“Despejando dudas”

“Despejando dudas”

Juan: 16, 16-20

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Dentro de poco tiempo ya no me verán; y dentro de otro poco me volverán a ver”. Algunos de sus discípulos se preguntaban unos a otros: “¿Qué querrá decir con eso de que: `Dentro de poco tiempo ya no me verán, y dentro de otro poco me volverán a ver’, y con eso de que: ‘Me voy al Padre’?” Y se decían: “¿Qué significa ese ‘un poco’? No entendemos lo que quiere decir”.

Jesús comprendió que querían preguntarle algo y les dijo: “Están confundidos porque les he dicho: ‘Dentro de poco tiempo ya no me verán y dentro de otro poco me volverán a ver’. Les aseguro que ustedes llorarán y se entristecerán, mientras el mundo se alegrará. Ustedes estarán tristes, pero su tristeza se transformará en alegría”.

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El hecho de que los discípulos fueran invitados y elegidos por Jesús, no supone el que conocieran todo el misterio de Dios, o estuvieran preparados para ello, por el contrario, aún no conociéndole tienen toda la capacidad de ir creciendo a su lado, ya que Jesús no mira su historial o curriculum, sino lo que pueden llegar a dar y a ser.

Es totalmente natural que no conozcan ni entiendan los nuevos conceptos que Jesús revela, de igual manera tienen todo el derecho de preguntar, sin ser tomados como faltos de inteligencia, cuando lo más sano es despejar las dudas directamente, antes de quedar faltos de información y llenos de suposiciones erróneas.

Aunque aquí en el plano de la fe no basta con tan solo indagar en el conocimiento de los misterios de fe de manera metódica a través de la teología, además es necesario abrir nuestra mente y corazón a los dones del Espíritu Santo, pedirlos y disponernos a ello con el encuentro asiduo del Señor por medio de la oración, la contemplación, los sacramentos, las obras hechas con caridad y toda una actitud que refleje el amor de Dios e todo cuanto hagamos, sin rayar en extremismos. 

Es el Espíritu Santo quien complementará y llevará a toda la plenitud de la verdad todos los conceptos antes conocidos, es por ello que de nuestra parte dispongamos los intereses de conocerle, pero además el permitir que Dios mismo ilumine nuestras mentes para unificarlas en un solo concepto que profundice la verdad en sí misma.

“Cuestionando a la Sabiduría”

“Cuestionando a la Sabiduría”

Mateo: 22, 34-40

En aquel tiempo, habiéndose enterado los fariseos de que Jesús había dejado callados a los saduceos, se acercaron a él. Uno de ellos, que era doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley?”
Jesús le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas”.

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Es todo un rollo cuando nuestra personalidad se encuentra invadida ya sea por la soberbia, donde sentimos que todo lo podemos y sabemos, a tal grado de que cuando alguien nos opaca, pretendemos descartarlo del medio donde apenas brillamos. O por el contrario, poseemos una conciencia personal de autoestima tan baja, que pretendemos todo el tiempo navegar con un perfil bajo, donde nadie te tome en cuenta por tus miedos infundados pero reales para tu persona.

Es el caso en el evangelio cuando Jesús de manera franca, abierta y sencilla, aclara  situaciones teológicas de su tiempo ante aquellos que se dicen saber, como lo eran los saduceos y los fariseos, ya que pueden incluso hasta tomar de manera politizada su conocimiento para mantener un cargo o  un lugar. 

Se remarca que uno de ellos, que era doctor de la ley, pretende cuestionar a Jesús para probar la ortodoxia de su doctrina, de tal manera que sea verdadera y centrada. Y qué bueno que lo hace si su finalidad es asertiva en defensa de la verdad, pero si es para ridiculizar a Jesús, resulta inversa su acción al ser confrontado con la misa ley y verdad que profesa, ya que la exigencia a su pregunta redunda en aceptarla y vivirla como tal sin manipulaciones, porque más clara no puede ser al explicarla el mismo autor de la ley y la sabiduría.

No queda más que hacer como dice el dicho: “es de sabios corregirse” ya que no se puede cuestionar a aquel que vive en plenitud la propia sabiduría hecha vida. La humildad de saber decir un “no sé”, habla de una sana sabiduría, más que de un conocimiento en necedad sostenido, que no llega a la confianza ni a la tranquilidad que redunda en felicidad, con una conciencia tranquila basada en la seguridad que da la verdad.

“Santo Tomás”

“Santo Tomás”

Juan: 20, 24-29

Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”. Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Luego le dijo a Tomás: “Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano; métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree”. Tomás le respondió: “¡Señor mío y Dios mío!” Jesús añadió: “Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto”.

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Cada vez que se nos invita a abordar el tema de la fe, no resulta tan fácil ante un esquema que tan sólo se aboca a lo asimilable por nuestros cinco sentidos, es decir, tan sólo la creación material. Es necesario reconocer que somos entes dotados de un espíritu el cual de igual manera se fortalece y desarrolla con aquello que le alimenta y que proviene de las gracias de Dios.

No es novedad que entre los mismos apóstoles encontremos diferencias entre ellos, por la sencilla razón de que no todos asimilan las situaciones con la misma apertura y disposición, ya que cada uno lleva un proceso personal, natural y razonable.

Por ello Tomás se da el lujo de dudar, ya que para él es necesario llevarlo de esa manera y auto convencerse a sí mismo, y no que para que los demás lo sepan.

Muchas veces con justa razón afirmamos un “no creeré”, totalmente aceptable, pero lo que no es aceptable es que lo utilices como defensa para no crecer y conocer aquello que nos es connatural y, quedarnos estancados voluntariamente sin beneficio personal ni comunitario.

La duda e incredulidad se destierra con el conocimiento y acercamiento a Dios, pero si no lo hacemos, nos radicalizaremos aún más en nuestras posturas truncas y vacías que no llevan más que a la confusión generalizada.

¿Por qué surgen dudas en su interior?

¿Por qué surgen dudas en su interior?

Lucas 24, 35-48

Cuando los dos discípulos regresaron de Emaús y llegaron al sitio donde estaban reunidos los apóstoles, les contaron lo que les había pasado en el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.


Mientras hablaban de esas cosas, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Ellos, desconcertados y llenos de temor, creían ver un fantasma. Pero él les dijo: “No teman; soy yo. ¿Por qué se espantan? ¿Por qué surgen dudas en su interior? Miren mis manos y mis pies. Soy yo en persona. Tóquenme y convénzanse: un fantasma no tiene ni carne ni huesos, como ven que tengo yo”. Y les mostró las manos y los pies. Pero como ellos no acababan de creer de pura alegría y seguían atónitos, les dijo: “¿Tienen aquí algo de comer?” Le ofrecieron un trozo de pescado asado; él lo tomó y se puso a comer delante de ellos.


Después les dijo: “Lo que ha sucedido es aquello de que les hablaba yo, cuando aún estaba con ustedes: que tenía que cumplirse todo lo que estaba escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos”.


Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras y les dijo: “Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de esto”.

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Ya en nuestros días es muy común dudar de todo, con eso de que tenemos millones de datos informativos al alcance de la mano con el internet, sin previa formación y un juicio bien educado y establecido, resulta confuso todo cuanto se nos presenta por todos los medios, que directa o indirectamente están a nuestro alrededor, y con los que sin un sabio discernimiento repercute en nuestro modo de vivir así como de pensar.

Y es que se sigue usando la técnica de la serpiente ante Adán y Eva, es decir, confundirlos mezclando una porción de verdad con otro gran tanto de mentiras y contradicciones, por ello nos resulta tan obvio tantas dudas en nuestro interior.

Lo malo es cuando ante la constante saturación de dudas nos sobreviene un auto sabotaje que ante toda acción y situación de vida por más buena que ésta sea, incluso personal y familiar, tenemos que flagelarnos con dudas si lo que hacemos o lo que hacen los demás está bien, surgen las inseguridades y los miedos actuando de manera equivoca. 

Tan equivoco es el ambiente que no somos conscientes de la auto protección natural para defendernos de aquello que nos va matando poco a poco, no tan solo en los alimentos, sino en las actitudes tóxicas en las insanas relaciones que se van dando en nuestra cultura y ambiente, que a e estas alturas nos parece lo más normal del mundo.

Si la duda es para aclararla y afianzar la verdad, es buena, pero si es para enfatizar y acentuar un mal y el dolor, no es muy provechosa que digamos, sino todo lo contrario. Por ello ante la duda, disiparla con la verdad, pero no con aquella que nos dice la serpiente, sino con la que viene del Hijo de Dios.

“Iban huyendo”

“Iban huyendo”

Lucas 24, 13-35

El mismo día de la resurrección, iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús, situado a unos once kilómetros de Jerusalén, y comentaban todo lo que había sucedido.


Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron. Él les preguntó: “¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?”


Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: “¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?” Él les preguntó: “¿Qué cosa?” Ellos le respondieron: “Lo de Jesús el nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, ¡y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron. Es cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada al sepulcro, no encontraron el cuerpo y llegaron contando que se les habían aparecido unos ángeles, que les dijeron que estaba vivo. Alguno de nuestros compañeros fueron al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron”.


Entonces Jesús les dijo: “¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?” Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él.


Ya cerca del pueblo a donde se dirigían, él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer”. Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él se les desapareció. Y ellos se decían el uno al otro: “¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!”


Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, los cuales les dijeron: “De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón”.
Entonces ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

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Es de lo más común la reacción nata e instintiva de protegernos ante un peligro que sepamos atente contra nuestra integridad o ante algo malo e inminente. Instinto que nace para protección y, aunque sea muy propio de los animales, sin embargo no deja de prevalecer en nosotros. 

Es por ello que ante la muerte de Jesús y la amenaza contra todos los discípulos que le amaban, hace que huyan de Jerusalén con el temor a todo lo que da, con la mente obsesionada por el dolor que no da pie a reflexionar aquellos aspectos de la resurrección ya supuestamente asimilados porque les fueron comunicados por el mismo Jesús con bastante anterioridad. 

Sin embargo Jesús nos regala en esta escena un regalo que aclara todo cuanto nos rodea y acontece, es un enfatizar en la importancia de la Eucaristía, ya que se nos narra que en la misma fracción del pan recibieron toda la fortaleza, fue evidente y fue eficaz la presencia del mismo Señor, que hasta ese momento no lo habían identificado. 

Es entonces cuando pierden todos los miedos y regresan llenos de alegría a Jerusalén, para reencontrarse con los suyos, con su nueva familia en la fe, alimentando la esperanza y confirmando el ser testigos de la resurrección.

Ejemplo claro para nosotros. Deseamos reconocer al Señor que va a nuestro lado, la Eucaristía se encarga de ello; basta con acercarnos a recibir el alimento de su palabra y de su Cuerpo junto con su Sangre y el resto lo hace eficaz el Señor. Y no sólo le verás a Él, sino que además será claro el panorama que nos rodea para manejarlo y administrarlo sabiamente, sobre todo con alegría y esperanza, sin huir de los que nos tiene cansados o asustados.

“Falsa indignación”

“Falsa indignación”

Lucas 11, 37-41

En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar, un fariseo lo invitó a comer a su casa. Él entró y se puso a la mesa. Como el fariseo se sorprendió al ver que no se lavaba las manos antes de comer, el Señor le dijo: —Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de robos y maldades. ¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro? Dad limosna de lo de dentro, y lo tendréis limpio todo.

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Todos en su momento somos muy dados a cuidar la imagen, dígase la física, dígase la intelectual, dígase la relacional. Es muy propio hacerlo además de que estamos en todo el derecho como tal. Aquí no existe ningún problema siempre y cuando la realidad represente a la apariencia, como un todo indisoluble.

El problema radica cuando dentro de nuestros esquemas de pensamiento adquirido, como lo pueden ser tradiciones o legislaciones, así mismo como las costumbres, son un buen aparato para detrás del mismo aparentar normalidad en ese rubro cuando no.

Entonces pueden aparecer los excesos que detrás de la cortina se dan, pero que bajo las apariencias nos sirven como excusa para juzgar a los demás y, como ejemplo tenemos el caso del fariseo que invita a comer a Jesús, pero se indigna de la no cuidada pero auténtica y franca apariencia así como pasar de alto los rituales tradicionales, que no dejan de ser pecata minuta, pero que con ello se justifican dándose baños de pureza y sana actitud.

Juzgan desde la falsedad de imagen, y eso no dura, es una falsa indignación que sirve para denigrar aún más la actitud de los demás sobre la propia, es un mecanismo de defensa para ocultar su verdad.

Por ello Jesús nos invita a ser auténticos, de una sola pieza, parece imposible, pero quien lo logra se arma de una virtud que pocos se dignan portar y claro, te revela a aquellas personas que valen la pena por su integridad.

¿Por qué esta generación pide una señal?

¿Por qué esta generación pide una señal?

Marcos 8, 11-13

En aquel tiempo, salieron los fariseos y comenzaron a discutir con Jesús, pidiéndole una señal del cielo, con el fin de ponerle a prueba. Dando un profundo gemido desde lo íntimo de su ser, dice: «¿Por qué esta generación pide una señal? Yo os aseguro: no se dará a esta generación ninguna señal». Y, dejándolos, se embarcó de nuevo, y se fue a la orilla opuesta.

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Como que los tiempos se han vuelto verbalmente más dinámicos, facilitando solicitar información y datos sin siquiera ver de donde vienen ni a donde van, si son verdad o si son mentiras, sin relacionarlos directamente con la realidad ni con las personas.

Por ello en ese plan de superficialidad y parcialidad lo más fácil es pedir una prueba. El pedir esa prueba es un rechazo y una falta de respeto no sólo a Jesús no sólo a su misión, sino ignorar su persona, la realidad misma revela su propia vaciedad y la proyectan en su expresividad, ante esa actitud Jesús no les alimenta su morbosidad, ni sigue la corriente acreditando su postura en la que se quieren afirmar.

Además las obras de Dios y sus milagros se dan en el contexto de la fe, no en de la duda y el espectáculo, imagínate el dolor de Jesús al oficialmente desacreditarlo, así no obra porque entonces sería una actuación de despecho, se rebajaría a ese nivel y por supuesto que no lo hará.

Nos invita a no caer en el contexto superficial de esta generación ni exigirle milagros celestiales que los utilizaremos para tirarlos a la basura. Sí nosotros no le damos el lugar que se merece, el no lo tomará a la fuerza para quedar bien, tan fácil que es dejarlos en su ignominia, e irse a la orilla opuesta. Actitud que nosotros mismos deberíamos hacer cuando no respetan tu dignidad.

“Despejando dudas”

“Despejando dudas”

Juan: 16, 16-20

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Dentro de poco tiempo ya no me verán; y dentro de otro poco me volverán a ver”. Algunos de sus discípulos se preguntaban unos a otros: “¿Qué querrá decir con eso de que: `Dentro de poco tiempo ya no me verán, y dentro de otro poco me volverán a ver’, y con eso de que: ‘Me voy al Padre’?” Y se decían: “¿Qué significa ese ‘un poco’? No entendemos lo que quiere decir”.

Jesús comprendió que querían preguntarle algo y les dijo: “Están confundidos porque les he dicho: ‘Dentro de poco tiempo ya no me verán y dentro de otro poco me volverán a ver’. Les aseguro que ustedes llorarán y se entristecerán, mientras el mundo se alegrará. Ustedes estarán tristes, pero su tristeza se transformará en alegría”.

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El hecho de que los discípulos fueran invitados y elegidos por Jesús, no supone el que conocieran todo el misterio de Dios, o estuvieran preparados para ello, por el contrario, aún no conociéndole tienen toda la capacidad de ir creciendo a su lado, ya que Jesús no mira su historial o curriculum, sino lo que pueden llegar a dar y a ser.

Es totalmente natural que no conozcan ni entiendan los nuevos conceptos que Jesús revela, de igual manera tienen todo el derecho de preguntar, sin ser tomados como faltos de inteligencia, cuando lo más sano es despejar las dudas directamente, antes de quedar faltos de información y llenos de suposiciones erróneas.

Aunque aquí en el plano de la fe no basta con tan solo indagar en el conocimiento de los misterios de fe de manera metódica a través de la teología, además es necesario abrir nuestra mente y corazón a los dones del Espíritu Santo, pedirlos y disponernos a ello con el encuentro asiduo del Señor por medio de la oración, la contemplación, los sacramentos, las obras hechas con caridad y toda una actitud que refleje el amor de Dios e todo cuanto hagamos, sin rayar en extremismos.

Es el Espíritu Santo quien complementará y llevará a toda la plenitud de la verdad todos los conceptos antes conocidos, es por ello que de nuestra parte dispongamos los intereses de conocerle, pero además el permitir que Dios mismo ilumine nuestras mentes para unificarlas en un solo concepto que profundice la verdad en sí misma.

¿Por qué surgen dudas en su interior?

¿Por qué surgen dudas en su interior?

Lucas 24, 35-48

Cuando los dos discípulos regresaron de Emaús y llegaron al sitio donde estaban reunidos los apóstoles, les contaron lo que les había pasado en el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.
Mientras hablaban de esas cosas, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Ellos, desconcertados y llenos de temor, creían ver un fantasma. Pero él les dijo: “No teman; soy yo. ¿Por qué se espantan? ¿Por qué surgen dudas en su interior? Miren mis manos y mis pies. Soy yo en persona. Tóquenme y convénzanse: un fantasma no tiene ni carne ni huesos, como ven que tengo yo”. Y les mostró las manos y los pies. Pero como ellos no acababan de creer de pura alegría y seguían atónitos, les dijo: “¿Tienen aquí algo de comer?” Le ofrecieron un trozo de pescado asado; él lo tomó y se puso a comer delante de ellos.
Después les dijo: “Lo que ha sucedido es aquello de que les hablaba yo, cuando aún estaba con ustedes: que tenía que cumplirse todo lo que estaba escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos”.
Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras y les dijo: “Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de esto”.

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Ya en nuestros días es muy común dudar de todo, con eso de que tenemos millones de datos informativos al alcance de la mano con el internet, sin previa formación y un juicio bien educado y establecido, resulta confuso todo cuanto se nos presenta por todos los medios, que directa o indirectamente están a nuestro alrededor, y con los que sin un sabio discernimiento repercute en nuestro modo de vivir así como de pensar.

Y es que se sigue usando la técnica de la serpiente ante Adán y Eva, es decir, confundirlos mezclando una porción de verdad con otro gran tanto de mentiras y contradicciones, por ello nos resulta tan obvio tantas dudas en nuestro interior.

Lo malo es cuando ante la constante saturación de dudas nos sobreviene un auto sabotaje que ante toda acción y situación de vida por más buena que ésta sea, incluso personal y familiar, tenemos que flagelarnos con dudas si lo que hacemos o lo que hacen los demás está bien, surgen las inseguridades y los miedos actuando de manera equivoca.

Tan equivoco es el ambiente que no somos conscientes de la auto protección natural para defendernos de aquello que nos va matando poco a poco, no tan solo en los alimentos, sino en las actitudes tóxicas en las insanas relaciones que se van dando en nuestra cultura y ambiente, que a e estas alturas nos parece lo más normal del mundo.

Si la duda es para aclararla y afianzar la verdad, es buena, pero si es para enfatizar y acentuar un mal y el dolor, no es muy provechosa que digamos, sino todo lo contrario. Por ello ante la duda, disiparla con la verdad, pero no con aquella que nos dice la serpiente, sino con la que viene del Hijo de Dios.

“Medida desmedida”

“Medida desmedida”

Marcos: 4, 21-25

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “¿Acaso se enciende una vela para meterla debajo de una olla o debajo de la cama? ¿No es para ponerla en el candelero? Porque si algo está escondido, es para que se descubra; y si algo se ha ocultado, es para que salga a la luz. El que tenga oídos para oír, que oiga”.
Siguió hablándoles y les dijo: “Pongan atención a lo que están oyendo. La misma medida que utilicen para tratar a los demás, esa misma se usará para tratarlos a ustedes, y con creces. Al que tiene, se le dará; pero al que tiene poco, aun eso poco se le quitará”.

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Parece una amenaza cuando se nos informa que la medida que utilicemos para tratar a los demás, será la que se utilice para uno mismo, a veces se entiende como una maldición, cuando en realidad es una consecuencia lógica de nuestro propio comportamiento, y eso al parecer, no somos conscientes de ello.

Cuando anteponemos nuestro propio criterio y bienestar sobre los demás, solemos caer en un cierto egoísmo en el que nos damos el total derecho de actuar y juzgar toda situación o acontecimiento, como si nuestra intervención u opinión fuera decisiva y fundamental.

Aquí es donde iniciamos a mal utilizar esa medida o criterio sin tener fundamento ni conocimiento de causa, y sin la plena autorización. Nos sentimos con el derecho de opinar y como campanas replicar lo que dicen los demás por tan solo sentirnos importantes en el asunto.

En realidad lo que es desmedido es nuestro personal criterio que utiliza las malas interpretaciones y chismes para hacerlos nuestros y ahí desbocar toda nuestra frustración que se haya acumulado por cualquier otro indistinto motivo.

No olvidemos que esa medida que utilicemos es responsabilidad nuestra y lo que obtengas como consecuencia será de igual manera de tu entera responsabilidad, para que utilicemos una justa medida y no una medida desmedida.