“Tenemos a quien escuchar…”

“Tenemos a quien escuchar…”

Lucas: 16, 19-31

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: “Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y telas finas y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo, llamado Lázaro, yacía a la entrada de su casa, cubierto de llagas y ansiando llenarse con las sobras que caían de la mesa del rico. Y hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas.

Sucedió, pues, que murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. Murió también el rico y lo enterraron. Estaba éste en el lugar de castigo, en medio de tormentos, cuando levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro junto a él.

Entonces gritó: ‘Padre Abraham, ten piedad de mí. Manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas’. Pero Abraham le contestó: ‘Hijo, recuerda que en tu vida recibiste bienes y Lázaro, en cambio, males. Por eso él goza ahora de consuelo, mientras que tú sufres tormentos. Además, entre ustedes y nosotros se abre un abismo inmenso, que nadie puede cruzar, ni hacia allá ni hacia acá’.

El rico insistió: ‘Te ruego, entonces, padre Abraham, que mandes a Lázaro a mi casa, pues me quedan allá cinco hermanos, para que les advierta y no acaben también ellos en este lugar de tormentos’. Abraham le dijo: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen’. Pero el rico replicó: ‘No, padre Abraham. Si un muerto va a decírselo, entonces sí se arrepentirán’. Abraham repuso: ‘Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso, ni aunque resucite un muerto’ “.

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Ya se nos ha convertido en un hábito vivir sin pendiente ante los deberes y la responsabilidad de la caridad, aunque tengamos a poca distancia nuestros centros de actividad pastoral y de formación religiosa, optamos por rellenar nuestros tiempos con actividades que a veces como su nombre lo dice quedan en un ocio sin beneficio común.

No significa que debamos vivir metidos en el templo orando todo el santo día, ya habrá un tiempo para cada cosa, pero en realidad incurrimos en una irresponsabilidad culpable cuando ese tiempo para nuestra alma y sus dones no es dedicado.

Como el mismo ejemplo que propone Jesús, que quien teniendo todas las oportunidades y capacidades para hacer el bien, no lo hace, ni se forma a sí mismo, deseando haber en su momento recuperar todo lo perdido, pero como la misma palabra lo expresa, ya está “perdido”.

Deseamos que un Dios paranormal y totalmente sobrenatural haga su presencia de manera apocalíptica para cambiar corazones, cuando día a día se predica su palabra, se hace presente en las eucaristías de todo el planeta, hoy que tenemos quien nos lo haga presente en el sacerdocio ministerial. Pero si no lo aprovechamos, no es porque dependa de Dios, sino de ti mismo, porque hoy tenemos a quien escuchar, todo hecho y dicho en el nombre del Señor Jesús. Mañana sabrá Dios. (y sí lo sabe).

“El Título es lo de menos”

“El Título es lo de menos”

Mateo: 23, 1-12

En aquel tiempo, Jesús dijo a las multitudes y a sus discípulos: “En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y fariseos. Hagan, pues, todo lo que les digan, pero no imiten sus obras, porque dicen una cosa y hacen otra. Hacen fardos muy pesados y difíciles de llevar y los echan sobre las espaldas de los hombres, pero ellos ni con el dedo los quieren mover. Todo lo hacen para que los vea la gente. Ensanchan las filacterias y las franjas del manto; les agrada ocupar los primeros lugares en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; les gusta que los saluden en las plazas y que la gente los llame ‘maestros’.

Ustedes, en cambio, no dejen que los llamen ‘maestros’, porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A ningún hombre sobre la tierra lo llamen ‘padre’, porque el Padre de ustedes es sólo el Padre celestial.

No se dejen llamar ‘guías’, porque el guía de ustedes es solamente Cristo. Que el mayor de entre ustedes sea su servidor, porque el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”.

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Es my gracioso ver que en ciertas oficinas, consultorios y lugares de servicios, se encuentran repletas de diplomas y certificados como trofeos que pretenden hablar de quienes ahí laboran a manera de acreditar y dar seguridad a quienes los solicitan.

No digo que sea algo negativo, es muy bueno siempre y cuando respalde la eficacia de sus servicios, no en cuanto la cantidad, sino en la calidad.

Situación que precisamente Jesús nos invita a considerar en vistas a dar un auténtico servicio sincronizado con la intención que lleva.

A nadie se le puede negar un título, pero éste sale sobrado cuando la actitud y la labor realizada habla por si misma realizada con todo el empeño y la caridad impresa en cada detalle.

Es por ello que las obras hablan por sí mismas, respaldando un título, cualquiera que sea, desde el de estudiante, hasta el mayor título de moda en la actualidad.

Las obras lo dicen todo y el resto se confirma o sale sobrando ante cualquier título.

“La siembra, siempre es para el futuro”

“La siembra, siempre es para el futuro”

Lucas 14, 12-14 

En aquel tiempo, decía Jesús a uno de los principales fariseos que le había invitado: Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos ni a tus hermanos ni a tus parientes ni a los vecinos ricos: porque corresponderán invitándote y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; pero ya te pagarán cuando resuciten los justos. 

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Resulta ilógico e inconcebible pretender que una semilla de cualquier planta, con todo su potencial, dé los resultados esperados de manera inmediata, ya que implica un proceso, un tiempo y una espera.

Al igual que un agricultor, lo que siembra un día, en el momento justo lo cosechará. Pero con las prisas del inmediatismo que impera hoy en día, ya no se sabe esperar, todo se exige en el aquí y el ahora, incluso se sufre por no obtener lo que trabajamos o lo que queremos de manera inmediata.

El Señor nos propone un solución que acompaña nuestra vida, esa es la esperanza, aquella virtud que nos hace saber esperar y reconocer que todo lo que sembremos, ya sea palabra, obras, consejos, amistades, al momento presente son eso, una siembra y, a lo mejor con el tiempo nos toca cosecharlas.

No hay que olvidar que los bienes de los que hoy eres partícipe, alguna persona tiempo atrás los sembró y ahora los disfrutas. Así es como funciona la vida, hoy gozamos de lo que otros o inclusive tú sembraste ayer. 

Por ello se nos invita a hacer las buenas obras sin esperar una retribución o un gracias hoy, eso es una siembra, ya se te pagarán en esta vida y si no, están sembradas y garantizadas para cuando resuciten los justos.

“Un regalo que no se rechaza”

“Un regalo que no se rechaza”

Juan: 3, 31-36

El que viene de lo alto está por encima de todos; pero el que viene de la tierra pertenece a la tierra y habla de las cosas de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. Da testimonio de lo que ha visto y oído, pero nadie acepta su testimonio. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz. Aquel a quien Dios envió habla las palabras de Dios, porque Dios le ha concedido sin medida su Espíritu.

El Padre ama a su Hijo y todo lo ha puesto en sus manos. El que cree en el Hijo tiene vida eterna. Pero el que es rebelde al Hijo no verá la vida, porque la cólera divina perdura en contra de él.

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Uno de los conceptos que conocemos como propiedades de Dios es la generosidad, en la que sin dudar sabe darnos todo cuanto necesitamos, a veces decimos que desmedidamente, pero eso es falso, ya que no desborda ni desparrama gracias al por mayor porque por un lado se pueden desperdiciar y por el otro nos pueden mal imponer a tener en exceso y ni una ni otra son buenas.

Por ello, la medida del Señor para dar y darse es tan basta que da a plenitud, por lo que cuando más se le pide, más otorga siempre en el consecuente aprovechamiento, y ahí es donde no se mide, sino que da lo justo y necesario, que jamas es limitado de tal manera que no sacie.

En este evangelio de San Juan nos revela cómo el mismo Padre en esa expresión siempre de amor, nos entrega a su propio Hijo, que a su vez lo ama entrañablemente y con toda la confianza del mundo le otorga el regalo de rescatarnos y recuperar la vida eterna, así como librarnos del pecado. 

Pero si rechazamos ese regalo, el que se torna rebelde, no significa que Dios lo castigue y condene, sino que quien lo rechaza a su vez rechaza su amor, su gracia, su perdón, sus dones, su luz y su verdad, por ello nos lo dice “no verá la vida” pero por propia negación de quien no lo acepta, entonces al estar alejado de Dios, todo se torna en vacío y oscuridad, y esa tan mentada cólera de Dios, será tan terrible, pero no por que Dios la infunda, sino por el horror de saberse y experimentar el no estar en Él.

Es por eso que un regalo así no se rechaza, y si se rechaza quedas no tan solo sin regalo, sino en el vacío.

“El mejor testimonio”

“El mejor testimonio”

Juan: 5, 31-47

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Si yo diera testimonio de mí, mi testimonio no tendría valor; otro es el que da testimonio de mí y yo bien sé que ese testimonio que da de mí, es válido.
Ustedes enviaron mensajeros a Juan el Bautista y él dio testimonio de la verdad. No es que yo quiera apoyarme en el testimonio de un hombre. Si digo esto, es para que ustedes se salven. Juan era la lámpara que ardía y brillaba, y ustedes quisieron alegrarse un instante con su luz. Pero yo tengo un testimonio mejor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido realizar y que son las que yo hago, dan testimonio de mí y me acreditan como enviado del Padre.
El Padre, que me envió, ha dado testimonio de mí. Ustedes nunca han escuchado su voz ni han visto su rostro, y su palabra no habita en ustedes, porque no le creen al que él ha enviado.
Ustedes estudian las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues bien, ellas son las que dan testimonio de mí. ¡Y ustedes no quieren venir a mí para tener vida! Yo no busco la gloria que viene de los hombres; es que los conozco y sé que el amor de Dios no está en ellos. Yo he venido en nombre de mi Padre y ustedes no me han recibido. Si otro viniera en nombre propio, a ése sí lo recibirían.
¿Cómo va a ser posible que crean ustedes, que aspiran a recibir gloria los unos de los otros y no buscan la gloria que sólo viene de Dios?
No piensen que yo los voy a acusar ante el Padre; ya hay alguien que los acusa: Moisés, en quien ustedes tienen su esperanza. Si creyeran en Moisés, me creerían a mí, porque él escribió acerca de mí. Pero, si no dan fe a sus escritos, ¿cómo darán fe a mis palabras?”.

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Actualmente los testimonios no son muy tomados en cuenta, ya que la moda son tan sólo las buenas intenciones y las acreditaciones de la persona por la opinión y por los puntos acumulados de los demás, de tal manera que el propio ejemplo ya no importa, sin lo que digan los otros según les amanezca la luna.

Los mismos programas en los medios de comunicación nos hablan de ese esquema, donde el valor, el talento y la belleza de una persona no vale por si misma, sino por la que saque más dinero dentro de una votación populachera y pagada, en donde se le da todo el crédito al común de las masas ya manipuladas tendenciosamente. 

Con esos criterios ya sembrados en las personas que, sin valores firmes oscilan entre el azul celeste y el rosa pastel, sin la mayor complicación ni cuestionamiento razonable, es muy evidente que cuando decidan, por lo general ante una necesidad, busquen a Dios en la secta que mejor les acomode y les suplan su atención personal.

Los testimonios reales dan miedo porque ante tanta fragilidad mental resultan violentos e incomprensibles en voluntades pequeñas. Es necesario fortalecernos, crecer, enfrentar los testimonios como el de Cristo, y hacerlos nuestros para que hablen aún más fuerte que nuestra propia voz sin gritar, porque se notarán solos y sin necesidad de publicidad, ya que las obras se sostienen a sí mismas por sí solas, pero aunadas a las palabras de verdad, forman el complemento perfecto para manifestar quién se es en realidad.

“Detrás del trabajo”

“Detrás del trabajo”

Juan: 5, 17-30

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos (que lo perseguían por hacer curaciones en sábado): “Mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo”. Por eso los judíos buscaban con mayor empeño darle muerte, ya que no sólo violaba el sábado, sino que llamaba Padre suyo a Dios, igualándose así con Dios.


Entonces Jesús les habló en estos términos: “Yo les aseguro: El Hijo no puede hacer nada por su cuenta y sólo hace lo que le ve hacer al Padre; lo que hace el Padre también lo hace el Hijo. El Padre ama al Hijo y le manifiesta todo lo que hace; le manifestará obras todavía mayores que éstas, para asombro de ustedes. Así como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da la vida a quien él quiere dársela. El Padre no juzga a nadie, porque todo juicio se lo ha dado al Hijo, para que todos honren al Hijo, como honran al Padre. El que no honra al Hijo tampoco honra al Padre.


Yo les aseguro que, quien escucha mi palabra y cree en el que me envió, tiene vida eterna y no será condenado en el juicio, porque ya pasó de la muerte a la vida.


Les aseguro que viene la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la hayan oído vivirán. Pues así como el Padre tiene la vida en sí mismo, también le ha dado al Hijo tener la vida en sí mismo; y le ha dado el poder de juzgar, porque es el Hijo del hombre.


No se asombren de esto, porque viene la hora en que todos los que yacen en la tumba oirán mi voz y resucitarán: los que hicieron el bien para la vida; los que hicieron el mal, para la condenación. Yo nada puedo hacer por mí mismo. Según lo que oigo, juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió”.

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Cada quien justifica su forma de trabajar afirmando y proclamando como si no hubiera mejor opción, si alguien en realidad lo siente así, es una ventaja, ya que ha identificado la mejor manera de ejercer los dones que ha recibido de una manera que los pone al servicio y se beneficia a su vez de los mismos.

Aunque hay otros tantos más, que no identifican su verdadera vocación de servicio ni sus dones, porque no los ha cultivado y laboran infelizmente por necesidad donde se les facilite y les den la oportunidad.

No hay que olvidar, que el éxito en el trabajo depende de nuestro empeño y de la manera como nos desenvolvemos, ya que al conjuntar nuestras virtudes, nuestra inteligencia, nuestra voluntad y nuestros hechos, las bendiciones llegan por poner en practica todos los recursos recibidos de parte de Dios y los reconocemos como tales.

Detrás de cada trabajo está la mano de Dios que sostiene misericordiosamente todas las circunstancias que hacen posible un pleno desarrollo de nuestro ser así como el de la sociedad, y aunque no se le reconozca, por pensar que los frutos son obra nuestra y de nuestra dedicación y esfuerzo, hay que tener muy en cuenta que no eres autónomo porque hasta del aire dependes.

“Dejar crecer”

“Dejar crecer”

Juan: 3, 22-30

En aquel tiempo, fue Jesús con sus discípulos a Judea y permaneció allí con ellos, bautizando. También Juan estaba bautizando en Enón, cerca de Salim, porque ahí había agua abundante. La gente acudía y se bautizaba, pues Juan no había sido encarcelado todavía.
Surgió entonces una disputa entre algunos de los discípulos de Juan y unos judíos, acerca de la purificación. Los discípulos fueron a decirle a Juan: “Mira, maestro, aquel que estaba contigo en la otra orilla del Jordán y del que tú diste testimonio, está ahora bautizando y todos acuden a Él”.
Contestó Juan: “Nadie puede apropiarse nada, si no le ha sido dado del cielo. Ustedes mismos son testigos de que yo dije: ‘Yo no soy el Mesías, sino el que ha sido enviado delante de Él’. En una boda, el que tiene a la novia es el novio; en cambio, el amigo del novio, que lo acompaña y lo oye hablar, se alegra mucho de oír su voz. Así también yo me lleno ahora de alegría. Es necesario que Él crezca y que yo venga a menos”.

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Resulta en una bendición participar de dones que parecen ser connaturales a nuestro ser, como si fueran únicos y propios, de los que nos adueñamos a veces no tan certeramente como una propiedad con exclusividad. 

Sin embargo el Espíritu del Señor los otorga por doquier, precisamente ahí donde se necesitan, y aunque su gama es muy basta, sobre todo diversa, no duda en participar a su vez de los mismos dones a diferentes personas sin distinción porque su gratuidad así lo requiere dentro de un plan mayor que el nuestro y sabiamente dispuesto.

En ocasiones se entrecruzan las humanas y ahí sí personales limitaciones, precisamente adquiridas en base a una carencia afectiva que no pedimos, pero que heredamos por aquellos que en su momento no supieron manejar sus propias limitaciones y daños, a su vez heredados, no como una maldición, sino como una repetición de patrones aprendidos en un esquema familiar donde nos desarrollamos.

Es entonces cuando brotan esas necesidades de protagonismo, intentando llamar la atención para obtener algo de cariño y aceptación del que carecemos, entonces malamente opacamos a quienes a la par brillan y participan de los mismos dones. 

Olvidamos que aunque un millón de personas tengan las mismas capacidades, son para crecer y hacer crecer con ellos, porque en realidad te son un apoyo y todos son necesarios en su momento, por ello al igual hay que dejarlos crecer, ya que si en algo no puedes cumplir con lo que te toca, ellos lo completarán dentro del mismo plan de Dios.

Es tan solo entender que es cuestión de múltiple participación en conjunto y en lo personal, porque con ello puedes santificarte.

“Jesucristo Rey del Universo”

“Jesucristo Rey del Universo”

Juan: 18, 33-37

En aquel tiempo, preguntó Pilato a Jesús: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Jesús le contestó: “¿Eso lo preguntas por tu cuenta o te lo han dicho otros?” Pilato le respondió: “¿Acaso soy yo judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué es lo que has hecho?” Jesús le contestó: “Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuera de este mundo, mis servidores habrían luchado para que no cayera yo en manos de los judíos. Pero mi Reino no es de aquí”.
Pilato le dijo: “¿Conque tú eres rey?” Jesús le contestó: “Tú lo has dicho. Soy rey. Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”.

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Celebramos el Último domingo del Año Litúrgico

Cristo es el Rey del universo y de cada uno de nosotros.

Es una de las fiestas más importantes del calendario litúrgico, porque celebramos que Cristo es el Rey del universo. Su Reino es el Reino de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, del amor y la paz.

Un poco de historia

La fiesta de Cristo Rey fue instaurada por el Papa Pío XI el 11 de Marzo de 1925.

El Papa quiso motivar a los católicos a reconocer en público que el mandatario de la Iglesia es Cristo Rey.

Posteriormente se movió la fecha de la celebración dándole un nuevo sentido. Al cerrar el año litúrgico con esta fiesta se quiso resaltar la importancia de Cristo como centro de toda la historia universal. Es el alfa y el omega, el principio y el fin. Cristo reina en las personas con su mensaje de amor, justicia y servicio. El Reino de Cristo es eterno y universal, es decir, para siempre y para todos los hombres.

Con la fiesta de Cristo Rey se concluye el año litúrgico. Esta fiesta tiene un sentido escatológico pues celebramos a Cristo como Rey de todo el universo. Sabemos que el Reino de Cristo ya ha comenzado, pues se hizo presente en la tierra a partir de su venida al mundo hace casi dos mil años, pero Cristo no reinará definitivamente sobre todos los hombres hasta que vuelva al mundo con toda su gloria al final de los tiempos, en la Parusía.

Si quieres conocer lo que Jesús nos anticipó de ese gran día, puedes leer el Evangelio de Mateo 25,31-46.

En la fiesta de Cristo Rey celebramos que Cristo puede empezar a reinar en nuestros corazones en el momento en que nosotros se lo permitamos, y así el Reino de Dios puede hacerse presente en nuestra vida. De esta forma vamos instaurando desde ahora el Reino de Cristo en nosotros mismos y en nuestros hogares, empresas y ambiente.

Jesús nos habla de las características de su Reino a través de varias parábolas en el capítulo 13 de Mateo:

“es semejante a un grano de mostaza que uno toma y arroja en su huerto y crece y se convierte en un árbol, y las aves del cielo anidan en sus ramas”;

“es semejante al fermento que una mujer toma y echa en tres medidas de harina hasta que fermenta toda”;

“es semejante a un tesoro escondido en un campo, que quien lo encuentra lo oculta, y lleno de alegría, va, vende cuanto tiene y compra aquel campo”;

“es semejante a un mercader que busca perlas preciosas, y hallando una de gran precio, va, vende todo cuanto tiene y la compra”.

En ellas, Jesús nos hace ver claramente que vale la pena buscarlo y encontrarlo, que vivir el Reino de Dios vale más que todos los tesoros de la tierra y que su crecimiento será discreto, sin que nadie sepa cómo ni cuándo, pero eficaz.

La Iglesia tiene el encargo de predicar y extender el reinado de Jesucristo entre los hombres. Su predicación y extensión debe ser el centro de nuestro afán vida como miembros de la Iglesia. Se trata de lograr que Jesucristo reine en el corazón de los hombres, en el seno de los hogares, en las sociedades y en los pueblos. Con esto conseguiremos alcanzar un mundo nuevo en el que reine el amor, la paz y la justicia y la salvación eterna de todos los hombres.

Para lograr que Jesús reine en nuestra vida, en primer lugar debemos conocer a Cristo. La lectura y reflexión del Evangelio, la oración personal y los sacramentos son medios para conocerlo y de los que se reciben gracias que van abriendo nuestros corazones a su amor. Se trata de conocer a Cristo de una manera experiencial y no sólo teológica.

Acerquémonos a la Eucaristía, Dios mismo, para recibir de su abundancia. Oremos con profundidad escuchando a Cristo que nos habla.

Al conocer a Cristo empezaremos a amarlo de manera espontánea, por que Él es toda bondad. Y cuando uno está enamorado se le nota.

El tercer paso es imitar a Jesucristo. El amor nos llevará casi sin darnos cuenta a pensar como Cristo, querer como Cristo y a sentir como Cristo, viviendo una vida de verdadera caridad y autenticidad cristiana. Cuando imitamos a Cristo conociéndolo y amándolo, entonces podemos experimentar que el Reino de Cristo ha comenzado para nosotros.

Por último, vendrá el compromiso apostólico que consiste en llevar nuestro amor a la acción de extender el Reino de Cristo a todas las almas mediante obras concretas de apostolado. No nos podremos detener. Nuestro amor comenzará a desbordarse.

Dedicar nuestra vida a la extensión del Reino de Cristo en la tierra es lo mejor que podemos hacer, pues Cristo nos premiará con una alegría y una paz profundas e imperturbables en todas las circunstancias de la vida.

A lo largo de la historia hay innumerables testimonios de cristianos que han dado la vida por Cristo como el Rey de sus vidas. Un ejemplo son los mártires de la guerra cristera en México en los años 20’s, quienes por defender su fe, fueron perseguidos y todos ellos murieron gritando “¡Viva Cristo Rey!”.

La fiesta de Cristo Rey, al finalizar el año litúrgico es una oportunidad de imitar a estos mártires promulgando públicamente que Cristo es el Rey de nuestras vidas, el Rey de reyes, el Principio y el Fin de todo el Universo.

Este canto es fruto de ese tiempo en que se defendía la fe de una manera explícita entre el pueblo mexicano:

QUE VIVA MI CRISTO

Que viva mi Cristo, que viva mi Rey

que impere doquiera triunfante su ley,

que impere doquiera triunfante su ley.

¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Cristo Rey!

Mexicanos un Padre tenemos

que nos dio de la patria la unión

a ese Padre gozosos cantemos,

empuñando con fe su pendón.

Él formó con voz hacedora

cuanto existe debajo del sol;

de la inercia y la nada incolora

formó luz en candente arrebol.

Nuestra Patria, la Patria querida,

que arrulló nuestra cuna al nacer

a Él le debe cuanto es en la vida

sobretodo el que sepa creer.

Del Anáhuac inculto y sangriento,

en arranque sublime de amor,

formó un pueblo, al calor de su aliento

que lo aclama con fe y con valor.

Su realeza proclame doquiera

este pueblo que en el Tepeyac,

tiene enhiesta su blanca bandera,

a sus padres la rica heredad.

Es vano que cruel enemigo

Nuestro Cristo pretenda humillar.

De este Rey llevarán el castigo

Los que intenten su nombre ultrajar.

Fuente: es.catholic.net

“Necesidad o hábito”

“Necesidad o hábito”

Lucas: 18, 1-8

En aquel tiempo, para enseñar a sus discípulos la necesidad de orar siempre y sin desfallecer, Jesús les propuso esta parábola:
“En cierta ciudad había un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres. Vivía en aquella misma ciudad una viuda que acudía a él con frecuencia para decirle: `Hazme justicia contra mi adversario’.
Por mucho tiempo, el juez no le hizo caso, pero después se dijo: ‘Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, sin embargo, por la insistencia de esta viuda, voy a hacerle justicia para que no me siga molestando’ “.
Dicho esto, Jesús comentó: “Si así pensaba el juez injusto, ¿creen acaso que Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman a Él día y noche, y que los hará esperar? Yo les digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿creen que encontrará fe sobre la tierra?”.

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A veces tenemos en la conciencia una alarma que se activa curiosamente tan sólo en situaciones que nos estremecen, haciendo que abandonemos temporalmente nuestro mundo de las ideas, por las que navegamos el noventa y nueve por ciento del tiempo, y asentándonos en el evento real, que veces es de dolor, a veces de alegría.

Ese tomar conciencia en medio del dolor o la alegría, estimula en nuestro sentido religioso para dirigirnos a Dios, ya sea para pedir ante alguna necesidad o para dar gracias. Sin embargo, no es una constante sino una ocasión, la cual parece normal en nuestras vidas, porque le damos importancia tan sólo a la mente unida al sentimiento; por ende resulta que a Dios lo tomamos en cuenta cuando nos nace.

Cuando Jesús habla de su obra, no es para idealizarla o mantenerla como una muy buena intención, sino que nos trasmite hechos factibles en el aquí y el ahora, para aplicarlo a situaciones reales y no tan sólo a las ideas desconectadas con la vida, así llamadas espirituales, que navegan en el mundo de lo etéreo de lo abstracto, nada concreto y real aunque te digas que tienes mucha fe.

Sin embargo la oración es un medio espectacular que interconecta ambos mundos, tanto el ideal como el real, haciéndolo más eficaz y convergente con nuestras ideas, ya que aplicamos la verdad a lo que le corresponde, sin la necesidad de sufrir por solicitar cosas y situaciones que no son viables y mucho menos reales.

Es por ello muy conveniente tener el hábito de la oración, así como tenemos el hábito del aseo diario, porque conocemos su conveniencia y sus beneficios, orar cuando nos nace, no crea historial para la vida eterna, sin embargo, la oración diaria es una herramienta que  dice mucho de ti ante Dios y ante la humanidad. Se te invita a que la oración no sea una necesidad, sino un hábito. Inténtalo y verás la diferencia del hacerla al no hacerla.

“¿Qué es lo que te alegra?”

“¿Qué es lo que te alegra?”

Lucas: 15, 1-10

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharlo; por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: “Éste recibe a los pecadores y come con ellos”.
Jesús les dijo entonces esta parábola: “¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y se le pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y va en busca de la que se le perdió hasta encontrarla? Y una vez que la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría y al llegar a su casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: `Alégrense conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido’. Yo les aseguro que también en el cielo habrá más alegría por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos, que no necesitan arrepentirse. ¿Y qué mujer hay, que si tiene diez monedas de plata y pierde una, no enciende luego una lámpara y barre la casa y la busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas y les dice: ‘Alégrense conmigo, porque ya encontré la moneda que se me había perdido’. Yo les aseguro que así también se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se arrepiente”.

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La alegría es algo que nos es común a todos, sin embargo se manifiesta de diferentes maneras y en diferentes niveles, sin embargo no significa que sea más intensa en una persona que en otra, porqués cuestión de expresividad, ya que mientras alguien lo expresa con una sonrisa apenas figurada, habrá quien hasta desee explotar de euforia extrovertida.

Habrá a su vez qué diferenciar aquella alegría que suscita una transformación de raíz, a la que tan sólo es circunstancial y pasajera, en lo que precisamente el evangelio remarca que una de las virtudes a tener e esa alegría que da gozo, que se queda, que mueve todo el ser y nuestro actuar a tal grado de pincelar toda la actividad del día, esa que proviene de la gracia de Dios, como la que le propone el ángel Gabriel a María en el episodio de la anunciación. “Alégrate llena de Gracia, el Señor está contigo” (Lucas 1,28).

Es una alegría que no es como la que se nos da en éste mundo, pero sí se manifiesta en ese rubro, con el respaldo de la paz y armonía que conlleva nuestra mente y corazón para hacer lo que se requiere en el justo momento.

Sin embargo dicha alegría deberá ser sana, para no confundirla con aquellas dependencias que como una dosis, es necesaria para poder ser feliz por un momento para luego volver a nuestra tristeza y volver a pedir la dosis en el juego de nunca acabar. Y no me refiero a estupefacientes y drogas, sino a esa dosis de atención desmedida, de comer compulsivamente, de tratar de dominar a quien amamos, entre cientos más dependencias, etc… 

Por eso habrás que descubrir qué es lo que te alegra, porque si te alegra el sufrimiento de los demás, no es sana tu actitud, pero si tu alegría nace de tu interior y se proyecta a través de todo tu ser motivando a los demás, entonces es un don que en tu salud Dios ha puesto en ti para los demás. Busca lo que te alegra y te gratifica, no lo que te alegra y te daña. Todo se puede con la gracia de Dios.