (“Tú eres mi Hijo…”): Cristo nos representa a todos, que desde ese momento pasamos a ser hijos amados, complacencia del Padre… Cuando somos bautizados, esta vocación eterna se verifica efectivamente, verdaderamente: somos una nueva creación. Por lo tanto, nuestra dignidad, nuestra gloria, y nuestro compromiso pasa por VIVIR NUESTRO BAUTISMO…

“Éste es mi Hijo” (Evang.)… “Éste es el servidor sufriente” (Iª lect.)…

Sigamos a Cristo por la Cruz a la Luz.

Fuente: es.Catholic.net

“Estar orgullosos”

“Estar orgullosos”

Juan 3,1-8


Había un fariseo llamado Nicodemo, hombre principal entre los judíos, que fue de noche a ver a Jesús y le dijo: “Maestro, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer las señales milagrosas que Tú haces, si Dios no está con él”.Jesús le contestó: “Yo te aseguro que quien no renace de lo alto, no puede ver el Reino de Dios”. 

Nicodemo le preguntó: “¿Cómo puede nacer un hombre siendo ya viejo? ¿Acaso puede, por segunda vez, entrar en el vientre de su madre y volver a nacer?”. Le respondió Jesús: “Yo te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne, es carne; lo que nace del Espíritu, es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: ‘Tienen que renacer de lo alto’. El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así pasa con quien ha nacido del Espíritu”. 

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Volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: “Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven. Porque yo les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron”.
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Existen situaciones en las que nos desarrollamos junto con personas, con lugares, con cosas que por su cercanía y presencia constante los percibimos como ordinarios en nuestra vida, somos los últimos en reconocer su importancia o su grandeza, todo por el hecho de no tener la ocasión de autoevaluarnos constantemente a manera de examen de conciencia para reconocer lo que tenemos, lo que somos, lo que hacemos tanto bueno como malo.

Perdemos la capacidad de maravillarnos, de tal manera que por buena que sea una cosa aburre, cayendo en el tedio día a día y por ende mirar nuestra vida y la de los demás como una proyección y, sin ser conscientes permanecer muy vacíos.

Es por ello muy importante volver a mirar y redescubrir el valor de todo cuanto nos circunda, la vida, el aire, las flores, la familia, los amigos, los bienes que poseemos de tal manera que nuevamente, no dejemos de dar las gracias por todo ello. 

Jesús solicita nuestra atención para redescubrir la gracia, esa que gracias al pecado hemos perdido, pero que puede totalmente ser restaurada, ya que en Jesús mismo encontramos el camino de recuperación.

De tal manera que, hay que estar orgullosos de tener la oportunidad y capacidad de ver, escuchar, tratar y estar con Jesús diariamente, y por ello dichosos, la salud está a la mano, Jesús está a nuestro lado, de manera mejor no podemos aprovechar la situación, pero qué pena si no lo aprovechas, porque si no te alimentas teniendo el banquete a la mano, qué será cuando éste sea retirado, hasta las migajas desearemos encontrar confundidos y en necesidad espiritual, así cualquier falso Mesías nos podrá embaucar.

Aliméntate del Pan de Vida, de Jesús, prepararte para celebrar su nacimiento, para que te dispongas plenamente a recibir sus dones esta navidad, porque las migajas que otros te dan, inclusive con esos famosos regalos tan ansiados, nunca te llenarán.

“El Bautismo del Señor”

“El Bautismo del Señor”

Lucas: 3, 15-16. 21-22

En aquel tiempo, como el pueblo estaba en expectación y todos pensaban que quizá Juan el Bautista era el Mesías, Juan los sacó de dudas, diciéndoles: “Es cierto que yo bautizo con agua, pero ya viene otro más poderoso que yo, a quien no merezco desatarle las correas de sus sandalias. Él los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego”.
Sucedió que entre la gente que se bautizaba, también Jesús fue bautizado. Mientras éste oraba, se abrió el cielo y el Espíritu Santo bajó sobre Él en forma sensible, como de una paloma, y del cielo llegó una voz que decía: “Tú eres mi Hijo, el predilecto; en ti me complazco”.

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Con motivo de la fiesta del Bautismo del Señor les comparto una homilía realizada por San Juan Pablo II.

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. La fiesta de hoy, con la que concluye el tiempo navideño, nos brinda la oportunidad de ir, como peregrinos en espíritu, a las orillas del Jordán, para participar en un acontecimiento misterioso:  el bautismo de Jesús por parte de Juan Bautista. Hemos escuchado en la narración evangélica:  “mientras Jesús, también bautizado, oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y se escuchó una voz del cielo:  “Tú eres mi Hijo predilecto, en ti me complazco”” (Lc 3, 21-22).

Por tanto, Jesús se manifiesta como el “Cristo”, el Hijo unigénito, objeto de la predilección del Padre. Y así comienza su vida pública. Esta “manifestación” del Señor sigue a la de Nochebuena en la humildad del pesebre y al encuentro de ayer con los Magos, que en el Niño adoran al Rey anunciado por las antiguas Escrituras.

2. También este año tengo la alegría de administrar, en una circunstancia tan significativa, el sacramento del bautismo a algunos recién nacidos. Saludo a los padres, a los padrinos y madrinas, así como a todos los parientes que los han acompañado aquí.

Estos niños se convertirán dentro de poco en miembros vivos de la Iglesia. Serán ungidos con el óleo de los catecúmenos, signo de la suave fuerza de Cristo, que se les infundirá para que luchen contra el mal. Sobre ellos se derramará el agua bendita, signo eficaz de la purificación interior mediante el don del Espíritu Santo. Luego recibirán la unción con el crisma, para indicar que así son consagrados a imagen de Jesús, el Ungido del Padre. La vela encendida en el cirio pascual es símbolo de la luz de la fe que los padres, los padrinos y las madrinas deberán custodiar y alimentar continuamente, con la gracia vivificadora del Espíritu.

Por consiguiente, me dirijo a vosotros, queridos padres, padrinos y madrinas. Hoy tenéis la alegría de dar a estos niños el don más hermoso y valioso:  la vida nueva en Jesús, Salvador de toda la humanidad.

A vosotros, padres y madres, que ya habéis colaborado con el Señor al engendrar a estos pequeños, os pide una colaboración ulterior:  que secundéis la acción de su palabra salvífica mediante el compromiso de la educación de estos nuevos cristianos. Estad siempre dispuestos a cumplir fielmente esta tarea.

También de vosotros, padrinos y madrinas, Dios espera una cooperación singular, que se expresa en el apoyo que debéis dar a los padres en la educación de estos recién nacidos según las enseñanzas del Evangelio.

3. El bautismo cristiano, corroborado por el sacramento de la confirmación, hace a todos los creyentes, cada uno según su vocación específica, corresponsables de la gran misión de la Iglesia.

Cada uno en su propio campo, con su identidad propia, en comunión con los demás y con la Iglesia, debe sentirse solidario con el único Redentor del género humano.

Esto nos remite a cuanto acabamos de vivir durante el Año jubilar. En él la vitalidad de la Iglesia se ha manifestado a los ojos de todos. Este acontecimiento extraordinario ha legado como herencia al cristiano la tarea de confirmar su fe en el ámbito ordinario de la vida diaria.

Encomendemos a la Virgen santísima a estas criaturas que dan sus primeros pasos en la vida. Pidámosle que nos ayude ante todo a nosotros a caminar de modo coherente con el bautismo que recibimos un día.

Pidámosle, además, que estos pequeños, vestidos de blanco, signo de la nueva dignidad de hijos de Dios, sean durante toda su vida cristianos auténticos y testigos valientes del Evangelio. ¡Alabado sea Jesucristo!

Santo Padre Juan Pablo II

“Él los bautizará con Espíritu Santo”

“Él los bautizará con Espíritu Santo”

Marcos 1, 7-11
En aquel tiempo, Juan predicaba diciendo: “Ya viene detrás de mí uno que es más poderoso que yo, uno ante quien no merezco ni siquiera inclinarme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero Él los bautizará con el Espíritu Santo”. Por esos días, vino Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Al salir Jesús del agua, vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en figura de paloma, descendía sobre Él. Se oyó entonces una voz del cielo que decía: “Tú eres mi Hijo amado; yo tengo en ti mis complacencias”.

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Cuando hablamos de las gracias y dones otorgados por medio del bautismo, nos referimos a ese momento en el que realmente acontece una transformación total, no me estoy refiriendo a una metamorfosis que te cambia radicalmente, no es a ese grado donde lo físico cambia por completo, la transformación es más profunda, se realiza en el fundamento del mismo ser humano, de la elección de parte de Dios al hacemos ya de suyo, a imagen y semejanza.

Todos los seres han sido creados gracias a su amor demostrando su diversidad, todos incluyéndonos a nosotros somos parte de esa creación, somos sus criaturas, más sin embargo ha querido regalarnos aun algo más, no basta con ser creados a su imagen y semejanza, sino que además plenifica nuestras propias vidas, complementándolas con esos dones que nos hacen no superiores, sino amorosamente elegidos para ser depositarios de los dones propios de Dios y, eso no se hace físicamente, se hace por medio del bautismo.

Aquí es el momento donde dejamos de ser tan sólo sus criaturas, para convertirnos en sus hijos, donde a esa alma otorgada se le brindan todas las capacidades para desarrollar en sí misma no tan sólo la imagen, sino la semejanza, es decir, capaces al igual que nuestro Creador de amar, de razonar, de tener inteligencia, piedad, y el resto de los dones que vienen exclusivamente de Dios a un ser ya preparado para ello como tu y como yo.

Y todo eso no basta con el agua, es el mismo Espíritu Santo quien hace la obra; por fuera vemos un bonito ritual, pero en el fondo Dios está haciendo renacer a la misma persona ya amada por ser parte de su creación, en un amor predilecto y exclusivo de hijos de Dios y herederos por ende de la gloria eterna.

Es por ello necesario reconocer su acción, porque no es tan solo el rito, no es tan sólo el signo del arrepentimiento, es la misma gracia y santidad de Dios junto con sus dones los que se te otorgan por medio del Paráclito, eso es lo más importante y real.

Felicidades a ti que has sido transformado por las aguas bautismales porque ya eres templo mismo del Espíritu Santo.

“Conocer y reconocer”

“Conocer y reconocer”
Juan: 1, 29-34
En aquel tiempo, vio Juan el Bautista a Jesús, que venía hacia él, y exclamó: “Éste es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo he dicho: ‘El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque ya existía antes que yo’. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua, para que él sea dado a conocer a Israel”.
Entonces Juan dio este testimonio: “Vi al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja y se posa el Espíritu Santo, ése es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo’. Pues bien, yo lo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios”.

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La relación que Juan en Bautista tiene con Jesús es familiar, ya que se conocen de toda la vida, más aún desde el vientre de sus respectivas madres. Pero una cosa es la cercanía y conocimiento mutuo, mientras que en sus respectivos caminos así como su misión, Dios les va dando un conocimiento más profundo que ya no implica la percepción personal, sino además la invitación a participar del mismo plan y voluntad de Dios.
Aquí es donde por obra del Espíritu Santo, Juan Bautista reconoce hasta dónde llega su obra y la de Jesús.
Al igual, nosotros debemos de estar abiertos y a profundizar tanto en el propósito de nuestra vida y de la de aquellos que Dios ha hecho coincidir en el caminar de nuestra vida, porque nos es suerte el solamente conocernos, que aunque a veces es una bendición, en otras es una situación a mejorar y crecer cuando no salen las relaciones humanas como deseamos.
Que bello es poder visualizar el propósito del plan de Dios, realizarlo conscientes y gustosos de ser tomados en cuenta para ello. Porque no basta sólo conocernos, sino reconocer el papel de aquellos que caminan a nuestro lado y hacernos ver el nuestro. Eso suele ser viable y posible cuando estamos abiertos a los dones de Dios por medio del trato directo y la oración con el creador. Porque cuando no, sólo alcanzamos a ver al otro cuando mucho en sola amistad. 

“El Bautismo del Señor”

bautismo_09enero

Mateo: 3, 13-17

En aquel tiempo, Jesús llegó de Galilea al río Jordán y le pidió a Juan que lo bautizara. Pero Juan se resistía, diciendo: “Yo soy quien debe ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a que yo te bautice?” Jesús le respondió: “Haz ahora lo que te digo, porque es necesario que así cumplamos todo lo que Dios quiere”. Entonces Juan accedió a bautizarlo.

Al salir Jesús del agua, una vez bautizado, se le abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios, que descendía sobre él en forma de paloma y oyó una voz que decía desde el cielo: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias”.

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Normalmente el domingo que sigue a la fiesta de la Epifanía es dedicado a celebrar el bautismo de Cristo, este año se celebra el domingo 13 de enero y señala la culminación de todo el ciclo natalicio o de la manifestación del Señor. Es también el domingo que da paso al tiempo durante el año, llamado también tiempo ordinario.

Cuando Cristo se metió en la cola para esperar su turno de ser bautizado, seguramente San Juan Bautista no sabía que hacer. Llegó el Mesías delante de él y pidió el bautismo. El Bautista exclamó: “Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿tú vienes a mí?” (Mt 3,14). El Catecismo hace referencia a esta actitud humilde de Cristo en el n.536:

Hay una diferencia importante entre los dos bautismos:

El de Juan: con agua, exterior, signo de arrepentimiento para el perdón de los pecados.

El de JESÚS: con Espíritu Santo, renovación interior que nos hace “partícipes de la naturaleza divina”

“No soy digno ni siquiera de desatar la correa de su sandalia…” trabajo reservado al más inútil de los esclavos… Juan destaca la infinita distancia entre él y Jesús…

¿Porqué entonces Jesús se hace bautizar por Juan? [es una escena tan impresionante, que podría resultar incomprensible, y hasta escandalosa]…

Pero admitámoslo, y descubramos nuevamente el “modo” que Dios emplea para salvarnos: hoy se pone en la fila de los pecadores, y aunque no lo necesitaba, se somete también a un bautismo de penitencia… Se ha hecho semejante a nosotros en todo, y por eso no se avergüenza de colocarse en la fila de aquellos que se preparaban para la llegada del Reino de Dios… así como tampoco se avergonzó de nosotros cuando tomó sobre sí todos nuestros pecados, y subió a la Cruz como si fuese un delincuente…

Pero el bautismo que recibió Jesús fue muy “especial”: ciertos hechos nos indican que con Él comienza un nuevo bautismo:

El cielo abierto (ya nunca más cerrado por los pecados, como hasta este momento) Es decir, comienza una nueva etapa de relación entre Dios y los hombres: el Cielo viene a nosotros, y nosotros vamos allá: viene con Cristo y el Espíritu Santo. Llega todo, porque Dios mismo viene, y Él será para nosotros y nos dará todo. Estamos frente al comienzo de una nueva humanidad, divinizada.

En la proposición que San Marcos hace en su Evangelio, el Padre no “presenta” a su Hijo (“Éste es mi Hijo amado”), sino que se dirige a Él (“Tú eres mi Hijo…”): Cristo nos representa a todos, que desde ese momento pasamos a ser hijos amados, complacencia del Padre… Cuando somos bautizados, esta vocación eterna se verifica efectivamente, verdaderamente: somos una nueva creación. Por lo tanto, nuestra dignidad, nuestra gloria, y nuestro compromiso pasa por VIVIR NUESTRO BAUTISMO…

“Éste es mi Hijo” (Evang.)… “Éste es el servidor sufriente” (Iª lect.)…

Sigamos a Cristo por la Cruz a la Luz.

Fuente: es.Catholic.net