“Hablar de Él”

“Hablar de Él”

Mateo 9, 27-31 

En aquel tiempo, dos ciegos seguían a Jesús, gritando: —«Ten compasión de nosotros, hijo de David.» Al llegar a la casa se le acercaron los ciegos, y Jesús les dijo: —«¿Creéis que puedo hacerlo?» Contestaron: —«S[, Señor.» Entonces les toco los ojos, diciendo: —«Que os suceda conforme a vuestra fe.» Y se les abrieron los ojos. Jesús les ordenó severamente: —«¡Cuidado con que lo sepa alguien!» Pero ellos, al salir, hablaron de él por toda la comarca. 

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Cuando estamos esperando a una persona que amamos, es evidente que la alegría brota mientras llega, por ello en este tiempo de adviento se nos propone compartir el gusto de saber que está por llegar aquél que trae consigo toda la riqueza necesaria para compartirla con nosotros y darnos su propia vida, junto con sus dones para así vivirla en felicidad.

Uno de los testimonios más claros al respecto, se ve reflejado en esos ciegos que esperan con ansias que Jesús llegue a ellos; tanta es su necesidad y emotividad que lo llaman a gritos para llamar su atención, a su vez ellos lo llaman por quien es, reconociendo su misión y su autoridad, es decir: el Mesías que habría de venir.

Por ello Jesús les pregunta si creen que puede hacerlo, a lo que ellos sin titubeos dicen que sí, recibiendo la sanación esperada.

Tanta es su alegría que no pueden dejar de hablar de Él. De igual manera a nosotros se nos invita a hablar de Él, hacer notoria su venida, y esperarlo con alegría, sabiendo quién es, a qué viene y qué nos traerá consigo, porque callarlo sería imposible.

“Esperar confiados”

“Esperar confiados”

Lucas 10, 21-24 

En aquel tiempo, lleno de la alegría del Espíritu. Santo, exclamó Jesús: —«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar.» Y volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: —«¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que veis vosotros, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron.» 

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Una de las situaciones que más nos quitan la paz, es el cansancio que suele llegar cuando las rutinas y los problemas asedian, impactando aún más si estamos débiles y vulnerables espiritualmente. 

Como consecuencia perdemos la confianza y dudamos de la acción de Dios en nuestras vidas, sobre todo gracias a nuestros miedos e inseguridades presentes y a veces arraigadas en nuestro pasado, concluyendo que Dios nos tiene abandonados alimentando la desesperanza.

Pero precisamente se nos motiva en este tiempo de Adviento a reavivar y fortalecer la fe, a saber esperar, a superar todas las situaciones de desánimo y a alimentarnos vivamente de esas promesas hechas de cambio, para en su momento hacerlas reales.

Es por ello que se nos invita a alejar el pesimismo y las esperas infructuosas inmediatistas del aquí y el ahora, ya que es una virtud saber esperar y más aún si la espera es engalanada con la confianza, porque no vemos lo que realmente tenemos y deseamos lo que no podemos al momento.

¿Más cuántos desearon vivir y estar en donde tú lo haces hoy y no pudieron?; hay que saber ser agradecidos porque en peor situación podrías estar, u otros lo están. Hay que esperar confiados, porque eso nos da la tranquilidad de recibir en su momento lo que necesitamos, y más cuando se trata de la gracia y la salvación.

“Sin pendiente alguno”

“Sin pendiente alguno”

Lucas 21, 20-28 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Cuando veáis a Jerusalén sitiada por ejércitos, sabed que está cerca su destrucción. Entonces los que estén en Judea, que huyan a la sierra; los que estén en la ciudad, que se alejen; los que estén en el campo, que no entren en la ciudad; porque serán días de venganza en que se cumplirá todo lo que está escrito. ¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días ! Porque habrá angustia tremenda en esta tierra y un castigo para este pueblo. Caerán a filo de espada, los llevarán cautivos a todas las naciones, Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que a los gentiles les llegue su hora. Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad, ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo temblarán. Entonces verán al Hijo del Hombre venir en una nube, con gran poder y gloria. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación. 

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Los temores a las enfermedades así como a la muerte es una reacción muy natural, la cual si no se profundiza y entiende, queda como una situación que marca cada una de nuestras actividades diarias, ya que los miedos fundados por la incomprensión del evento, interfieren.

De suyo el principio de la salvación radica, que en que todos queremos llegar a la gloria eterna, de la que nadie queda excluido, y sobre todo aquellos que en realidad la hacen suya. 

Pero existe un miedo tajante a la segunda venida del Hijo de Dios, cuando se nos habla de los acontecimientos que serán el signo evidente del juicio final, deseamos que no llegue nunca, aunque sea para llevarnos a la vida eterna.

El miedo en realidad se da porque no se vive de acuerdo al mandato divino, es decir no se está preparado viviendo en la gracia de Dios, sino que se permanece en el pecado ya como hábito usual de cada día. 

Pero para quien ha adentrado en el misterio de Dios a través de la oración, de los sacramentos, del estudio sistemático de las Sagradas Escrituras y del ejercicio de la caridad, el anuncio del fina del mundo, por dramático que se presente, no moverá la voluntad ni el miedo a quienes aman y conocen a Dios. Todos ellos estarán sin pendiente alguno, ya que su vida espera ese momento para cuando llegue, sin urgencias ni prisas, trabajando en cordialidad y santificándose mientras llega.

“El tiempo de los engaños”

“El tiempo de los engaños”

Lucas: 21, 5-11

En aquel tiempo, como algunos ponderaban la solidez de la construcción del templo y la belleza de las ofrendas votivas que lo adornaban, Jesús dijo: “Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando; todo será destruido”.
Entonces le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo va a ocurrir esto y cuál será la señal de que ya está a punto de suceder?”
Él les respondió: “Cuídense de que nadie los engañe, porque muchos vendrán usurpando mi nombre y dirán: ‘Yo soy el Mesías. El tiempo ha llegado’. Pero no les hagan caso. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, que no los domine el pánico, porque eso tiene que acontecer, pero todavía no es el fin”.
Luego les dijo: “Se levantará una nación contra otra y un reino contra otro. En diferentes lugares habrá grandes terremotos, epidemias y hambre, y aparecerán en el cielo señales prodigiosas y terribles”.

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Se habla mucho de que estamos en los últimos tiempos, de que en cualquier momento llegará el juicio final universal para todos y que al demonio se le termina su reinado, para ello se utilizan las ya características señales que al día de hoy nos son comunes, sin embargo como el mismo evangelio lo indica: “eso tiene que acontecer, pero todavía no es el fin”.

Por el contrario, somos bien informados para que ciertamente no se den los típicos abusos en el tema, ya que con la temática del miedo y del fin del mundo, se manipula a las personas y sobre todo, se les miente.

Es que olvidamos que desde todos los tiempos, la principal herramienta que utiliza el maligno es la mentira, aquella que precisamente se usa en contraposición radical a la verdad misma y contra Dios, de quien emana todo bien y autenticidad.

Y si a eso añadimos que al chamuco se le termina el tiempo, entonces, utilizando todo su arsenal y empeño en atacar por la premura de su final, es muy evidente que en la más sublime de sus acciones, junto con todas las marionetas que ya sea consciente o inconscientemente se disponen a ser utilizadas para el mal, usan como lema oficial el engaño y la mentira.

Es por ello que ante este ataque ideológico de falsedad envuelta en un velo de ilícita verdad para engancharnos, Jesús revela, que ante todo, hay que vivir en la verdad, y ella nos iluminará, por ello no asustarnos, ya que el miedo nos hace tomar decisiones arrebatadas con consecuencias nefastas.

Simplemente en éste tiempo de los engaños institucionalizados, hay que estar preparados de tal manera que no caigamos en las trampas que por doquier las encontramos, viviendo la verdad, la vida de la gracia y la oración, entonces estaremos capacitándonos para que como cera se nos resbalen todas aquellas faramallas y no hagan mella en nosotros.

“Todo lo que hacen dos monedas”

“Todo lo que hacen dos monedas”

Lucas: 21, 1-4

En aquel tiempo, levantando los ojos, Jesús vio a unos ricos que echaban sus donativos en las alcancías del templo. Vio también a una viuda pobre, que echaba allí dos moneditas, y dijo: “Yo les aseguro que esa pobre viuda ha dado más que todos. Porque éstos dan a Dios de lo que les sobra; pero ella, en su pobreza, ha dado todo lo que tenía para vivir”.

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En éste mundo las escalas de valores son tan inestables que varían según la necesidad pero también según la conveniencia, de tal manera que un día amanecemos con los productos básicos en un valor, para al siguiente cambiarlos y darle una exagerada estima a un metal o a un líquido como lo pueden ser los energéticos. 

Vivimos en un vaivén de inestabilidad que se ve reflejado aún en nuestra propia personalidad, y de hecho lo tomamos como lo común actualmente entre los mortales. Sin embargo hay escalas que nunca varían pero que a su vez no se valoran en la misma intensidad. 

Entre las mismas encontramos aquellos valores que nunca cambian como lo son los espirituales, ya que no son mensurables con las escalas humanas, sino con las divinas aunque algo nos damos cuenta del valor de ello.

La cuestión radica en que un hecho o actitud realizada, refleja los dos mundos tanto el material como el espiritual con muy diferentes apreciaciones y consecuencias. El ejemplo claro es la mujer viuda y pobre, que el hecho de echar dos monedas de poco valor al cepo de las ofrendas, desatará una serie de controversias según el mundo que lo analice.

Para el mundo financiero, ciertamente la juzgará de totalmente inservible su obra, porque dos monedas de poco valor, no cotizan en la bolsa, aunque sí cuentan las mismas en el caso de que falten para completar un billón de dólares, pero aisladas e indiferentes resultan infructuosas porque en el mundo de los millones, despegadas de una gran cuenta no califican, al contrario de ser el sobrante de miles son la base que inician el siguiente millón por lo que nunca son descartables.

Por el contrario, dos monedas en el plano de la fe, resultan en la manifestación de una confianza total en Dios, de una fe que sabe que aunque le falten no quedará desprotegida, de que su vida y felicidad no dependen de ellas, son totalmente accesorias y no son indispensables para que el corazón le deje de funcionar. Hablan de una donación total y de un conocimiento en la esperanza de la providencia divina que nunca falla.

Hasta allá llegan las dos moneditas, así que ya sabes, con ellas puedes invertir en tu primer millón y desvivirte por ello, o usarlas sabiamente, conociendo que sin ellas, sigues siendo el mismo y el renombre, como su nombre lo indica es un RE-nombre que no deja de ser accesorio y totalmente inútil porque así como llega, así se va, en cambio tu vida es la que realmente vale, no lo que tienes.

“Recuperar…”

“Recuperar…”

Lucas 19, 1-10 

En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí. Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa. El bajó en seguida, y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban diciendo: Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador. Pero Zaqueo se puso en pie, y dijo al Señor: Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más. Jesús le contestó: Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido. 

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Precisamente la obra de la Salvación, nace de la experiencia del pecado; ya desde los orígenes vemos a un Dios que dentro del dolor por la pérdida de aquellos que ama, jamás los abandona, sino que los invita al retorno de su amor, más ahora será por medio de su hijo, quién nos mostrará el camino a seguir, recuperando por el precio de la muerte y resurrección a aquellos que no ha dejado de amar.

Es por ello que en éste evangelio encontramos a un Jesús que no busca posicionarse, ni crear fama, sino llevar a cabo la voluntad de su Padre hablando del Reino de los Cielos, aquel que está dando a conocer y que ya está presente, donde se acerca no a la gente perfecta y santa, sino a los que están separados y perdidos fuera del amor de Dios.

Más din embargo, nos encontramos que la recuperación es integral, ya que no tan sólo recupera a los pecadores, quienes son su principal objetivo, sino también a los que dentro de su perfección pierden el rumbo de su misión, servicio y caridad.

La tarea es mucha, sin embargo el recuperar es lo mas sano y provechoso de lo que conscientes podemos agradecerle, porque nos tiene permanentemente bajo su cuidado, no de manera obligada, pero sí en corresponsabilidad. Por ende dediquemos a recuperar aquello y aquellos que realmente podemos hacer.

“El Bien forzado, se aprovecha”

“El Bien forzado, se aprovecha”

Lucas 18, 1-8 

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: «Hazme justicia frente a mi adversario»; por algún tiempo se negó, pero después se dijo: «Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esa viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara». Y el Señor añadió: Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche ? ¿o les dará largas ? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra? 

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Hay ciertas ocasiones en que incomodos por situaciones negativas con los demás, solemos catalogar a todos como malvados, y lo convertimos en una tabla genérica donde toda persona que cumpla cierto perfil se le imprima la etiqueta aunque no la merezca.

Pero las personas que aún así cometen actos deplorables, sería un error afirmar que son malas, porque no lo son, que tengan momentos y actos no tan buenos, no significa que esas persona sea totalmente depravadas.

Si toda persona que ha cometido errores fuera intrínsecamente mala, la salvación sería un mito, no tendría caso ni buscarlas, ni insistirles, Pero si Jesús mismo se acerca a los más alejados, es por que sabe que esos corazones son recuperables.

De hecho los así llamados malos, a los suyos, incluso a ellos mismos se procuran bienes y lo hacen muy bien; aunque el bien sea forzado no deja de ser un bien, aunque sea obligado, no deja de ser un bien, aunque sea por compromiso aún llenos de odio, el bien se aprovecha, ya que Dios se manifiesta donde menos lo esperamos.

Por ello todo bien, venga de quien venga, procede de ese corazón que aunque dañado, sabe dar incluso lo mejor que posee, y eso es una gracia de Dios.

“Sin la fe…”

“Sin la fe…”

Lucas 17, 1-6 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: Es inevitable que sucedan escándalos; pero ¡ay del que los provoca! Al que escandaliza a uno de estos pequeños, más le valdría que le encajaran en el cuello una piedra de molino y lo arrojasen al mar. Tened cuidado. Si tu hermano te ofende, repréndelo; si se arrepiente, perdónalo; si te ofende siete veces en un día, y siete veces vuelve a decirte: «lo siento» , lo perdonarás. Los apóstoles le pidieron al Señor: Auméntanos la fe. El Señor contestó: Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a ese árbol: «Arráncate de raíz y plántate en el mar» , y os obedecería. 

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Pareciese que la fe es una opción a elegir o descartar en cualquier momento, y que depende del estado de ánimo o necesidad urgente que nos acontezca, por lo que se desconocen todos aquellos dones que complementa en nuestra vida.

Sin la fe, es muy probable que caigas en la desesperanza ante todo lo que acontece, la tristeza deja de ser pasajera para echar raíces hasta enfermar a la persona en depresión; la confianza se ve mermada y se manifiesta dudosa en toda relación personal, y ante tal cuadro la caridad es imposible de realizarse, tornando a la persona en un egocentrismo del que parece imposible salir sin ayuda ajena y ante la cual se le rechaza.

Sin la fe, es muy probable que no puedas perdonar, porque el dolor invade profundamente los miedos y las debilidades de las que adolecemos, las cuales sin la virtud se refuerzan negativamente.

Sin la fe, utilizamos el recurso del escándalo, porque no tenemos la paz necesaria para manejar las situaciones que nos rebasan, por ello hacemos los problemas más grandes e involucramos a los demás, ya que solos nos es imposible arreglarlos.

Sin la fe, no podemos abrirnos al Don del Espíritu Santo que ilumina nuestras vidas y nos hace comprender la profundidad de su palabra.

Por ello, sin la fe, desatamos como vida ordinaria un infierno al que llamamos vida personal y privada, que deseamos imponer a los demás. Conviene tener un poquito de fe, porque con ella, nada se te traba, a tal grado como dice el evangelio de pedir a un árbol que se arranque de raíz y que se plante en el mar, parece absurdo pero hasta allá puede llegar.

“Son pocos los que quieren salvarse…”

“Son pocos los que quieren salvarse…”

Lucas 13, 22-30 

En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando. Uno le preguntó: Señor, ¿serán pocos los que se salven? Jesús les dijo: Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo. «Señor, ábrenos» y él os replicará: «No sé quiénes sois». Entonces comenzaréis a decir: «Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas». Pero él os replicará: «No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados». Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos.

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Dentro de la concepción de la salvación eterna se percibe un cierto aire de exclusividad, como si llegar a la eternidad fuera para tan sólo unos cuantos, como si Dios lo hiciera muy difícil, de hecho la pregunta del evangelio “¿serán pocos los que se salven?” va impregnada de una idea de selectividad divina.

Cambiar ese tipo de mentalidad, junto con aquella que posiciona a Dios como un salvador a mi gusto y medida, con derecho al cielo aunque mis obras no lo ameritan y exigiendo la bondad del todo poderoso, que por cierto es aún mayor de lo que pensamos, pero que se gana; cambiar esa concepción depende del trato y conocimiento directo de Dios.

De hecho en realidad lo que pretende inculcar el Señor Jesús, es hacer conciencia de que la salvación no depende tan sólo de Dios, ciertamente es el autor innato y dispuesto a que estemos plenamente en su presencia por toda la eternidad, pero remarcando que los que deseen estar con Él son los que buscarán el camino de retorno a la casa del Padre por medio de su Hijo Jesucristo.

Le verdad revelada afirma que no son pocos los que se salvan, ya que todos son invitados sin exclusión alguna, más bien, la realidad confirma que son muchos los que no quieren regresar a la casa del Padre, no quieren su salvación, ni su gracia, ni su amor, y su vida tal como la llevan afirma sin palabras pero a gritos que no desean nada con Dios.

Por ello me atrevo a afirmar que la salvación no es una ruleta a la que juega Dios, sino una elección donde son pocos los que eligen salvarse, ya que la puerta y el camino están dispuestos, pero depende de nosotros tomarlo.

“La dicha que no se ve”

“La dicha que no se ve”

Lucas: 11, 27-28

En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a la multitud, una mujer del pueblo, gritando, le dijo: “¡Dichosa la mujer que te llevó en su seno y cuyos pechos te amamantaron!” Pero Jesús le respondió: “Dichosos todavía más los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica”.

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Una de las cualidades que no notamos en las personas de manera inmediata suele ser  el que estén bien, ya que por lo general es lo más común, donde olvidamos que estar saludable es de suyo una bendición de Dios, don que se nos otorga a cada uno, y su conservación depende de la responsabilidad y la dedicación que tengamos para con aquello que hemos recibido en nuestro ser.

En la práctica nos damos cuenta más fácilmente cuando hay algo mal o anormal en la persona, cuando está triste o es notoria una enfermedad, así como un daño notorio a simple vista, y es una pena que nomás nos fijemos en eso, ya que hasta los catalogamos por eso mismo.

Es un descanso saber que además de lo físicamente recibido, existe un complemento que precisamente Dios da a manos llenas, que lo otorga a quien lo desea recibir y vivir con ello, es decir, la misma gracia de Dios que nos lleva a una alegría dichosa, aquella misma que reconoce Jesús en su Madre, y la cual la ha portado desde el primer momento en que aceptó la misión de ser la madre del salvador.

Ya el mismo Arcángel Gabriel la reconoce como “la llena de gracia” e Isabel la identifica como la “bendita entre las mujeres”, pues eso que vieron no es otra cosa que la misma gracia de Dios, que se nota sobre el bien y la salud común.

Por ello Jesús afirma que su madre tiene una dicha mayor, no tan solo dar a luz, sino el conservar los mismos dones de Dios sin perderlos. Es esa dicha que no se ve, pero que se manifiesta en todo su esplendor, especialmente con aquellos que se disponen en su vida para verla.