“No llega aparatosamente…”

Lucas: 17, 20-25

En aquel tiempo, los fariseos le preguntaron a Jesús: “¿Cuándo llegará el Reino de Dios?” Jesús les respondió: “El Reino de Dios no llega aparatosamente. No se podrá decir: ‘Está aquí’ o ‘Está allá’, porque el Reino de Dios ya está entre ustedes”.
Les dijo entonces a sus discípulos: “Llegará un tiempo en que ustedes desearán disfrutar siquiera un solo día de la presencia del Hijo del hombre y no podrán. Entonces les dirán: ‘Está aquí’ o ‘Está allá’, pero no vayan corriendo a ver, pues así como el fulgor del relámpago brilla de un extremo a otro del cielo, así será la venida del Hijo del hombre en su día. Pero antes tiene que padecer mucho y ser rechazado por los hombres de esta generación”.

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Es un hecho que estamos totalmente acostumbrados a la novedad del día a día, a tal grado que lo hemos convertido en rutina, olvidando que es totalmente nuevo en la sucesión del tiempo, y de eso se encarga nuestra mente y cultura, de hacerlo ver ordinario y aburrido.

Tenemos una gran sed de novedad porque la actual ya no sacia, las dosis de vida plena que poseemos han perdido el sentido y se han desvalorado, deseamos que algo surja estrepitosamente para poder notar la diferencia de lo grandioso de nuestra vida.

Es una pena que un evento catastrófico o un deceso de un ser querido sea el que nos devuelva el sentido de la vida y nos ubique en la realidad, dejamos nuestros pensamientos saturados de ideas vacías y entramos en la actualidad de nuestro ser.

Aquí es donde Jesús enfatiza que no hay necesidad de esperar las gracias y la gloria de Dios de manera espectacular, o en algún evento negativo que te haga reaccionar, cuando ya en lo más pequeño e insignificante se está manifestando su grandeza, pero no la vemos. 

Debemos de aprender a dominar nuestra mente, que cuando no está ocupada en la realidad de una labor concreta, casi alucina con los inventos mentales que construye. Lo malo es que al final los idealizamos, y como son no reales e inalcanzables, al casarnos con ellos sufrimos por la no convergencia con la realidad, todo ante nuestras ideas es inalcanzable y por ende infelices.

Así que tomemos tiempo para nosotros, para identificarnos con nuestro ser interior, es decir con nuestro yo, alejar el ruido que inunda nuestra mente y descubrir la grandeza del Reino de Dios, que inicia por ti, por tu interior, por tu paz, por tu felicidad y que se proyecta posteriormente de igual manera, mediante de ti hacia los demás. Es por ello que lo debes de buscar desde el interior, y no esperar que llegue ajeno y aparatosamente casi encandilando tu inteligencia o saturándola sin lugar para el propio Reino.

“A qué se parece…”

Lucas 13, 18-21

En aquel tiempo, Jesús decía: —¿A qué se parece el reino de Dios? ¿A qué lo compararé? Se parece a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su huerto; crece, se hace un arbusto y los pájaros anidan en sus ramas.

Y añadió: —¿A qué compararé el Reino de Dios? Se parece a la levadura que una mujer toma y mete en tres medidas de harina, hasta que todo fermenta.

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Las analogías son siempre un ejemplo muy claro para comparar situaciones y entenderlas mejor, aunque yo le pondría el pero de la reinterpretación que al final resulta un tanto acomodaticia, sin embargo aquí el ejemplo es unívoco, no da margen a cambios radicales.

Y es que en realidad el reino de Dios, nada tiene que ver con uno de la tierra, en cuanto a estructura algo se semeja, pero sin las limitantes humanas, sin embargo cuando no se le entiende muy bien, aquello que conocemos del Reino como estructura socio-política lo queremos aplicar tajantemente al celestial.

Sin embargo es muy claro, que precisamente las comparaciones son específicas para clarificar las funciones y actitudes que se deben de tomar en un ámbito real de vida ordinaria, ya que la presencia del Reino de los Cielos, no es un lugar físico, sino una constelación de valores que se aplican de ipso facto al aquí y al ahora.

Actitudes que cambian el entorno y las relaciones entre los hijos de Dios, ya que si nos atenemos a los esquemas humanos, la realidad nos lleva a que en su momento corrompen el corazón humano, mientras que los valores del Reino de los cielos fomentan la rectitud incluso en los ámbitos actuales donde nos desenvolvemos, a tal grado que nos llevan incluso a la santidad.

Por ello es importante conocer la comparación, para el ámbito real coronarlo con lo espiritual y así plenificar el ambiente y nuestras vidas.

“… El Padre celestial no quiere que se pierda ni uno solo…”

“… El Padre celestial no quiere que se pierda ni uno solo…”

Mateo 18, 1-5. 10. 12-14

En cierta ocasión, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: “¿Quién es el más grande en el Reino de los cielos?”

Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y les dijo: “Yo les aseguro a ustedes que si no cambian y no se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el Reino de los cielos. Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, me recibe a mí.

Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, pues yo les digo que sus ángeles, en el cielo, ven continuamente el rostro de mi Padre, que está en el cielo. ¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿acaso no deja las noventa y nueve en los montes, y se va a buscar a la que se le perdió? Y si llega a encontrarla, les aseguro que se alegrará más por ella, que por las noventa y nueve que no se le perdieron. De igual modo, el Padre celestial no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños”.

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Existe una concepción de que los niños son angelitos que no necesitan de la gracia de Dios porque ya son portadores de ella, especialmente con la inocencia y la generosidad natural que portan.

Por un lado es cosa muy cierta que no se niega, pero por otro lado la preocupación de nuestro Padre Celestial, reflejada en su Hijo Jesucristo, implica el interés de no perder a los menores; la gracia de suyo puede hacer maravillas con ellos, pero el ejemplo testimonial que tienen constantemente de nosotros, del cual son los primeros aprendices, muchas veces no es tan bueno.

Es un hecho comprobado, que la primera educación fundamental que marca toda la vida, se bebe desde la cuna, ahí es donde aprendemos los principios fundamentales, así como la relación concreta del amor en la familia y hacia Dios. Aquí la educación escolar es otro rollo, porque una muy cara educación no garantiza la excelencia en ser gran persona.

Pero es ahí mismo, en la familia donde se pueden perder, donde se les exige contradictoriamente un bien que en sus padres no ven, que no se nos olvide, si se quieren tener excelentes hijos, no basta sino sólo con excelentes padres, y no me refiero a los que les compran cuanto capricho se les antoje, sino los que están ahí presentes en el camino de su desarrollo inicial y dan testimonio de una buena paternidad. 

Es un hecho que en el plan de Dios está la educación en la fe de aquellos que crecerán gradualmente en su amor, cada vez conociéndolo aún mas día a día, son su objetivo principal, porque si tempranamente no se les manifiesta con hechos concretos el respeto y amor familiar, jamás lo harán ni lo reconocerán en Dios y por ende en los demás.

Por eso nos recuerda, “el Padre celestial no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños”, Dios pone la vida, el cuidado, la salud, el crecimiento y la gracia, Tu encausas a aquellos qué Él mismo te ha confiado.

“…El se vio obligado a subir a una barca…”

“…El se vio obligado a subir a una barca…”

Mateo (13, 1-9)

Un día salió Jesús de la casa donde se hospedaba y se sentó a la orilla del mar. Se reunió en torno suyo tanta gente, que él se vio obligado a subir a una barca, donde se sentó, mientras la gente permanecía en la orilla. 

Entonces Jesús les habló de muchas cosas en parábolas y les dijo: “Una vez salió un  sembrador a sembrar, y al ir arrojando la semilla, unos granos cayeron a lo largo del camino; vinieron los pájaros y se los comieron. Otros granos cayeron en terreno pedregoso, que tenía poca tierra; ahí germinaron pronto, porque la tierra no era gruesa; pero cuando subió el sol, los brotes se marchitaron, y como no tenían raíces, se secaron. Otros cayeron entre espinos, y cuando los espinos crecieron, sofocaron las plantitas. Otros granos cayeron en tierra buena y  dieron fruto: unos, ciento por uno; otros, sesenta; y otros, treinta. El que tenga oídos, que oiga”.

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Ordinariamente solemos pasar la vida ecuánimemente en estabilidad, pero en ocasiones esa misma estabilidad llega a cansar a tal grado de vivir inmersos en nuestras propias ansiedades como lo más ordinario del mundo.

Así cansados, en los momentos más críticos, solemos buscar a Jesús solicitando de Él una respuesta que nos de su paz y la solución inmediata a nuestros problemas. Eso lo vemos reflejado claramente en esta fracción del Evangelio, donde enfatiza que cuando la multitud se le abalanzó “él se vio obligado a subir a una barca”.

No significa que se aleje de los suyos que lo buscan, ni que sean rechazados, o que sea tan quisquilloso que no desee que la gente se le acerque y lo toque, para nada, es simplemente una táctica para poder obrar.

Podríamos pensar, pero ¿por qué se puso a predicarles en vez de sanarlos?, bueno, porque la salud inicia por la paz que brinda la propia palabra de Dios y regenera eficazmente abriendo la mente a la sabiduría divina que es fruto de la escucha y asimilación. 

Esa prédica necesaria debe de suscitar la fe, como base de la obra de Dios y entonces sí eficientemente poder realizar el milagro. A veces eso esperamos, solo el milagro, solo la sanación, solo la paz, sólo la solución, pero el proceso implica ambas partes: La Palabra y entonces la obra.

Sólo así podremos permitir obrar a Jesús, no atiborrándolo de nuestras necesidades a tal grado de retirarse para obrar, sino que la distancia prudente remarca la cercanía temprana que se da naturalmente como fruto de tu cultivada amistad con el Señor.

“La riqueza del Reino”

“La riqueza del Reino”

Mateo: 13, 24-43

En aquel tiempo, Jesús propuso esta parábola a la muchedumbre: “El Reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras los trabajadores dormían, llegó un enemigo del dueño, sembró cizaña entre el trigo y se marchó. Cuando crecieron las plantas y se empezaba a formar la espiga, apareció también la cizaña.

Entonces los trabajadores fueron a decirle al amo: `Señor, ¿qué no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde, pues, salió esta cizaña?’ El amo les respondió: De seguro lo hizo un enemigo mío’. Ellos le dijeron: `¿Quieres que vayamos a arrancarla?’ Pero él les contestó: ‘No. No sea que al arrancar la cizaña, arranquen también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha y, cuando llegue la cosecha, diré a los segadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en gavillas para quemarla, y luego almacenen el trigo en mi granero’ “.

Luego les propuso esta otra parábola: “El Reino de los cielos es semejante a la semilla de mostaza que un hombre siembra en un huerto. Ciertamente es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece, llega a ser más grande que las hortalizas y se convierte en un arbusto, de manera que los pájaros vienen y hacen su nido en las ramas”.

Les dijo también otra parábola: “El Reino de los cielos se parece a un poco de levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina, y toda la masa acabó por fermentar”.

Jesús decía a la muchedumbre todas estas cosas con parábolas, y sin parábolas nada les decía, para que se cumpliera lo que dijo el profeta: Abriré mi boca y les hablaré con parábolas; anunciaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo. Luego despidió a la multitud y se fue a su casa. Entonces se le acercaron sus discípulos y le dijeron: “Explícanos la parábola de la cizaña sembrada en el campo”.

Jesús les contestó: “El sembrador de la buena semilla es el Hijo del hombre, el campo es el mundo, la buena semilla son los ciudadanos del Reino, la cizaña son los partidarios del maligno, el enemigo que la siembra es el diablo, el tiempo de la cosecha es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles.

Y así como recogen la cizaña y la queman en el fuego, así sucederá al fin del mundo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles para que arranquen de su Reino a todos los que inducen a otros al pecado y a todos los malvados, y los arrojen en el horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga”.

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Hoy se nos presentan varios relatos en relación a dar a conocer el Reino de los Cielos, teniendo una muy clara y diversa explicación; la razón de estas explicaciones se dan en base de que el contexto y la cultura en la que vivió Jesús, no es la de occidente, donde nuestro esquema de pensamiento es distinto, su cultura es con el esquema de oriente, en el que la manera de dar a conocer algo es muy distinta a la nuestra.

En occidente solemos dar una definición corta y sencilla sobre cualquier concepto para definirlo y con eso nos basta; por el contrario en oriente, las explicaciones no se basan en una definición, sino que se explica con el mayor número de relatos para que se entienda el concepto en toda su riqueza sin dejar lugar a dudas.

La razón por la que el mismo Dios eligió a una cultura de oriente para darse a conocer, precisamente por la riqueza de su pensamiento y expresividad, ya que en la nuestra, quedaría corta una definición de quién es Él.

Es por ello, que el Reino se nos explica con varios ejemplos, para que no se pierda ningún detalle, por lo que de entrada, no pretendamos interpretarlo a nuestra manera, ya que pensamos distinto, sino que debemos conocer dicho esquema para asimilarlo, conociendo cada vez más a Dios y sus planes, con un conocimiento basto que sacia el corazón y el alma. He ahí la riqueza del Reino y del mismo plan de Dios que nos invita a vivirlo y a hacerlo presente más que nunca, iniciando desde nuestras propias vidas y no desde un sistema ideológico estructural conceptual.

“Hizo suyas nuestras debilidades…”

“Hizo suyas nuestras debilidades…”

Mateo: 8, 5-17

En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaúm, se le acercó un oficial romano y le dijo: “Señor, tengo en mi casa un criado que está en cama, paralítico, y sufre mucho”. Él le contestó: “Voy a curarlo”.

Pero el oficial le replicó: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa; con que digas una sola palabra, mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; cuando le digo a uno: ‘¡Ve!, él va; al otro: ¡Ven!’, y viene; a mi criado: ¡Haz esto!’, y lo hace”.

Al oír aquellas palabras, se admiró Jesús y dijo a los que lo seguían: “Yo les aseguro que en ningún israelita he hallado una fe tan grande. Les aseguro que muchos vendrán de oriente y de occidente y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos. En cambio, a los herederos del Reino los echarán fuera, a las tinieblas. Ahí será el llanto y la desesperación”.

Jesús le dijo al oficial romano: “Vuelve a tu casa y que se te cumpla lo que has creído”. Y en aquel momento se curó el criado.

Al llegar Jesús a la casa de Pedro, vio a la suegra de éste en cama, con fiebre. Entonces la tomó de la mano y desapareció la fiebre. Ella se levantó y se puso a servirles.

Al atardecer le trajeron muchos endemoniados. Él expulsó a los demonios con su palabra y curó a todos los enfermos. Así se cumplió lo dicho por el profeta Isaías: Él hizo suyas nuestras debilidades y cargó con nuestros dolores.

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No cualquiera puede comprometerse tan cercanamente como Dios ante nuestras responsabilidades y consecuencias tanto negativas como positivas de las mismas. Por lo general cuando te va bien, la conveniencia dimana a raudales la amistad y la cercanía, pero no sea que tienen un problema porque todo mundo te abandona, sus miedos y orgullos impiden acercarse ante quien ha sufrido una desdicha o un infortunio. 

Sin embargo aquellos realmente fortalecidos y sinceros son los que permanecen, los que te acompañan en tu dolor y todo el proceso que conlleva. Aquellos que se han alimentado en medio de sus propias calamidades del Señor, que les ha dado una consciencia plena, haciéndose más humanos, a diferencia de quien se pone a juzgar sin saber siquiera en la situación de dolor en la que se encuentra la otra persona porque ni idea tiene, en medio de su confort y confianza en su entorno, de lo que se puede sufrir.

Es una pena ver cómo te abandonan cuando padeces una calumnia, pero a la vez es un momento de gracia donde puedes ver con claridad a quienes en realidad valen la pena y permanecen a pesar de las circunstancias. 

Jesús es uno de ellos, ya que ha querido hacerse uno de nosotros, incluso en el dolor y desde el sufrimiento levantarnos, porque más bajo no se puede caer, ya que hizo suyas nuestras debilidades para poder entender cuanto amor podemos entregar a pesar de la adversidades y no tan sólo cómodamente desde el bienestar, por el que se pelea y hasta atacan por mantener.

No olvides que cualquier dolor por grande que lo percibas, hay quien ya lo vivió y nos ayuda a llevarlo a buen fin, y ese es el Señor, que no le cuentan cuanto duele, sino que lo experimentó y nos levanta ampliamente sin dudar desde cualquier situación.

“Una alegría especial”

“Una alegría especial”

Mateo: 5, 1-12

En aquel tiempo, cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó.

Entonces se le acercaron sus discípulos. Enseguida comenzó a enseñarles y les dijo:

“Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Dichosos los que lloran, porque serán consolados.

Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra.

Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. 

Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. 

Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios.

Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios.

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía.

Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos, puesto que de la misma manera persiguieron a los profetas que vivieron antes que ustedes”.

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Es un tanto perturbador el hecho, de que hoy más que nunca se pretende obtener la felicidad por medio del tener abundancia de bienes materiales, como ultimo y único objetivo, ofreciendo toda opción de compra como la máxima felicidad a la que podemos aspirar, que ciertamente se disfruta, pero que nunca sacia, porque vuelve la sed de obtener hasta convertirnos en compradores compulsivos sin retorno a la sobriedad, y que al final ese es el plan de quien ofrece y vende para mantener cautiva a la clientela y garantizar sus ingresos.

No descarto la alegría del comprar en su momento, pero de igual manera no olvidemos que Dios nos ha dado la capacidad de ser felices con menos y sin dificultad porque existen gozos, alegrías y dichas que llegan con lo más simple que podamos imaginar.

Además de que falta reconocer que tenemos la capacidad de cambiar el entorno, aquella que por más negativa sea una situación de vida, podemos ver la misma que el mundo remarca como crisis, y transformarla en una alegría y un paso para crecer aún más en experiencia, paciencia y santidad.

Dones que vienen de Dios y que dan la dicha precisamente ahí, donde el mundo no la puede dar, porque no posee las herramientas para manejar y transformar lo adverso en un alegría especial, aquella que no depende del qué dirán, ni de la imagen que pretendemos dar a los demás, sino que proviene de una realidad basada en una verdad que aunque adversa, como verdad misma, se puede arrancar de esa plataforma pisando en firme para crecer al siguiente nivel, sin engaños, fantasías ni mentiras.

Es por ello, que permaneciendo libre y voluntariamente cerca del Señor, el nos da esa alegría especial sin importar la situación, demostrándonos que podemos eso y más.

“La Ascensión del Señor”

“La Ascensión del Señor”

Mateo: 28, 16-20

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado. Al ver a Jesús, se postraron, aunque algunos titubeaban.

Entonces, Jesús se acercó a ellos y les dijo: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo cuanto yo les he mandado; y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.

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Nadie ha subido al cielo sino aquel que ha bajado del cielo

“Hoy nuestro Señor Jesucristo ha subido al cielo; suba también con él nuestro corazón. Oigamos lo que nos dice el Apóstol: Si habéis sido resucitados con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios. Poned vuestro corazón en las cosas del cielo, no en las de la tierra. Pues, del mismo modo que él subió sin alejarse por ello de nosotros, así también nosotros estamos ya con él allí, aunque todavía no se haya realizado en nuestro cuerpo lo que se nos promete.

Él ha sido elevado ya a lo más alto de los cielos; sin embargo, continúa sufriendo en la tierra a través de las fatigas que experimentan sus miembros. Así lo atestiguó con aquella voz bajada del cielo: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Y también: Tuve hambre y me disteis de comer. ¿Por qué no trabajamos nosotros también aquí en la tierra, de manera que, por la fe, la esperanza y la caridad que nos unen a él, descansemos ya con él en los cielos? Él está allí, pero continúa estando con nosotros; asimismo, nosotros, estando aquí, estamos también con él. Él está con nosotros por su divinidad, por su poder, por su amor; nosotros, aunque no podemos realizar esto como él por la divinidad, lo podemos sin embargo por el amor hacia él.

Él, cuando bajó a nosotros, no dejó el cielo; tampoco nos ha dejado a nosotros, al volver al cielo. Él mismo asegura que no dejó el cielo mientras estaba con nosotros, pues que afirma: Nadie ha subido al cielo sino aquel que ha bajado del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo. Esto lo dice en razón de la unidad que existe entre él, nuestra cabeza, y nosotros, su cuerpo. Y nadie, excepto él, podría decirlo, ya que nosotros estamos identificados con él, en virtud de que él, por nuestra causa, se hizo Hijo del hombre, y nosotros, por él, hemos sido hechos hijos de Dios.

En este sentido dice el Apóstol: Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. No dice: “Así es Cristo”, sino: Así es también Cristo. Por tanto, Cristo es un solo cuerpo formado por muchos miembros. Bajó, pues, del cielo, por su misericordia, pero ya no subió él solo, puesto que nosotros subimos también en él por la gracia. Así, pues, Cristo descendió él solo, pero ya no ascendió él solo; no es que queramos confundir la divinidad de la cabeza con la del cuerpo, pero sí afirmamos que la unidad de todo el cuerpo pide que éste no sea separado de su cabeza.”

De los Sermones de San Agustín, obispo
(Sermón Mai 98, Sobre la Ascensión del Señor, 1-2; PLS 2, 494-495)

“El Reino que no vemos”

“El Reino que no vemos”

Marcos: 8, 34-9,1

En aquel tiempo, Jesús llamó a la multitud y a sus discípulos, y les dijo: “El que quiera venir conmigo, que renuncie así mismo, que cargue con su cruz y que me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.

¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla? Si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras ante esta gente, idólatra y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él, cuando venga con la gloria de su Padre, entre los santos ángeles”.

Y añadió: “Yo les aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin haber visto primero que el Reino de Dios ha llegado ya con todo su poder”.

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Es muy común vivir hoy en día estresados y cansados, con una visión ciertamente no tan optimista del mundo, sobre todo porque la tónica suele marcarla nuestra actitud disminuida y con perfil bajo, por la saturación de lo que el mundo nos presenta y que no podemos ser. 

Es entonces cuando se nos invita a alzar la mirada a lo alto, hacia Dios que nos ha regalado una vida llena de dones y gracias, aquellas que sabiéndolas conjugar con los valores que el Señor Jesús nos ha otorgado al hacer presente el Reino de los Cielos entre nosotros, podemos potenciar y vivir con todas las herramientas y dones espirituales para vivir en felicidad sin depender de lo que el mundo maneja aún viviendo en el mundo.

Pero precisamente hay toda una campaña para hacernos notar tan sólo lo malo del mundo y lo bueno pero comprado; que no alcanzamos a ver el Reino, y es que la promesa está hecha y cumplida, verlo, pero no desde fuera sino desde nuestro ser hacia afuera.

No es un reino fantasma ni fantasioso, ni está en la otra vida tan sólo, se nos participa desde la eternidad para hacer nuestra vida ya desde este mundo feliz y en camino de constante perfección. 

Ya depende de nosotros si lo deseamos tomar y hacerlo nuestro o verlo presente en esta vida, porque ya ha llegado con todo su poder, e inicia conociendo y amando al autor, a Dios y a su Hijo Jesucristo, y el resto se nos dará por añadidura sin exagerar ni fanatizarnos, sino en la vida real, en el aquí y el ahora. Ama y lo empezarás a ver con un corazón bien intencionado.

“El inicio de un camino”

“El inicio de un camino”

Mateo: 4, 12-23

Al enterarse Jesús de que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea, y dejando el pueblo de Nazaret, se fue a vivir a Cafarnaúm, junto al lago, en territorio de Zabulón y Neftalí, para que así se cumpliera lo que había anunciado el profeta Isaías:

Tierra de Zabulón y Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos. El pueblo que yacía en tinieblas vio una gran luz. Sobre los que vivían en tierra de sombras una luz resplandeció.

Desde entonces comenzó Jesús a predicar, diciendo: “Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos”.

Una vez que Jesús caminaba por la ribera del mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado después Pedro, y Andrés, los cuales estaban echando las redes al mar, porque eran pescadores. Jesús les dijo: “Síganme y los haré pescadores de hombres”. Ellos inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Pasando más adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que estaban con su padre en la barca, remendando las redes, y los llamó también. Ellos, dejando enseguida la barca y a su padre, lo siguieron.

Andaba por toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando la buena nueva del Reino de Dios y curando a la gente de toda enfermedad y dolencia.

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Hoy en el evangelio nos encontramos que el papel de Juan Bautista ha concluido y, lo ha hecho de manera tan admirable que ahora Jesús inicia la misión que el Padre le encomendó, con la certeza de un testimonio que preparó aquellos corazones, aunque pocos, de buen fermento para el crecimiento futuro.

Se les invita seguirlo, a aquellos que permanecerán a su lado en un proceso de crecimiento gradual en la fe y en su voluntad, que llegará a tal grado de ser testimonio y signo del Reino de los Cielos.

Además su manifestación a través de los milagros y la prédica del Reino ya presente, marcan esa nueva etapa de gracia y restauración.

No importa la edad, siempre es bueno iniciar un nuevo camino, reinventarnos aunque la gente no lo comprenda, porque los demás permanecen estáticos, mientras quien crece evoluciona al margen de la opinión de los demás. 

Eso es lo que nuestro mundo necesita, iniciar un nuevo camino que restaure todo lo perdido, porque aún se le puede encontrar.