“Lo que nos conduce a la paz…”

Lucas: 19, 41-44

En aquel tiempo, cuando Jesús estuvo cerca de Jerusalén y contempló la ciudad, lloró por ella y exclamó:
“¡Si en este día comprendieras tú lo que puede conducirte a la paz! Pero eso está oculto a tus ojos. Ya vendrán días en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán y te atacarán por todas partes y te arrasarán. Matarán a todos tus habitantes y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no aprovechaste la oportunidad que Dios te daba”.

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Cuando me refiero a la paz en ésta ocasión, no lo hago en el sentido de aquella que brota de nuestro ser interior, sino de aquella que es un reflejo del orden y la armonía social entre los seres humanos. Aunque a fin de cuentas una es el reflejo de la otra.

Una de las cosas que Jesús observa, es el hecho de que toda la mente y el obrar del ser humano, en concreto al contemplar la ciudad de Jerusalén y su modo de vida, las personas están centradas en actividades superfluas, no se están atendiendo nuestras necesidades básicas, como lo es el alimentarnos, la salud, la educación y la cultura, las buenas relaciones sociales.

Por el contrario, en todos los estratos sociales se proclaman los excesos, el abuso, el libertinaje y la manipulación, cosa que al final crea una codependencia a ellas, rayando en  adicciones que nos controlan, de las cuales siendo inconscientes a uno mismo, es muy difícil auto detectarlas y por ende salir de ellas, ya que no permitimos remarcarlas cuando nos las hacen notar; pero eso sí, vemos las dependencias y errores de los demás, pero jamás los nuestros, porque nunca hemos experimentado la auto observación, además de que nos da pavor saber quiénes realmente somos.

En esa inconsciencia de nuestro ser, actuar y relacionarnos, vamos caminando en cierta manera ciegos, ensimismados a tal grado de no poder prever cuando externamente se planea una guerra contra nosotros ya sea personal o social, de igual manera no vemos ni el plan de Dios, pero tampoco el del maligno contra nosotros que nos ataca. No lo vemos venir.

Por ello Jesús se lamenta de nuestra inconsciencia, sabe que al final caeremos y, aunque lo avise hacemos caso omiso. Perdemos la paz, luego exigimos y reclamamos su falta. Pero la solución es sencilla; estar aún más presente, en mayor oración, en mayor contacto contigo mismo, con tu ser y con el Creador. Ya que eso te ubica en el aquí y el ahora como un vigilante de tu propio actuar y el de los demás. Así es seguro que realmente te conduzcas a la paz y la mantengas porque verás por donde la puedes perder y la cuidarás.

La inconsciencia es grata porque no nos responsabiliza, pero en realidad es ignorancia y ésa es culpable, no tan sólo de lo que haces, sino también de lo que no haces o dejas de hacer, también llamada omisión.

“Pentecostés”

“Pentecostés”

Juan: 7, 37-39

El último día de la fiesta, que era el más solemne, exclamó Jesús en voz alta: “El que tenga sed, que venga a mí; y beba, aquel que cree en mí. Como dice la Escritura:
Del corazón del que cree en mí brotarán ríos de agua viva”.

Al decir esto, se refería al Espíritu Santo que habían de recibir los que creyeran en él, pues aún no había venido el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado.

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A partir del Bautismo, el Espíritu divino habita en el cristiano como en su templo. Gracias a la fuerza del Espíritu que habita en nosotros, el Padre y el Hijo vienen también a habitar en cada uno de nosotros.

El don del Espíritu Santo es el que:

• nos eleva y asimila a Dios en nuestro ser y en nuestro obrar;

• nos permite conocerlo y amarlo;

• hace que nos abramos a las divinas personas y que se queden en nosotros.

La vida del cristiano es una existencia espiritual, una vida animada y guiada por el Espíritu hacia la santidad o perfección de la caridad. Gracias al Espíritu Santo y guiado por Él, el cristiano tiene la fuerza necesaria para luchar contra todo lo que se opone a la voluntad de Dios.

Dones

Para que el cristiano pueda luchar, el Espíritu Santo le regala sus siete dones, que son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu. Estos dones son:

1 Don de Ciencia: es el don del Espíritu Santo que nos permite acceder al conocimiento. Es la luz invocada por el cristiano para sostener la fe del bautismo.

2 Don de consejo: saber decidir con acierto, aconsejar a los otros fácilmente y en el momento necesario conforme a la voluntad de Dios.

3 Don de Fortaleza: es el don que el Espíritu Santo concede al fiel, ayuda en la perseverancia, es una fuerza sobrenatural.

4 Don de Inteligencia: es el del Espíritu Santo que nos lleva al camino de la contemplación, camino para acercarse a Dios.

5 Don de Piedad: el corazón del cristiano no debe ser ni frío ni indiferente. El calor en la fe y el cumplimiento del bien es el don de la piedad, que el Espíritu Santo derrama en las almas.

6 Don de Sabiduría: es concedido por el Espíritu Santo que nos permite apreciar lo que vemos, lo que presentimos de la obra divina.

7 Don de Temor: es el don que nos salva del orgullo, sabiendo que lo debemos todo a la misericordia divina.

Por otro lado, los frutos del Espíritu Santo son:

1 Caridad.

2 Gozo.

3 Paz.

4 Paciencia.

5 Longanimidad.

6 Bondad.

7 Benignidad.

8 Mansedumbre.

9 Fe.

10 Modestia.

11 Continencia.

12 Castidad.

Permitamos que el Espíritu Santo obre en nuestras vidas y plenifique nuestro ser.

Fuente: Aciprensa.com

“Cuando venga el Espíritu…”

“Cuando venga el Espíritu…”

Juan 16, 12-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. El me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará».

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El plan de Dios no se nos da de manera única y en una sola ocasión, sino que se va desarrollando en todo momento mientras tengamos esta vida, se va manifestando paso a paso de manera asimilable, pero no es para que se interprete libremente, sino que es muy preciso y concreto.

Es por ello muy importante poner atención a los designios particulares de Dios en tu vida, pero sobre todo para no caminar despistados en nuestro propio mundo, Dios nos ilumina enviando generosamente su Santo Espíritu que es quien pondrá en orden cada paso que demos sin errar.

No significa que tengamos una dependencia manipulada de parte de Dios, sino que es en realidad una ayuda que complementa lo ya regalado en nuestra propia vida, pero de una manera certera, a tal grado de ubicarnos ante el mundo y ubicarnos ante Dios.

De esa manera con todo nuestro ser y obrar glorificaremos a Dios en todo lo que hagamos, porque el medio y el soporte para ello será el Espíritu Santo. Cosa necesaria será esperarlo, será disponernos a recibirlo, será abrir nuestra mente y corazón porque entonces todo se plenificará cuando venga el Espíritu Santo o en su defecto, cuando lo hagas parte libre y consciente en tu vida.

“Participar de la imagen de Dios”

“Participar de la imagen de Dios”

Juan: 10, 31-42

En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar, los judíos cogieron piedras para apedrearlo. Jesús les dijo: “He realizado ante ustedes muchas obras buenas de parte del Padre, ¿por cuál de ellas me quieren apedrear?”

Le contestaron los judíos: “No te queremos apedrear por ninguna obra buena, sino por blasfemo, porque tú, no siendo más que un hombre, pretendes ser Dios”.

Jesús les replicó: “¿No está escrito en su ley: Yo les he dicho: Ustedes son dioses? Ahora bien, si ahí se llama dioses a quienes fue dirigida la palabra de Dios (y la Escritura no puede equivocarse), ¿cómo es que a mí, a quien el Padre consagró y envió al mundo, me llaman blasfemo porque he dicho: ‘Soy Hijo de Dios’? Si no hago las obras de mi Padre, no me crean. Pero si las hago, aunque no me crean a mí, crean a las obras, para que puedan comprender que el Padre está en mí y yo en el Padre”. Trataron entonces de apoderarse de él, pero se les escapó de las manos. Luego regresó Jesús al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había bautizado en un principio y se quedó allí. Muchos acudieron a él y decían: “Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan decía de éste, era verdad”. Y muchos creyeron en él allí.

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Ya sabemos que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, que nos ha participado sus dones así como su gracia y santidad, que si la hemos perdido por nuestro rechazo a Él, no cesará de instar en cada momento por recuperar a aquellos que ama.

No es porque reclame lo que nos ha regalado, sino porque todo cuanto nos ha dado está destinado a manifestar su gloria, de tal manera que logremos poder ser agradecidos por su generosidad.

Pero cuando la soberbia ataca, parece imposible definir la diferencia entre tener vida y participar de la vida, creemos que nuestra vida es totalmente autónoma, que nuestras virtudes son objeto de nuestro orgullo, como si las hubiésemos creado, olvidando que todo es participado, incluso la capacidad de elevar nuestra alma a la dignidad de lo divino.

Es por ello que nos ha hecho dignos, con la oportunidad y capacidad de identificar, amar, seguir y permanecer en Dios, por ello se nos llama dioses, no porque lo seamos, sino por esa participación, tanto a su imagen como su semejanza. Algo tenemos de él, pero lo que no podemos negar es de que todo procede de Él.

La blasfemia no consiste en afirmarlo como Hijo de Dios, sino precisamente en negarlo, porque es evidente, que ni el poder controlar la respiración es nuestro, no es voluntario, es parte de una donación que se llama vida y que depende del Creador.

“Él traerá la claridad”

“Él traerá la claridad”

Mateo 11, 16-19 

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: —«¿A quién se parece esta generación? Se parece a los niños sentados en la plaza, que gritan a otros: “Hemos tocado la flauta, y no habéis bailado; hemos cantado lamentaciones, y no habéis llorado.” Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: “Tiene un demonio.”Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: “Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores.” Pero los hechos dan razón a la sabiduría de Dios.» 

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Ya no es ninguna novedad el hecho de que las personas vivan inmersas en medio de su inconsciencia y falta de conocimiento en todas las áreas de las ciencias, apegados a sus propios sentimientos, que sin mesura los consideran ordinarios y ya normales, cuando en realidad son exagerados y sin la menor intención de sanarlos.

Por esa misma situación para algunos, una misma acción por benéfica que sea es tomada  y juzgada según el criterio personal les domine, donde el dicho sabio se confirma: “como son, juzgan”. Por lo que para algunos el mismo Jesús será calificado, como dice el mismo evangelio, ya sea un endemoniado o un comilón.

El problema radica en que en realidad no es ni una cosa, ni la otra. Eso lo considera la gente porque no tiene mayor opción de opinión que su propia limitación, su universo cognoscitivo y racional es muy corto y, ver la realidad los rebasa, por ello dan un juicio muy propio a su nivel.

Jesús trae precisamente esa ampliación de la mente y el corazón, donde invita a salir de esas limitaciones elegidas y prosperar precisamente con la claridad de la verdad y la sabiduría de Dios, porque sus hechos dan la razón a la verdad que predica. 

Dejemos que su claridad nos ilumine en todos los sentidos de nuestra vida.

“Administración de capacidades”

“Administración de capacidades”

Lucas: 16, 1-13

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Había una vez un hombre rico que tenía un administrador, el cual fue acusado ante él de haberle malgastado sus bienes. Lo llamó y le dijo: `¿Es cierto lo que me han dicho de ti? Dame cuenta de tu trabajo, porque en adelante ya no serás administrador’. Entonces el administrador se puso a pensar: `¿Que voy a hacer ahora que me quitan el trabajo? No tengo fuerzas para trabajar la tierra y me da vergüenza pedir limosna. Ya sé lo que voy a hacer, para tener a alguien que me reciba en su casa, cuando me despidan’.

Entonces fue llamando uno por uno a los deudores de su amo. Al primero le preguntó: `¿Cuánto le debes a mi amo?’ El hombre respondió: ‘Cien barriles de aceite’. El administrador le dijo: ‘Toma tu recibo, date prisa y haz otro por cincuenta’.

Luego preguntó al siguiente: ‘Y tú, ¿cuánto debes?’ Éste respondió: ‘Cien sacos de trigo’. El administrador le dijo: ‘Toma tu recibo y haz otro por ochenta’. El amo tuvo que reconocer que su mal administrador había procedido con habilidad. Pues los que pertenecen a este mundo son más hábiles en sus negocios, que los que pertenecen a la luz.

Y yo les digo: Con el dinero, tan lleno de injusticias, gánense amigos que, cuando ustedes mueran, los reciban en el cielo. El que es fiel en las cosas pequeñas, también es fiel en las grandes; y el que es infiel en las cosas pequeñas, también es infiel en las grandes. Si ustedes no son fieles administradores del dinero, tan lleno de injusticias, ¿quién les confiará los bienes verdaderos? Y si no han sido fieles en lo que no es de ustedes, ¿quién les confiará lo que sí es de ustedes? No hay criado que pueda servir a dos amos, pues odiará a uno y amará al otro, o se apegará al primero y despreciará al segundo. En resumen, no pueden ustedes servir a Dios y al dinero”.

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No resulta en una norma impositiva el hecho de que todas nuestras capacidades las tengamos que poner al servicio del bien, ciertamente en su mismo plan, Dios les ha otorgado la capacidad de llegar ese objetivo, y aunque sean dadas para ello, Dios mismo respeta la decisión que tomes al respecto.

Lo malo acontece cuando sabiendo que tenemos un bien para emplearlo de la manera más correcta, lo usemos para el abuso o un mal, aún así Dios lo permite porque la persona es responsable de la administración de los dones otorgados, y algo que Dios no puede evitar por simple lógica, son la consecuencias que el mismo acto malo conlleva.

Habrá quien responsabilice a Dios de todo cuanto acontece, pero es imposible evitar acarrear un mal que de hecho nosotros mismos generamos, aunque ciertamente resulta ilógico y antagónico hacer el mal para luego exigir que todo salga bien. Dios lo puede hacer, claro que sí, pero negaría su mismo esquema de verdad.

Aquí la cuestión sería analizar si nuestras capacidades las usamos para crecer y llegar al mejor bien posible o erróneamente las administremos al servicio del mal, por tan solo obtener un bien temporal. Al final la conclusión hablará por sí sola en la verdad y obtendrá lo que se trabajó en su justa razón.

“Administrar tesoros nuevos”

“Administrar tesoros nuevos”

Mateo: 25, 14-30

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: “El Reino de los cielos se parece también a un hombre que iba a salir de viaje a tierras lejanas; llamó a sus servidores de confianza y les encargó sus bienes. A uno le dio cinco talentos; a otro, dos; y a un tercero, uno, según la capacidad de cada uno, y luego se fue.

El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió un talento hizo un hoyo en la tierra y allí escondió el dinero de su señor.

Después de mucho tiempo regresó aquel hombre y llamó a cuentas a sus servidores.
Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: ‘Señor, cinco talentos me dejaste; aquí tienes otros cinco, que con ellos he ganado’.

Su señor le dijo: ‘Te felicito, siervo bueno y fiel. Puesto que has sido fiel en cosas de poco valor, te confiaré cosas de mucho valor. Entra a tomar parte en la alegría de tu señor’.

Se acercó luego el que había recibido dos talentos y le dijo: ‘Señor, dos talentos me dejaste; aquí tienes otros dos, que con ellos he ganado’. Su señor le dijo: ‘Te felicito, siervo bueno y fiel. Puesto que has sido fiel en cosas de poco valor, te confiaré cosas de mucho valor. Entra a tomar parte en la alegría de tu señor’.

Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y le dijo: ‘Señor, yo sabía que eres un hombre duro, que quieres cosechar lo que no has plantado y recoger lo que no has sembrado. Por eso tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo’.

El señor le respondió: ‘Siervo malo y perezoso. Sabías que cosecho lo que no he plantado y recojo lo que no he sembrado. ¿Por qué, entonces, no pusiste mi dinero en el banco, para que a mi regreso lo recibiera yo con intereses? Quítenle el talento y dénselo al que tiene diez. Pues al que tiene se le dará y le sobrará; pero al que tiene poco, se le quitará aun eso poco que tiene. Y a este hombre inútil, échenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y la desesperación’ “.

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No es novedad que aprendamos a través del tiempo a ir conociendo en mayor intensidad el valor de las cosas, las relaciones y las personas, es parte del proceso cognitivo que se va ampliando y despertando.

Pero no basta tan sólo el conocimiento experimental, aquel que entra por medio de los sentidos y es comprobable a ciencia cierta, es necesaria la misma sabiduría que Dios nos comparte a través de su Santo Espíritu que expande y asimila cada situación para aprovecharla al máximo, así como tomar las mejores y provechosas desiciones.

Cuando nos quedamos tan sólo con el puro conocimiento aprendido, al pasar del tiempo solemos quedar obsoletos y caducos, ya que la vida es tan dinámica que todo cambia muy rápido en donde debemos actualizar y renovar tanto las relaciones como los conocimientos.

Es muy importante saber valorar y administrar los nuevos tesoros, creemos que lo que aprendimos en nuestra época de oro de desarrollo, es lo más importante y que lo nuevo no sirve, pero cuando solicitamos la sabiduría en oración y le permitimos su acción en nuestro pensar así como en la decisiones, entonces sabremos reconciliar el tesoro del pasado, reinventándolo con el tesoro nuevo que trae la cultura emergente.

Lo negativo tanto del pasado como del presente, siempre hay que evitarlo y rechazarlo, pero lo bueno hay que renovarlo y hacerlo actual tanto ayer, como hoy y siempre sin quedar petrificados en pasados ya inertes y caducos, hay que renovarnos.

“Sabiduría actualizada”

“Sabiduría actualizada”

Mateo: 13, 47-53

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “El Reino de los cielos se parece también a la red que los pescadores echan en el mar y recoge toda clase de peces. Cuando se llena la red, los pescadores la sacan a la playa y se sientan a escoger los pescados; ponen los buenos en canastos y tiran los malos. Lo mismo sucederá al final de los tiempos: vendrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los arrojarán al horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación. ¿Han entendido todo esto?” Ellos le contestaron: “Sí”. Entonces él les dijo: “Por eso, todo escriba instruido en las cosas del Reino de los cielos es semejante al padre de familia, que va sacando de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas”. Y cuando acabó de decir estas parábolas, Jesús se marchó de allí.

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Hoy en nuestros días encontramos personas que no desean saber nada acerca del pasado y tan sólo exaltan lo nuevo como lo mejor, aunque existen otras que viven atadas a la época de su juventud pasada rechazando tajantemente toda novedad. Ninguna de las dos posturas se recomienda ni se afirma como la mejor, porque al final de cuentas son simples y puras percepciones personales. 

Lo que importa, es saber vivir el momento de la mejor manera, independientemente de que las circunstancias sean muy positivas o muy adversas, porque se habrá tomado lo mejor del momento.

Es por ello que el mismo evangelio resalta y propone la misma sabiduría de Dios, que sabe intercalar y conjugar lo mejor del pasado aprendido o conocido, con la novedad del presente siempre actual, sin la necesidad de imponer modelos de comportamiento ya caducados, ni  lo nuevo ineficiente.

Dios no es un Dios cerrado e imperativo, siempre es nuevo sin perder la autenticidad de su eterna verdad, por lo que nos invita a siempre de igual manera no olvidar lo aprendido y aprender lo nuevo. Esa es una sabiduría antigua y viva siempre actual.

“Cuando venga el Espíritu…”

“Cuando venga el Espíritu…”

Juan 16, 12-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. El me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará».

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El plan de Dios no se nos da de manera única y en una sola ocasión, sino que se va desarrollando en todo momento mientras tengamos esta vida, se va manifestando paso a paso de manera asimilable, pero no es para que se interprete libremente, sino que es muy preciso y concreto.

Es por ello muy importante poner atención a los designios particulares de Dios en tu vida, pero sobre todo para no caminar despistados en nuestro propio mundo, Dios nos ilumina enviando generosamente su Santo Espíritu que es quien pondrá en orden cada paso que demos sin errar.

No significa que tengamos una dependencia manipulada de parte de Dios, sino que es en realidad una ayuda que complementa lo ya regalado en nuestra propia vida, pero de una manera certera, a tal grado de ubicarnos ante el mundo y ubicarnos ante Dios.

De esa manera con todo nuestro ser y obrar glorificaremos a Dios en todo lo que hagamos, porque el medio y el soporte para ello será el Espíritu Santo. Cosa necesaria será esperarlo, será disponernos a recibirlo, será abrir nuestra mente y corazón porque entonces todo se plenificará cuando venga el Espíritu Santo o en su defecto, cuando lo hagas parte libre y consciente en tu vida.

“No sólo hacer, sino ser”

“No sólo hacer, sino ser”

Lucas 10, 25-37

En aquel tiempo, se presentó un letrado y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: —Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?

El le dijo: —¿Qué está escrito en la Ley?, ¿qué lees en ella?

El letrado contestó: —«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo».

El le dijo: —Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.

Pero el letrado, queriendo aparecer como justo, preguntó a Jesús: —¿Y quién es mi prójimo?

Jesús dijo: —Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: “Cuida de él y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta”. ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?

El letrado contestó: —El que practicó la misericordia con él.

Díjole Jesús: —Anda, haz tú lo mismo.

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Por lo general siempre se nos recomienda lo que tenemos que hacer para ingresar a alguna escuela o agrupación, a algún trabajo o algún club de membresía, porque hacerlo es relativamente fácil, ya que se nos da la lista de requisitos a cumplir y al final queda todo listo cuando son ejecutados al pie de la letra.

Estamos impuestos a cumplir requerimientos, y hacer y más hacer, para generar un buen historial de experiencias y desempeños. Algo similar a veces queremos implementar en la vida de la fe, de tal manera que pedimos a Dios los requisitos y la lista detallada para cumplirla y permanecer dentro o ganarse el premio, que en este caso es la vida y felicidad eterna.

Por ello en esa lógica el letrado le pide la lista a Jesús para con una muy buena intención seguirla al pie de la letra, cosa que es buena, pero que no basta. Sin embargo el hecho de que tengamos un historial heroico y admirable, no quiere decir que seamos merecedores del mejor premio existente en este mundo y en la gloria eterna. 

Porque cuando confiamos en que tan sólo basta el hacer, nos convertimos en caza recompensas, haciendo hasta lo imposible para ser merecedores de lo que anhelamos, como un premio merecido y adquirido que se puede exigir textualmente.

Pero olvidamos que las obras realizadas tienen un único fin, y ese es el hacernos mejores personas, transformar nuestro ser, nuestro pensar, nuestro actuar, adquirir y cultivar para llegar a transformarnos en un ser lleno de las gracias y dones de Dios, y serlo como tal. De tal manera que hasta por los codos se note la calidad de persona que somos, que se nos identifique por lo que llegamos a valer y ser valorados, más no por lo que hacemos o poseemos.

Además de hacer, hay que permitirnos ser, porque lo que hagamos, se queda aquí, pero lo que creces en amor, caridad, santidad y gracia, te lo llevas contigo, y con ello las obras se convierten en un testimonio silencioso pero que habla a gritos de quien eres y no al contrario. Por ello, cuida tu ser, además de tu quehacer.