“Ha amado mucho”

“Ha amado mucho”


Lucas 7, 36-50

En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume, y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado, se dijo: —Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora.Jesús tomó la palabra y le dijo: —Simón, tengo algo que decirte.El respondió: —Dímelo, maestro.Jesús le dijo: —Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más?Simón contestó: —Supongo que aquel a quien le perdonó más.Jesús le dijo: —Has juzgado rectamente.Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: —¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella en cambio me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Tú no me besaste; ella en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella en cambio me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo, sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor: pero al que poco se le perdona, poco ama.Y a ella le dijo: —Tus pecados están perdonados.Los demás convidados empezaron a decir entre sí: —¿Quién es éste, que hasta perdona pecados?Pero Jesús dijo a la mujer: —Tu fe te ha salvado, vete en paz.”
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Las circunstancias sociales y las relaciones interpersonales por lo general marcan un ritmo de vida en el que por así decir, debemos de entrar todos, sin embargo en ese esquema podríamos quedar un tanto limitados, ya que se exigen comportamientos concretos y cualquier actitud no adecuada en ese esquema es considerada no apta, ni para bien, mucho menos para mal.
Sin embargo encontramos en este evangelio el tipo de relaciones sociales en tiempos de Jesús, donde en una comida en casa de un fariseo, que de suyo no es ordinario que se les permita porque, según el esquema de su tiempo, Jesús y sus discípulos son considerados impuros por no seguir al pie de la letra los mandatos de la exigente ley mosaica.


Aun más raro es el hecho de que una mujer considerada pecadora se haya introducido a la misma casa, la cual derrama un frasco de perfume sobre los pies de Jesús, enjugándolos con sus lágrimas. El entorno ya estaba irregular hablando en cuanto a reglas, sin embargo, a pesar de no vivir la norma textual, la actitud de juzgar sin misericordia a los demás, sigue aplicándose plenamente, porque hasta el mismo Jesús es incluido en la crítica por dejarse tocar y permitir eso.


Esa fue la manera de ella de expresar su arrepentimiento, cosa que los demás no vieron, porque cada quien utiliza a su manera su propia expresividad, sin embargo lo principal, que era el verdadero amor con que lo hizo, sólo fue percibido por Jesús, los demás vieron sólo a la pecadora. Si no estamos abiertos a reconocer ese amor, manifestado de mil maneras, si lo queremos estereotipado en corazoncitos y chocolates, aún mismo en un te amo o te quiero, estaremos limitando a la persona a que entre en el esquema común, le quede o no, y todas las demás manifestaciones como lo es el trabajo, la cercanía, la dedicación, el cuidado, el saludo ordinario, todo, absolutamente todo eso va impregnado de amor, pero si lo queremos a la carta, jamás lo reconoceremos por grande que éste sea.

Y ¿a ti cómo quieres que te amen?, o ya te aman y ni cuenta te das.

“Volver”

“Volver”

Lucas: 15, 1-3. 11-32

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para escucharlo; por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: “Éste recibe a los pecadores y come con ellos”.

Jesús les dijo entonces esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de la herencia que me toca’. Y él les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta. Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a pasar necesidad. Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera.

Se puso entonces a reflexionar y se dijo: ¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores’.

Enseguida se puso en camino hacia la casa de su padre. Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le dijo: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo’.

Pero el padre les dijo a sus criados: ‘¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’. Y empezó el banquete.

El hijo mayor estaba en el campo y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: ‘Tu hermano ha regresado y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo’. El hermano mayor se enojó y no quería entrar.

Salió entonces el padre y le rogó que entrara; pero él replicó: ‘¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo’.

El padre repuso: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’.

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Dios no se ufana en castigar a quien se retira de su amor, ya que nos muestra en todo momento su caridad, deseando evitar el daño que conllevan las consecuencias de nuestros propios errores, pero que como se dan de manera lógica, Dios no los violenta para evitarlos ya que son fruto necesario de nuestro obrar.

El problema no radica en que nos alejemos de Dios, sino en que no volvamos, porque en el momento que decidamos vivir sin su gracia y su amor, entonces estaremos alimentando  el mal que también crece y obsesiona a tal grado de auto convencernos de que ahí pertenecemos sin ser verdad.

Es por ello que la parábola del hijo pródigo enfatiza la alegría del retorno, porque no se perdió aquel hijo amado y valioso a los ojos de Dios como lo somos todos.

No olvides que alejarte habla de tu proceso personal de aprendizaje, lo malo es cuando decides no volver, porque pierdes algo más que valioso, que es el desdecirte de un amor pleno que no encontrarás, ni nadie te brindará sino en su origen.

“Leví le ofreció en su casa un gran banquete…”

“Leví le ofreció en su casa un gran banquete…”

Lucas 5,27-32

En aquel tiempo, Jesús salió y vio a un publicano llamado Leví, sentado en el despacho de impuestos, y le dijo: «Sígueme». El, dejándolo todo, se levantó y le siguió. Leví le ofreció en su casa un gran banquete. Había un gran número de publicanos, y de otros que estaban a la mesa con ellos.

Los fariseos y sus escribas murmuraban diciendo a los discípulos: «¿Por qué coméis y bebéis con los publicanos y pecadores?». Les respondió Jesús: «No necesitan médico los que están sanos, sino los que están mal. No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores».

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Cuando llega en nosotros ese deseo de mejorar, dejar atrás todo aquello que nos afecta y además de lo que ya estamos cansados, ese momento es el inicio del cambio llamado conversión, La repuesta al señor no tiene fecha ni hora, no podemos forzar a nadie a que responda como nosotros lo hacemos, ó de la manera como a otros les gustaría que respondiéramos, porque propuestas y sugerencias encontramos por doquier.

Lo malo es que la conversión no sólo suele ser positiva, también de hacer el bien podemos cambiar a empeorar nuestra forma de vida, cosa que sería en términos de moral peor, porque se es más consciente del mal que se quiere hacer libre y voluntariamente, llevando más culpa que el ignorante, pero en ambos casos lleva a la muerte.

La cuestión es que cuando alguien cambia su forma de vida sabía y santamente, ni para bien ni para mal reaccionamos los cercanos con agrado, pareciese que nada nos parece, el caso es claro con Leví, el cual ante la invitación a seguirlo, da un Sí gozoso con el que responde invitando a Jesús a su casa otorgándole un banquete, signo externo que manifiesta su alegría interna y su cambio.

Pero siempre hay a quien no le gusta que cambiemos, ni los buenos ni los malos. Los buenos no creen el cambio interno, a lo mejor porque se sienten en desventaja, y juzgan la vida pasada como si importara en estos casos. Los malos, reclaman porque pierden quien los apoye en su maldad buscando recuperar al “amigo”, claro atacándolo para que sucumba de su mejorada vida.

Es por eso que tanto unos como otros necesitamos de ese médico que nos sane completamente a todos, los que nos decimos buenos y los que no negamos ser malos, para poder caminar juntos, no digo que sin tropiezos, pero si mutuamente apoyados. Hasta allá llego la alegría del banquete, signo de un buen inicio de cambio interno en Leví, nosotros ¿hasta dónde hemos llegado y cuánto hemos cambiado? O ¿acaso seguimos criticando al malo?, ¿Seguimos sintiéndonos buenos?, si fuese así, no te preocupes, esta Cuaresma sí tu quieres, puedes sanarte.

“Un camino distinto”

“Un camino distinto”

Lucas: 9, 22-25

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día”.

Luego, dirigiéndose a la multitud, les dijo; “Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga.

Pues el que quiera conservar para sí mismo su vida, la perderá; pero el que la pierda por mi causa, ése la encontrará. En efecto, ¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si se pierde a sí mismo o se destruye?”.

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No es raro que el Señor Jesús nos indique que el camino al que nos invita acompañarle, no sea el ordinario, aquel que el mundo de hoy pinta como exitoso, lleno de dinero, de fama, de atenciones, de una imagen a la que reconozca el mundo entero, como si de ello dependiera la felicidad, sino aquél que va incluso por necesidad por el camino del dolor.

Aquel que va transformando nuestra vida de una manera tan sublime que nos duele, aunque no nos dañe ni nos quite la vida, aquel que nos hace reflexionar, alejados incluso de toda influencia sin importar que sean nuestros mas allegados amigos y familia.

Y es que el camino por el que nos lleva, es distinto, pareciese muy doloroso, y en ocasiones lo será, pero será la paga para llegar a ser una mejor persona y un mejor hijo de Dios.

Recorrerlo nos dará múltiples satisfacciones y te retirará de ese mundo falso que no te lleva a ningún lugar. Vale la pena porque al final te das cuenta de lo que ganas y que nadie te quitará aunque el resto del mundo no lo entienda.

Vale la pena ir por un camino distinto y seguro.

“Y se fueron tras Él”

“Y se fueron tras Él”

Marcos 1,14-20

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: Convertíos y creed la Buena Noticia». Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago. Jesús les dijo: «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo del Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se fueron tras él.

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La imagen más directa que tenemos de aquellos que se encuentran con Jesús, sobre todo en en los evangelios, hacen que tengamos una impresión de seguimiento radical, pensando que esa es la única manera de seguir al Señor, como lo tenemos explícito en éste segmento del evangelio.

Además de eso hay que remarcar que ciertamente el seguimiento de Jesús, en esos precisos momentos era lo que se requería con las personas en su momento adecuadas y sobre todo, respondiendo de esa forma a ese llamado muy particular.

Hoy en día la cuestión del seguimiento, sigue siendo la misma, pero ese papel inicial y a esa escala de respuesta ya lo realizaron sus apóstoles y discípulos de su tiempo, por así decirlo, ya está cubierta esa etapa que requería en su momento dicha respuesta y  entrega, que sin ella no hubiera sido posible su obra.

Es un hecho que los tiempos y las circunstancias han cambiado, pero el llamado sigue en la misma intensidad, la respuesta creo que debe de darse de igual manera pero adecuada al momento presente, a lo mejor ya no dejaremos las redes porque al parecer jamás hemos tenido experiencia con ellas, pero tienes otros campos que van desde el hogar, la familia, el trabajo, las amistades, desde donde sin desfazar la realidad podemos responder muy concretamente, de manera sencilla, como lo fue en ese tiempo, pero dentro de tu ámbito ordinario de vida.

Es necesario seguir tras de Él de igual manera, quitando la escena original evangélica del llamado y, ubicándola aquí y ahora donde sigue siendo posible, basta reconocer que quieres ser su discípulo, seguir, aprender del maestro y transmitirlo desde los más pequeños detalles donde andes. Esos radicalismos hay que aplicarlos ahora, sobre todo ahí donde es necesario cambiar lo que nos daña, dese las actitudes, las palabras y los lugares que nos llevan a la infelicidad, por ello, también hoy en día, sencillamente muchos se fueron tras de Él.

“La salud no se da por partes”

“La salud no se da por partes”

Lucas 5, 17-26 

Un día estaba Jesús enseñando, y estaban sentados unos fariseos y maestros de la ley, venidos de todas las aldeas de Galilea, Judea y Jerusalén. Y el poder del Señor lo impulsaba a curar. Llegaron unos hombres que traían en una camilla a un paralítico y trataban de introducirlo para colocarlo delante de él. No encontrando por donde introducirlo, a causa del gentío, subieron a la azotea y, separando las losetas, lo descolgaron con la camilla hasta el centro, delante de Jesús. Él, viendo la fe que tenían, dijo: —«Hombre, tus pecados están perdonados.» Los escribas y los fariseos se pusieron a pensar: —«¿Quién es éste que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados más que Dios?» Pero Jesús, leyendo sus pensamientos, les replicó: —«¿Qué pensáis en vuestro interior? ¿Qué es más fácil: decir “tus pecados quedan perdonados”, o decir “levántate y anda”? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados -dijo al paralítico: A ti te lo digo, ponte en pie, toma tu camilla y vete a tu casa.» El, levantándose al punto, a la vista de ellos, tomó la camilla donde estaba tendido y se marchó a su casa dando gloria a Dios. Todos quedaron asombrados, y daban gloria a Dios, diciendo llenos de temor: —«Hoy hemos visto cosas admirables.» 

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En el Evangelio de éste día, nos encontramos con el típico conflicto de la humanidad, donde hacemos una división notoria entre lo físico y lo espiritual, como si fueran dos cosas distintas, donde perdernos el rumbo del espíritu pensando que nuestra humana materialidad vive por sí misma, olvidando que el el alma quien la anima. 

El igual cuando nuestro cuerpo enferma, creemos que es lo único que tenemos que sanar, de igual manera olvidando que el alma necesita ser atendida, por lo que resulta ilógico, cuando nos dirigimos a Dios pedir tan sólo una parte, aquella que nos duele y se nota en la apariencia física, pero no pedimos que nos sane de igual manera el alma, de la cual desatendida manifiesta las enfermedades físicas.

Es por ello que Jesús ante aquellos que hasta la salud prohíben por preceptos humanos atribuidos a Moisés como lo es la ley ritual de ofrendas para el perdón de los pecados y la de las ofrendas para la salud, estallan en desacuerdo porque no hace Jesús las cosas a su manera tarifaria. 

Jesús no ejerce una ley, ejerce la misericordia, por ello primeramente de la al paralítico el descanso del alma, al dejarla sana quitando la carga de los pecados acumulados en la vida, y una vez libre de ese mal, sana su cuerpo y le ordena que regrese a sus habituales ocupaciones, que por la enfermedad estaban limitadas, pero que crezca en su nueva condición ahí donde habita y sea un testimonio de la gracia y el poder de la fe y de Dios.

Por ello, no optemos por pedir saludes parciales, ya que el Señor te da la salud total o no la da, ya que en partes no aprovecha. Si pides la salud del cuerpo, el complemento obligado es la salud del alma, ya que una conserva a la otra.

“Corregirnos, es de sabios y santos”

“Corregirnos, es de sabios y santos”

Lucas 19, 1-10 

En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí. Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: —«Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.» É1 bajó en seguida y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: —«Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.» Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor: —«Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.» Jesús le contestó: —«Hoy ha sido la salvación de esta casa, también éste es hijo de Abraham. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.» 

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Hoy en nuestros días vivimos pensando que las consecuencias de nuestros actos no afectan a nadie, seguimos haciendo el bien, pero también el mal, estableciéndolo como lo más ordinario y natural, a tal grado de molestarnos si somos corregidos ya que nos aferramos a mantenernos indiferente.

El cambio de vida o actitud ante un mundo ensoberbecido resulta intolerante, cualquier sugerencia de corrección se toma como un ataque a la propia persona o un insulto, olvidando que encapsularnos en nuestros propios ritos, mitos, e ideas fantasiosas, tanto como en pecados cíclicos, dan un cierto efecto de estabilidad y satisfacción, pero enceguecen el mayor bien futuro que podríamos hacer. 

Es por ello que las mismas Sagradas Escrituras proponen de la manera más atenta, el reconocer la situación errónea de vida que podríamos estar viviendo, para salir de ella y migrar a un estado mejor de estabilidad, paz e incluso de gracia de Dios.

Ya lo dice el dicho atribuido al filósofo Inmanuel Kant, “Es de sabios cambiar de opinión”, aunque su tendencia sea racionalista e idealista, en el fondo esa frase sigue el mismo esquema de la Salvación, ya que precisamente lo que Dios quiere es un cambio de vida como ocurrió con el mismo Zaqueo, quien el contacto personal con el Señor Jesús, transforma su vida, corrigiendo lo que mal hacía. 

Lo mismo nos invita el Señor, a sabia y prudentemente saber cambiar a un estado mayor de gracia y de santidad, extirpando todo cuando pueda limitarnos incluso a vivir en sana libertad nuestra propia vida.

“Son pocos los que quieren salvarse…”

“Son pocos los que quieren salvarse…”

Lucas 13, 22-30 

En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando. Uno le preguntó: Señor, ¿serán pocos los que se salven? Jesús les dijo: Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo. «Señor, ábrenos» y él os replicará: «No sé quiénes sois». Entonces comenzaréis a decir: «Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas». Pero él os replicará: «No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados». Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos.

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Dentro de la concepción de la salvación eterna se percibe un cierto aire de exclusividad, como si llegar a la eternidad fuera para tan sólo unos cuantos, como si Dios lo hiciera muy difícil, de hecho la pregunta del evangelio “¿serán pocos los que se salven?” va impregnada de una idea de selectividad divina.

Cambiar ese tipo de mentalidad, junto con aquella que posiciona a Dios como un salvador a mi gusto y medida, con derecho al cielo aunque mis obras no lo ameritan y exigiendo la bondad del todo poderoso, que por cierto es aún mayor de lo que pensamos, pero que se gana; cambiar esa concepción depende del trato y conocimiento directo de Dios.

De hecho en realidad lo que pretende inculcar el Señor Jesús, es hacer conciencia de que la salvación no depende tan sólo de Dios, ciertamente es el autor innato y dispuesto a que estemos plenamente en su presencia por toda la eternidad, pero remarcando que los que deseen estar con Él son los que buscarán el camino de retorno a la casa del Padre por medio de su Hijo Jesucristo.

Le verdad revelada afirma que no son pocos los que se salvan, ya que todos son invitados sin exclusión alguna, más bien, la realidad confirma que son muchos los que no quieren regresar a la casa del Padre, no quieren su salvación, ni su gracia, ni su amor, y su vida tal como la llevan afirma sin palabras pero a gritos que no desean nada con Dios.

Por ello me atrevo a afirmar que la salvación no es una ruleta a la que juega Dios, sino una elección donde son pocos los que eligen salvarse, ya que la puerta y el camino están dispuestos, pero depende de nosotros tomarlo.

“La poda”

“La poda”

Juan: 15,1-8

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Al sarmiento que no da fruto en mí, él lo arranca, y al que da fruto lo poda para que dé más fruto.
Ustedes ya están purificados por las palabras que les he dicho. Permanezcan en mí y yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él ése da fruto abundante, porque sin mí nada pueden hacer. Al que no permanece en mí se le echa fuera, como al sarmiento, y se seca; luego lo recogen, lo arrojan al fuego y arde.
Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá. La gloria de mi Padre consiste en que den mucho fruto y se manifiesten así como discípulos míos”.

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La comparación de nuestra vida unida a la de Cristo con la imagen de la vid y el viñador, refleja en gran parte la realidad casi simétrica en donde la misma preocupación y amor de Dios hacia nosotros, hace posible estar al cuidado personal de cada uno sin olvidar a nadie porque tiene capacidad para ello y más.

Cuando Dios sabe que es necesario podar, lo hace eficazmente, en la inteligencia del proceso natural de nuestra propia humanidad, que a la para con una planta, como lo es la vid, aunque halla desarrollado grandes y fuertes ramas, es necesario podarlas, la razón es práctica y sencilla: están contaminadas, van mal orientadas, están enfermas, tienen plaga, además de que limitan el crecimiento de brotes nuevos.

Es por ello que quitando eso que en su momento estorba, los nuevos retoños serán más abundantes y de mejor calidad, propiciando un crecimiento más orientado a dar mucho fruto.

Así somos nosotros, es necesario podar el odio, la envidia, las malas intenciones y acciones que desdicen nuestra propia dignidad, junto con todas las adicciones y dependencias en las que hemos caído para poder crecer con nuevos dones que en realidad den fruto, y que a su vez se vean mejor.

Para ello hay que permanecer, quedarnos ahí donde somos nutridos y alimentados con lo que necesitamos, y ese alimento es el Señor que se dona a sí mismo en la Eucaristía, y que a su vez hace que nunca falte el alimento físico.

No tengas miedo a la poda, no duele, es necesario y es muy bueno.

“El hijo sano”

“El hijo sano”

Lucas: 15, 1-3. 11-32

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para escucharlo. Por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: “Éste recibe a los pecadores y come con ellos”.


Jesús les dijo entonces esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de la herencia que me toca’. Y él les repartió los bienes.


No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta. Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a pasar necesidad. Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera.


Se puso entonces a reflexionar y se dijo: ¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores’.


Enseguida se puso en camino hacia la casa de su padre. Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le dijo: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo’.


Pero el padre les dijo a sus criados: ¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’. Y empezó el banquete.


El hijo mayor estaba en el campo y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: ‘Tu hermano ha regresado y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo’. El hermano mayor se enojó y no quería entrar.


Salió entonces el padre y le rogó que entrara; pero él replicó: ¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo’.


El padre repuso: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’ “.

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La mayoría de las familias procuran que sus hijos se mantengan sanos, que tengan que comer y, algunos otros que cuando menos vayan a la escuela para que reciban la educación que en casa no reciben.

Pero olvidamos que la salud no radica tan sólo en evitar las enfermedades físicas que requieren en un caso extremo hospitalización o guardar reposo por mientras se recuperan, como lo podría ser la gripe o el sarampión.

En realidad somos inconscientes de aquellas enfermedades que heredamos en la cultura familiar, que aprendimos forzosamente a verlas como lo ordinario porque no había de otra, y me refiero a esas enfermedades que a su vez con nuestro comportamiento contagiamos a los nuestros y que no vemos, preguntándonos al final el por qué nos pasa eso, cuando en realidad en la consecuencia necesaria de nuestros propios actos.

Y es que enfermamos a los hijos con los odios, las separaciones, los celos, los abusos de autoridad, la violencia intrafamiliar, la mala educación y el vocabulario bajo, los rencores y orgullos infundados y enfermizos, las imposiciones religiosas mal llevadas en extremo, al igual con nuestros propios morbos y sexualidades descontroladas aunque sean secretas, porque de alguna manera salen a flote y se contagian.

El hecho de que alguien no llore en la familia, no significa que no le duela algo o que no esté bien. 

Aquí es donde en la propia familia, aún completa e integrada con sus padres presentes e hijos, no es garantía de salud. Muestra de ellos es la parábola del hijo prodigo, que yo lo llamaría la familia disfuncional con el hijo enfermo y cansado del ambiente familiar. ya que incluso el mismo hijo mayor revela actitudes enfermizas manifestadas en el orgullo y resentimiento expresado, aunque esté en casa trabajando.

El regreso del hijo representa a ese hijo que por fin se dio cuenta de su enfermedad y el camino le ha servido para darse cuenta de su realidad, el padre le recibe con gran alegría porque a su vez se da cuenta que ha recuperado a uno de sus hijos sano, no fisicamente sino también mentalmente, donde creo que a su vez, además de ser misericordioso ha de haber reconocido sus defectos como padre, es una sanción total y familiar que lleva a la felicidad.

Por ello hay que permitirnos curar al niño o niña dañados para llegar a la salud que llevamos dentro, no importa si eres hijo o padre, si tienes 8 o 75 años: perdón, aceptación, reconciliación, unidad y retomar la vida en un nuevo sentido son los elementos de sanación que llevan a la plena felicidad y descartar al cien todos los patrones aprendidos.