“Calcular el costo”

Lucas: 14, 25-33

En aquel tiempo, caminaba con Jesús una gran muchedumbre y Él, volviéndose a sus discípulos, les dijo:

“Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo. Y el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.


Porque, ¿quién de ustedes, si quiere construir una torre, no se pone primero a calcular el costo, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que, después de haber echado los cimientos, no pueda acabarla y todos los que se enteren comiencen a burlarse de él, diciendo: ‘Este hombre comenzó a construir y no pudo terminar’.

¿O qué rey que va a combatir a otro rey, no se pone primero a considerar si será capaz de salir con diez mil soldados al encuentro del que viene contra él con veinte mil? Porque si no, cuando el otro esté aún lejos, le enviará una embajada para proponerle las condiciones de paz.

Así pues, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo”.

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Hay un dicho por ahí que dice que “nada en la vida es gratis”, y en parte tiene mucha razón, ya que incluso aquello que se nos regala viene con una factura ya sea a largo o corto plazo aunque se cubra con el agradecimiento. Los pagos no necesariamente tienen que ser en intercambio monetario, ya que en la realidad se utiliza al más antiguo modo de comerciar, es decir, el trueque.

Hoy en nuestros días todo implica dinero, y en nuestros proyectos no se diga, como el mismo evangelio lo indica, ya en su tiempo para construir una torre, hay que calcular el costo, y si de dinero se trata y si dinero se tiene, parece no haber mayor problema.

Sin embargo hay que tomar muy en cuenta que para calcular los costos tenemos que visualizar no sólo el aspecto económico, sino además hay que ver el desgaste que va a tomar de nuestros tiempos y de nuestra mente. Dentro del cálculo habrá que verificar si la factura no va a pasar por el tiempo familiar, por el tiempo y la dedicación a la pareja así como los hijos, y también a los amigos.

Habrá que calcular si nuestra mente estará lo suficientemente preparada para soportar el estrés que conllevará la obra, si tenemos las herramientas para manejar las adversidades, si eso no afectará a los cercanos de manera negativa, si eso no va a cambiar lo más valioso que tienes.

Los costos salen caros cuando nos basamos tan sólo en lo material, y no porque perdamos dinero, ese va y viene, se puede recuperar, por ello hay que a su vez cuidar de no afectar las relaciones cercanas así como las remotas, porque las materiales aquí se quedan, pero lo construido con el amor y la amistad responsable se va contigo y con los tuyos. Por ello habrá qué, sin temor calcular el costo integral y de conjunto.

“A qué se parece…”

Lucas 13, 18-21

En aquel tiempo, Jesús decía: —¿A qué se parece el reino de Dios? ¿A qué lo compararé? Se parece a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su huerto; crece, se hace un arbusto y los pájaros anidan en sus ramas.

Y añadió: —¿A qué compararé el Reino de Dios? Se parece a la levadura que una mujer toma y mete en tres medidas de harina, hasta que todo fermenta.

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Las analogías son siempre un ejemplo muy claro para comparar situaciones y entenderlas mejor, aunque yo le pondría el pero de la reinterpretación que al final resulta un tanto acomodaticia, sin embargo aquí el ejemplo es unívoco, no da margen a cambios radicales.

Y es que en realidad el reino de Dios, nada tiene que ver con uno de la tierra, en cuanto a estructura algo se semeja, pero sin las limitantes humanas, sin embargo cuando no se le entiende muy bien, aquello que conocemos del Reino como estructura socio-política lo queremos aplicar tajantemente al celestial.

Sin embargo es muy claro, que precisamente las comparaciones son específicas para clarificar las funciones y actitudes que se deben de tomar en un ámbito real de vida ordinaria, ya que la presencia del Reino de los Cielos, no es un lugar físico, sino una constelación de valores que se aplican de ipso facto al aquí y al ahora.

Actitudes que cambian el entorno y las relaciones entre los hijos de Dios, ya que si nos atenemos a los esquemas humanos, la realidad nos lleva a que en su momento corrompen el corazón humano, mientras que los valores del Reino de los cielos fomentan la rectitud incluso en los ámbitos actuales donde nos desenvolvemos, a tal grado que nos llevan incluso a la santidad.

Por ello es importante conocer la comparación, para el ámbito real coronarlo con lo espiritual y así plenificar el ambiente y nuestras vidas.

“Son pocos”

“Son pocos”


Mateo 9, 32b-38


En aquel tiempo, llevaron a Jesús un endemoniado mudo. Echó al demonio, y el mudo habló. La gente decía admirada: —Nunca se ha visto en Israel cosa igual.

En cambio, los fariseos decían: —Este echa los demonios con el poder del jefe de los demonios.

Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias. Al ver a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: —La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.


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El área de la expansión de la fe así como en el conocimiento de Dios tenemos un campo muy basto e inexplorado ya que no siempre se cuenta con la disponibilidad para darlo a conocer, y es que hacer cualquier campaña ya sea social, altruista, política o comercial, implica el personal y los recursos económicos para lograrlo, pero además de eso y ante todo, la disposición para plenamente hacerlo.


El impacto dependerá no del tamaño de la campaña, sino de la intensidad impresa en cada uno de los promotores, ya que implica no tan sólo el mensaje, sino también la calidad de la labor en la persona. Encontramos a aquellos que buscan les paguen bien, lo tratan de hacer bien, pero el carácter monetario va impreso y no impacta tanto, como decimos “se le ve la zanca al pollo”, a otros les encanta su trabajo y lo hacen bien además de ser remunerado.


Pero llega más lejos y profundo en mensaje que se transmite por su propia fuerza y mandato de convencimiento, que imprime testimonio y carácter aunque el trabajo sea muy poco recompensado monetariamente hablando.


Pero como aquí quien impera y se impone es el señor dinero, esos los que hacen su trabajo por amor a la vocación, son pocos y además tomados en cuenta como nada porque no obtenemos con su trabajo ganancias netas. 


Es por ello que hay que pedir al dueño de la mies que envíe trabajadores que hagan converger esos dos mundos para que uno no le quite el valor al otro, ya que no son opuestos sino complementos en la vida ordinaria del mundo, pero siempre mirando a su vez al cielo, recibiendo esa sabiduría que Dios da y que un guía espiritual ayuda a ubicarla. Por ello no dejar de orar ya que los trabajadores son pocos e igual de importantes que los demás porque aportan lo que los demás no dan, el crecimiento en el espíritu y la vida de la gracia.

“Su corazón ardía”

Su corazón ardía”

Lucas: 24, 13-35 

El mismo día de la resurrección, iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús, situado a unos once kilómetros de Jerusalén, y comentaban todo lo que había sucedido.

Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron. Él les preguntó: “¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?”

Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: “¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?” Él les preguntó: “¿Qué cosa?” Ellos le respondieron: “Lo de Jesús el nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, ¡y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron. Es cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada al sepulcro, no encontraron el cuerpo y llegaron contando que se les habían aparecido unos ángeles, que les dijeron que estaba vivo. Alguno de nuestros compañeros fueron al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron”.

Entonces Jesús les dijo: “¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?” Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él.

Ya cerca del pueblo a donde se dirigían, él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer”. Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él se les desapareció. Y ellos se decían el uno al otro: “¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!” 

Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, los cuales les dijeron: “De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón”.

Entonces ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

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Ya San Agustín lo decía en su magnífica obra “Las Confesiones” «Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». (Libro 1, 1, 1-2,) precisamente asegurando que nuestra total existencia llama al creador en el mismo rubro con el que fuimos creados, el amor.

Situación nada ajena que se manifiesta evidente en los discípulos de Emaús, aquellos que dentro de su tristeza salen de Jerusalén tratando de asimilar los hechos que le acontecieron a su Maestro Jesús, pero con la anotación de que salen huyendo.

Es ahí donde Cristo Resucitado continúa su obra, en todos, en los que habían muerto previamente a su resurrección para rescatarlos de la muerte, pero sobre todo en los que preparó para que continuaran su misión.

Es por ello que Jesús se acerca a ellos, que sin reconocerlo, se dejan acompañar, pero su corazón ardía en ese celo y ese amor por aquello que ya había sido depositado en ellos, que en su momento gracias a la fracción del pan, es decir, la Eucaristía, al unirse a Él, se dan cuenta de quién es aquel que los acompaña aún cuando no lo vean y deciden regresar con los suyos.

Ese corazón no deja de arder en nosotros, pero si permitimos que el mundo de odio, dolor, angustia, desenfreno y envidias lo apague, jamás podremos ver a Jesús vivo y resucitado, aunque nuestro corazón clame a gritos que lo necesita.

“Yo si sé quién eres”

“Yo si sé quién eres”

Marcos: 8, 27-33

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a los poblados de Cesarea de Filipo. Por el camino les hizo esta pregunta: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Ellos le contestaron: “Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que alguno de los profetas”.

Entonces él les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Pedro le respondió: “Tú eres el Mesías”. Y él les ordenó que no se lo dijeran a nadie.

Luego se puso a explicarles que era necesario que el Hijo del hombre padeciera mucho, que fuera rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que fuera entregado a la muerte y resucitara al tercer día.

Todo esto lo dijo con entera claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y trataba de disuadirlo. Jesús se volvió, y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro con estas palabras: “¡Apártate de mí, Satanás! Porque tú no juzgas según Dios, sino según los hombres”.

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No cabe duda que las relaciones humanas se ufanan de tener una cercanía y familiaridad con otras personas, a tal grado de creer que se les conoce en la totalidad y muy certeramente.

Sin embargo la realidad de nuestros días, aunque se ha perdido parte de las relaciones humanas por la tecnificación de las redes sociales por las electrónicas, que nada dista del pasado ya que al final de cuentas externamos lo que deseamos que los demás crean de nosotros.

Pero que sin embargo no es bastante para poder decir que conocemos a alguien, ya que la superficialidad hoy como siempre está a flor de piel, y el caso concreto lo tenemos con todos aquellos que se dicen que conocen a Jesús. Creen conocerlo para darse importancia con sus comentarios aunque estos sean erróneos. 

La pauta la marca Pedro, que sin titubear afirma lo que es verdad, porque la conoce y identifica realmente a Jesús, y no por lo que obtuvo de información con los demás, sino por su trato personal y cercano.  

Ha visto su amor, su dedicación, su oración, su trato caritativo y fraterno; ha visto su gracia y santidad en su persona y en su obrar, le habla cara a cara. Él si lo conoce y sabe quién es, nada ajeno a nosotros que podemos amarle y conocerle con la misma intensidad y confianza a través de todos los medios donde nos ofrece su amistad y sacramentos, ya que es Él mismo quien actúa por medio de ellos, pero sobre todo porque nos sigue buscando en los demás que nos han invitado a estar cerca de Él.

“Listo para el banquete”

“Listo para el banquete”

Lucas: 14, 15-24

En aquel tiempo, uno de los que estaban sentados a la mesa con Jesús le dijo: “Dichoso aquel que participe en el banquete del Reino de Dios”.

Entonces Jesús le dijo: “Un hombre preparó un gran banquete y convidó a muchas personas. Cuando llegó la hora del banquete, mandó un criado suyo a avisarles a los invitados que vinieran, porque ya todo estaba listo. Pero todos, sin excepción, comenzaron a disculparse. Uno le dijo: ‘Compré un terreno y necesito ir a verlo; te ruego que me disculpes’. Otro le dijo: ‘Compré cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas; te ruego que me disculpes’. Y otro más le dijo: ‘Acabo de casarme y por eso no puedo ir’.

Volvió el criado y le contó todo al amo. Entonces el señor se enojó y le dijo al criado: Sal corriendo a las plazas y a las calles de la ciudad y trae a mi casa a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos’.

Cuando regresó el criado, le dijo: ‘Señor, hice lo que me ordenaste, y todavía hay lugar’. Entonces el amo respondió: Sal a los caminos y a las veredas; insísteles a todos para que vengan y se llene mi casa. Yo les aseguro que ninguno de los primeros invitados participará de mi banquete’ “.

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Los tiempos sobre todo por estos lados, mientras exista una comunidad organizada, el alimento de alguna manera no faltará, y cuando alimento está asegurado, nos damos el lujo de optativamente rechazar una invitación a un banquete, y es que eso que nos darán ahí, lo tenemos garantizado por otro lado.

Es por ello que vemos tan sólo la ocasión, pero no las circunstancias, ni la persona que se ha dignado en invitarnos, mucho menos el vínculo de amistad que los une y además se puede cultivar y fortalecer.

Las opciones son tantas que al final nos perdemos entre aquellas que realmente valen la pena ante las que tan sólo son de relleno y vacío personal. La cuestión aquí radica en que sin esta capacidad de discernimiento, no sabremos elegir o en su defecto, aunque aceptemos no sabremos aprovecharlas sino tan sólo para comer, ó peor aún, para beber, descartando en sí la riqueza de tratos humanos que iluminan nuestro pensar y el respeto que se merecen cada uno de ellos, así como la amistad. 

La razón de invitar a los pobres y a los más necesitados, es porque realmente aprovecharan la ocasión ya que carecen en su mayoría de esa posibilidad, valorarán el detalle y serán realmente agradecidos. Cosa que los invitados inflados en su ego no tienen.

Por ello, se nos invita a estar siempre listos para el banquete, saber aprovechar lo que Dios nos brinda, lo que se nos da, sobre todo en la Eucaristía aquel alimento que nos da miedo porque preferimos perdernos en la fiesta anónima y pagana para ser nadie y no comprometeremos en un lugar privilegiado que nos otorgan, donde ven quien soy en realidad.

“Enviados con una finalidad”

“Enviados con una finalidad”

Lucas: 10, 1-12. 17-20

En aquel tiempo, Jesús designó a otros setenta y dos discípulos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir, y les dijo: “La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos. Pónganse en camino; yo los envío como corderos en medio de lobos. No lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias y no se detengan a saludar a nadie por el camino.


Cuando entren en una casa digan: ‘Que la paz reine en esta casa’. Y si allí hay gente amante de la paz, el deseo de paz de ustedes se cumplirá; si no, no se cumplirá. Quédense en esa casa. Coman y beban de lo que tengan, porque el trabajador tiene derecho a su salario. No anden de casa en casa. En cualquier ciudad donde entren y los reciban, coman lo que les den. Curen a los enfermos que haya y díganles: ‘Ya se acerca a ustedes el Reino de Dios’.


Pero si entran en una ciudad y no los reciben, salgan por las calles y digan: ‘Hasta el polvo de esta ciudad que se nos ha pegado a los pies nos lo sacudimos, en señal de protesta contra ustedes.

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El llamado, preparación, testimonio y seguimiento de Jesús, no son para ver si algo tomamos como una opción, porque no lo es. A todos aquellos que invitó a estar cerca de Él, precisamente los prepara para hacer extensiva su misión de preparar a toda la humanidad para implementar el Reino de Dios sobre nuestras vidas, no importa la circunstancia que vivamos.

No los envía para ver que hacen, que encuentran, que pueden aprender, o a que decidan por su propia voluntad para dar solución a problemas de los que pudiesen enterarse de ellos, porque de otra manera empaparán la solución con sus propias limitaciones, sino que van con la finalidad de llevar el anuncio de la Buena Nueva y a Jesús mismo.

Situación que hasta el momento no ha cambiado, por lo que a su vez nos invita a no perder el rumbo, porque el mensaje es claro: la gracia está por ser restaurada y la muerte pierde fuerza, el mal está condenado y el Espíritu Santo nos llenará de sus dones a quienes deseen recibirlo. 

Es por ello que cuando en el camino nos encontramos con ambientes que nos distraen o invitan incluso a claudicar, por muy agradable que sea lo que nos ofrecen, el mismo Jesús nos invita a rechazarlo, no a las personas, sí al mal y al pecado, de tal manera que ni el polvo se nos pegue a los pies, para no llevarnos fragmentos que remarquen estar sucios y nos quiten la paz.

El resultado es tal que hasta se alegran de que los mismos demonios se les sometan en el nombre de Jesús, pero si somos nosotros los que nos predicamos, entonces el mismo demonio utilizará tu debilidad y carencias para que el mal siga y no sea extirpado. La finalidad es clara, y cuando ésta no se cumple, el envío fracasa y Jesús, su salvación y gracia no llega a los demás.

“Actitud, bendiciones…”

“Actitud, bendiciones…”

Lucas: 10, 38-42

En aquel tiempo, entró Jesús en un poblado, y una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa. Ella tenía una hermana, llamada María, la cual se sentó a los pies de Jesús y se puso a escuchar su palabra. Marta, entre tanto, se afanaba en diversos quehaceres, hasta que, acercándose a Jesús, le dijo: “Señor, ¿no te has dado cuenta de que mi hermana me ha dejado sola con todo el quehacer? Dile que me ayude”.
El Señor le respondió: “Marta, Marta, muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo así que una sola es necesaria. María escogió la mejor parte y nadie se la quitará”.

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Es un hecho muy claro el que sepamos que la caridad no se programa, ni se proclama, ni se anuncia, simplemente se hace en el momento necesario, sin buscar testigos que aplaudan por nuestras obras, o las publiquen en los medios como si fuéramos héroes. En éste punto ya no se llama caridad, se llama crear falsas imágenes de lo que no se es.

La actitud es muy importante, y esa no se puede predeterminar según la ocasión, porque entonces nos convertiríamos en muy buenos actores, pero sin la recompensa que merecería una postura natural y auténtica. 

Abraham y Sara en el libro del Génesis nos revelan la actitud que tomaban ante los forasteros en el desierto, conocedores de la dureza del entorno, disponen de lo suyo y lo comparten, certificando sin buscarlo su excelente hospitalidad. La cuestión no es lo que hacen, sino la actitud que revela su buen corazón, porque nosotros podríamos hacer una obra buena pero de mala gana, en la que al final no se plenifica la intención. 

Actitudes que atraen las bendiciones de Dios, como el caso de Abraham y Sara que reciben la bendición de un hijo tan deseado y esperado. 

Por ello Jesús corrige a Marta, muerta de cansancio por las labores domesticas, muy trabajadora, tanto que utiliza su labor para echarla en cara de su hermana, muy bien hecho su trabajo, pero con una actitud insana. Mientras que la actitud de María era la más apropiada en su momento, ya que era tiempo para estar con el Maestro, mientras está con ellas.

Una buena actitud siempre conllevará un sin fin de bendiciones, por ello la actitud dice en sí misma si las quiere recibir o no, por lo que habrá que cambiar de modo anímico para que las obras sean acompañadas de la actitud correcta y por ende de las bendiciones correspondientes.

“Ser discípulo”

“Ser discípulo”

Juan: 21, 15-19

En aquel tiempo, le preguntó Jesús a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” Él le contestó: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis corderos”.

Por segunda vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Él le respondió: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Pastorea mis ovejas”.

Por tercera vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?” Pedro se entristeció de que Jesús le hubiera preguntado por tercera vez si lo quería, y le contestó: “Señor, tú lo sabes todo; tú bien sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas.

Yo te aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías la ropa e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás los brazos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras”. Esto se lo dijo para indicarle con qué género de muerte habría de glorificar a Dios. Después le dijo: “Sígueme”.

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Les comparto esta magistral conferencia acerca del discipulado.

¿Quién es tu maestro? Ser discípulos de Jesús.

Conferencia del Arz. Rodríguez Maradiaga al inicio del CAM3 ¿Cuánto tiempo tienen nuestros bautizados para escuchar al Maestro? Muchos son más discípulos de la televisión, de la prensa, de las ideologías, de la política. 

Por: Oscar Andrés Rodríguez Maradiaga, S.D.B | Fuente: CAM3, Ecuador 2008 

Queridas Hermanas y Hermanos:

Nuestro CAM 3 es finalmente una realidad que hemos deseado, preparado ampliamente especialmente con la oración y que ahora vivimos con intensidad. Mi saludo cariñoso y agradecido a todos, especialmente a la Iglesia del Ecuador que nos recibe con tanto amor. Y entramos al tema asignado: Como nos ha dicho la Conferencia de Aparecida, estamos llamados a ser discípulos y misioneros.

1. INTRODUCCIÓN

Si en este momento nos preguntamos ¿De quién somos discípulos? Espontáneamente brota la respuesta: ¡De Cristo por supuesto! Pero no debemos apresurarnos tanto. El Evangelio nos presenta la actitud típica del discípulo en María, la hermana de Marta, sentada a los pies de Jesús y escuchando su Palabra. Entonces nos preguntamos: ¿De quién son discípulos nuestros bautizados? ¿Cuánto tiempo tienen nuestros bautizados para escuchar al Maestro, al Señor Jesús y alimentarse con la Palabra de Dios? Si acaso participan en la Eucaristía dominical y el equipo de sonido del Templo funciona bien y los lectores proclaman correctamente, tal vez ¿diez minutos? Si el sacerdote pronuncia una buena homilía ¿veinte minutos? Pero para muy pocos eso es todo. Para la gran mayoría casi nada.

Muchos son más discípulos de la televisión, de la prensa, de las ideologías, de la política, de los “Chicago Boys” en economía o de la moda en la globalización y sobre todo del deporte y de todo lo que ofrece la televisión y el internet. Y por eso se nos repite el gran desafío: ¿Cómo podemos cumplir el mandato del Señor: “Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos…”? La pregunta en este día es: como misioneros de una Iglesia Particular ¿somos auténticos discípulos del Señor Jesús? 2

2. EL CAMINO DEL DISCIPULADO: Permítanme comenzar con un recorrido por el Evangelio y así identificar algunos rasgos que nos ayuden a ser mejores discípulos El Señor Jesús vive, como testigo, un proceso de discipulado tanto en referencia al Padre como en referencia a la humanidad: Escucha y Aprende del Padre; y, también Anuncia a la humanidad quién es el Padre. Escucha a la humanidad y aprende de ella Y anuncia a la humanidad a través de la encarnación. Jesús siendo Dios respeta lo humano en lo cotidiano, le da importancia: permaneció 30 años compartiendo la vida de todos los días en su pueblo. Estas actitudes tanto hacia el Padre como hacia la humanidad van marcando sus diferentes opciones. Su vida pública, comienza con un ENCUENTRO (el encuentro de Jesús con sus primeros discípulos). Vemos como en su primer encuentro llama a pescadores a ser sus discípulos…los llama y los invita para luego enviarlos a la humanidad. Y esto se sigue repitiendo a lo largo de la historia, ya que el discipulado lleva siempre a la misión. Lo más bello de todos esos encuentros y formación de sus discípulos es como se va entablando una profunda intimidad y amistad. “Ya no los llamo siervos sino AMIGOS”. JESUS llama – invita para que estén con EL. Los discípulos están en comunión con Jesús y con los demás discípulos y así forman la comunidad de discípulos de Jesús. Además el discípulo va formándose en la comunidad.

3. Trasfondo de la palabra discípulo La palabra discípulo –“maqhth”- significa originalmente en griego estudioso, persona que aprende en un sentido general. Entre los sofistas es el término técnico para referirse al alumno institucional de un gran maestro. Pronto pasa a significar también el seguidor, el devoto de alguna personalidad intelectual o religiosa. Al final de la época helenística se va robusteciendo este sentido de “seguidor”, devoto, partidario, y ya hacia el siglo III después de 3 Cristo se convierte en un término técnico y desaparece del todo su significado original de alumno o estudiante. En el contexto del Evangelio prevalece el sentido primario de seguidor o adepto. Los discípulos son ante todo seguidores de Jesús más que alumnos. Entre los profetas encontramos también el concepto de escuela en la que existe una relación maestro-discípulos. Son los “hijos de los profetas” reunidos en torno a Eliseo. Este mismo tipo de relación se da también entre los escribas que se reúnen en cofradías profesionales. Las tradiciones sapienciales más que en “escuelas” de pensamiento se van transmitiendo más bien en el interior del clan familiar. San Mateo es el evangelista que más ha subrayado la labor docente de Jesús. En su evangelio prevalecen los discursos catequéticos, especialmente los cinco grandes sermones que estructuran todo el Evangelio. En su vocabulario Mateo distingue claramente entre la proclamación kerigmática, o anuncio del Reino que viene, y la enseñanza de Jesús acerca de la Ley y de la justicia del Reino. Para la proclamación utiliza el verbo kerussein, y para la enseñanza utiliza el verbo didaskein. Mientras que San Marcos usa el verbo didaskein para referirse a cualquier tipo de enseñanza de Jesús sobre las parábolas, o sobre el sufrimiento del Siervo, San Mateo reserva este verbo sólo para los casos en que Jesús es designado Rabbí, es decir Maestro de la Ley, y lo evita en las parábolas de Jesús sobre el Reino, o en sus catequesis sobre el camino del Siervo. Por tanto, aunque el término maqhth” tenga el significado de adepto o partidario, sin embargo en San Mateo no ha desaparecido del todo el matiz del discípulo como persona que aprende en la escuela de un gran maestro, en este caso del único que merece ser llamado maestro. Cuando hablamos de Discipulado, es evidente que el tema es amplio. Vamos a tratar de dibujar algunas pinceladas que retraten el rostro del discípulo de Cristo.

4. DIMENSION TRINITARIA.

Necesariamente hay que enmarcar este tema dentro de la Teología de la Trinidad. 4 El misterio de la Santísima Trinidad, que nos distingue de cualquier otra religión, nos hace conocer que Dios no es soledad, sino que es un Dios en Tres Personas. Esta revelación de un Dios que es Amor la conocemos precisamente por lo que se llama en Teología, las Misiones de la Trinidad: Los movimientos, las relaciones, la comunicación dentro de Dios Trino, es lo que llamamos las Procesiones de la Trinidad. Las procesiones son internas y se realizan fuera del tiempo y el espacio, en la eternidad. Las misiones son algo temporal, y son las que nos permiten conocer como es Dios. Por la forma en que Dios actúa sabemos cómo es Dios. Del Actuar, llegamos al Ser. Y ya que Dios actuó siendo misionero (las misiones), sabemos que Dios es amor y es Trinidad.

Por medio de este amor demostrado en el tiempo y el espacio, nos asomamos al misterio insondable de Su eternidad. Y a cada una de las personas de la Trinidad le atribuimos asuntos esenciales para comprender su actuación en nuestra existencia: – Dios Padre que nos sostiene en el ser – Dios Hijo que nos invita a seguirle – Y el Espíritu Santo, que es Amor, nos atrae e impulsa. De esta manera es que conocemos que cada persona de la Trinidad actúa en el tiempo (misiones) gracias a lo que viven dentro de ella (procesiones). Veamos ahora el seguimiento, unido a la persona del Hijo. Así empezamos a profundizar el tema del discipulado.

La palabra discípulo -en griego maqhthe – como ya dijimos, significa aquel que se vincula con una persona no tanto a nivel teórico, o por lo que el maestro le transmite a nivel de ideas, sino afectiva y vitalmente, a tal punto que asume su estilo de vida. Durante mucho tiempo, por motivo de mis estudios, tuve que leer sobre Freud, incluso dar clases sobre él, pero no por eso me considero discípulo suyo. He podido conocer mucho de sus ideas, de sus planteamientos, pero eso no me ha hecho discípulo, eso no me ha hecho freudiano. 5

San Pablo utiliza una verbo muy descriptivo para expresar esto mismo: Revestirse. Para nosotros esta figura no nos dice mucho. Pero en algunos pueblos nativos sabemos que el vestido designa la tribu: el vestido los identifica, dice quienes son, dice el lugar a que pertenecen. Esa es la idea de San Pablo. Lo mismo sucedía en aquellas sociedades, que sin Radio, ni Televisión, ni Cine, poseían el Teatro. Y cuando un actor se revestía con los atuendos del personaje que representaba, se convertía en ese personaje. Tomaba todo de él: sus actitudes, sentimientos, modales, etc. San Pablo también habla del buen olor de Cristo. Vemos entonces que el discipulado implica Revestirse de Cristo, oler a Cristo. Por eso aún se oye –aunque cada vez menos- aquello de “morir en olor de santidad”.

5. QUE SIGNIFICA SER DISCÍPULO A continuación deseo compartir con ustedes algunos puntos concretos sobre lo que significa el discipulado:

5.1. El primer punto es difícil, pero es una realidad innegable de la que debemos partir: Nadie nace discípulo de Jesús. Para ser discípulo es necesaria la conversión (Metanoia, en griego), el cambio de mentalidad. Es doloroso decirlo, pero para muchas personas no es normal ser bueno, no es normal pensar cómo piensa Jesús, actuar como actúa Jesús. Lo normal, lo espontáneo parece que es otra cosa… Ser discípulo, entonces, exige un renacer (Jn. 3, 16). Y si nacer y hacer nacer cuesta (esto pueden confirmarlo las damas que son madres), el renacer también. “El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio.” (Mc. 1, 15) “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo Único, para que todo el que crea en El no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16) Es difícil porque uno llega a acostumbrarse a todo, incluso –y sobre todo- llegamos a acostumbrarnos a nosotros mismos, a nuestros defectos, a nuestro pecado. Y buscamos cualquier cosa que nos 6 justifique tal y como somos, que no nos incomode, que no cambie nuestro panorama. Estamos acostumbrados a buscar soluciones fáciles… la eutanasia, el divorcio, el aborto, el matrimonio gay… Todas estas opciones intentan solucionar nuestras insatisfacciones, pero solamente las disfrazan y las aumentan.

Por eso la conversión es difícil. Porque lo único que realmente colma y da sentido a nuestra existencia, y soluciona nuestras insatisfacciones, es darnos cuenta que no estamos aquí para este mundo, sino para la eternidad, para buscar la eternidad.

5.2. Con esta búsqueda de la eternidad a través de la conversión (metanoia), vamos adquiriendo una mentalidad radicalmente nueva de todas las cosas. Tan radical, que su fundador, Jesucristo, fue considerado un loco. Por eso el cristiano, si es auténtico, será siempre un exiliado… un signo de contradicción. Es un pasar de mi mundo, al mundo de Dios; de mi horizonte, al horizonte de Dios… ese es el cambio de mentalidad que origina el discipulado. De luchar por los primeros lugares, a luchar por los últimos… “El que quiera ser el primero… que sea el ultimo”. De modo que lo que nos hace dichosos, sea la pobreza, el ser perseguido. De modo que te convenzas de que la mejor venganza es el perdón… (cf. Mt. 10, 18 ss)

5.3. Esta visión radicalmente nueva se obtiene a partir del encuentro con Cristo. (Jn 8, 12). Es asunto de encontrarse con Él, de entrar en su mundo, de saberse iluminado por Su luz y así aprender a razonar de otro modo. Ser discípulo es, entonces, adquirir un modo de razonar que difiere “del mundo”, que no busca la gloria humana, que asume la realidad divina aún a pesar de la cruz: Recordemos el pasaje en que Jesús anuncia: “Iré a Jerusalén para ser crucificado”. Pedro le dice que no vaya… Y el Señor le increpa con una palabra muy fuerte: “Apártate de mi Satanás…” (Lo llama Satanás…). Ser discípulo es sentirse contento por ser juzgado en virtud del seguimiento de Cristo. Es entregarse completamente a esta locura del 7 amor. Porque cuando se ama, se hacen locuras, si no, nunca amaste… “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn8, 12). Esta luz que ofrece Cristo a sus discípulos, no es una luz natural. “Naturalmente” no escoges el celibato, el martirio, la pobreza etc. Es una luz SOBRENATURAL, y solo la podemos entender y asumir desde ahí, desde la perspectiva de lo sobrenatural. Y es una realidad eterna. Esta conversión, esta relación de amor, si es verdadera, es para siempre. Si lo dejas, es que nunca te encontraste con Él.

5.4. Este encuentro permite lograr un Misterioso parentesco con Cristo mismo y con los hermanos, a tal punto que Cristo se vuelve padre, madre, hermana, hermano, etc., como leemos en Lc. 8, 19 ss. “Su madre y sus parientes querían verlo, pero no podían acercársele por el gentío que había”. Alguien dio a Jesús este recado: “Tu madre y tus hermanos están afuera y quieren verte.” Pero Jesús respondió: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica”. (Lc. 8, 19) “A todos los que lo recibieron les concedió ser hijos de Dios: estos son los que creen en su Nombre” (Jn. 1, 12). Este parentesco es mayor a cualquier otro, porque Dios une más que la sangre (Jn 1, 12). Y la persona que es totalmente de Dios, es también totalmente mi hermano, mi hermana, mi madre. Esto lo ha expresado de una manera maravillosa –incluso a algunos les puede parecer atrevida- san Juan de la Cruz en su oración / poema del alma enamorada: “Míos son los cielos y mía es la tierra; mías son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores; los ángeles son míos, y la Madre de Dios y todas las cosas son mías; y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí.” E insisto en que todo esto: la conversión el encuentro con Cristo, este parentesco, no es natural… es absolutamente sobrenatural.

5.5. Ser discípulo implica –consecuencia inevitable- perseverar. Y se trata de perseverar con Él en sus tribulaciones (cf. Lc. 22, 28 ) 8 “Ustedes han permanecido conmigo compartiendo mis pruebas” (Lc. 22, 28) El discípulo debe estar preparado para la prueba, para enfrentar al enemigo. Pero no estoy pensando tanto en enemigos afuera, sino me refiero al enemigo que yo soy para mí mismo. Y el peligro es que uno se acostumbra a todo, hasta a uno mismo… me acostumbro a mí mismo, a esta persona que no ha terminado de ser discípulo de Cristo, a este yo egoísta, que busca el primer puesto, que quiere estar siempre al frente. Este es el enemigo contra el que lucha el discípulo.

5.6. El discípulo es enviado como cordero entre lobos. El cristiano es contraste, es profecía, es choque (claro, debido a la conversión). El discípulo es capaz de decir no, de optar en contra del pecado. Es capaz de comprender, asumir y amar esta opción del bien que se enfrenta al mal sin medir el tamaño o la potencia para enfrentarlo. El discípulo opta por el bien a pesar de la inmensidad aparente o real del mal.

5.7. El discípulo asume cada día más la lógica “de las pequeñas cifras”. Es decir, la lógica de Jesús. – La lógica de la semilla de mostaza… que es la más pequeña de todas. – La lógica del grano de trigo echado por el sembrador… – La lógica del pequeño rebaño, como ha llamado a sus discípulos. – La lógica de la levadura… que no se ve pero que fermenta toda la masa. – La lógica de la sal… una pizca que cambia el sabor a toda la comida.

Esta lógica que hace que el pastor abandone noventa y nueve ovejas para buscar una que se le ha perdido… Es la misma lógica retratada en una anécdota de Bernanos (autor de “Diario de un cura rural”). En algún momento, siendo ya famoso, firmaba autógrafos ante una multitud. Y había una niña que pedía su atención, pero el autor la ignoró. 9 Arrepentido de su actitud, pide al día siguiente que le busquen a esa niña. Finalmente la encontraron y se la llevaron. Consciente de esta lógica de las pequeñas cifras, de las pequeñas cosas, Bernanos le dijo: “Todo el mundo te dice “hazte grande”, yo te digo “quédate pequeña”. Porque el mundo es de los poetas y de los pequeños”.

5.8. Finalmente, y quizá lo más duro: Los discípulos son los que están dispuestos a dar la vida por el maestro. (Cf. Jn 15, 13) “No hay amor más grande que éste: dar la vida por sus amigos” (Jn. 15, 13) En el pasaje final del Evangelio de San Juan, cuando el Señor pregunta a Pedro: “¿Me amas más que estos?”, se nos ilustra muy bien hasta dónde ha de llevarnos el discipulado. Porque como Pedro, si amamos al Señor verdaderamente, si le seguimos como Él mismo nos propone (Jn. 21,20), también tenemos que saber que “vendrá el momento en que abrirás los brazos y otro te ceñirá y te llevará donde no quieras”. (Jn 21, 19). La propuesta es clara: “sígueme si me amas, y prepárate a dar la vida…”. Ser discípulo implica llegar a pedir la gracia de entregar la vida por el maestro.

6. LA CONFIGURACION CON CRISTO La historia de la Iglesia, de la teología y la tradición espiritual nos han hablado frecuentemente del seguimiento de Cristo, de la imitación de Cristo. No creo que ninguno de nosotros estemos en contra de estos conceptos tan ricos de la historia de la fe.

Sin embargo, hoy, quiero hacerles otra propuesta, no menos histórica, pero siempre novedosa: la Configuración del discípulo, del misionero, con Cristo. Ya nos decía el Papa Benedicto XVI en la Encíclica Spe Salvi, que el encuentro con el Dios que nos ha mostrado su rostro en Cristo, y que ha abierto su Corazón, es para nosotros no sólo « informativo », sino también « performativo », es decir, que puede transformar nuestra vida hasta hacernos sentir redimidos por la esperanza que dicho encuentro expresa.

Es un mensaje que plasma de modo nuevo la vida misma, no solamente « información »de tipo intelectual. 10 La unción del Espíritu Santo, con la que hemos sido ungidos para evangelizar a los pobres, es participación de la plenitud de Cristo.

Por eso, los que hemos sido llamados a seguir al Señor y a colaborar con El en la obra que el Padre le encomendó, tenemos que contemplar asiduamente a Cristo e imitarlo, penetrados de su Espíritu, hasta que ya no seamos nosotros mismos los que vivamos, sino que sea Cristo quien realmente viva en nosotros. Sólo de este modo seremos válidos instrumentos del Señor para anunciar el Reino de los cielos. La caridad apostólica es la virtud más necesaria para el discípulo. De tal modo que, si carece de ella, será como una campana que suena o un címbalo que retiñe. Jesucristo, ungido por un ardiente amor al Padre y a los hombres, se entregó a los trabajos, a la pasión e incluso a la muerte.

Del mismo modo, los Apóstoles, testigos de la alegría de la Resurrección de Cristo, impulsados por el fuego del Espíritu Santo, recorrieron el mundo entero. Movidos por el celo apostólico y por el gozo del Espíritu, esforcémonos también nosotros, con todos nuestros medios y recursos, por conseguir que Dios sea conocido, amado y servido por todos.

Amemos a toda la humanidad, deseándole y procurándole la bienaventuranza del Reino ya iniciada en la tierra. Para tener los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo, que se anonadó a Sí mismo, tomando la forma de siervo, procuren los discípulos la humildad que, por disponernos a la gracia de Dios, es el fundamento de la perfección cristiana y, por lo tanto, una virtud muy necesaria para los ministros del Evangelio.

De todos los dones que cada uno crea poseer, dé únicamente a Dios toda la gloria, procurando hacerlos fructificar copiosamente. Recuerde cada uno sus pecados y defectos y reconozca íntimamente la propia dependencia de Dios. Exprese este conocimiento en el modo de actuar y en sus relaciones con los demás. Confiese sus errores y defectos, pida perdón a los hermanos y hermanas y présteles los servicios de una caridad operosa, de modo que esté en medio de la Iglesia como quien sirve. Esforcémonos por imitar la mansedumbre propuesta por el Señor, que es señal de vocación apostólica.

Es ciertamente necesario que la caridad de Cristo nos apremie, de modo que amemos a la Iglesia con el mismo amor con que Dios la ama y con fortaleza de espíritu muramos cada día por ella; sin embargo, a fin de ganar a los más posibles para Cristo, debemos estar siempre animados por su mansedumbre en el ejercicio de nuestro ministerio.

Asociados a la obra de la Redención, procuremos configurarnos con Cristo, que dijo: «Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo tome su cruz y sígame». Los auténticos discípulos, guarden con diligente cuidado sus sentidos, glorificando y llevando a Dios en su cuerpo. En la comida y bebida y en el uso de aquellas cosas que favorecen el deleite, elijan las formas de templanza más conformes a las circunstancias de tiempo y de lugar y que mejor corresponden a personas apostólicas. De este modo, en su frugalidad quedará manifiesto que el cuerpo es de Cristo, por cuya virtud Dios nos resucitará.

Recordando las palabras del Señor: “Quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”, debemos alegrarnos en toda adversidad, en el hambre, en la sed, en la desnudez, en los trabajos, en las calumnias, en las persecuciones y en toda tribulación, hasta que podamos decir con San Pablo: “Lejos de mí gloriarme sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo”.

El mismo Señor, que se identificó plenamente con los que sufren, nos invita a reconocerle como paciente en ellos y a prestarles una ayuda eficaz, dando incluso nuestra vida por nuestros hermanos. Solidarios de los que padecen enfermedad, dolor, injusticia y opresión, soportémoslo todo por ellos, para que también ellos consigan la salvación.

Ya que Jesucristo padeció por nosotros, dejándonos su ejemplo, cuando estemos enfermos soportemos la enfermedad y los dolores con humildad y sumisión al divino beneplácito, sabiendo que con nuestra dolencia completamos lo que falta a la pasión de Cristo. Llevemos, pues, con gran paciencia la enfermedad y todas las deficiencias provenientes de la pobreza, predicando a todos con el testimonio de la vida. Nuestra vocación especial en el Pueblo de Dios es el ministerio de la Palabra, con el que comunicamos a los hombres el misterio íntegro de Cristo.

En efecto, hemos sido enviados a anunciar la vida, muerte y 12 resurrección del Señor, hasta que vuelva, a fin de que todos los hombres se salven por la fe en El. Es un signo de esperanza el que Su Santidad Benedicto XVI nos haya convocado para un Sínodo sobre la Palabra de Dios, y que el Documento de Aparecida nos recomiende la Lectio Divina como un medio seguro para aprender a ser discípulos.

Compartiendo las esperanzas y los gozos, las tristezas y las angustias de los hombres, principalmente de los pobres, pretendemos ofrecer una estrecha colaboración a todos los que buscan la transformación del mundo según el designio de Dios. Debemos anunciar la Buena Nueva del Reino en fidelidad y fortaleza, sobre todo porque son muchos los que a él se oponen, por ambición de poder, por afán de riquezas o por ansia de placeres.

La Iglesia cumple su misión suscitando y consolidando comunidades de discípulos, sea convirtiendo a los hombres a Dios por la fe, sea renovando su vida en Cristo y llevándola hasta la perfección. Para cumplir esta misión, los discípulos deberemos emplear todos los medios que nos sean posibles; pero, ante todo, fomentar en sí mismos: El sentido de intuición para captar lo más urgente, oportuno y eficaz, atendidas las circunstancias de tiempos, lugares y personas, sin anclarse en métodos o instrumentos de apostolado inadecuados; • el sentido de disponibilidad, de modo que estén dispuestos a renunciar a todo lo que hasta ahora han tenido, con el fin de realizar la misión de propagar la fe, tanto dentro como fuera de las fronteras de la patria, dóciles al Espíritu y obedientes a la misión; • el sentido de catolicidad para ir a todas las partes del mundo y con espíritu abierto estimar grandemente las costumbres de los pueblos y sus valores culturales y religiosos. La acción misionera debe dirigirse, ante todo, a aquellos que más necesitados están de evangelización o a quienes ya son agentes de la misma evangelización o pueden serlo.

De buen grado asociamos en el Señor a nuestras obras apostólicas a todos y cada uno de los que, impulsados por espíritu misionero, desean colaborar con nosotros. Los discípulos deben entregarse plenamente a la obra del Evangelio, dejando incluso la propia familia: recordemos, en efecto, que tenemos un Padre en el cielo a quien más que a nadie debemos agradar. 13 Los discípulos, respondiendo a las exigencias de su vocación y movidos por la caridad que, por mediación del Espíritu Santo, derrama el Padre en nuestros corazones, hemos de vivir cada día más por Cristo, por la salvación de los hermanos, a semejanza del Salvador que “nos amó y se entrego a Sí mismo por nosotros” (Ef 5, 2). “Caminemos siempre en el amor” nos dice allí mismo el Apóstol; porque sólo viviendo la vida de Cristo e imitando su caridad, respondemos al mandamiento suyo por antonomasia: “ámense los unos a los otros, como Yo les he amado” (Jn 15, 12). Como en la Iglesia naciente cuando “perseveraban todos unánimes en la oración con María la Madre de Jesús” (Act 1, 14) fue nota relevante la caridad, porque todos los llamados tenían “un solo corazón y una sola alma” (Act 4, 32), así entre los discípulos debe reinar una caridad afectiva y efectiva sin eclipses, porque son mayores las exigencias de delicadeza, de mansedumbre y servicio mutuo, reclamadas por nuestro bautismo. En la caridad conocerán todos que somos discípulos de Cristo (Jo. 13, 35) y verdaderos Hijos de María; y por la caridad responderemos plenamente a nuestra vocación, porque quien ama al prójimo, cumple toda la ley (Rom 13, 8 y 10). Pero el discípulo no sabe de barreras y límites en el amor: ama a sus hermanos de la pequeña comunidad y ama a toda la Iglesia. Más aún, con sentido verdaderamente eclesial y ecuménico, nuestra caridad es siempre abierta y da testimonio de la vida de perfección, gracias al trato amistoso y a la cooperación franca con todos, con la Iglesia y, especialmente, con la Jerarquía de la Iglesia. Jesucristo cumplió su misión impulsado por el amor al Padre inmolándose a Sí mismo en sacrificio (Jo 14, 13) y el discípulo sólo es fiel a su vocación cuando siente toda la fuerza del “caritas Christi urget nos” (el amor de Cristo nos apremia), que movía a San Pablo. La caridad empuja al discípulo a procurar la gloria de Dios, le enardece en ansias de salvar a todos los hombres por todos los medios; le capacita y da unción a sus palabras y le hace incansable en el trabajo.

Por la caridad que es vínculo de perfección (Col 3, 14) el discípulo da testimonio de haber pasado de la muerte (o vida natural) a la vida verdadera de la gracia de Cristo. 14 El mejor modo de imitar la vida intra trinitaria a semejanza de la cual hemos sido hechos, es realizando la unidad que deseaba Jesucristo: “Como Tú, Padre, estás en mí y yo en Ti, que todos ellos sean uno con nosotros para que el mundo crea que Tú me enviaste” (Jn 17, 21). Por muchos títulos, la caridad y unión entre nosotros será medio eficaz de apostolado. Los que hemos creído y experimentado el amor que Dios nos tiene (I Jn 4, 16) sabemos que nos amó hasta enviarnos a su Hijo que sería expiación por nuestros pecados; y eso nos obliga a amarnos mutuamente, porque sólo así permanece Dios en nosotros, y es perfecto nuestro amor a Él (I Jn 4, 10-12).

Pero hay más todavía: la caridad con que amamos a la Iglesia, que es virtud teologal, porque amamos a Dios en el prójimo o al prójimo por Dios, nos hace descubrir cuanto de ser y perfección nos ha comunicado el mismo Dios, aún en el orden natural. Por eso, un entendimiento reflexivo y un ánimo sensible que nos hagan reconocer y apreciar mutuamente los valores personales, será buen fundamento que disponga el más fácil ejercicio de la caridad y amistad cristiana. La centralidad de Cristo en la vida del discípulo es la raíz de la identidad misionera, crea y renueva constantemente la comunión fraterna y sostiene el compromiso en la transformación del mundo por medio del servicio misionero.

Este testimonio, como toda la actividad apostólica del discípulo, brota de una configuración exterior e interior con Cristo Evangelizador y de una íntima comunión y amistad con Él. Como el Señor Jesús mostró siempre en su exterior la plenitud interna de la gracia con que el Padre le había colmado, así nosotros por la afabilidad, alegría espiritual y modestia, hemos de poner de manifiesto la presencia de Dios en el mundo. Los discípulos han sido llamados para vivir en alabanza de Dios, para predicar el Evangelio del Hijo y para animarse mutuamente en el camino del Señor El discípulo deberá llevar por doquier en su cuerpo la muerte de Jesús, padeciendo juntamente con Aquel con quien nos gloriamos. Esto es necesario para aquellos que son enviados a anunciar el misterio de la cruz de Cristo y de la gloria del Señor. 15

7. Para hacer nuestro el modo de vida de Jesús También nosotros, los discípulos aquí presentes en Ecuador, elegidos por Jesús y ungidos por el Espíritu Santo, nos sentimos llamados a dar continuidad «hoy» a esta admirable tradición misionera y profética de la Iglesia Sólo cuando hay coherencia entre el anuncio y la vida, la profecía se hace persuasiva. Nuestra vida personal y eclesial es, entonces, nuestro primer acto profético. Sólo vivimos auténticamente cuando vivimos «en Cristo Jesús». Por eso, hemos de contemplarlo asiduamente e imitarlo, penetrados de su Espíritu, hasta que ya no seamos nosotros mismos los que vivamos, sino que sea Él quien realmente viva en nosotros. Que sea deseo de los discípulos no anteponer nada al amor personal por Cristo y por los pobres en los que Él vive.

El cambio de época y el pluralismo cultural que se aprecia en el mundo actual nos estimulan a preguntarnos por el modo más idóneo de vivir nuestra configuración con Cristo. No siempre es fácil encontrar las respuestas adecuadas, pero estamos convencidos de que el discipulado presenta elementos de fuerte contraste y provocación en nuestras sociedades. Ello hace de la vivencia gozosa y compartida de nuestra vocación misionera un elemento fundamental de nuestra profecía.

Es posible cultivar y mantener nuestro estilo de vida dentro de un desarrollo armónico de nuestra personalidad:

– Si fortalecemos mucho más nuestra fe y confianza en Dios, que cuida de nosotros; en Jesús que es nuestro Maestro y Salvador; en el Espíritu, que es el fuego purificador y creador; en María nuestra madre e intercesora; en nuestra Iglesia y en nosotros mismos.

– Si confiamos nuestra interioridad a otra persona, que nos acompañe y aconseje.

– Si el celo apostólico arde en nosotros y entregamos de corazón nuestra vida a los hermanos y hermanas, necesitados de nuestro servicio.

– Si en determinadas circunstancias más graves, recurrimos a las terapias más adecuadas para nuestra recuperación integral. 16

La Iglesia nos exhorta a cumplir nuestro servicio profético y nos pide cultivar en profundidad la experiencia de Dios; discernir, a la luz del Espíritu, los desafíos de nuestro tiempo y traducirlos con valentía y audacia a opciones y proyectos coherentes tanto con el carisma original como con las exigencias de la situación histórica concreta. Necesitamos, pues, una sólida espiritualidad de la acción, viendo a Dios en todas las cosas y todas las cosas en Dios. El carácter profético de nuestro discipulado ha de beber en las fuentes de una sólida y profunda espiritualidad. Queremos que nuestra Iglesia sea siempre más una escuela de auténtica espiritualidad misionera desde la inspiración de los santos, particularmente, de aquellos que han recorrido nuestras calles en América latina.

La profecía de la vida ordinaria, frecuente entre nosotros, es la que hace posible la gran profecía de los momentos extraordinarios. Se muestra en la oración, como expresión de amistad con Dios; en la búsqueda incesante de su voluntad; en las relaciones en las que prevalece la ternura, la alegría de vivir, la compasión, la fe en el prójimo, el servicio a los hermanos.

– Queremos anunciar el Reino de Dios y con él a Jesús, mediador del Reino, hijo amado del Abbá y hermano nuestro.

– La predicación del Dios de la Vida y del Amor será anuncio de consolación y esperanza, especialmente para nuestro pueblo herido. Nuestro servicio de la Palabra será profético siempre que vaya avalado por acciones que intenten curar los males que aquejan a nuestros hermanos y hermanas.

– Nuestras palabras y acciones denunciarán el orden económico injusto que pone el lucro por encima de la persona y causa tanta pobreza, deshumanización y muerte; será asimismo denuncia de todo aquello que pueda lesionar los derechos humanos, la paz y la justicia, o destruir la naturaleza.

8. Para colaborar en la evangelización del pueblo

– Nos conmueve, como discípulos, contemplar a tantas personas y pueblos que no conocen la plena manifestación del amor de Dios realizada en Jesús.

– El impulso misionero ad gentes nos ha de llevar a desplazarnos hacia la multitud creciente de aquellos que no conocen a Cristo. 17

– Nos preocupa, como evangelizadores, la situación de tantos hombres y mujeres que, por diversas causas, se han alejado de la fe cristiana o, por el ambiente de secularización, se han hecho extraños a la fe o al sentido religioso. Nuestra palabra y predicación serán anuncio de Jesucristo, luz del mundo y tenderán a suscitar la experiencia de fe y a personalizar los valores del Evangelio. El hecho de que no pocas personas quieran silenciar a Dios, nos invita a purificar nuestra manera de evangelizar y a seguir proponiendo a Dios, predicado por Jesucristo, como el mayor bien del ser humano. Sigue siendo un gran reto para nosotros el crecimiento de la pobreza que afecta a la mayoría de la población mundial y que es consecuencia de la expansión de estructuras y sistemas socioeconómicos y políticos injustos.

9. CONCLUSIÓN La llamada a ser discípulo Uno de los rasgos más característicos del discipulado en el Evangelio es el modo como se produce. Mientras que en el mundo rabínico eran los discípulos quienes escogían a su maestro, Jesús va a romper drásticamente con la cultura de su época al establecer como norma de discipulado, que no son los discípulos quienes le escogen a él sino él quien les escoge a ellos (Jn 15,16). Lo mismo que en el resto de los Evangelios, también en San Mateo se deja ver claramente esta iniciativa de Jesús en todos los relatos vocacionales. Podemos verlo en la llamada a los pescadores (Mt 4,18- 22), o en la del propio Mateo (Mt.9.9-13). Jesús ve y llama por propia iniciativa.

Falta, sin embargo, en San Mateo el pasaje de la elección de los Doce, donde tan claramente explicitaba Marcos que Jesús “llamó a los que él quiso” (Mc 3,13), y Lucas decía que “escogió” a Doce (Lc 6,12). En el texto de San Mateo no se nos narra la institución del grupo de los Doce. Sólo se nos dice que Jesús llamó a los Doce para confiarles la misión de ir de dos en dos, pero el texto carece de la tonalidad vocacional que hay en la versión de Marcos o de Lucas. Para reforzar esta tesis de que la iniciativa debe tenerla siempre Jesús, Mateo presenta el caso de alguien que se ofrece voluntariamente a seguir a Jesús, y que sin embargo es rechazado, 18 porque la iniciativa vocacional sólo puede venir de Jesús (Mt 8,19). Sería el equivalente del relato de Marcos sobre el endemoniado de Gerasa que también se ofreció voluntario para seguir a Jesús sin que éste le admitiera en su compañía (Mc 5,18-19; Lc 8,38-39). Mateo en su relato sobre los dos endemoniados ha omitido este detalle.

La respuesta de las personas llamadas es pronta y generosa, mostrando con ello la autoridad y el poder de atracción de Jesús. Como señalaba Bultmann el pasaje es más acerca de Jesús que llama que acerca de los discípulos que siguen. El seguimiento lleva consigo un abandono de la situación previa. En los relatos vocacionales se nombran las cosas que son dejadas atrás: redes, barcas, padres, todo… Son las cosas que sirven de criterio del éxito o fracaso en la vida, las que le atribuyen a uno su estatus social, las que proporcionan seguridad. Equivale a un suicidio el abandonar las herramientas de trabajo, la familia que era uno de los pilares de la estructura social. Pero en este abandono se muestra la radicalidad del seguimiento, y la autoridad de Jesús que llama.

El estilo profético de vida del discípulo recibe de María, madre de la Iglesia, una característica peculiar. Ella nos enseña que, sin corazón, sin ternura, sin amor, no hay profecía creíble. María profirió la Palabra, porque antes la concibió en su corazón; proclamó un Magnificat profético, porque antes creyó; estuvo junto a la Cruz y en Pentecostés porque fue la tierra buena que acogió la Palabra con un corazón alegre, la hizo fructificar el ciento por uno y pidió a los demás que lo hicieran. Sea Ella quien haga fructificar este CAM 3 y lo proyecte en la Gran Misión Continental que estamos por comenzar. Muchas gracias.

Oscar Andrés Rodríguez Maradiaga, S.D.B

Arzobispo de Tegucigalpa. Honduras.

Fuente: es.catholic.net

“Aprobación”

“Aprobación”

Lucas: 4, 14-22

En aquel tiempo, con la fuerza del Espíritu, Jesús volvió a Galilea. Iba enseñando en las sinagogas; todos lo alababan y su fama se extendió por toda la región.

Fue también a Nazaret, donde se había criado. Entró en la sinagoga, como era su costumbre hacerlo los sábados, y se levantó para hacer la lectura. Se le dio el volumen del profeta Isaías, lo desenrolló y encontró el pasaje en que estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor.

Enrolló el volumen, lo devolvió al encargado y se sentó. Los ojos de todos los asistentes a la sinagoga estaban fijos en Él. Entonces comenzó a hablar, diciendo: “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”.

Todos le daban su aprobación y admiraban la sabiduría de las palabras que salían de sus labios.

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Dentro de nuestra actividad tanto personal como laboral, nos encontramos con personas que necesitan de un reconocimiento público, otras tan sólo uno directo y personal, cuando al final todos, de alguna manera u de otra, tenemos la necesidad de sentirnos tomados en cuenta y aceptados.

Es un buen mérito cuando se nos brinda, pero resulta en una situación enfermiza cuando todo el tiempo se demanda la constante atención de los demás, por lo general, fruto de una muy baja autoestima o de una excesiva atención paternalista.

Jesús en su momento, ciertamente que no es ésta su situación, además no busca la aprobación, busca la conversión, no busca protagonismos, quiere llevarnos al Padre, a reconocerlo y amarle como tal. No pretende ser el centro, aunque en realidad lo es. Sin embargo a aprobación que el mismo pueblo le expresa, lo es no en cuanto a su persona, sino en cuanto a la verdad que manifiesta. 

Esa aprobación surge naturalmente como una respuesta recíproca de lo que se brinda, y no de una inclinación de voluntades ganadas con convencimientos manipulados. Por ello Jesús cumple una misión: devolver las almas dañadas por el pecado al Padre, restauradas y limpias, que es lo que busca, tan es así, que no busca su propia gloria, siendo capaz de donarse por nosotros y de muerte en cruz. 

Por ello merece toda la aprobación, y aunque el mundo no lo apruebe, el valor lo tiene en sí mismo ya que no depende de nuestra validación, porque al contrario. Él es quien válida nuestro ser y lo eleva a la gracia de lo divino, con una dignidad tan basta que se sustenta por sí misma. De tal manera que la aprobación debe en realidad ser para nosotros que necesitamos restaurar nuestra propia naturaleza autocaída por elección y permanencia voluntaria en las co-dependencias y los vicios que se nos presentan como ordinarios en el mundo.