“Y se fueron tras Él”

“Y se fueron tras Él”

Marcos 1,14-20

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: Convertíos y creed la Buena Noticia». Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago. Jesús les dijo: «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo del Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se fueron tras él.

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La imagen más directa que tenemos de aquellos que se encuentran con Jesús, sobre todo en en los evangelios, hacen que tengamos una impresión de seguimiento radical, pensando que esa es la única manera de seguir al Señor, como lo tenemos explícito en éste segmento del evangelio.

Además de eso hay que remarcar que ciertamente el seguimiento de Jesús, en esos precisos momentos era lo que se requería con las personas en su momento adecuadas y sobre todo, respondiendo de esa forma a ese llamado muy particular.

Hoy en día la cuestión del seguimiento, sigue siendo la misma, pero ese papel inicial y a esa escala de respuesta ya lo realizaron sus apóstoles y discípulos de su tiempo, por así decirlo, ya está cubierta esa etapa que requería en su momento dicha respuesta y  entrega, que sin ella no hubiera sido posible su obra.

Es un hecho que los tiempos y las circunstancias han cambiado, pero el llamado sigue en la misma intensidad, la respuesta creo que debe de darse de igual manera pero adecuada al momento presente, a lo mejor ya no dejaremos las redes porque al parecer jamás hemos tenido experiencia con ellas, pero tienes otros campos que van desde el hogar, la familia, el trabajo, las amistades, desde donde sin desfazar la realidad podemos responder muy concretamente, de manera sencilla, como lo fue en ese tiempo, pero dentro de tu ámbito ordinario de vida.

Es necesario seguir tras de Él de igual manera, quitando la escena original evangélica del llamado y, ubicándola aquí y ahora donde sigue siendo posible, basta reconocer que quieres ser su discípulo, seguir, aprender del maestro y transmitirlo desde los más pequeños detalles donde andes. Esos radicalismos hay que aplicarlos ahora, sobre todo ahí donde es necesario cambiar lo que nos daña, dese las actitudes, las palabras y los lugares que nos llevan a la infelicidad, por ello, también hoy en día, sencillamente muchos se fueron tras de Él.

“La salud no se da por partes”

“La salud no se da por partes”

Lucas 5, 17-26 

Un día estaba Jesús enseñando, y estaban sentados unos fariseos y maestros de la ley, venidos de todas las aldeas de Galilea, Judea y Jerusalén. Y el poder del Señor lo impulsaba a curar. Llegaron unos hombres que traían en una camilla a un paralítico y trataban de introducirlo para colocarlo delante de él. No encontrando por donde introducirlo, a causa del gentío, subieron a la azotea y, separando las losetas, lo descolgaron con la camilla hasta el centro, delante de Jesús. Él, viendo la fe que tenían, dijo: —«Hombre, tus pecados están perdonados.» Los escribas y los fariseos se pusieron a pensar: —«¿Quién es éste que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados más que Dios?» Pero Jesús, leyendo sus pensamientos, les replicó: —«¿Qué pensáis en vuestro interior? ¿Qué es más fácil: decir “tus pecados quedan perdonados”, o decir “levántate y anda”? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados -dijo al paralítico: A ti te lo digo, ponte en pie, toma tu camilla y vete a tu casa.» El, levantándose al punto, a la vista de ellos, tomó la camilla donde estaba tendido y se marchó a su casa dando gloria a Dios. Todos quedaron asombrados, y daban gloria a Dios, diciendo llenos de temor: —«Hoy hemos visto cosas admirables.» 

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En el Evangelio de éste día, nos encontramos con el típico conflicto de la humanidad, donde hacemos una división notoria entre lo físico y lo espiritual, como si fueran dos cosas distintas, donde perdernos el rumbo del espíritu pensando que nuestra humana materialidad vive por sí misma, olvidando que el el alma quien la anima. 

El igual cuando nuestro cuerpo enferma, creemos que es lo único que tenemos que sanar, de igual manera olvidando que el alma necesita ser atendida, por lo que resulta ilógico, cuando nos dirigimos a Dios pedir tan sólo una parte, aquella que nos duele y se nota en la apariencia física, pero no pedimos que nos sane de igual manera el alma, de la cual desatendida manifiesta las enfermedades físicas.

Es por ello que Jesús ante aquellos que hasta la salud prohíben por preceptos humanos atribuidos a Moisés como lo es la ley ritual de ofrendas para el perdón de los pecados y la de las ofrendas para la salud, estallan en desacuerdo porque no hace Jesús las cosas a su manera tarifaria. 

Jesús no ejerce una ley, ejerce la misericordia, por ello primeramente de la al paralítico el descanso del alma, al dejarla sana quitando la carga de los pecados acumulados en la vida, y una vez libre de ese mal, sana su cuerpo y le ordena que regrese a sus habituales ocupaciones, que por la enfermedad estaban limitadas, pero que crezca en su nueva condición ahí donde habita y sea un testimonio de la gracia y el poder de la fe y de Dios.

Por ello, no optemos por pedir saludes parciales, ya que el Señor te da la salud total o no la da, ya que en partes no aprovecha. Si pides la salud del cuerpo, el complemento obligado es la salud del alma, ya que una conserva a la otra.

“Corregirnos, es de sabios y santos”

“Corregirnos, es de sabios y santos”

Lucas 19, 1-10 

En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí. Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: —«Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.» É1 bajó en seguida y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: —«Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.» Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor: —«Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.» Jesús le contestó: —«Hoy ha sido la salvación de esta casa, también éste es hijo de Abraham. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.» 

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Hoy en nuestros días vivimos pensando que las consecuencias de nuestros actos no afectan a nadie, seguimos haciendo el bien, pero también el mal, estableciéndolo como lo más ordinario y natural, a tal grado de molestarnos si somos corregidos ya que nos aferramos a mantenernos indiferente.

El cambio de vida o actitud ante un mundo ensoberbecido resulta intolerante, cualquier sugerencia de corrección se toma como un ataque a la propia persona o un insulto, olvidando que encapsularnos en nuestros propios ritos, mitos, e ideas fantasiosas, tanto como en pecados cíclicos, dan un cierto efecto de estabilidad y satisfacción, pero enceguecen el mayor bien futuro que podríamos hacer. 

Es por ello que las mismas Sagradas Escrituras proponen de la manera más atenta, el reconocer la situación errónea de vida que podríamos estar viviendo, para salir de ella y migrar a un estado mejor de estabilidad, paz e incluso de gracia de Dios.

Ya lo dice el dicho atribuido al filósofo Inmanuel Kant, “Es de sabios cambiar de opinión”, aunque su tendencia sea racionalista e idealista, en el fondo esa frase sigue el mismo esquema de la Salvación, ya que precisamente lo que Dios quiere es un cambio de vida como ocurrió con el mismo Zaqueo, quien el contacto personal con el Señor Jesús, transforma su vida, corrigiendo lo que mal hacía. 

Lo mismo nos invita el Señor, a sabia y prudentemente saber cambiar a un estado mayor de gracia y de santidad, extirpando todo cuando pueda limitarnos incluso a vivir en sana libertad nuestra propia vida.

“Son pocos los que quieren salvarse…”

“Son pocos los que quieren salvarse…”

Lucas 13, 22-30 

En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando. Uno le preguntó: Señor, ¿serán pocos los que se salven? Jesús les dijo: Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo. «Señor, ábrenos» y él os replicará: «No sé quiénes sois». Entonces comenzaréis a decir: «Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas». Pero él os replicará: «No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados». Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos.

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Dentro de la concepción de la salvación eterna se percibe un cierto aire de exclusividad, como si llegar a la eternidad fuera para tan sólo unos cuantos, como si Dios lo hiciera muy difícil, de hecho la pregunta del evangelio “¿serán pocos los que se salven?” va impregnada de una idea de selectividad divina.

Cambiar ese tipo de mentalidad, junto con aquella que posiciona a Dios como un salvador a mi gusto y medida, con derecho al cielo aunque mis obras no lo ameritan y exigiendo la bondad del todo poderoso, que por cierto es aún mayor de lo que pensamos, pero que se gana; cambiar esa concepción depende del trato y conocimiento directo de Dios.

De hecho en realidad lo que pretende inculcar el Señor Jesús, es hacer conciencia de que la salvación no depende tan sólo de Dios, ciertamente es el autor innato y dispuesto a que estemos plenamente en su presencia por toda la eternidad, pero remarcando que los que deseen estar con Él son los que buscarán el camino de retorno a la casa del Padre por medio de su Hijo Jesucristo.

Le verdad revelada afirma que no son pocos los que se salvan, ya que todos son invitados sin exclusión alguna, más bien, la realidad confirma que son muchos los que no quieren regresar a la casa del Padre, no quieren su salvación, ni su gracia, ni su amor, y su vida tal como la llevan afirma sin palabras pero a gritos que no desean nada con Dios.

Por ello me atrevo a afirmar que la salvación no es una ruleta a la que juega Dios, sino una elección donde son pocos los que eligen salvarse, ya que la puerta y el camino están dispuestos, pero depende de nosotros tomarlo.

“La poda”

“La poda”

Juan: 15,1-8

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Al sarmiento que no da fruto en mí, él lo arranca, y al que da fruto lo poda para que dé más fruto.
Ustedes ya están purificados por las palabras que les he dicho. Permanezcan en mí y yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él ése da fruto abundante, porque sin mí nada pueden hacer. Al que no permanece en mí se le echa fuera, como al sarmiento, y se seca; luego lo recogen, lo arrojan al fuego y arde.
Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá. La gloria de mi Padre consiste en que den mucho fruto y se manifiesten así como discípulos míos”.

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La comparación de nuestra vida unida a la de Cristo con la imagen de la vid y el viñador, refleja en gran parte la realidad casi simétrica en donde la misma preocupación y amor de Dios hacia nosotros, hace posible estar al cuidado personal de cada uno sin olvidar a nadie porque tiene capacidad para ello y más.

Cuando Dios sabe que es necesario podar, lo hace eficazmente, en la inteligencia del proceso natural de nuestra propia humanidad, que a la para con una planta, como lo es la vid, aunque halla desarrollado grandes y fuertes ramas, es necesario podarlas, la razón es práctica y sencilla: están contaminadas, van mal orientadas, están enfermas, tienen plaga, además de que limitan el crecimiento de brotes nuevos.

Es por ello que quitando eso que en su momento estorba, los nuevos retoños serán más abundantes y de mejor calidad, propiciando un crecimiento más orientado a dar mucho fruto.

Así somos nosotros, es necesario podar el odio, la envidia, las malas intenciones y acciones que desdicen nuestra propia dignidad, junto con todas las adicciones y dependencias en las que hemos caído para poder crecer con nuevos dones que en realidad den fruto, y que a su vez se vean mejor.

Para ello hay que permanecer, quedarnos ahí donde somos nutridos y alimentados con lo que necesitamos, y ese alimento es el Señor que se dona a sí mismo en la Eucaristía, y que a su vez hace que nunca falte el alimento físico.

No tengas miedo a la poda, no duele, es necesario y es muy bueno.

“El hijo sano”

“El hijo sano”

Lucas: 15, 1-3. 11-32

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para escucharlo. Por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: “Éste recibe a los pecadores y come con ellos”.


Jesús les dijo entonces esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de la herencia que me toca’. Y él les repartió los bienes.


No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta. Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a pasar necesidad. Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera.


Se puso entonces a reflexionar y se dijo: ¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores’.


Enseguida se puso en camino hacia la casa de su padre. Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le dijo: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo’.


Pero el padre les dijo a sus criados: ¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’. Y empezó el banquete.


El hijo mayor estaba en el campo y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: ‘Tu hermano ha regresado y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo’. El hermano mayor se enojó y no quería entrar.


Salió entonces el padre y le rogó que entrara; pero él replicó: ¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo’.


El padre repuso: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’ “.

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La mayoría de las familias procuran que sus hijos se mantengan sanos, que tengan que comer y, algunos otros que cuando menos vayan a la escuela para que reciban la educación que en casa no reciben.

Pero olvidamos que la salud no radica tan sólo en evitar las enfermedades físicas que requieren en un caso extremo hospitalización o guardar reposo por mientras se recuperan, como lo podría ser la gripe o el sarampión.

En realidad somos inconscientes de aquellas enfermedades que heredamos en la cultura familiar, que aprendimos forzosamente a verlas como lo ordinario porque no había de otra, y me refiero a esas enfermedades que a su vez con nuestro comportamiento contagiamos a los nuestros y que no vemos, preguntándonos al final el por qué nos pasa eso, cuando en realidad en la consecuencia necesaria de nuestros propios actos.

Y es que enfermamos a los hijos con los odios, las separaciones, los celos, los abusos de autoridad, la violencia intrafamiliar, la mala educación y el vocabulario bajo, los rencores y orgullos infundados y enfermizos, las imposiciones religiosas mal llevadas en extremo, al igual con nuestros propios morbos y sexualidades descontroladas aunque sean secretas, porque de alguna manera salen a flote y se contagian.

El hecho de que alguien no llore en la familia, no significa que no le duela algo o que no esté bien. 

Aquí es donde en la propia familia, aún completa e integrada con sus padres presentes e hijos, no es garantía de salud. Muestra de ellos es la parábola del hijo prodigo, que yo lo llamaría la familia disfuncional con el hijo enfermo y cansado del ambiente familiar. ya que incluso el mismo hijo mayor revela actitudes enfermizas manifestadas en el orgullo y resentimiento expresado, aunque esté en casa trabajando.

El regreso del hijo representa a ese hijo que por fin se dio cuenta de su enfermedad y el camino le ha servido para darse cuenta de su realidad, el padre le recibe con gran alegría porque a su vez se da cuenta que ha recuperado a uno de sus hijos sano, no fisicamente sino también mentalmente, donde creo que a su vez, además de ser misericordioso ha de haber reconocido sus defectos como padre, es una sanción total y familiar que lleva a la felicidad.

Por ello hay que permitirnos curar al niño o niña dañados para llegar a la salud que llevamos dentro, no importa si eres hijo o padre, si tienes 8 o 75 años: perdón, aceptación, reconciliación, unidad y retomar la vida en un nuevo sentido son los elementos de sanación que llevan a la plena felicidad y descartar al cien todos los patrones aprendidos.

“Recobrar”

“Recobrar”

Lucas: 15, 1-3. 11-32

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para escucharlo; por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: “Éste recibe a los pecadores y come con ellos”.
Jesús les dijo entonces esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de la herencia que me toca’. Y él les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta. Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a pasar necesidad. Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera.
Se puso entonces a reflexionar y se dijo: `¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores’.
Enseguida se puso en camino hacia la casa de su padre. Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le dijo: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo’.
Pero el padre les dijo a sus criados: ‘¡pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’. Y empezó el banquete.
El hijo mayor estaba en el campo y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: ‘Tu hermano ha regresado y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo’. El hermano mayor se enojó y no quería entrar.
Salió entonces el padre y le rogó que entrara; pero él replicó: ‘Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo’.
El padre repuso: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’ “.

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En ocasiones nos hacemos a la idea de que en una familia deben de ser todos iguales en su comportamiento, cuando en realidad algo hay de eso, porque tienen un esquema de primer aprendizaje común que son sus padres, donde se aprenden principios, valores, e incluso las mañas de cada uno de ellos.

Otra situación es querer que respondan ante las responsabilidades con la prontitud y certeza que uno mismo desea, habrá quien lo haga y habrá quien no, por lo que además de manejar las obligaciones ordinarias dentro de la familia, será todo un reto hacer crecer a todos hacia la misma madurez a la que somos invitados todos.

El caso lo tenemos muy claro en el ejemplo del hijo pródigo, dónde uno de los hijos por su actitud incoherente e irresponsable hace reaccionar al resto de la familia no de una manera grata, a tal grado de hacer lo que desea sin importarles los demás.

Situación que un padre amoroso permite, no porque sea muy blando y falto de carácter, sino porque sabe esperar y dejar en libertad para que cada quien afronte sus propias responsabilidades y problemas. Hechos que se cumplen al caer en cuenta el hijo de lo que estaba haciendo cuando lo ve todo lo que se le dio abusado y perdido.

Aquí es donde al recapacitar retorna a su padre con una actitud no de pena, no de chantaje, no de volver a abusar, sino consciente de su condición la cual va sanando ante los suyos y donde el padre recupera a ese hijo que esperaba tener. Para su padre no importan los bienes derrochados cuando ha ganado un hijo que ahora se sabe amado y aceptado, a su vez que responsable con sus propias obligaciones naturales, un recobrar al verdadero hijo perdido aun en su propia casa.

“Miércoles de Ceniza”

“Miércoles de Ceniza”

Mateo 6, 1-6. 16-18

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Tengan cuidado de no practicar sus obras de piedad delante de los hombres para que los vean. De lo contrario, no tendrán recompensa con su Padre celestial.
Por lo tanto, cuando des limosna, no lo anuncies con trompeta, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, para que los alaben los hombres. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.
Cuando ustedes hagan oración, no sean como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora ante tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.
Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como esos hipócritas que descuidan la apariencia de su rostro, para que la gente note que están ayunando. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que no sepa la gente que estás ayunando, sino tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará”.

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La imposición de las cenizas nos recuerda que nuestra vida en la tierra es pasajera y que nuestra vida definitiva se encuentra en el Cielo.

La Cuaresma comienza con el Miércoles de Ceniza y es un tiempo de oración, penitencia y ayuno. Cuarenta días que la Iglesia marca para la conversión del corazón.

Las palabras que se usan para la imposición de cenizas, son:

• “Concédenos, Señor, el perdón y haznos pasar del pecado a la gracia y de la muerte a la vida”

• “Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás”

• “Arrepiéntete y cree en el Evangelio”.

Origen de la costumbre

Antiguamente los judíos acostumbraban cubrirse de ceniza cuando hacían algún sacrificio y los ninivitas también usaban la ceniza como signo de su deseo de conversión de su mala vida a una vida con Dios.

En los primeros siglos de la Iglesia, las personas que querían recibir el Sacramento de la Reconciliación el Jueves Santo, se ponían ceniza en la cabeza y se presentaban ante la comunidad vestidos con un “hábito penitencial”. Esto representaba su voluntad de convertirse.

En el año 384 d.C., la Cuaresma adquirió un sentido penitencial para todos los cristianos y desde el siglo XI, la Iglesia de Roma acostumbra poner las cenizas al iniciar los 40 días de penitencia y conversión.

Las cenizas que se utilizan se obtienen quemando las palmas usadas el Domingo de Ramos de año anterior. Esto nos recuerda que lo que fue signo de gloria pronto se reduce a nada.

También, fue usado el período de Cuaresma para preparar a los que iban a recibir el Bautismo la noche de Pascua, imitando a Cristo con sus 40 días de ayuno.

La imposición de ceniza es una costumbre que nos recuerda que algún día vamos a morir y que nuestro cuerpo se va a convertir en polvo.Nos enseña que todo lo material que tengamos aquí se acaba. En cambio, todo el bien que tengamos en nuestra alma nos lo vamos a llevar a la eternidad. Al final de nuestra vida, sólo nos llevaremos aquello que hayamos hecho por Dios y por nuestros hermanos los hombres.

Cuando el sacerdote nos pone la ceniza, debemos tener una actitud de querer mejorar, de querer tener amistad con Dios. La ceniza se le impone a los niños y a los adultos.

Significado del carnaval al inicio de la Cuaresma

La palabra carnaval significa adiós a la carne y su origen se remonta a los tiempos antiguos en los que por falta de métodos de refrigeración adecuados, los cristianos tenían la necesidad de acabar, antes de que empezara la Cuaresma, con todos los productos que no se podían consumir durante ese período (no sólo carne, sino también leche, huevo, etc.)

Con este pretexto, en muchas localidades se organizaban el martes anterior al miércoles de ceniza, fiestas populares llamadas carnavales en los que se consumían todos los productos que se podrían echar a perder durante la cuaresma.

Muy pronto empezó a degenerar el sentido del carnaval, convirtiéndose en un pretexto para organizar grandes comilonas y para realizar también todos los actos de los cuales se “arrepentirían” durante la cuaresma, enmarcados por una serie de festejos y desfiles en los que se exaltan los placeres de la carne de forma exagerada, tal como sigue sucediendo en la actualidad en los carnavales de algunas ciudades, como en Río de Janeiro o Nuevo Orleans.

El ayuno y la abstinencia

El miércoles de ceniza y el viernes santo son días de ayuno y abstinencia. La abstinencia obliga a partir de los 14 años y el ayuno de los 18 hasta los 59 años. El ayuno consiste hacer una sola comida fuerte al día y la abstinencia es no comer carne. Este es un modo de pedirle perdón a Dios por haberlo ofendido y decirle que queremos cambiar de vida para agradarlo siempre.

La oración 

La oración en este tiempo es importante, ya que nos ayuda a estar más cerca de Dios para poder cambiar lo que necesitemos cambiar de nuestro interior. Necesitamos convertirnos, abandonando el pecado que nos aleja de Dios. Cambiar nuestra forma de vivir para que sea Dios el centro de nuestra vida. Sólo en la oración encontraremos el amor de Dios y la dulce y amorosa exigencia de su voluntad.

Para que nuestra oración tenga frutos, debemos evitar lo siguiente:

La hipocresía: Jesús no quiere que oremos para que los demás nos vean llamando la atención con nuestra actitud exterior. Lo que importa es nuestra actitud interior.

La disipación: Esto quiere decir que hay que evitar las distracciones lo más posible. Preparar nuestra oración, el tiempo y el lugar donde se va a llevar a cabo para podernos poner en presencia de Dios.

La multitud de palabras: Esto quiere decir que no se trata de hablar mucho o repetir oraciones de memoria sino de escuchar a Dios. La oración es conformarnos con Él; nuestros deseos, nuestras intenciones y nuestras necesidades. Por eso no necesitamos decirle muchas cosas. La sinceridad que usemos debe salir de lo profundo de nuestro corazón porque a Dios no se le puede engañar.

El sacrificio

Al hacer sacrificios (cuyo significado es “hacer sagradas las cosas”), debemos hacerlos con alegría, ya que es por amor a Dios. Si no lo hacemos así, causaremos lástima y compasión y perderemos la recompensa de la felicidad eterna. Dios es el que ve nuestro sacrificio desde el cielo y es el que nos va a recompensar. “Cuando ayunéis no aparezcáis tristes, como los hipócritas que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo, ya recibieron su recompensa. Tú cuando ayunes, úngete la cabeza y lava tu cara para que no vean los hombres que ayunas, sino Tu Padre, que está en lo secreto: y tu padre que ve en lo secreto, te recompensará. “ (Mt 6,6)”

Conclusión

Como vemos, la ceniza no es un rito mágico, no nos quita nuestros pecados, para ello tenemos el Sacramento de la Reconciliación. Es un signo de arrepentimiento, de penitencia, pero sobre todo de conversión. Es el inicio del camino de la Cuaresma, para acompañar a Jesús desde su desierto hasta el día de su triunfo que es el Domingo de Resurrección.

Debe ser un tiempo de reflexión de nuestra vida, de entender a donde vamos, de analizar como es nuestro comportamiento con nuestra familia y en general con todos los seres que nos rodean.

En estos momentos al reflexionar sobre nuestra vida, debemos convertirla de ahora en adelante en un seguimiento a Jesús, profundizando en su mensaje de amor y acercándonos en esta Cuaresma al Sacramento de la Reconciliación (también llamado confesión), que como su nombre mismo nos dice, representa reconciliarnos con Dios y sin reconciliarnos con Dios y convertirnos internamente, no podremos seguirle adecuadamente.

Está Reconciliación con Dios está integrada por el Arrepentimiento, la Confesión de nuestros pecados, la Penitencia y finalmente la Conversión.

El arrepentimiento debe ser sincero, reconocer que las faltas que hemos cometido (como decimos en el Yo Pecador: en pensamiento, palabra, obra y omisión), no las debimos realizar y que tenemos el firme propósito de no volverlas a cometer.

La confesión de nuestros pecados.- el arrepentimiento de nuestras faltas, por sí mismo no las borra, sino que necesitamos para ello la gracia de Dios, la cual llega a nosotros por la absolución de nuestros pecados expresada por el sacerdote en la confesión.

La penitencia que debemos cumplir empieza desde luego por la que nos imponga el sacerdote en el Sacramento de la Reconciliación, pero debemos continuar con la oración, que es la comunicación íntima con Dios, con el ayuno, que además del que manda la Iglesia en determinados días, es la renuncia voluntaria a diferentes satisfactores con la intención de agradar a Dios y con la caridad hacia el prójimo.

Y finalmente la Conversión que como hemos dicho es ir hacia delante, es el seguimiento a Jesús.

Es un tiempo de pedir perdón a Dios y a nuestro prójimo, pero es también un tiempo de perdonar a todos los que de alguna forma nos han ofendido o nos han hecho algún daño. Pero debemos perdonar antes y sin necesidad de que nadie nos pida perdón, recordemos como decimos en el Padre Nuestro, muchas veces repitiéndolo sin meditar en su significado, que debemos pedir perdón a nuestro Padre, pero antes tenemos que haber perdonado sinceramente a los demás.

Y terminemos recorriendo al revés nuestra frase inicial, diciendo que debemos escuchar y leer el Evangelio, meditarlo y Creer en él y con ello Convertir nuestra vida, siguiendo las palabras del Evangelio y evangelizando, es decir transmitiendo su mensaje con nuestras acciones y nuestras palabras.

Fuente Es.Catholic.net

“Conversión de San Pablo Apóstol”

“Conversión de San Pablo Apóstol”

Marcos: 16, 15-18

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura. El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado. Éstos son los milagros que acompañarán a los que hayan creído: arrojarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos, y si beben un veneno mortal, no les hará daño; impondrán las manos a los enfermos y éstos quedarán sanos”.

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Viajando hacia Damasco, cuando aún maquinaba amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, el mismo Jesús glorioso se le reveló en el camino, eligiéndole para que, lleno del Espíritu Santo, anunciase el Evangelio de la salvación a los gentiles. Sufrió muchas dificultades a causa del nombre de Cristo.

Pablo, llamado Saulo en el uso y rigor judío, afirmaba con vehemencia que el Evangelio que predicaba no lo había aprendido o recibido de los hombres.

Perteneció a la casta de los fariseos. Había nacido en Tarso, ciudad que pertenecía al mundo grecorromano; quien nacía allí tenía la categoría de ciudadano romano y lo era tanto como el centurión, el procurador, el tribuno o magistrado. Necesariamente, por ser judío no le cupo más suerte en la niñez que andar disimulando su condición entre los demás del pueblo, ocultando su creencia, tenida como superstición por los paganos romanos. Es posible que esto le fuera encendiendo por dentro y le afirmara aún más en su fe, cuando iba creciendo en edad y tenía que defenderse marchando contra corriente.

Era más bien bajo, de espaldas anchas y cojeaba algo. Fuerte y macizo como un tronco. Un rictus tenía que le hacía fanático. Conocía los manuscritos viejos escritos con signos que a los griegos y a los romanos les parecían garabatos ininteligibles, pero que encerraban toda la sabiduría y la razón de ser de un pueblo. Listo como un sabio en las escuelas griegas de Tarso, familiarizado con los poetas y filósofos que habían pasado el tiempo escribiendo en tablillas o pensando. Para los griegos solo era un hebreo, miembro de aquellas familias que vivían en un islote social, aislado entre misterios inaccesibles a los de otra raza, uno de los que tenían prohibido el acceso a las clases cultas y dirigentes; era de esos que se hacían despreciables por su puritanismo, por sus rarezas ante los alimentos, su modo de divertirse, de casarse, de entender la vida, de no asistir a los templos ¡un ambiente nada claro!

A los dieciocho años se fue a Jerusalén para aprender cosas del judío verdadero, las de la Ley patria, la razón de las costumbres; ansiaba profundizar en la historia del pueblo y en su culto. Gamaliel lo informó bien por unos cuartos. Aprendió las cosas yendo a la raíz, no como las decía la gente poco culta del pueblo sencillo y llano. Supo más y mejor del poder del Dios único; aprendió a darle honra y alabanza en el mayor de los respetos y malamente soportaba con su pueblo el presente dominio del imponente invasor. Esto le ponía furioso. Los profetas daban pistas para un resurgimiento y los salmos cantaban la victoria de Dios sobre otros pueblos y culturas muy importantes que en otro tiempo subyugaron a los judíos y ya desaparecieron a pesar de su altivez; igual pasaría con los dominadores actuales. El Libertador no podría tardar. Mientras tanto, era preciso mantener la idiosincrasia del pueblo a cualquier costa y no ser como los herodianos, para que la esperanza hiciera posible su supervivencia como nación. No se podía dejar que un ápice lo apartara de la fidelidad a las costumbres patrias. Eso le hizo celoso.

Y mira por donde, aquella herejía estaba estropeando todo lo que necesitaba el pueblo. Locos estaban adorando a un hombre y crucificado. No se podía permitir que entre los suyos se ampliara el círculo de los disidentes. Había que hacer algo. No pasaban, sino que las noticias decían que estaban por todas partes como si se diera una metástasis generalizada de un cáncer nacional. Hacía años que ya estuvo, colaborando como pudo, en la lapidación de uno de aquellos visionarios listos, serviciales, piadosos y caritativos pero que hacían mucho daño al alto estamento oficial judío; fue cuando lo apedrearon por blasfemo a las afueras de Jerusalén, y lastimosamente él sólo pudo guardar los mantos de los que lo lapidaron. Hasta le parecía recordar aún su nombre: Esteban.

Su conversión fue en un día insospechado. Nada propiciaba aquel cambio. Precisamente llevaba cartas de recomendación de los judíos de Jerusalén para los de Damasco; quería poner entre rejas a los cristianos que encontrara. Hasta allí se extendía la autoridad de los sumos sacerdotes y principales fariseos; como eran costumbres de religión, los romanos las reconocían sin hacerles ascos. Saulo guiaba una comitiva no guerrera pero sí muy activa, casi furiosa, impaciente por cumplir bien una misión que suponían agradable a Dios y purga necesaria para la estabilidad de los judíos y para proteger la pureza de las tradiciones que recibieron los padres. Aquello parecía la avanzada de un ejército en orden de batalla, con el repiqueteo de las herraduras en las pezuñas de las monturas sobre el duro suelo de roca ante Damasco donde caracoleaban los caballos. Llevaban ya varios días de caminata; se daban por bien empleados si la gestión terminaba con éxito. Iba Saulo “respirando amenazas de muerte contra los discípulos del Señor”. En su interior había buena dosis de saña.

“Y sucedió que, al llegar cerca de Damasco, de súbito le cercó una luz fulgurante venida del cielo, y cayendo por tierra oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dijo: ¿Quién eres, Señor? Y él: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, y entra en la ciudad y se te dirá lo que has de hacer. Y los hombres que le acompañaban se habían detenido, mudos de espanto, oyendo la voz, pero sin ver a nadie. Se levantó Saulo del suelo y , abiertos los ojos, nada veía. Y llevándole de la mano lo introdujeron en Damasco, y estuvo tres días sin ver, y no comió ni bebió” (Act. 9, 3-9).

Tres días para rumiar su derrota y hacerse cargo en su interior de lo que había pasado. Y luego, el bautismo. Un cambio de vida, cambio de obras, cambio de pensamiento, de ideales y proyectos. Su carácter apasionado tomará el rumbo ahora marcado sin trabas humanas posibles _su rendición fue sin condiciones_ y con el afán de llevar a su pueblo primero y al mundo entero luego la alegría del amor de Dios manifestado en Cristo.

El relato es del historiador Lucas, buen conocedor de su oficio. Se lo había oído veces y veces al mismo protagonista. No hay duda. Vió él mismo al resucitado; y lo dirá más veces, y muy en serio a los de Corinto. Por ello fue capaz de sufrir naufragios en el mar y persecuciones en la tierra, y azotes, y hambre y cárcel y humillaciones y críticas, y juicios y muerte de espada; por ello hizo viajes por todo el imperio, recorriéndolo de extremo a extremo. Y no creas que se lamentaba; le ilusionaba hacerlo porque sabía que en él era mandato más que ruego; el dolor y sufrimiento más bien los tuvo como credenciales y las heridas de su cuerpo las pensaba como garantía de la victoria final en fidelidad ansiada.

Entre tantas conversiones del santoral, la de Pablo es ejemplar, paradigmática. Más se palpa en ella la acción divina que el esfuerzo humano; además, enseña las insospechadas consecuencias que trae consigo una mudanza radical.

Fuente: Es.Catholic.net

“Sal de él…”

“Sal de él…”

Marcos: 1, 21-28

En aquel tiempo, llegó Jesús a Cafarnaúm y el sábado siguiente fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Los oyentes quedaron asombrados de sus palabras, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.
Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: “¿Qué quieres tú con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios”. Jesús le ordenó: “¡Cállate y sal de él!” El espíritu inmundo, sacudiendo al hombre con violencia y dando un alarido, salió de él. Todos quedaron estupefactos y se preguntaban: “¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es ésta? Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen”. Y muy pronto se extendió su fama por toda Galilea.

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En ocasiones me doy cuenta que no terminamos de conocer la excelente gama de dones con los que hemos sido bendecidos y con los que podemos de una manera tan autónoma desarrollarnos, crecemos con el autoconocimiento velado a tal grado de esperar que los demás sean los que nos den el visto bueno y la aprobación para sentirnos importantes y tomados en cuenta.

Ante esta creciente necesidad optamos por permitir que otros sean nuestros modelos y ejemplos a seguir, ocasión que el maligno no desaprovecha y en la que el mismo se presenta como la mejor opción, ante una escándalo publicitario que se desborda e impacta de manera espectacular en las mentes vulnerables y débiles. 

Es entonces, aunque no enteramente que nos hace suyos, pero sí tomamos posturas en las que tiene total domino, aquellas que nos parecen tan normales como si fueran lo ordinario, y como el maligno conoce todas nuestras humanas debilidades, se prende de ellas y las explota en serie, haciendo notar que entre el común de las almas eso es lo más normal y que es parte de la humana condición, lo cual es falso. 

Entre ellas la envidia, la soberbia, vanidad, la maledicencia, la mentira, y otras más que en realidad son demonios que nos tienen dominados cuando reincidimos en ellas cíclicamente sin poder cambiar. Es entonces donde necesitamos acercamos a Jesús para que nos diga “sal de él”, porque en realidad necesitamos ser liberados de esas esclavitudes, que se revelan violentamente con un escándalo mayor para desviar la atención y permanecer de una manera crónica y degenerativa.

Iniciar con una oración ayuda fuertemente, pero si es constante mucho mejor, porque la misma nos protegerá de cualquier daño que venga de fuera y sostendrá en la lucha.