“…Ya está condenado”

“…Ya está condenado”

Juan: 16, 5-11

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Me voy ya al que me envió y ninguno de ustedes me pregunta: `¿A dónde vas?’ Es que su corazón se ha llenado de tristeza porque les he dicho estas cosas. Sin embargo, es cierto lo que les digo: les conviene que me vaya; porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Consolador; en cambio, si me voy, yo se lo enviaré.

Y cuando El venga, establecerá la culpabilidad del mundo en materia de pecado, de justicia y de juicio; de pecado, porque ellos no han creído en mí; de justicia, porque me voy al Padre y ya no me verán ustedes; de juicio, porque el príncipe de este mundo ya está condenado”.

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En varias ocasiones nos asustamos en cuanto a la salvación se refiere y sobre todo al juicio que Dios hará en su momento. Sentimiento de temor que habla de nuestra conciencia o de nuestro desconocimiento de la verdad Divina que no hemos dedicado tiempo a profundizar.

No es que venga a condenar con su Santo Espíritu, es muy claro en sus palabras cuando afirma que precisamente la meta ha sido recuperada, es decir la santidad, por lo que el elegir seguirle o no, ya depende de nosotros, aunque tenemos la obligación moral de primeramente conocer para saber que rechazamos aun así sea Dios.

Si lo rechazamos en el desconocimiento o aún así conociéndole, no es que Dios nos condene por ello, sino que estaremos en automático eligiendo a quien ya lo rechazó y está condenado por libre elección, es decir al maligno.

Porque el plan es nuestra plena santificación y felicidad eterna, si no elegimos eso, el intermedio no existe, por lo que la causa consecuente será el pecado y la tristeza eterna, a la que ya éste mundo nos presenta como lo ordinario en esta vida y que no lo es.

No olvides que el maligno ya está condenado, está juzgado, ya eligió estar en la oscuridad, no permitas que tu elección sea igual, porque tu destino  jamás será ese, sino la gloria eterna, que de igual manera podemos elegir.

“Yo si sé quién eres”

“Yo si sé quién eres”

Marcos: 8, 27-33

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a los poblados de Cesarea de Filipo. Por el camino les hizo esta pregunta: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Ellos le contestaron: “Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que alguno de los profetas”.

Entonces él les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Pedro le respondió: “Tú eres el Mesías”. Y él les ordenó que no se lo dijeran a nadie.

Luego se puso a explicarles que era necesario que el Hijo del hombre padeciera mucho, que fuera rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que fuera entregado a la muerte y resucitara al tercer día.

Todo esto lo dijo con entera claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y trataba de disuadirlo. Jesús se volvió, y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro con estas palabras: “¡Apártate de mí, Satanás! Porque tú no juzgas según Dios, sino según los hombres”.

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No cabe duda que las relaciones humanas se ufanan de tener una cercanía y familiaridad con otras personas, a tal grado de creer que se les conoce en la totalidad y muy certeramente.

Sin embargo la realidad de nuestros días, aunque se ha perdido parte de las relaciones humanas por la tecnificación de las redes sociales por las electrónicas, que nada dista del pasado ya que al final de cuentas externamos lo que deseamos que los demás crean de nosotros.

Pero que sin embargo no es bastante para poder decir que conocemos a alguien, ya que la superficialidad hoy como siempre está a flor de piel, y el caso concreto lo tenemos con todos aquellos que se dicen que conocen a Jesús. Creen conocerlo para darse importancia con sus comentarios aunque estos sean erróneos. 

La pauta la marca Pedro, que sin titubear afirma lo que es verdad, porque la conoce y identifica realmente a Jesús, y no por lo que obtuvo de información con los demás, sino por su trato personal y cercano.  

Ha visto su amor, su dedicación, su oración, su trato caritativo y fraterno; ha visto su gracia y santidad en su persona y en su obrar, le habla cara a cara. Él si lo conoce y sabe quién es, nada ajeno a nosotros que podemos amarle y conocerle con la misma intensidad y confianza a través de todos los medios donde nos ofrece su amistad y sacramentos, ya que es Él mismo quien actúa por medio de ellos, pero sobre todo porque nos sigue buscando en los demás que nos han invitado a estar cerca de Él.

“Somos muchos…”

“Somos muchos…”

Marcos: 5, 1-20

En aquel tiempo, después de atravesar el lago de Genesaret, Jesús y sus discípulos llegaron a la otra orilla, a la región de los gerasenos. Apenas desembarcó Jesús, vino corriendo desde el cementerio un hombre poseído por un espíritu inmundo, que vivía en los sepulcros. Ya ni con cadenas podían sujetarlo; a veces habían intentado sujetarlo con argollas y cadenas, pero él rompía las cadenas y destrozaba las argollas; nadie tenía fuerzas para dominarlo. Se pasaba días y noches en los sepulcros o en el monte, gritando y golpeándose con piedras.

Cuando aquel hombre vio de lejos a Jesús, se echó a correr, vino a postrarse ante él y gritó a voz en cuello: “¿Qué quieres tú conmigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo? Te ruego por Dios que no me atormentes”

Dijo esto porque Jesús le había mandado al espíritu inmundo que saliera de aquel hombre. Entonces le preguntó Jesús: “¿Cómo te llamas?” Le respondió: “Me llamo Legión, porque somos muchos”. Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella comarca

Había allí una gran piara de cerdos, que andaban comiendo en la falda del monte. Los espíritus le rogaban a Jesús: “Déjanos salir de aquí para meternos en esos cerdos”. Y él se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos; y todos los cerdos, unos dos mil, se precipitaron por el acantilado hacia el lago y se ahogaron

Los que cuidaban los cerdos salieron huyendo y contaron lo sucedido, en el pueblo y en el campo. La gente fue a ver lo que había pasado. Se acercaron a Jesús y vieron al antes endemoniado, ahora en su sano juicio, sentado y vestido. Entonces tuvieron miedo. Y los que habían visto todo, les contaron lo que le había ocurrido al endemoniado y lo de los cerdos. Ellos comenzaron a rogarle a Jesús que se marchara de su comarca

Mientras Jesús se embarcaba, el endemoniado le suplicaba que lo admitiera en su compañía, pero él no se lo permitió y le dijo: “Vete a tu casa a vivir con tu familia y cuéntales lo misericordioso que ha sido el Señor contigo”. Y aquel hombre se alejó de ahí y se puso a proclamar por la región de Decápolis lo que Jesús había hecho por él. Y todos los que lo oían se admiraban.

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Una de las pocas verdades que el demonio saca a relucir es que cuando ataca, nunca está solo porque no tiene el poder sobre la vida de la gracia, por ello debe de manejarse en grupo, como un virus que solo no puede nada, pero en cantidad aunque débiles hacen mucho daño.

Es la típica manera montonera de atacar del maligno, que ante la sola presencia del Señor, exponencialmente se espantan y su táctica es huir.

Cuando los cobardes de envalentonan, es porque basan su seguridad en el respaldo de otros tantos que en grupo les sale la valentía, aunque solos jamás. 

Es por ello que no debemos dejar de mostrar la seguridad que Dios da a la persona y que se manifiesta en Jesús, que como Él, podemos salir adelante sin menguar las fuerzas para unirlas a un conjunto de débiles sin cara ni identidad.

Y aunque nos digan que son muchos para amedrentar nuestros ánimos, el poder de uno solo puede más que unos cuantos.

“Hay que expulsarlos”

“Hay que expulsarlos”

Marcos: 1, 29-39

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama, con fiebre, y enseguida le avisaron a Jesús. Él se le acercó, y tomándola de la mano, la levantó. En ese momento se le quitó la fiebre y se puso a servirles.

Al atardecer, cuando el sol se ponía, le llevaron a todos los enfermos y poseídos del demonio, y todo el pueblo se apiñó junto a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios, pero no dejó que los demonios hablaran, porque sabían quién era Él. De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar. Simón y sus compañeros lo fueron a buscar, y al encontrarlo, le dijeron: “Todos te andan buscando”. Él les dijo: “Vamos a los pueblos cercanos para predicar también allá el Evangelio, pues para eso he venido”. Y recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando a los demonios.

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Muy clara es la misión de Jesus: restaurar la gracia, anunciar el reino, darnos vida plena y eterna, ante un mundo que ha perdido el sentido incluso de la vida, aquel que está dominado por el pecado con todas sus consecuencias.

Hace presente una gracia de la que se había perdido su conocimiento y sentido, por lo que se percibe como algo totalmente nuevo.

Algo que es muy notorio es la reacción del mal, que se siente atacado, cuando simplemente ya no se le permite obrar tan libremente como solía, es aquí donde se afirma que tiene sus días contados, son los últimos tiempos de su dominio. 

Ahora se impone y predica el Reino de los cielos, aquel que Jesús hace presente e inaugura, donde el maligno no tiene cabida. Por ello hay que expulsarlos, tuvieron su oportunidad y lo hicieron mal.

No permitamos que el Reino venga a menos con nuestra actitud negativa. De donde debemos primeramente expulsar al maligno es de nuestra vida y corazón, para posteriormente hacerlo de nuestro entorno.

Solamente así podemos avanzar para desarrollar nuestra vida y santidad, sin estancamientos, sobre todo aquellos baches y trampas provenientes del maligno y del pecado.

“El miedo del mal”

“El miedo del mal”

Marcos: 1, 21-28

En aquel tiempo, llegó Jesús a Cafarnaúm y el sábado siguiente fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Los oyentes quedaron asombrados de sus palabras, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.
Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar:

“¿Qué quieres tú con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios”. Jesús le ordenó: “¡Cállate y sal de él!” El espíritu inmundo, sacudiendo al hombre con violencia y dando un alarido, salió de él. Todos quedaron estupefactos y se preguntaban: “¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es ésta? Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen”. Y muy pronto se extendió su fama por toda Galilea.

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Es muy común ver al miedo revestirse de valentía, ya que el pecado en cualquier circunstancia no deja de ser vergonzoso, por la culpa que se remarca en la conciencia y que a veces adormecemos justificándolo con aquellos que adolecen de la misma falta y por ende envalentonados a seguir igual o peor. 

Cuando el mal se hace presente suele hacer tanto alarde y escándalo para aparentar ser fuerte y dominante, realidad falsa porque ante la presencia de la santidad, como lo es con Jesús, inmediatamente se defiende ya que se siente vulnerable porque ante el bien no puede.

Es por ello que los secuaces del maligno le reclaman: “¿Qué quieres tú con nosotros, Jesús de Nazaret?”, Porque en su terreno se sienten seguros, pero que no se acerque quien si decirles nada, más que con el puro testimonio les hable de la gracia y lo demuestre, porque les ofende.  

Al igual el maligno puede sedar la conciencia y hacernos sentir que el pecado es lo ordinario, a tal grado de que incluso el bien nos duela. Por lo que frecuentar la oración y los sacramentos fortalece el espíritu ya que la verdadera valentía radica en arriesgarnos por la gracia y la santidad, ya que le pecado es para cobardes con cara de valientes. 

“Cuando el mal nos domina”

“Cuando el mal nos domina”

Mateo: 14, 1-12

En aquel tiempo, el rey Herodes oyó lo que contaban de Jesús y les dijo a sus cortesanos: “Es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas”.
Herodes había apresado a Juan y lo había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, pues Juan le decía a Herodes que no le estaba permitido tenerla por mujer. Y aunque quería quitarle la vida, le tenía miedo a la gente, porque creían que Juan era un profeta.
Pero llegó el cumpleaños de Herodes, y la hija de Herodías bailó delante de todos y le gustó tanto a Herodes, que juró darle lo que le pidiera. Ella, aconsejada por su madre, le dijo: “Dame, sobre esta bandeja, la cabeza de Juan el Bautista”.
El rey se entristeció, pero a causa de su juramento y por no quedar mal con los invitados, ordenó que se la dieran; y entonces mandó degollar a Juan en la cárcel.
Trajeron, pues, la cabeza en una bandeja, se la entregaron a la joven y ella se la llevó a su madre. Después vinieron los discípulos de Juan, recogieron el cuerpo, lo sepultaron, y luego fueron a avisarle a Jesús.

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Existen muchas corrientes así como filosofías en las que el mal se presenta como una equidad a la par y en equilibrio en nuestro ser, lo cual en nuestra concepción cristiana y bíblica no se afirma de esa manera, ya que el mal jamás se presenta como una opción en nuestra vida, ni tiene el mismo poder a la par que el bien, tampoco está al nivel de Dios en sentido opuesto, ya que el bien procede de Dios, creador y todopoderoso, mientras que el mal surge de un ángel creado por Dios pero caído en rebeldía. 

El bien siempre está presente y dominante por doquier, pero como lo percibimos tan ordinario en el día a día no lo vemos, mientras que el mal, que es raro cuando se da, parece que domina todo por el escándalo que hace, y claro que es notorio porque rompe con el esquema del bien, pero no impera ni domina. 

El problema radica cuando hemos permitido que el mal actúe en nosotros y por nosotros, a tal grado que ciega la conciencia y nuestra libertad de elección, porque se obsesiona con las personas y los bienes materiales, tratando de aferrarse sin importar a quien atropelle a su paso para mantenerse.

Un ejemplo claro lo tenemos en Herodes y Herodías, su pareja, quienes enfermos de poder, hacen hasta lo imposible para que no les quiten lo poco que manipulan. Este caso no es único ni exclusivo, es el común del modus operanti del maligno en el que cualquiera puede caer, no importa la condición, ni el estatus, ni lo social, ni lo religioso, basta un corazón enfermo y vacío para llenarlo de lo que se tenga al alcance, no importa que sea el mal.

Por ello, cuídate y no permitas que tus cansancios dejen la puerta abierta al maligno, porque busca y toma lo que no le pertenece, y ese puede ser cualquiera. 

“Que tal si lo corremos”

“Que tal si lo corremos”

Marcos: 1, 29-39

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama, con fiebre, y enseguida le avisaron a Jesús. Él se le acercó, y tomándola de la mano, la levantó. En ese momento se le quitó la fiebre y se puso a servirles.
Al atardecer, cuando el sol se ponía, le llevaron a todos los enfermos y poseídos del demonio, y todo el pueblo se apiñó junto a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios, pero no dejó que los demonios hablaran, porque sabían quién era él.
De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar. Simón y sus compañeros lo fueron a buscar, y al encontrarlo, le dijeron: “Todos te andan buscando”. Él les dijo: “Vamos a los pueblos cercanos para predicar también allá el Evangelio, pues para eso he venido”. Y recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando a los demonios.

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Una de las expectativas que tenemos para nuestra vida es el ser felices en todo momento, situación que se hace realidad en la medida que conozcamos precisamente tanto el concepto del mal como del bien. A veces pensamos solamente que debemos de conocer el bien, sin embargo, es necesario ser conscientes de la existencia del mal, no para seguirlo, sino para identificarlo y defendernos del mismo, así como para valorar la grandeza del bien ante lo imperfecto del mal.

El mal nunca es una opción, pero ahora lo equiparan a la par del bien, como si fuera una elección paralela, cuando en realidad jamás se le puede comparar al uno con el otro, el bien siempre supera toda comparación, no es mensurable.

Y aunque algunos optan en realidad de manera fanática por el mal como una rebeldía por alguna circunstancia histórica violenta que les aconteció en la vida, a veces consciente, a veces inconsciente, y permanecen en el mismo. Por el contrario existen circunstancias en las que sin necesidad de declararnos partidarios del mal, de alguna manera lo somos cuando no dejamos de pecar de manera asidua y dependiente.

Nos permitimos odiar, insultar, denigrar y todo pintarlo de sombras por más luz que haya en nuestro alrededor. Aunque lo neguemos, le estamos dando cabida al mal, y por ende al maligno que es quien lo sugiere sutilmente, cayendo en blandito, pero hundiéndonos hasta el fondo, permitiendo que nos ofendan, que nos humillen, que pisen nuestra dignidad, que nos obliguen a negar a Dios prácticamente, reservando su trato a lo secreto e interior.

Es por ello que es necesario un basta, que tal si lo corremos de nuestros ámbitos laborales tan pesados, de nuestro maltrato en la familia, de esas amistades en las que nos mantenemos en mutuas adicciones y codependencias. Hay que permitir que la gracia llene esos espacios y los cambie con su luz, descansa de los asedios del maligno y deja al Señor que lo expulse como lo hace en el evangelio y mejore todos esos ambientes, con tu voluntad inicia ese proceso. 

“¿Has venido a destruirnos?”

“¿Has venido a destruirnos?”

Marcos 1, 21-28

En aquel tiempo, llegó Jesús a Cafarnaún y el sábado fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Los oyentes quedaron asombrados de su enseñanza, pues les enseñaba con autoridad y no como los escribas. Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: «¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? ¡Sé quién eres: el Santo de Dios!» Jesús le ordenó: «Cállate y sal de ese hombre».

El espíritu inmundo lo sacudió violentamente y, dando un alarido, salió de él. Todos quedaron asombrados y se decían: «¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva llena de autoridad! ¡Manda incluso a los espíritus inmundos y éstos lo obedecen!» Y muy pronto se extendió su fama por toda la comarca de Galilea.

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Uno de los principales problemas del mismo Jesús, en realidad no es de él mismo, sino que le llega gratis e indirectamente, porque dentro del bien que está realizando, se topará con el mal, aquel que está arraigado por milenios en la misma humanidad y se le toma en cuenta ya como lo ordinario en medio de las vidas de cada uno de los habitantes de este planeta.

Claro, arraigado en los débiles y vulnerables, aquellos que son presa fácil porque no están dispuestos a fortalecerse y crecer en los valores, así como en los dones de Dios que nos participa.

Aquí es donde los secuaces y partidarios del mal, tanto directos e indirectos respingan, y hacen su drama, colocan a Jesús como el destructor, el asesino, el que les rompe ya su repetitivo y aburrido esquema del mal, reclamando a gritos, porque no tienen la paz para manejarlo dignamente.

Su manera de atacar para que los demás reaccionen es “¿Has venido a destruirnos?”, así se torna en víctima el endemoniado y siembra la discordia entre los vulnerables a su alrededor. Así mismo como hoy en día lo siguen haciendo los medios noticiosos, lanzan pedradas a los cuatro vientos para que le duela al que se ponga de modo y lo haga suyo.

Es por ello que tan fácil y muy sentimentalmente nos pueden manejar; pero quien se ha fortalecido con la oración y los sacramentos, se torna veraz y no tan manipulable, hasta continúan lapidando a los firmes diciendo “no vayas con ellos, no te van a creer”, que es lo mismo que decir “no te les acerques porque no te van a dar por tu lado”.

Pero hay que saber que al final siempre la verdad ante todo. Porque Jesús si vino a destruir, pero aquello que te impide ser verdadera y eternamente feliz.

“Hacer claudicar es lo de hoy”

“Hacer claudicar es lo de hoy”

Mateo: 4, 1-11

En aquel tiempo, Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio. Pasó cuarenta días y cuarenta noches sin comer y, al final, tuvo hambre. Entonces se le acercó el tentador y le dijo: “Si tú eres el Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes”. Jesús le respondió: “Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios”.

Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en la parte más alta del templo y le dijo: “Si eres el Hijo de Dios, échate para abajo, porque está escrito: Mandará a sus ángeles que te cuiden y ellos te tomarán en sus manos, para que no tropiece tu pie en piedra alguna”. Jesús le contestó: “También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios”.

Luego lo llevó el diablo a un monte muy alto y desde ahí le hizo ver la grandeza de todos los reinos del mundo y le dijo: “Te daré todo esto, si te postras y me adoras”. Pero Jesús le replicó: “Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás”. Entonces lo dejó el diablo y se acercaron los ángeles para servirle.

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Al tiempo de un antiguo caminar que se renueva año con año, es decir el tiempo de gracia cuaresmal, no es otra cosa sino la oportunidad que Dios nos ofrece de renovar aquellas gracias que hemos perdido por el pecado que parece haber enraizado en nuestras vidas y sigue engrosando su mal.

Cuando decidimos caminar, crecer, purificarnos y renovar la gracia para extirpar aquello que nos impide andar por la senda que lleva a la felicidad y a la vida eterna, no falta el maligno que desde el primero momento se hace presente para hacernos cambiar de rumbo y no dejar nuestros vicios de pecado.

Caso concreto lo tenemos en Jesús, quien para iniciar su vida pública y anunciar el Reino, se retira, al margen del mundo para prepararse en contacto con su Padre Dios sobre la misión encomendada.

El maligno es el primero que no desea retirarse de su domino del mal ya que se ve atacado por el bien y la gracia de Dios llevada por Jesús, por lo que pretende hacerlo claudicar, no con cosas complicadas, sino con elementos básicos inherentes al ser humano, es decir, con el hambre, el orgullo junto con la fama y el poder económico.

Tentaciones que a la primera un espíritu débil sucumbiría, pero que fortalecido en Jesús por la oración, resiste y sale adelante en su intención y misión.

Por ello es necesario fortalecernos este tiempo de cuaresma, con el ayuno, la oración y la caridad, que hacen convencernos a nosotros mismos de que podemos con ello y más. para no claudicar al primer intento de retirarnos de su gracia.

“Somos muchos…”

“Somos muchos…”

Marcos: 5, 1-20

En aquel tiempo, después de atravesar el lago de Genesaret, Jesús y sus discípulos llegaron a la otra orilla, a la región de los gerasenos. Apenas desembarcó Jesús, vino corriendo desde el cementerio un hombre poseído por un espíritu inmundo, que vivía en los sepulcros. Ya ni con cadenas podían sujetarlo; a veces habían intentado sujetarlo con argollas y cadenas, pero él rompía las cadenas y destrozaba las argollas; nadie tenía fuerzas para dominarlo. Se pasaba días y noches en los sepulcros o en el monte, gritando y golpeándose con piedras.

Cuando aquel hombre vio de lejos a Jesús, se echó a correr, vino a postrarse ante él y gritó a voz en cuello: “¿Qué quieres tú conmigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo? Te ruego por Dios que no me atormentes”

Dijo esto porque Jesús le había mandado al espíritu inmundo que saliera de aquel hombre. Entonces le preguntó Jesús: “¿Cómo te llamas?” Le respondió: “Me llamo Legión, porque somos muchos”. Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella comarca

Había allí una gran piara de cerdos, que andaban comiendo en la falda del monte. Los espíritus le rogaban a Jesús: “Déjanos salir de aquí para meternos en esos cerdos”. Y él se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos; y todos los cerdos, unos dos mil, se precipitaron por el acantilado hacia el lago y se ahogaron

Los que cuidaban los cerdos salieron huyendo y contaron lo sucedido, en el pueblo y en el campo. La gente fue a ver lo que había pasado. Se acercaron a Jesús y vieron al antes endemoniado, ahora en su sano juicio, sentado y vestido. Entonces tuvieron miedo. Y los que habían visto todo, les contaron lo que le había ocurrido al endemoniado y lo de los cerdos. Ellos comenzaron a rogarle a Jesús que se marchara de su comarca

Mientras Jesús se embarcaba, el endemoniado le suplicaba que lo admitiera en su compañía, pero él no se lo permitió y le dijo: “Vete a tu casa a vivir con tu familia y cuéntales lo misericordioso que ha sido el Señor contigo”. Y aquel hombre se alejó de ahí y se puso a proclamar por la región de Decápolis lo que Jesús había hecho por él. Y todos los que lo oían se admiraban.

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Una de las pocas verdades que el demonio saca a relucir es que cuando ataca, nunca está solo porque no tiene el poder sobre la vida de la gracia, por ello debe de manejarse en grupo, como un virus que solo no puede nada, pero en cantidad aunque débiles hacen mucho daño.

Es la típica manera montonera de atacar del maligno, que ante la sola presencia del Señor, exponencialmente se espantan y su táctica es huir.

Cuando los cobardes de envalentonan, es porque basan su seguridad en el respaldo de otros tantos que en grupo les sale la valentía, aunque solos jamás.

Es por ello que no debemos dejar de mostrar la seguridad que Dios da a la persona y que se manifiesta en Jesús, que como Él, podemos salir adelante sin menguar las fuerzas para unirlas a un conjunto de débiles sin cara ni identidad.

Y aunque nos digan que son muchos para amedrentar nuestros ánimos, el poder de uno solo puede más que unos cuantos.